Galiza combatente

Naçom obreira e orgulhosa

terra asobalhada máis nunca conquistada

pola ignorancia

pola decadencia

pola forza e as mentiras

Terra de filhos agradecidos

patriotas represaliados

encarcerados

e sempre recodados

Nos nossos cantos

nos nossos lamentos

Nas nossas loitas.

É explotación

Cómpranas, véndenas, úsanas

pero eles chámanlhe traballo

Abusan delas, penétranas e sométenas

Decenas de ejaculações distintas… Nun só día

Deceneas de corpos estranhos

velhos, rudos, feos, sucios

pero eles chámanlhe traballo

Defenden a escravitude e o máis rancio machismo,

chamando trabalho a explotación

e aínda considéranse modernos.

Migrantes

Deixaron os seus fogares

as súas vidas

os seus amores…

Renunciaron a familia

e a terra

por perseguir os seus sonos,

eses que tamén hoxe nós deixamos

por culpa dun cruento espolio.

O inferno

Logra-che que lhe tivese alerxia a outros corpos

a outros cuartos,

arráncache de min a capacidade para ilusionarme

para rir

para estar vivo.

Dende que te fuches,

o tempo pasa demasiado quedo

e a ansiedade invade o meu corpo rapidamente

case sen deixar signo de min

como termitas que devoran o meu coraçao de madeira

o meu peito inerte.

Tras moito tempo,

consegui-che matar os nosos sentimentos

para leva-los o mesmo inferno comigo.

¿Los defraudaremos?

Todo lo que hoy disfruto se lo debo a mis padres: mi educación, mi ocio, mi cultura, mi conciencia social, mi moral, mi espíritu de lucha. No vivo en una gran mansión, ni tampoco conduzco coches de lujo, pero no puedo quejarme, tengo la inmensa suerte de tener un techo, un plato de comida cada día encima de la mesa y ciertos lujos propios de una clase obrera que a duras penas ha logrado ceder a sus hijos los privilegios por los que ha luchado toda una vida. Mis padres son agricultores, pero también han sido obreros, mariscadores, cuidadores y migrantes. Quizás por esta particularidad de proceder de una familia que ha trabajado el mar y la tierra para labrarse un futuro, soy hoy plenamente consciente del deber y la deuda que mantengo con ellos, pero también con mi clase social: con el proletariado.

Desde muy pequeño, y como buen gallego, he sido consciente de que la pobreza es una maleta siempre lista en la puerta, un recuerdo de Caracas, una leyenda de Nueva York o una breve visita de Amsterdam. Por la experiencia de los míos, las largas jornadas de trabajo nunca han logrado transportar al trabajador a otros mundos alejados del constante esfuerzo diario, sino que vaya donde vaya, por mucho que apriete los dientes, el jornal siempre debe ser administrado con sumo cuidado, nunca un obrero ha logrado escapar lo suficiente de las largas jornadas de trabajo, las hipotecas, los números, los esfuerzos… Hoy escribo sobre lucha social y el compromiso de clase pensando en mi abuela, quién pese al paso de los años, siempre recordó la vida en Venezuela, en donde era “la señora Antonia“, el peso de las palabras dibuja en mi mente el ejemplo  claro y vivo, pese a su fugacidad, de mi abuelo Pedro, un español que como tantos otros dejó su tierra para buscar un futuro lejos de la dictadura, una España a la que volvería años después dispuesto a trabajar, a cambiar su país pese a las dificultades. A él le debo tanto, nos debe tanto la próxima vida a ambos, todavía conservo aquel libro de Azaña que hace tiempo rescaté perdido entre cajas de mercancía lista para vender y herramientas agrícolas. Nunca debemos olvidar que siempre el obrero fue el destino final  de todo esto, de cada palabra. De nada sirven, ni han servido nunca, los ríos de tinta cuando no terminan desbordados en las calles, en las fábricas, en el campo.

Cuando la pasada semana contemplé a los pensionistas y a las pensionistas de España, manifestándose en multitud frente a un gobierno que los ha despreciado y engañado, tan solo pude sentir en mi interior orgullo por la generación de los últimos maquis, por quienes todavía sintieron el miedo de la guerra pero nunca se dejaron paralizar. Una generación que nada sabía de derechos laborales, pero que a golpe de martillo y piquetes se doctoraron en la más crucial lección que nos puede otorgar la vida, la de la dignidad de clase. Las protestas de marzo  no son simplemente una manifestación egoísta contra unas pensiones empobrecidas, sino que suponen la última batalla de una generación que ve como la dignidad del obrero amenaza firmemente con desaparecer con ellos.

Defender un sistema público de pensiones “fuerte y sostenible”, es defender a quienes plantaron cara al capital durante la Huelgona, a los compañeros que con Huelga de la Canadiense hicieron que España fuese el primer país europeo donde se instauraba la jornada laboral de ocho horas, el 14-D, a los estibadores, los trabajadores del metro, los funcionarios de los juzgados…. Salir a la calle para evitar que nos arrebaten unos derechos conseguidos a sangre y fuego, es en definitiva nuestro deber con quienes nos han legado unos derechos que hoy sin apenas oposición obrera y sindical nos pretenden arrebatar gobierno y patronal. Sé que no está de moda hablar de lucha de clases, obreros y patrones, capitalistas y proletarios… hoy el trabajador precario que al que le alcanza el sueldo para comprarse unos tenis Nike y comer en un McDonald’s se siente superior a sus mayores, aunque estos tengan que cuidar a sus nietos porque sus padres no tienen tiempo para ello y no se pueda pensar en una guardería, aunque la pensión del abuelo siga suponiendo un complemento vital a una paga que cada día mengua más según se vacían las centrales sindicales. El trabajador hoy es en su inmensa mayoría un siervo adormecido, un ignorante político, un desagradecido histórico. Me incluyo en mayor o en menor medida en cada una de las categorías, no se trata de expiar culpas, sino de despertar conciencias.

La ley mordaza, los atentados contra la libertad de expresión, la represión política, la precariedad laboral, el rescate a los bancos, la corrupción política, la sumisión sindical, la descomposición de la izquierda parlamentaria, la ofensiva neoliberal, el machismo imperante, la tragedia migratoria, la estafa eléctrica, el oligopolio empresarial, la desigualdad social, la pobreza infantil, el desmantelamiento de la sanidad y la educación pública, la desvergüenza de la distribución impositiva, la arrogancia de la corona…Hoy al ver la rabia y la desesperanza frente a la pasividad de la juventud reflejada en los ojos de quienes han luchado tanto antes, tan solo puedo preguntarme en que nos hemos convertido, en que nos estamos convirtiendo. Somos una generación de sujetos pasivos conformándose con heredar un reino de consumo rápido y miseria temprana, una clase sin espíritu, un colectivo sin unión. Tan solo puedo confiar en que finalmente despertemos y quienes hoy están cerca del final, no sean la última generación que plantó cara a la injusticia.

Tan solo espero, que pronto nos unamos a ellos en las calles.

 

Honduras: Cómplices del silencio

Si yo me callo, gritarían las piedras de los pueblos de América Latina que están dispuestos a ser libres de todo colonialismo después de 500 años de coloniaje”.

Hugo Chávez

“La democracia es un lujo del norte. Al sur se le permite el espectáculo, que eso no se le niega a nadie. Y a nadie molesta mucho, al fin y al cabo, que la política sea democrática, siempre y cuando la economía no lo sea“.

Eduardo Galeano

Me sucede al hablar de los pueblos latinoamericanos que por mucho que me esfuerzo no puedo evitar hacerlo desde la mirada de un hijo y nieto de migrantes gallegos en Venezuela, el continente americano  significa para mí, como significa también para muchos otros gallegos, una segunda casa, un respiro para la historia familiar entre la derrota en la Guerra Civil Española y la vuelta al presente, a la vida. Venezuela, Brasil, México, Argentina, Chile, Uruguay…Son tantos los países que ofrecieron a nuestros compatriotas el calor de la democracia y la libertad cuando en su propio país se la negaban, tantos y tantos los nexos entre nuestras culturas y nuestra historia, no en vano, la decisiva participación de los Castro en la revolución cubana o el “Sempre en Galiza” de Castelao -considerada por muchos obra canónica del nacionalismo gallego– no existirían de no ser por la íntima relación cultural y familiar que Galiza y América Latina han mantenido a lo largo de los años.

Ambas orillas de ese gran charco que es el océano compartimos el amargo sabor de la nación que se siente ocupada, la desconfianza política de quienes nunca han esperado regalo alguno del mundo, pero también la rabia y el orgullo de los pueblos que saben defender lo que les pertenece, sus derechos, su tierra. Los emigrantes gallegos también sufrieron durante las dictaduras Chilena o Argentina, derramaron su sangre por una Cuba soberana, al igual que muchos  latinoamericanos habían antes derramado la suya para liberar a España del fascismo, todavía hoy, argentinos y españoles pelean juntos hombro con hombro para lograr despojarse de las últimas resistencias fascistas de sus países y de ese modo lograr al fin exhumar y dar digna sepultura a quienes combatiendo esa ideología perecieron.

Cuando en 2009 más de 200 militares asaltaron la residencia presidencial de Honduras para secuestrar al presidente Manuel Zelaya con la intención de ejecutar  un golpe de estado, he de admitir que la noticia no le pilló por sorpresa, como tampoco me sorprendería demasiado ocho años después al observar atentamente el descarado fraude electoral de la derecha hondureña y el posterior golpe de estado, instaurado en el país con el típico recurso del ejercito apoyado por las amenazas de los matones particulares del gobierno –que en esta región nunca se deben tomar a broma– contra todo aquel que se atreva a desafiar el que para ellos parecía ser el orden natural de las cosas.

La historia de este olvidado país centroamericano podría ser en sí misma la historia del conjunto de América Latina. Con la llegada al poder de Manuel Zelaya tras las elecciones realizadas en 2005,  Honduras centró sus esfuerzos políticos en destinar más recursos para programas sociales, realizar inversiones en el sector salud y educación, aumentar el salario mínimo, mejorar los índices de salud…Las políticas de lo que parecía ser una nueva corriente socialista, que se expandía rápidamente por gran parte del continente, llegaban al país acompañadas de vientos favorables en lo económico y una creciente integración regional plasmada en la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA). El tradicional patio trasero de los Estados Unidos volvía a llenarse de lo que ellos siempre han considerado “basura comunistas amiga de los Castro” y las soluciones adoptadas no iban a ser menos drásticas que las aplicadas por las administraciones norteamericanas en décadas anteriores. Después de todo, una vez el muro ya ha caído parecían pocas las estrategias de defensa contra la nueva ofensiva yankee. El intento por realizar una consulta popular para convocar una Asamblea Nacional Constituyente con la intención de modificar la constitución de 1981, supuso para el conservadurismo hondureño la excusa perfecta para poner en marcha los resortes necesarios para hacerse con el control del poder del país utilizando para ello la fuerza si fuese preciso, algo que terminó sucediendo finalmente en la madrugada del 28 de junio de 2009.

Los disparos de los militares contra su propio pueblo, mientras esperaban el regreso de su presidente, se silenciaron en la esfera internacional centrando los objetivos de todos los mass media en las calles de Venezuela. De nada sirvió el pronunciamiento de los miembros de la OEA (Organización de Estados Americanos) suspendiendo la pertenencia de Honduras a dicho organismo, ni los continuos llamados de partidos y organizaciones de izquierda de medio mundo contra el golpe de estado. Mientras los hondureños derramaban su sangre intentando evitar la consolidación de la dictadura, usted y yo seguramente estuviésemos escuchando las crueldades cometidas por el llamado régimen chavista contra su población o quizás leyendo algún nuevo chascarrillo sobre Chávez y su estrecha relación con “la dictadura de los Castro”. La ocupación Norteamericana en nuestro país, se extiende más allá de un par de bases militares.

En España, pese a que inicialmente el presidente Zapatero condena el golpe “enérgicamente” y exige la “inmediata” reposición del presidente Zelaya, pronto se da marcha atrás para terminar reconociendo la legitimidad golpista, evitando de esa forma nuevos conflictos con la administración estadounidense a cuento de un país al que ya solo defendían enérgicamente en la región un par de gobiernos de “corte revolucionario”. De ese modo un estado que podría mantener unas relaciones políticas y económicas con Latinoamérica ciertamente privilegiadas, hace ya tiempo que en en sus intereses geopolíticos simplemente se viene comportando como un mero lacayo más del Impero Norteamericano aunque para ello tenga que renunciar a sus propios intereses. Desde Aznar, al  ciudadano Juan Carlos, pasando por Felipe González –famoso por sus insistentes consejos durante el periodo especial para implementar la perestroika cubana– hasta Zapatero, todo poder institucional en España sin excepción alguna ha terminado rindiendo pleitesía de una u otra forma al gobierno estadounidense de turno.

El comportamiento del resto de la comunidad internacional, no fue muy distinto. Las posturas acerca del golpe de estado en Honduras que en un principio se dividían entre una comunidad internacional que condenaba el golpe de estado el el país y un gobierno norteamericano que se negaba a hacerlo claramente, terminaron dibujándose a grandes rasgos entre países alineados con el Occidente comandado por Estados Unidos y la OTAN, que o bien ya no condenaban el golpe o directamente lo aceptaban; y los países pertenecientes al bautizado por la administración Bush como “el eje del mal” y sus posibles candidatos a integrarlo, estados estos que en su mayoría reconocían a Manuel Zelaya como único presidente legítimo para Honduras.

Lamentablemente el sentido del voto del pueblo hondureño no pesó tanto para el destino del país como las amistades del conservadurismo político, y entre laxas sanciones y mucho ruido Roberto Micheletti se hizo finalmente con el poder, llegando incluso a negar haberlo alcanzado «bajo la ignominia de un golpe de Estado», sino mediante un «proceso de transición absolutamente legal», refiriéndose por supuesto al secuestro y  deportación del presidente Zelaya.

Al golpe de estado le siguió una desaceleración del crecimiento económico del país, el gasto público dejó de ser una prioridad para el nuevo gobierno y los índices de violencia, desigualdad social y corrupción experimentaron un aumento difícilmente de explicar fuera del contexto de un país en estado de shock. El decrecimiento real de la economía en el 2009, producto de la crisis político institucional, fue de aproximadamente el 5,3 por ciento. Dos años después del golpe, más del 100 por ciento de todas las ganancias en el ingreso real serían percibidas por el 10 por ciento más rico de hondureños, la política neoliberal parecía imponerse como gran vencedor del caos político y social.

Durante todo momento Porfirio Lobo Sosa intentó mantenerse ajeno al golpe de estado, simplemente aquello no debía empañar una campaña en la que aspiraba a hacerse con el poder. Su cobardía y paciencia tuvieron recompensa, meses después del golpe de estado, en unas elecciones presentadas ante el mundo como la viva prueba de la vuelta a la normalidad en el país, el conservador Partido Nacional se alzaba con la victoria. La oligarquía hondureña y las multinacionales remataban el último punto de su particular agenda, apropiándose de la pequeña nación centroamericana tras un golpe militar y unas eleciones títere únicamente destinadas a blanquear el golpe de sable. Mientras los asesinatos de activistas medioambientales,  la violencia callejera y la desigualdad económica, se convertían en norma en un país acosado por la corrupción, Porfirio Lobo y Juan Orlando Hernández –su sucesor– recreaban en Honduras políticas propias de finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX, cuando la masiva presencia e influencia en la política latinoamericana de empresas estadounidenses como la United Food (hoy Chiquita) lograron crear una serie de “repúblicas bananeras” totalmente dependientes de las rentas de las empresas americanas, que siempre se mostraron sumisas con los intereses de las mismas.

La sumisión y servidumbre mexicana o colombiana, el intento de golpe de estado en Ecuador, los golpes en Paraguay y Brasil, la guerra económica contra Venezuela o las tensas disputas por el poder en Bolivia y Argentina –este último país hoy gobernado por el neoliberalismo de Macri– presentaban a priori un escenario de claro retroceso de la revolución bolivariana en el continente, a su vez el estado venezolano se encontraba luchando en solitario contra las continuas injerencias extranjeras y una oposición que apostando claramente por la vía violenta, pretendía ganar en las calles de Caracas lo que no lograba en las instituciones. En ese marco los comicios en Honduras apuntaban a un resultado que ya durante los últimos años la represión y la censura se habían encargado de ir asegurando, pero algo falló. El sistema de conteo no pudo ofrecer resultados hasta pasadas  más de 10 horas de que se cerrasen las urnas,  en su primer reporte, Nasralla, el candidato de la oposición, obtenía una ventaja de 5% frente a la herencia del golpe, en ese preciso momento, el sistema se detuvo misteriosamente. Cuando volvió a funcionar con normalidad, la tendencia se había revertido, con lo que ahora la ventaja favorecía a Juan Orlando Hernandez, el hombre de la derecha.

Las revueltas y con ellas la contundente represión se propagaron por todo el país –En apenas semanas se contaban al menos 14 personas fallecidas y decenas de heridos- ni el golpe de estado previo, ni las amenazas de las armas, ni el silencio cómplice de la comunidad internacional iban a hacer que el pueblo hondureño volviese a tragar con ruedas de molino. La Alianza de Oposición había anunciado su temor a un fraude electoral debido a la excesiva concentración de poderes del Estado y a un censo que misteriosamente había aumentado previamente en casi un millón de nuevos electores, pero las elecciones convocadas por un gobierno corrupto que controlaba gran parte de los resortes del estado, daban sin embargo la victoria a la oposición conformada por el centro y la izquierda. Los planes de la oligarquía hondureña y de la administración Trump, no pasan precisamente por reconocer los resultados.

Las jornadas pacificas contra la usurpación de las elecciones lideradas por el candidato opositor Salvador Nasralla, acompañado por el exmandatario Zelaya, son la expresión de un pueblo que se hartó de soportar las tácticas caciquiles de las élites del comercio. Las finanzas, la banca y la industria  hondureña pretenden con un nuevo pucherazo y el apoyo internacional de Estados Unidos  perpetuar en el poder a un candidato favorable a seguir implementando en el país políticas de corte neoliberal en el país, pero la cuerda parece haberse tensado demasiado. La batalla política, económica e ideológica de Honduras supone en realidad la batalla de todo un continente que se resiste a retroceder en el tiempo. Juan Orlando Hernandez encarna para Honduras todo aquello que siempre los ha anclado a un pasado colonial. Pese a sus recientes llamadas al diálogo, amplios sectores políticos y sociales –especialmente el sector izquierdo de la política hondureña– no parecen dispuestos a sentarse a una mesa de negociación para mercadear con la voluntad popular expresada democráticamente en las urnas.

Hoy la única salida para Honduras es la verdad. El camino se dibuja entre una ciudadanía que organizada no piensa abandonar las calles pese a la represión y a los continuos asesinatos políticos. Una vez más, si nada cambia, la comunidad internacional, los medios generalistas, la mayoría de los partidos políticos españoles, pero también nosotros como sociedad con capacidad para movilizarse, seremos cómplices del silencio y de las consecuencias que el mismo puede llegar a tener para la población hondureña.

Estamos exigiendo que se respete la voluntad del pueblo en las urnas (…) no vamos a dejar de protestar, no vamos a dejar que se quede en el poder el dictador Juan Orlando Hernández

Manuel Zelaya

hondurec3b1os-protestan-por-la-corrupcic3b3n-gubernamental-y-la-grave-situacic3b3n-social

Fútbol: correr como un negro para vivir como un blanco

“El deporte es el esperanto de las razas”

Jean Giraudoux

“Voy a correr como un negro para vivir como un blanco”.

Samuel Eto’o

Existen asuntos prioritarios para una sociedad a los que sin embargo la mayoría de sus miembros deciden darle la espalda, existen males intrínsecos a la parte más oscura del ser humano que se repiten generación tras generación sin que el silencio social logre acallar los gritos de aquellos que sufren en sus carnes el peso de la desigualdad. El racismo, como la más profunda estupidez, no se trata de algo propio del fútbol, aunque puede que dicha actitud si se reproduzca especialmente en sus estadios. Amparados en la particular atracción que produce para los especímenes más cobardes del Homo sapiens el anonimato, los gritos racistas, las consignas segregacionistas o los sonidos evocando a un pariente animal –en cierta forma moral más evolucionado que nosotros– se reproducen como muestra del profundo desprecio que estos miserables sienten por el que consideran diferente, por el que por tanto consideran su enemigo.

Resulta oportuno aclarar este punto –dado que para muchos de estos elementos racistas la figura del enemigo se articula de un modo ciertamente muy relativo– que el enemigo es el negro, el paqui, el moro de mierda, pero puede que no tanto ese jeque Qatari que ha montado el nuevo estadio del equipo, el boxeador estadounidense que tiene tanta pasta o el negro aquel que los había clasificado para la final de Champions con un golazo en el último minuto que todavía hoy recuerdan. Cuando un negro corre como un negro, cuando un moro de mierda demuestra poder económico o el éxito del que pensaban diferente, inferior, resulta tan obvio que esos pobres diablos se descubren de un modo repentino ante un mundo donde las desigualdades únicamente atienden al color del dólar, solo entonces, los parias de la tierra se descubren víctimas de una injusticia común con aquellos a los que desprecian profundamente. Pero no esperemos una transformación por su parte, no esperemos una disculpa o simplemente un cambio de actitud, renunciar a su odio, a su ideología y a todo aquello en lo que han creído tan firmemente hasta ese momento, sería admitirse en una posición común de suma debilidad frente a un enemigo demasiado poderoso como para poder plantearse combatirlo.  Por tanto, quizás resulte incluso lógico que los racistas se escondan en un mundo fantasioso en el que su raza les otorga por nacimiento unos privilegios que siempre terminarán de llegar con el último muro levantado por el gobierno conservador, por las políticas racistas o las continuas expulsiones de emigrantes y su lenta agonía en el Mediterráneo. Un racista es en el fondo simplemente un cobarde que se niega a encarar el mundo tal y como funciona en realidad, pero ojo, a veces los cobardes pueden resultar sumamente dañinos e incluso peligrosos.

Intentar razonar con quienes apoyan la discriminación, segregación o incluso exterminio de parte de sus congéneres humanos, únicamente apoyados en absurdas ideas científicas o religiosas, resulta en gran parte de las ocasiones absurdo. La barbarie nazi, la segregación y persecución racial en Estados Unidos, el régimen del apartheid en Sudáfrica o el racismo contra el indígena presente en mayor o menor medida en toda América Latina, nos muestran claramente como el racismo es un arma siempre a disposición de los estados para desviar el descontento social, para justificar el fracaso de gran parte de la población, para ejercer de blanco de las iras de quienes no se atreven a bucear en la búsqueda del verdadero culpable. La única cura posible para el racismo es la educación, uno puede viajar –y de hecho cada día lo hacemos más– y continuar siendo un jodido racista toca pelotas que mira con desprecio a los camareros de esa piscina del hotel vietnamita de la que no piensa salir en todas las vacaciones, uno puede compartir su día a día en la fábrica con un compañero negro y tratarlo simplemente como una máquina barata, uno puede jugar en el equipo del barrio con un compañero gitano y seguir considerándolo diferente, pero cuando uno crece y se desarrolla en una sociedad que fomenta la igualdad, que no ve en los apellidos, en el barrio en el que vive, pero tampoco en el color de la piel o el lugar de nacimiento un motivo para la discriminación, entonces con toda probabilidad aprenderá a tratar a los demás como iguales.

En gran parte el problema del racismo es el odio, la frustración y la más profunda de la incultura y la cobardía, cualquier motivo es bueno para que el ser humano pueda –o al menos intente– sentirse superior, especial. El color de la piel, los rasgos, la raza…meros detalles insignificantes que jamás podrán explicar la honradez de Mandela, la valentía de Thomas Sankara, el inmenso talento de Ray Charles, la rebeldía de Rosa Parks, la rapidez de Jesse Owens, la pegada de Muhammad Ali, el talento de Ha Jin, la poesía de Angélica Ortiz o la visión de Albert Namatjira, nuestro deber consiste simplemente en abrirle los ojos a las generaciones futuras acerca la magia común que reside en el ser humano, independientemente de cualquier otra tonalidad que no sea simplemente la de nuestra alma.

Hoy el fútbol es un fenómeno de masas, el llamado deporte rey en nuestro país mueve miles de millones cada año, arrastra a cientos de miles de personas cada semana a los estadios, proporciona audiencias televisivas de locura y también monopoliza sueños, concretamente los sueños de miles de niñxs y no tan niñxs que ven en esos héroes modernos un referente con el que guiarse. Los niños ya no quieren ser periodistas, escritores o bomberos, el deporte ha superado con creces a cualquier otra ensoñación del éxito futuro y los futbolistas son hoy auténticos referentes sociales para gran parte de nuestra población. No voy a pedir que Messi repita el gesto del puño en alto de Sócrates en señal de protesta contra la represión de Macri, ni que Cristiano Ronaldo se inspire en Tommie Smith y John Carlos para copar todas las televisiones con una profunda reivindicación que ponga fin a las demenciales políticas migratorias de la Unión Europea, después de todo dudo mucho que fuesen unas celebraciones apropiadas para sus patrocinadores en PES o FIFA, pero al menos si le pediría a los deportistas que compiten en España que aparten sus lamentables comportamientos racistas de nuestros campos y estadios.

No puedo asegurar que Iago Aspas llamase “negro de mierda” al futbolista del Levante Jefferson Lerma, supongo que no puedo asegurarlo  porque han pasado pocas horas y en las distintas televisiones no han dispuesto de tiempo para buscar las imágenes, mientras que por su parte en los organismos pertinentes prefieren actuar con calma ante un asunto de tamaña gravedad. Aunque he de admitir mi sorpresa ante semejante tardanza cuando uno hoy puede enterarse al segundo de las tendencias políticas de Pep Guardiola, la marca de natillas favorita de Mourinho, ver las vomitonas de Messi desde el cualquier ángulo o incluso el escote de la mujer del público que desee pese a no disponer de su consentimiento, en fin, puede que de ser yo algo más desconfiado pudiese llegar a pensar que en un deporte en el que todavía guarda poder la ultraderecha española y en unos medios en los que las minorías no suelen pintar nada, el tema de un jugador llamando negro de mierda a otro, importa precisamente eso: una mierda.

Allan Nyom, Roberto Carlos, Dani Alves, Kameni, Samuel Eto’o…, el racismo contra los jugadores en nuestra liga nunca ha salido demasiado caro para esos espectadores que han decidido ejercerlo como si fuese un derecho más adquirido con la compra de su entrada. En el fútbol español comparar a un jugador con un mono, llamar al compañero o rival negro de mierda o incluso los cánticos y símbolos racistas nunca han supuesto un motivo lo suficientemente importante como para que el espectáculo parase por un instante, el balón debe rodar pase lo que pase  y cuando uno intentar impedirlo se le toma por loco, pese a que acabe de soportar como gran parte de un estadio le ataca con insultos racistas tal y como le sucedió a Samuel Eto’o en La Romareda.

El fútbol es fútbol, y el racismo es racismo. Pese a que el jugador Iago Aspas considere que “Lo que se dice en el campo, se queda en el campo” –el machismo en su momento también se decía debía quedarse en el hogar– resultaría cuanto menos ejemplarizante y oportuno que la justicia actuase de oficio para escarmiento de todos aquellos que consideren que el racismo sale gratis. Después de todo en un país en el que se persigue a raperos, tuiteros, viñetistas, titiriteros, cómicos, artistas, periodistas e incluso activistas, que menos que equilibrar un poco las cosas persiguiendo también los actos racistas.

Y ya para terminar con un tópico futbolístico como muestra de consideración para todos aquellos que quizás por equivocación en este artículo esperaban otra cosa –puede que una EXCLUSINDA, así en grande pero vacía o que sé yo– , recordar que el fútbol es un juego simple; 22 hombres persiguen un balón durante 90 minutos, y al final si no actuamos firmemente contra el racismo, en esta ocasión tampoco los alemanes ganarán.