La conjura de los necios

“El problema con el mundo es que la gente inteligente está llena de dudas, mientras que la gente estúpida está llena de certezas.”

Charles Bukowski

 

Esta vez le ha tocado a Alberto Garzón por su sonada luna de miel en Nueva Zelanda, pero no nos engañemos, el sambenito de traidor a la clase obrera y las críticas oportunistas de cierta parte de la sociedad -puede que mayoritaria- van a estar siempre listas para cualquiera que en un sistema capitalista decida salir adelante pese a continuar cuestionando el orden de las cosas desde la izquierda.

No me cabe duda de que pueden existir contradicciones cuando un político activo realiza un viaje de un mes de duración a Nueva Zelanda mientras se negocian los Presupuestos Generales del Estado e inmersos de lleno en pleno procés de Catalunya, no tengo tampoco ningún reparo a la hora de mostrar mi satisfacción cuando observo a ciudadanos de a pie preguntándose como es posible que ciertos sectores sociales se puedan permitir ese tipo de lujos mientras ellos llegan cada vez más justos a fin de mes, me parecería incluso un gran síntoma para nuestra democracia si no fuese porque esos mismos que ponen el grito en el cielo cuando Alberto Garzón disfruta de su luna de miel en Nueva Zelanda o Antonio Maestre decide comprarse un Iphone para ejercer lo mejor posible su profesión, directamente callan u otorgan ante los numerosos cargos del Partido Popular inmersos en casos de corrupción, los continuos desahucios ejecutados por los bancos rescatados con el dinero de todos o la cruda realidad de miles de personas sufriendo el invierno sin más resguardo que las calles de nuestro país. El problema no reside en que sean exigentes con los cargos políticos o los militantes de izquierda, el problema reside en que ejercen una disparatada Inquisición contra todo aquel que pretende cuestionar el funcionamiento del sistema, mientras guardan un silencio cómplice con aquellos que realmente los oprimen y ahogan cada mes.

No creo que ningún simpatizante o militante de izquierda pueda tener ningún problema a la hora de debatir abiertamente el sueldo o los privilegios a los que debería tener acceso un político, un periodista, un barrendero o incluso un banquero -que locura la nuestra- puede que incluso lleguemos a la conclusión de que Antonio Maestre no debería tener un Smartphone de 1000 euros -después de todo los animales periodísticos se desenvolverían igual entre el busca minas y la serpiente- y con total seguridad resolveríamos que Alberto Garzón se hubiese encontrado igual de cómodo y relajado en una playa de Cuba o Venezuela que perdido entre el Libre Mercado de la lejana Nueva Zelanda.  (¡¡Que ya son pocos los países amigos Alberto, no les hagas el feo al menos compañero!!) 

Pocos son los ciudadanos que en nuestro país  se cuestionan la integridad de los numerosos católicos que contraviniendo abiertamente sus principios religiosos explotan hasta la extenuación al prójimo, mienten con reiteración en las páginas de sus periódicos para conseguir beneficios y en definitiva viven día a día en la opulencia mientras continúan acudiendo sin remordimiento alguno a misa cada domingo. No parecen tampoco ninguno de esos españoles que se suman abiertamente a la cruzada abierta contra la izquierda aplicar la misma pasión a la caza de aquellos liberales que viven del erario público, al fin y al cabo España es un país en el que nadie se cuestiona que el hijo de un rico empresario derrame botellas de champán valoradas en 1000 euros en alguna piscina de Ibiza o Marbella, pero en el que escuece especialmente que un comunista pase sus vacaciones en Nueva Zelanda posteando frikadas vete tú a saber si sobre Juego de Tronos o El Señor de los anillos.

En el pensamiento promovido por el supuesto liberalismo económico, los que nos cuestionamos el funcionamiento del sistema no merecemos disfrutar de las recompensas que este nos pueda ofrecer pese a que las hayamos ganado con el sudor de nuestra frente en una distribución a todas luces injusta. De alguna extraña manera, pese a la precariedad, pese a las continuas crisis económicas, a la desigualdad y al obvio contraste entre el lujo desmedido y la pobreza inherente al proletariado, el sistema ha logrado que la mayoría de los españoles crean firmemente en la posibilidad de llegar a ser parte de la minoría afortunada, hoy los españoles desean ser como Amancio Ortega, Juan Roig o Rafael del Pino. No existe espacio en esta sociedad para los que simplemente desean cambiar las cosas, no hay espacio para el debate académico o político cuando la noticia la domina el absurdo más absoluto.

Hoy la fantasía ha triunfado sobre la razón, y todos aquellos que cuestionemos las reglas del juego debemos ser tratados como la disidencia, debemos ser perseguidos sin descanso por no fracasar estrepitosamente, por intentar sobrevivir en medio de la jungla sin formar parte del conjunto de depredadores económicos que dominan nuestro futuro. Pese a que pueda sonar absurdo en cierta manera, hoy los comunistas somos los veganos del mundo de la economía.

“Iba a ser un destino malévolo: ahora se enfrentaba a la perversión de tener que ir a trabajar.”

La conjura de los necios, John Kennedy Toole.

fiesta-comunista

 

 

Anuncios

El procés

“Cuando amor es una orden, odio se puede convertir en un placer”

Charles Bukowski

“¿Resucitan los muertos? Los libros dicen que no, la noche grita que sí.”

John Fante

Desde que el 31 de julio de 2006 la soberanía del pueblo de Catalunya comenzase a ser secuestrada por una razón que se desconoce, todos los ciudadanos del estado nos hemos visto inmersos en una pesadilla política encarnada en un proceso que no sabemos exactamente lo que es, y que pese a ello, parece dispuesto a proseguir su hasta ahora vacilante trayectoria repleta de argumentos poco concretos.

La inexistencia de un discurso político de alto nivel y las obvias contradicciones entre el sistema partidista y los proyectos de estado -estos últimos siempre ubicados en el largo plazo- finalmente nos han llevado  a una situación política en la que cada actor parece defender con vehemencia en público lo que veladamente está dispuesto a entregar en privado a la mínima oportunidad que se presente.  El no rotundo en el último momento del Partido Popular a una enmienda lanzada por el  PSOE, que pretendía paralizar el 155 en caso de que Puigdemont convocase elecciones, deja al descubierto un trasfondo en el que al Partido Popular, maquiavelicamente parece atraerle una DUI que lleva de forma automática a la aplicación del 155. Mientras que la independencia al PDeCAT,  parece producirle cada día más vértigo arrastrado a ella irremediablemente entre la presión de sus socios internos y la demostrada torpeza táctica de sus numerosos enemigos externos.

En todos estos años, el gobierno español como las malas dinastías y los regínemes políticos debilitados, no ha querido ganar la batalla sino humillar al contrincante. Mariano Rajoy y su gobierno han hecho del ego del nacionalismo español y de los cálculos electorales de la derecha, el principal obstáculo para lograr una salida pactada al procés. Atendiendo exclusivamente a una Constitución española hace ya tiempo instalada en las buhardillas de la periferia de la legitimidad social y con la perspectiva de ejercer su poder sobre una Catalunya en la que apenas supone una fuerza minoritaria, el Partido Popular se ha desvinculado de su responsabilidad con el conjunto del estado y ha decidido responder al fuego con fuego -o lo que es lo mismo- al nacionalismo catalán con nacionalismo español. Pareciese que en la fábrica independentista en la que se ha transformado Moncloa en los últimos años, han terminado descubriendo con asombro como en medio del deleznable lodazal político del más burdo chovinismo, se encontraba oculto un suculento granero de votos fácilmente explotables para un partido al que nunca le ha costado demasiado reconciliarse con los sectores políticos más conservadores de España, entre ellos también los más cercanos a la extrema derecha.

La injusta encarcelación en pleno proceso político de los líderes independentistas Jordi Sánchez y Jordi Cuixart, sumada a la irregular aplicación del artículo 155 de la Constitución, que finalmente saldrá adelante con el apoyo de las formaciones tradicionales del bipartidismo y Ciudadanos –partido este al que se le ha olvidado lo de terminar con la vieja política– harán prevalecer sobre Catalunya una compleja interpretación de la legalidad, sujeta a le legitimidad de una línea de poder que el común del pueblo catalán ya apenas alcanza a visualizar.

Empujado finalmente a ello Puigdemont parece ahora, arropado entre el Parlament y el propio pueblo de Catalunya, decidido a profundizar en la escalada de hostilidades políticas quizás no para obtener una sentencia positiva, pero sí al menos para aplazar o suspender el proceso.

Confusas circunstancias (ya que por alguna misteriosa razón del sistema las soluciones en los despachos nunca son tan sencillas como en la calle) hacen que nos encontremos frente al desafío más importantes de la historia democrática de España, en un contexto de escasa valentía política y menor capacidad de liderazgo. En Catalunya, Rajoy se ha mostrado por primera vez incapaz de lograr una nueva pírrica victoria por la torpeza política del rival y es bien sabido por todos que tener que recurrir a su propio talento nunca ha sido una de las especialidades del presidente del gobierno.

Resulta ahora por tanto al menos extravagante culpar a Gabriel Rufián debido a un tuit pasional o a la CUP por sus continuas presiones de la marcha atrás en la casi consumada rendición ante Madrid de Puigdemont, tal interpretación de lo sucedido supone seguir negándonos a tener en cuenta al actor principal de todo este proceso, el pueblo de Catalunya. Una pueblo que una buena mañana en su soleado devenir político, se ha visto señalada desde Madrid por el principal partido de la derecha española, con un recurso que hoy incluso sus más firmes defensores de antaño reconocen supuso un error.

El pueblo catalán no se ha plantado frente al centinela del estado español confiando exclusivamente en el liderazgo y la capacidad de sus políticos, sino más bien pese a tener que contar con ellos. Gran parte de la ciudadanía en Catalunya ha ido poco a poco desde el 31 de julio convirtiéndose en un hombre entregado de pleno a la angustia de hacerse más libre y soberano a través de un procés que lo consume con la hermética maquinaria burocrática del estado español. Un estado en manos del Partido Popular, que se muestra incapaz de dialogar o comprender a un independentismo que desde Catalunya ante un grito de atención desesperado, se encuentra que las altas instancias a las que pretende apelar en Madrid no son sino las más humildes y limitadas muestras de lo que en Europa en pleno SXXI  debería considerarse como democracia.

La represión autoritaria contra el referéndum, la unísona ofensiva mediática guiada desde el estado contra el independentismo o las acusaciones de adoctrinamiento contra la televisión y educación pública catalana, por parte del mismo gobierno del 1 de Octubre y la televisión pública española,  han espoleado en la ciudadanía catalana el sentimiento de una ruptura necesaria con el régimen del 78, para de ese modo a través del una futura República catalana, poder profundizar en un sistema político en el que un nuevo pacto social -que sin duda exigirán a sus gobernantes sean estos quienes sean- haga factible un marco donde la identidad nacional, el sistema económico, los derechos civiles o la forma del estado puedan ser consensuados en un parlamento en el que la voluntad de los ciudadanos se encuentre plenamente representada. Algo que muy a mi pesar tan solo los más inocentes o los más beneficiados por el sistema, pueden asegurar a día de hoy en España.

Con o sin DUI el desencanto de los catalanes con la política partidista sin duda va a resultar mayúsculo, en general la actuación de los políticos españoles y catalanes incluso llegar a hacernos recordar con una mezcla de nostalgia y profunda sorpresa a aquellos Fraga, Ruíz-Mateos o Jesus Gil, unos personajes profundamente atípicos a los que hoy -a tenor del auge populista de todo tipo que sin duda llegará tras el espectáculo ofrecido en Catalunya- podríamos llegar a considerar verdaderamente adelantados a los tiempos políticos de nuestro país.

Puigdemont, el gobierno de España, la masa independentista en Catalunya y con ellos todos nosotros, nos encontramos ahora ante las puertas de nuestro marco legal heredado de una generación pre democrática, con demasiados traumas como para haber podido crear un pacto social imperecedero. Hoy a pesar del leve brillo de esperanza que durante todo este kafkiano proceso parecía intuirse a través de un posible replanteamiento constitucional, la insensatez de la derecha y la falta de valentía de la izquierda, terminan por ejecutar su condena.

En estos últimos momentos, la ciudadanía tan solo desea aligerar la misión de sus captores y poner fin al proceso, asumiendo de algún modo como cierta una culpa desconocida. La DUI, el 155 o la convocatoria de unas próximas elecciones bajo cualquier condición imaginable, suponen ya tan solo un paso más en la fehaciente desconexión popular con el lenguaje político y su prestidigitación electoralista. Lo que nos depare el futuro sin duda estará a la altura de tan elevados representantes de la voluntad popular.

“Parece admirarse de que yo haya abordado el tema, inclusive pienso que me lo reprocha. Esto hace que sea más necesario hablar de estas cosas. Lo lamentable es que solamente lo pueda hacer con una anciana…”

catalunya_lliure_by_obdspro-d31tp8g

 

Só o pobo salva ao pobo!

Los numerosos incendios que la pasada semana arrasaron Galicia dejando tras de sí más de 35.000 hectáreas de bosque totalmente calcinadas y que se cobraron la vida de cuatro personas, han demostrado una vez más que solo el pueblo puede salvar al pueblo.

La contrastada ineficiencia del gobierno de la Xunta en la coordinación de las labores de extinción, sumada a las desastrosas políticas de ordenación forestal apenas modificadas durante años, dieron como resultado una tragedia de dimensiones nunca antes vistas en el territorio gallego. Las llamas se abrieron paso a través de nuestros montes hiriendo de nuevo su paisaje, rasgando vidas que nunca debieron perderse y amenazando durante horas a poblaciones que ante la descoordinación de los distintos miembros del operativo de extinción de incendios de Galicia, volvieron a encontrar en sus vecinos la mejor defensa posible ante la tragedia y la sin razón provocada por el hombre.

Al igual que sucediera hace casi veinte años con la tragedia del Prestige,  en donde tras seis días en manos de la inepta política española el buque accidentado terminó esparciendo por las costas de Galicia cerca de 60.000 toneladas de chapapote (lo que nuestro actual presidente del gobierno consideró pequeños hilitos de plastilina) los vecinos y vecinas de Galicia fueron una vez más los que organizados en cadenas humanas se apresuraron para cubrir las deficiencias propias de sus políticos a la hora de afrontar las grandes tragedias.

En Galicia se conoce bien lo que significa el abandono de los políticos, su dejadez, las oscuras prioridades que siempre se anteponen a las de la ciudadanía y los efectos perniciosos de los despachos que normalmente terminan recayendo sobre el pueblo. A nadie le sorprendió la inexistencia de un puesto de mando sobre el terreno durante los incendios, el baile de cifras en el número de efectivos desplegados o las numerosas mentiras de nuestros gobernantes. No sorprendió porque hace ya tiempo que nadie espera nada de ellos.

En los peores momentos del incendio en Chandebrito al igual que en las rías gallegas durante los numerosos vertidos de chapapote, todos sabían que cada metro que se le pudiese ganar a la tragedia no iba a resolverse desde los despachos de Santiago, ni con las directrices del gobierno de Feijóo. Cuando las llamas amenazaron las casas y las vidas corrieron serio riesgo, la vista de cada uno de los afectados por las llamas se tornó hacia sus vecinos, esos que expulsaron al chapapote de nuestras playas y finalmente lograron sofocar el fuego pese a la falta de medios.  En última instancia en Galicia la gestión de las tragedias no es un asunto parlamentario sino popular, el fiel reflejo de la solidaridad en su estado más puro y escaso.

Ante el abandono de sus dirigentes y todavía con el olor a ceniza sobre sus cuerpos, el pasado domingo Bomberos, brigadistas, agentes forestales, vecinos de las zonas afectadas por los incendios y miles de gallegos hartos de una tragedia que en mayor o menor medida se viene repitiendo cada año, se manifestaron  en Santiago de Compostela bajo el lema  Lume, nunca máis (Fuego, nunca más) para exigir responsabilidades a la Xunta por la inexistente gestión política del desastre vivido apenas unos días antes. Una petición de responsabilidades realmente moderada, que sin embargo ha servido a Luis Ojea, jefe de redacción de la Radio Galega, para tildar a los que allí se manifestaron como “carroñeros” y “gentuza”,

Puede que espoleados ante los tics autoritarios propios del artículo 155, quienes dejaron una factura pendiente por el desastre ecológico del Prestige cercana a los 4.400 millones de euros, aquellos que se desentendieron del ‘caso Alvia’ y han utilizado durante décadas los recursos públicos para tejer una red clientelar propia del más oscuro caciquismo, se han visto en esta ocasión tentados a utilizar a sus lacayos más torpes y parcos en palabras, para en un demostración indigna del oficio de periodista atacar indiscriminadamente a un pueblo que todavía llora la pérdida de sus vecinos.

El vil intento “periodístico” por desacreditar con el insulto a esos mismos vecinos y vecinas que lograron salvarse de la tragedia pese al abandono político con una simple cadena humana, supone sin lugar a dudas un ataque premeditado a todos aquellos que han osado buscar explicaciones más allá de la versión judeo-masónica de la Xunta. Una nueva muestra de que no sólo los cínicos, sino también los mercaderes de la palabra se han apoderado de nuestros medios para loar sin miramientos a quienes en demasiadas ocasiones dictan la editorial de un medio sin nisiquiera tener la necesidad de pisar su redacción.

Una vez más ante la tragedia, el pueblo gallego llega a la conclusión de que tan solo el pueblo puede salvar al pueblo.

cadena humana.jpg

La asesinaron en Malta

A la periodista maltesa Daphne Caruana Galizia, la han asesinado en Malta tras haberse convertido en una figura relevante en su país, por su trabajo de investigación contra el gobierno local, presuntamente implicado en una trama de corrupción durante la investigación de los Panama Papers. A pocos metros de su casa la bomba bajo el coche que la periodista había alquilado en el poblado de Bidnija, al norte de Malta, saltaba por los aires con una potencia inusitada, para silenciar al periodismo de investigación en Europa. Daphne ha traído a nuestras puertas las consecuencias a las que cada día se enfrentan los periodistas de lugares como México, Honduras, Siria, India, Colombia o Israel. Lugares estos, entre tantos otros, en donde el derecho a informar puede costar la vida.

Decía el novelista y ensayista cubano Alejo Carpentier, que el periodismo es una maravillosa escuela de vida, pero por desgracia demasiado a menudo el periodismo también es muerte. Una muerte que acecha a aquellos que una vez descubierta la verdad del mundo no pudieron evitar escribirla o fotografiarla para nosotros, seguramente con la vaga esperanza de contribuir a cambiar las cosas. A menudo el periodista de raza, aquel que siente la profesión más allá de lo que el mismo puede llegar a comprender, no puede evitar remar contracorriente por muy perdida que parezca una causa.

Cándido Ríos fue acribillado a balazos junto a un expolicía en Hueyapan de Ocampo (México) por osarse a desafiar el gobierno del narco y sus leyes del silencio. De nada le sirvió a “El Pabuche” formar parte de un programa gubernamental de protección a periodistas y defensores de derechos humanos, el mensaje para el Diario de Acayucan y para el resto de medios era claro: En México sí quieren informar sobre la violencia del narco, mandan ustedes a sus hombres a morir.

México se ha convertido, en parte por méritos propios, en parte por la inestimable colaboración de su vecino yanqui, en el lugar más peligroso del planeta para ejercer el periodismo, el trabajo de investigación mexicano sobre el narco no existe salvo por contadas pero valerosas excepciones como las de los reporteros de Ríodoce. No en vano, alguno de los tipos de esa redacción podría llegar incluso a aburrirse en Restrepo.

Hace tiempo que en México no se buscan las causas o las consecuencias de la guerra del narco o las implicaciones de una narcocultura que llega a impregnar hasta la cima política del país, la labor de un periodista si no se quiere jugar la vida  debe ser la de un mero transmisor del mensaje de turno de los cárteles de la droga. Un mensaje que a menudo se plasma en cuerpos mutilados, cruentos asesinatos o decapitaciones que han pasado a competir por lectores y un espacio publicitario en los blogs y medios mexicano.

Para un país en donde la violencia y la muerte se han convertido en una constante, el asesinato en Sinaloa del periodista experto en narcotráfico Javier Valdez, no supuso en su gobierno mucho más que el compromiso de una condolencia ya mecanizada, en tan solo 12 meses han asesinato a 14  periodistas sin que haya un solo detenido. Perdidas como la de Javier Valdez, probablemente sean muy difíciles de recuperar para una profesión en la que los cínicos cada día cobran más fuerza.

Cuando uno tiene en sus manos el excepcional libro “Novato en nota roja” del que fue corresponsal en Tegucigalpa Alberto Arce, tiene ante sí toda una lección de periodismo canalla y honesto, canalla debido a que uno puede adivinar fácilmente entre las líneas del autor la constante decadencia de una profesión a la que el negocio se ha encargado de arrebatarle cualquier atisbo de romanticismo, honesto porque si uno desea hacer periodismo hoy en día es bueno que se vaya acostumbrando a que no siempre va a poder escribir sobre aquello que los medios, y gracias a ellos también el mundo, reclaman.

Como el propio Alberto anuncia, Honduras no es Irak, pero puede parecérsele. En el país centroamericano mueren asesinadas cada año 85 personas por cada 100 000 habitantes, el paso de la cocaína por su territorio camino a Estados Unidos ha dejado una guerra entre pandillas que prevalece en la rutina diaria  del país con total impunidad.  En este contexto, los periodistas al igual que toda la población del país, son rehenes de una violencia sin sentido que a llegado a causar un promedio de 20 muertos diarios. Las crónicas de Tegucigalpa pueden no tener el mismo valor mercantil que las de Bagdad o Raqqa, pero el valor periodístico y puede que también el riesgo que corren sus autores, es exactamente el mismo. Para un periodista, la muerte no entiende de modas o nacionalidades cuando el teclado supone la única vía de escape para un alma a todas luces rota.

En Honduras como en Turquía o en España, la apología del terrorismo ha pasado a suponer desde hace un tiempo, por supuesto en muy diferentes medidas, una excusa para cercenar la libertad de prensa. Profesionales como la periodista holandesa Frederike Geerdink  o la vasca Iraitz Salegi han sufrido en sus carnes la persecución política de quienes haciendo un claro uso torticero de la justicia, han decidido desde las altas instituciones de un estado, presionar  a sus periodistas para intentar acallar su mensaje.  Una multa o la amenaza de la cárcel nunca se podrá comparar con la perdida de una vida, pero el mensaje es el mismo. El mismo que se esconde tras las amenazas contra periodistas de los gobiernos acosados por la corrupción, el boicot a sus medios, los intentos por desprestigiarlos o en última instancia, las presiones directas para cambiar o eliminar contenidos.

Vivimos inmersos en la decadencia de las grandes marcas del periodismo. Legendarias cabeceras y con ellas parte de la historia, en unas ocasiones más gloriosa que en otras, del periodismo de nuestro país se descomponen en subastas abiertas de su línea editorial ante los todopoderosos grupos de inversión internacionales. El derecho a informar libremente se ha convertido en un derecho privatizado a golpe de talonario, por desgracia para ellos; los nuevos magnates de la desinformación, el periodismo libre es un animal demasiado resiliente como para desaparecer por completo. Personalmente nunca he estado muy convencido de que como dicen las cucarachas fuesen a ser las únicas en sobrevivir al fin del mundo, pero sin embargo, siempre he pensado en que de producirse mañana ese repentino final, con total seguridad allí habría un periodista para contarlo. Después de todo les desafío a nombrarme un suceso trágico de nuestra historia reciente en la que no haya estado presente un periodista, a las cucarachas tarde o temprano uno logra quitárselas totalmente de encima en las redacciones, por mucho que sus servicios prestados les valgan nuevos puestos meramente ornamentales en la empresa del país.

Pese a todo, el periodismo español vive una nueva juventud en cuanto a su calidad con medios como Infolibre, Eldiario, Nueva Revolución, 5W, A Nosa Terra, Luzes, Negratinta o El Salto, proyectos estos entre tantos otros más o menos asentados de un periodismo que se niega a desaparecer, pero no puede existir un periodismo fuerte y digno sin una base de lectores sólida, comprometida en un pacto cerrado con aquellos que desde el otro lado de la página tienen la firme convicción de proporcionarnos la verdad por encima de todo.

Las denuncias de Caruana Galizia contra el primer ministro Joseph Muscat, a quien la periodista acusaba de corrupción, lo  llevaron a convocar elecciones anticipadas en las que pese a las sospechas por corrupción, logró la victoria por amplia mayoría. Pese a todo, la periodista maltesa decidió que intentar sacar la verdad a la luz para cambiar las cosas merecía la pena. El mejor homenaje a su memoria, es que hoy ustedes y nosotros, renovemos un pacto que resulta más necesario que nunca.


Para todos aquellos que perdieron la vida por un oficio para el que sin duda, nacieron. Que la tierra os sea leve compañeros.

asesinato-periodista-sonora1

12 de octubre, nada que celebrar

“Cuando vinieron los misioneros a África tenían la Biblia y nosotros la tierra. Nos dijeron: vamos a rezar. Cerramos los ojos. Cuando los abrimos, teníamos la Biblia y ellos la tierra”.

Desmond Tutu

“Tenemos 500 años aquí y nunca nos callaremos, mucho menos ante un monarca.”

Hugo Chávez

El día 12 de octubre no se conmemora en la fiesta nacional, sino un genocidio. No escogimos un 29 de septiembre, ni un 5 de junio para fomentar nuestro orgullo como españoles, por la contra, señalamos la fecha en la que en 1492 nuestro ejercito se desplegó para invadir lo que para ellos suponía simplemente un territorio donde imponer sus costumbres. El imperio español ignoro el desarrollo a través de los siglos de diversos grupos indígenas, cazadores, recolectores y agricultores que habitaban antes de su llegada aquel nuevo mundo. La imposición religiosa, la esclavitud, el saqueo y la guerra fueron los instrumentos que el imperio español utilizó a la hora de imponer su cultura en el continente americano, un comportamiento bárbaro e inhumano fruto de un etnocentrismo comprensible en el siglo XVI, pero que de ningún modo debería suponer motivo de orgullo o celebración en pleno siglo XXI.

La fiesta nacional supone a día de hoy una celebración de tan solo una parte de España, la de la imposición cultural, el ejercito, la iglesia y una corona que todavía hoy, como en 1492, reina y gobierna. No de igual forma, ni con la misma intensidad, pero la monarquía y el mensaje tras su poder, todavía sigue presente en España. Un país que celebra su día nacional de espaldas al mundo y a gran parte de sus propios habitantes, que se niega a comprender lo cruel e inhumano de un proceso histórico que rememora un Imperio ya pasado, y una fuerza perdida que a menudo explica el enorme complejo de sociedad en franca decadencia que consigo portan tantas veces los españoles.

Torpedeamos nuestros abundantes méritos centrándonos en viejas conquistas con demasiada sangre tras ellas como para lograr ofrecérselas al mundo, al igual que sucede con la tauromaquia, la clase política española hace uso de un símbolo que nos separa, para intentar representar un sentir común de nuestro país. En un mundo globalizado España debe reconocer como fue la conquista de América, abandonar los intentos por glorificar una época en la que nuestros valores no eran los mismos por los que hoy luchamos y pedir perdón, perdón a los pueblos que sometimos a nuestras armas y a sus herederos indígenas. Sí nos empeñamos en tener monarquía, ese debiese ser su primer cometido.

España se empeña cada año en celebrar la imposición por las armas y la decadencia de su cultura, mientras tanto, el Guernica, la Sagrada Familia, o el mismísimo Quijote esperan su oportunidad para mostrarse al mundo en nuestra fiesta nacional. Un país democrático, celebraría su cultura y pediría perdón por su barbarie. España no se merece conmemorar lo peor de si misma, no nos merecemos una eterna culpabilidad. Para ello resulta necesario cerrar las heridas, comprender finalmente el dolor causado y el sentir de unos pueblos que no civilizamos, sino que conquistamos. Hoy sin duda sería un buen momento para mostrar nuestro respeto al Día de la Resistencia Indígena.

 

desembarco_de_colc3b3n_de_dic3b3scoro_puebla

“En 1492, los nativos descubrieron que eran indios, descubrieron que vivían en América, descubrieron que estaban desnudos, descubrieron que existía el pecado, descubrieron que debían obediencia a un rey y a una reina de otro mundo y a un dios de otro cielo, y que ese dios había inventado la culpa y el vestido y había mandado que fuera quemado vivo a quien adorara el sol y a la luna y a la tierra y a la lluvia que la moja”

Eduardo Galeano

 

 

 

Catalunya: Evasión o victoria

“La posibilidad de competir en el evento deportivo más grande del mundo era una oportunidad que no podía rechazar”

Ryan Giggs, aclarando estar orgulloso de poder participar en unos Juegos, pero no de representar al Reino Unido.

“Ganar o perder, pero siempre con democracia”.
Socrates de Souza.
Supongo que apesadumbrada y solidaria con el mal momento que Mariano Rajoy está pasando con todo eso del proceso independentista de Catalunya, parte de la España profunda; esa que habitualmente se encuentra ideológicamente con nuestro presidente del gobierno en las páginas interiores del Marca, ha decidido trasladar la tensión existente entre el Govern de Catalunya y el Estado español a un terreno en donde el jefe del ejecutivo se pueda sentir más cómodo: El fútbol.
Entre los legalistas corrillos de Ultra Sur y las más castizas barras de bar, ha surgido la idea de que gran parte de la culpa del guirigay de naciones de los últimos meses, reside en que todo esto de la identidad catalana, el derecho a la autodeterminación de los pueblos o las protestas sociales pacíficas, no terminan de atraer al diálogo a un presidente del gobierno poco acostumbrado a la vida política más allá del decreto-ley y la negociación con su marca blanca. Por ello, la España demócrata de toda la vida ha decidido llevar definitivamente al campo de fútbol la disputa política. Después de todo, sí existe algo que pueda lograr que Mariano Rajoy se siente a dialogar con Catalunya, sin duda eso es la estabilidad de la selección española en año de mundial.
El gran damnificado de la dinámica aglutinadora de un conflicto con claros tintes populistas, sin duda ha sido Gerard Piqué. Al jugador catalán del Barça y de la selección española, le ha tocado vivir en sus propias carnes las delirantes consecuencias de quién representando a España en el mundo, decide en un momento dado posicionarse abiertamente en el discurso crítico con la blindada unidad del estado español. No es cierto como afirman algunos medios que Piqué se haya declarado firmemente independentista, como tampoco lo es que apoyando el derecho a decidir del pueblo catalán, el central campeón del mundo y de Europa haya renunciado implícitamente a jugar con España.
Lo que ha hecho Gerard Piqué es simplemente exigir su derecho y el derecho de su pueblo a expresarse. Nada más, sin anunciar el sentido de su voto, ni hacer campaña por causa alguna más allá de la puramente democrática. Pese a ello durante la concentración de la selección española en la Ciudad del Fútbol de Las Rozas, Gerard Piqué tuvo que escuchar gritos tan dispares como “Piqué cabrón, España es tu nación” o “Piqué vete a tu país”, curiosamente ambos lanzados por las mismas gargantas patrióticas a todas luces confundidas tras largas horas de dudosas emisiones televisivas  y altas dosis de política ficción, ahora conocida  como populismo.
En un ambiente como el mundo del fútbol tan propicio para dejarse llevar por argumentos en donde prevalezcan las pasiones por encima de la razón, es en donde uno puede identificar alguna de las causas por las que el referéndum catalán y las consecuencias que de este devengan molestan tan profundamente en el seno del Estado. El español medio y me temo que con él por única vez nuestro presidente, piensa en la política territorial española en términos muy cercanos a los futbolísticos, ese es el principal motivo por el que la convivencia de dos sentimientos diferenciados en algo tan profundo como es la nación, resulta difícilmente asumible para una España acostumbrada a cambiar de chaqueta con total facilidad en cualquier terreno excepto en el futbolístico. Supongo que parte de esta lógica se basa en que al igual que uno no puede ser abonado del Madrid y al mismo tiempo declararse aficionado o simpatizante del Athletic, la idea de sentirse con igual intensidad catalán y español al mismo tiempo tampoco tiene cabida en ese reducido esquema mental.
En nuestra democracia la forma de sentirse gallego, vasco, catalán o andaluz, es sintiéndose español. Uno puede hablar eusquera; sin pasarse, implantar el concepto de la morriña a nivel peninsular o incluso jugar una pachanga de navidad con las selecciones autonómicas, pero cuando la cosa se pone seria, es decir, cuando es año de mundial, se deja claro por encima de todo que la única realidad nacional existente en el estado español es la de la monarquía de los Borbones.
Son pocos los futbolistas que deciden complicarse la vida entrando a la arena política desde una realidad ya de por sí tan radicalizada como es el la del fútbol, pero el paso al frente de Gerard Piqué no ha sido ni mucho menos el único. A nadie parecieron molestarle las declaraciones de Roberto Soldado calificando como “cuadrilla” a los votantes de Podemos. Ningún medio le exigió compromiso con esa parte de los españoles en sus actuaciones con la selección y curiosamente en gran parte de los estadios de España su patriotismo pareció incluso salir reforzado. Tampoco las soflamas contra el Estatut o el apoyo implícito a la guerra ilegal de Irak de Salva Ballesta sirvieron para cuestionar su españolidad, Si hay algún vasco o catalán que no se sienta español se tiene que joder porque es español, sino, que mire su DNI”, tras declaraciones de este calibre, el ex-delantero y confeso admirador de Antonio Tejero, incluso recibió un fuerte apoyo mediático en el momento que la afición del Celta rechazó su fichaje por no encajar con los valores del Club.
“No pido la independencia, al menos yo no. Pido que se pueda votar. Es algo democrático. Si la gente no tiene derecho a expresar lo que siente, volveríamos a una época que ya hemos pasado. La evolución es mirar adelante” “La secesión haría a Cataluña y España más débiles’ Piqué no ha renunciado en ningún momento a jugar con la selección, tampoco ha declarado abiertamente no sentirse español. Al contrario que jugadores como Oleguer o Nacho Fernández a los que la decisión de negarse a jugar con España les valió críticas de antipatriotas y enemigos de España, Gerard Piqué simplemente ha dado un paso al frente desde su club y la propia selección para defender los derechos de todos aquellos que en Catalunya quieren decidir en las urnas su relación con España.
La desproporcionada reacción frente a unas declaraciones de un deportista que carece de cualquier tipo de repercusión política, ejemplifican a la perfección la posición de un estado español desquiciado y de gran parte de su población, la cual se muestra intransigente ante una marea ciudadana que en Catalunya no desaparecerá fruto de la intimidación dialéctica o las sanciones legales. Negarse a buscar un nuevo marco de convivencia en donde todos los pueblos puedan decidir democráticamente su futuro, supone la vía más rápida para empujar fuera de España a muchos ciudadanos que hasta el día de hoy todavía se sentían parte de España. No será Puigdemont, ni el Govern quienes los empujen fuera, sino la intransigencia en forma de porrazos propia de los políticos ultras y el silencio complice de gran parte de España.

P.D. Soy plenamente consciente de la fragilidad “real” de gran parte de los paralelismos usados en este artículo, pero permitan a este humilde escritor jugar con la lógica deportiva como desesperado intento para lograr penetrar en la dinámica intelectual de un Mariano Rajoy a todas luces nativo en el lenguaje deportivo de las narraciones de Champions, pero por desgracia amarcinado en su respuesta ante las crisis políticas. Dudo sinceramente que este pequeño juego vaya a empeorar nada y en el mejor de los casos, podría evitar que nuestro presidente del gobierno termine por arrastrarnos sin remedio al surgir del sentimiento independentista en la Provincia de Soria.
pique-1.jpg

Diarios en la sociedad patriarcal española ( I )

Una vez más el sentarse frente al teclado viene acompañado del sonido ensordecedor de los gritos que preceden al silencio, la sensación del cuerpo entumecido por el recuerdo de tantos golpes a lo largo del tiempo y especialmente el sabor de la sangre, ese sabor  inconfundible que se pega a uno mientras sobre una página en blanco deja caer unos cientos de palabras más que se sumen a la de todos aquellos que se indignaron, lucharon y lloraron antes por la vida arrebata a una mujer en alguna parte del mundo.  Por segunda vez en una semana, una localidad española revive el arcaico rito patriarcal del hombre que quien sabe si por celos, por venganza o simplemente porque le pertenecía, decide acabar con la vida de “su” mujer con varias puñaladas certeras en su cuerpo. Un cuerpo que el asesino siente como su propiedad, una parte vital de sus pertenencias a la que no está dispuesto a renunciar, por ello nunca la dejaría atrás pese a conocer en su destino la muerte,  la cobardía del maltratador se muestra  de forma muy especial en su incapacidad para quitarse la vida antes de consumar su transformación en el más cruel de los demonios.

La casualidad o quizás la mera probabilidad (después de todo las posibilidades de sufrir violencia machista en España no resultan especialmente bajas) ha hecho que una nueva hoguera de las vanidades bañada en sangre de mujer, haya coincidido en el tiempo con el día en el que el parlamento español daba luz verde a un pacto de estado contra la violencia de estado, un pacto transformado en maquillaje político para unos partidos que al tiempo que votaban su aprobación, lo condenaban en su ejecución debido a unos presupuestos que no parecen guardar todavía espacio suficiente para intentar poner fin a la lacra del terrorismo machista. La falta de de garantías para la puesta en marcha de este acuerdo de mínimos y su indefinición en el tiempo, parecen apuntar a una nuevo caso de “ley florero”  proyectos como la ley como la de Memoria Histórica o la propia ley de Dependencia, que se han quedado en meros adornos progresistas para un estado que no lo es tanto como le gusta aparentar.

Como si se acabase de editar la primera edición en castellano de “El Segundo sexo” de Simone de Beauvoir o La Sentencia de Campo Algodonero todavía nos comenzase a remover hoy las conciencias en España, el pacto que todas las fuerzas políticas han alcanzado hoy  en nuestro país, se antoja desde su aprobación ya como insuficiente y desfasado en su concepción del terrorismo machista, ese al que todavía hoy el estado se niega a llamar por su nombre, el nombre que debiese recibir todo acto de quien pretende hacer uso del terror contra una mujer para imponer su dominación sobre ella. Entre las medidas aprobadas destaca el reconocimiento como víctimas de las madres cuyos hijos son asesinados por la locura patriarcal, una medida necesaria, simplemente por lo inconcebible de que esto no fuese así hasta hoy. Medidas destinadas a poner barreras frente a los matrimonios forzosos o el acoso sexual en el puesto de trabajo, en definitiva parches insuficientes para una sociedad que con el paso de las generaciones va abriendo muy lentamente los ojos a la realidad de la explotación a la que se ven sometidas las mujeres por el simple hecho de la construcciones de género que firmemente hemos establecido entre todos.

Un acuerdo de mínimos que no reconoce en toda su profundidad la igualdad de la mujer con el hombre y la sistemática opresión que el sistema social patriarcal está ejerciendo sobre ella. Resulta moral apoyar este acuerdo simplemente porque las muertas pesan demasiado ya y no podemos esperar sin concesiones hasta que la sociedad y con ella sus políticos cambien, no podemos hacerlo por ellas, por las que ahora mismo sufren en silencio los golpes, el desprecio, la discriminación, la amenaza de la muerte a manos de un hombre, simplemente por el hecho de ser mujer. A ellas con la pírrica victoria de hoy les décimos que no están solas, pero también que resulta más necesario que nunca levantarse para exigir los derechos de la mujer en un mundo regido por hombres y para hombres. Todavía queda mucha lucha por delante para conseguir una sociedad justa e igualitaria, una sociedad en la que la justicia tenga claro que el asesinato de una mujer no es una cuestión de debilidad frente al hombre y en donde nadie pueda preguntarte si has cerrado bien las piernas ante una violación. Simplemente una sociedad en la que nunca más el recuerdo de los golpes o el sabor de la sangre tenga que acompañarnos frente a un teclado al hablar de las mujeres.

unoscuantospiquetitos19bj0

El viento que agita Catalunya

Cuando el 2 de junio de 2014, Juan Carlos I manifestó su disposición a renunciar a la corona para entregársela a su hijo Felipe, el por entonces jefe de Estado era plenamente consciente de que su tiempo había acabado, muy probablemente también podía presentir en ello el fin de toda una época.

Tras un largo letargo la abdicación del monarca directamente legitimado por la dictadura, suponía una firme señal de que los españoles tímidamente comenzaban a perder el miedo a una transición llevada a cabo bajo la firme amenaza de los ruidos de sable del ejercito y el miedo palpable de una ciudadanía, que era plenamente consciente de que la muerte del dictador en su cama para nada significaba que se hubiese eliminado de un plumazo la amenaza de todo un tejido de poder, que en esencia permanecía inalterable.

La detención de altos cargos de la Generalitat, los operativos para intervenir material censal, la suspensión de actos a favor del derecho a decidir y el acoso sistemático a ciertos medios de comunicación con el objetivo de dificultar el ejercicio de la libertad informativa sobre el referéndum, nos recuerda una vez más las graves carencias de un sistema heredado de una dictadura fascista. Una herencia envenenada en forma de juramente al propio dictador y a todas sus leyes, concretamente el sucesor de la monarquía surgida del 18 de julio, Juan Carlos I, juro ‘lealtad a su excelencia el Jefe del Estado y fidelidad a los Principios del Movimiento Nacional y demás leyes fundamentales del Reino’.

El “surgimiento” de la institución monárquica permitía cerrar las puertas al la legitimidad republicana, al mismo tiempo que la implementación de una particular concepción de la libertad de expresión y de prensa, apoyada por un eficiente órgano policial y judicial, lograba soterrar las voces más discordantes con el modelo económico y social del estado. A su vez, la implementación del modelo autonómico como base territorial, pretendía postergar, sino soterrar para siempre, los sentimientos nacionales que directamente cuestionaban la firme unidad de España. El sistema resultante de la transición española dejaba todo atado y bien atado, para la élite franquista tras la muerte en cama del dictador.

Un decorado democrático que ha tardado nada menos que treinta y ocho años en desplomarse. Al igual que no fue Botsuana, ni sus escarceos amorosos, ni tan siquiera la corrupción la que acabo con el reinado del ciudadano Juan Carlos, el pulso entre Catalunya y España por el referéndum  del 1 de octubre no será lo que derrumbe la monarquía constitucional española, aunque con toda probabilidad contribuya de manera definitiva a ello. El auge independentista en Catalunya supone la captura a gran formato de un proceso con numerosos precedentes políticos que hoy tras las continuas provocaciones del Partido Popular, ejercidas de forma partidistas y con escasa responsabilidad de estado, finalmente encara con una amplia mayoría social un proceso de ruptura con la rigidez constitucional del estado.

El Procés Constituent de Catalunya supone sin duda el síntoma más evidente de un estado inflexible y autoritario con la diversidad de sus territorios y sus ciudadanos. Ayer dijeron no al referéndum por la República, se negaron a modificar una ley de partidos claramente desproporcionada e impidieron cualquier posibilidad de un modelo económico alternativo al liberal cuando sin consulta popular alguna modificaron el artículo 135 de nuestra Constitución, pero hoy sin sonrojarse, piden diálogo y respeto a esa misma Carta Magna en cuyo nombre el Partido Popular interviene las cuentas catalanas y suspende de facto la autonomía en Catalunya.

El discurso del Estado Español es el de que solo el control del uso la fuerza otorga finalmente legitimidad a una nación, un discurso apoyado en la imagen de las unidades antidisturbios embarcando en puertos españoles rumbo a Catalunya con la firme intención de reprimir a un pueblo que únicamente reclama su derecho a votar. Los mismos que defendieron el golpe de estado contra la legitimidad republicana, se empeñan hoy en defender a capa y espada el inmovilismo de una constitución que simplemente necesita de una reforma para garantizar el derecho a decidir de un pueblo. Un derecho  que a todas luces parece ser lo que realmente preocupa a quienes nos gobiernan.

A día de hoy la retirada de la convocatoria del referéndum del 1 de octubre, no supondría cambio alguno en un proceso que inteligentemente el Govern ha sabido delegar justo a tiempo en las calles y plazas de Catalunya. No se pueden respetar los procedimientos estipulados ante a un Estado que decide hacer uso de la Guardia Civil, en lugar de convocar a un comité  de juristas y sociólogos para solucionar una profunda crisis estructural.

Hoy es tiempo de alternativa, tiempo de cambio y también es tiempo de ruptura. Tan solo la presión popular y la convocatoria inmediata de nuevas elecciones a nivel estatal, pueden permitir encarar un proceso de reforma (sino reconstrucción) constitucional que entre otros muchos cambios, permita una consulta popular pactada en Catalunya capaz de poner fin a un choque de trenes que ni una derecha autoritaria, ni una izquierda temerosa parecen capaces de evitar.

“Las ideas no necesitan ni de las armas, en la medida en que sean capaces de conquistar a las grandes masas”. 

Fidel Castro

lavanguardia_g_16718109159-kh5h-u40581731330lpc-992x558lavanguardia-web-portada

 

 

El Hormiguero, ¡Muera la inteligencia!

Partamos de una premisa clara, otorgarle a El Hormiguero un Premio Nacional de Cultura, sea de la categoría que sea, es una clara ofensa para la inteligencia y el esfuerzo cultural de un país. Pero si además ese premio es otorgado por un gobierno cuya aportación más destacada a la cultura ha sido precisamente el IVA cultural y una ley que blinda y protege la Tauromaquia en todo el territorio nacional, lo que en principio podría interpretarse como una ofensa puntual a un colectivo, pronto termina revelándose como una clara muestra de la firme implementación de una ideología y una política tradicionalmente enemigas de la cultura.

Dejando a un lado las absurdas polémicas en torno a la post verdad y la neolengua en las que uno puede perderse fácilmente entre lo que es real y lo que no, esa misma parece la intención de muchos medios, lo que parece claro es que el galardón concedido por el Ministerio de Cultura y Educación al programa que presenta cada noche Pablo Motos, sí es un premio a la cultura. Concretamente un premio a la difusión de la cultura, otorgado a un programa profundamente machista, que a lo largo de sus emisiones ha dado reiteradas muestras de buscar picos de audiencia en la degradación de la mujer a un mero elemento sexual.

Un programa más preocupado por el actor de Hollywood con el que la invitada de turno rodaría una escena erótica, que en el trabajo como actriz de la misma. En donde el presentador reconoce ver los informativos sin volumen simplemente para “admirar” a una compañera de cadena a la que anteriormente ha tildado de mito erótico, suponemos que en la absurda lógica de Pablo Motos  admirar a una mujer por su belleza es mucho más importante que hacerlo simplemente por su trabajo. Un espacio televisivo donde se aplauden culos, se pregunta por la ropa interior de las invitadas y se hace mofa de la menstruación. En definitiva, un programa en el que Soraya Sáenz de Santamaría y Albert Rivera siempre han estado más cómodos que Pablo Iglesias.

Pero que esperar de un país en el que las plazas de toros todavía se mantienen en pie subvencionadas con fondos públicos como arcaicos monumentos a la tortura animal, mientras joyas como el Parque del Pasatiempo (situado en la localidad de Betanzos) se vienen abajo únicamente sustentados por el esfuerzo de quienes realmente valoran el patrimonio social que supone nuestra cultura.

Cuando Pablo Motos recogía el premio de manos de los reyes de España, lo hacía como fiel servidor a la doctrina del Panem et circenses con la que las élites estatales nos saturan a través de la pequeña pantalla. Una doctrina muy alejada de la realidad cultural de Stevenson, Carroll o Kurosawa, propia de  una clase social a la que parece no afectarle la subida del precio de los libros, el cine o el teatro. Después de todo, la implementación de una pseudocultura narcotizante para el pueblo llano, mientras se privatiza y se pretende elitizar el acceso a la cultura con mayúsculas y las bondades que esta tiene para el espíritu democrático del conjunto de la sociedad, no es una mera casualidad. No dejemos que la fuerza bruta profane una vez más el sagrado recinto de la cultura, su discurso podrá vencer, pero al menos no dejemos que nos convenzan.

“Sólo el que sabe es libre, y más libre el que más sabe… Sólo la cultura da libertad… No proclaméis la libertad de volar, sino dad alas; no la de pensar, sino dad pensamiento. La libertad que hay que dar al pueblo es la cultura.”

Miguel de Unamuno

58

Catalunya no se hizo en un día

“Los catalanes, los gallegos y los vascos serían anti-españoles si quisieran imponer su modo de hablar a la gente de Castilla; pero son patriotas cuando aman su lengua y no se avienen a cambiarla por otra. Nosotros comprendemos que a un gallego, a un vasco o a un catalán que no quiera ser español se le llame separatista; pero yo pregunto cómo debe llamársele a un gallego que no quiera ser gallego, a un vasco que no quiera ser vasco, a un catalán que no quiera ser catalán. Estoy seguro de que en Castilla, a estos compatriotas les llaman “buenos españoles”, “modelo de patriotas”, cuando en realidad son traidores a sí mismos y a la tierra que les dio el ser. ¡Estos sí que son separatistas!”.

Alfonso Daniel Rodríguez Castelao

“Por su condición de nación tienen el derecho de autodeterminación” .

Margaret Thatcher

(Notas: sobre asunto de Escocia en sus memorias.)


Dicen que los gallegos no tenemos demasiado claro si subimos o si bajamos. Personalmente nunca he creído demasiado en esas metáforas que describen la supuesta indecisión de los gallegos, aunque he de admitir que en los últimos años, sí he comenzado a dudar seriamente acerca de sí el presidente del Gobierno, el por todos conocido como gallego Mariano Rajoy, tiene en realidad demasiado claro si apoya al independentismo o no. Por poco que uno piense en ello, descubrirá que razones  para albergar dudas no me faltan.

Pese a que muchos miembros del Partido Popular hoy parezcan no recordarlo, o más bien hagan lo posible por no hacerlo, no ha transcurrido demasiado tiempo desde aquel pacto del Majestic en el que un “joven e inexperto” José María Aznar, cayó engañado por las oscuras garras del nacionalismo catalán para poder gobernar una nación grande y libre como España. En realidad, el por entonces líder de los conservadores españoles, tuvo que llegar a un acuerdo con PNV y CiU para lograr sumar a sus 156 diputados un apoyo que le garantizase el gobierno. Por aquel entonces, la lista de concesiones del Partido Popular al conservadurismo nacionalista liderado por Jordi Pujol fue cuanto menos extensa. Transferencia de las competencias de tráfico a los Mossos d’Esquadra, transferencias en justicia, educación, agricultura, cultura, farmacias, sanidad, empleo, puertos, medio ambiente, mediación de seguros, política lingüística y vivienda, además de la eliminación de la figura del gobernador civil y la puesta en marcha de una serie de inversiones en Cataluña que durante años garantizaron la buena sintonía política entre la Generalitat y Moncloa.

La etapa de Aznar al frente del gobierno español fue una de las más propicias para que el nacionalismo catalán pudiese avanzar en sus objetivos, llegando incluso desde Moncloa a renunciar al liderazgo de  Aleix Vidal-Quadras al frente del PP de Cataluña para de ese modo mejorar la comunicación con CiU. José María Aznar y Jordi Pujol unieron sus caminos políticos por la necesidad apremiante de escaños en Madrid y el fino olfato para las oportunidades económicas presente en la familia Pujol, una unión sin apenas discrepancias que ni tan siquiera la aprobación de la Ley autonómica de Política Lingüística de 1998, la cual Aznar evitó recurrir ante el Tribunal Constitucional, pudo llegar a romper. Eran tiempos buenos para ser nacionalista en España, tiempos en los que según declaraciones de Aznar a TV3, incluso el presidente del gobierno español hablaba catalán en la intimidad.

Sin embargo con el paso de las legislaturas, la etapa de vino y rosas entre Barcelona y Madrid sería recordada en el Partido Popular como aquel breve período en el que se necesitó a Convergencia para poder gobernar en España, nunca más se hablaría de los ofrecimientos que Aznar llegó a realizar a CiU para entrar en su Gobierno. Finalmente, la utilidad política en la Generalitat de imponer el recuerdo de una supuesta intransigencia de Aznar con Cataluña, terminaría distorsionando la memoria de una etapa en la que quizás Cataluña comenzase a construirse como país. Pasado tiempo, Aznar llegaría incluso a proponer suspender la autonomía en Cataluña, pero hablar de eso ahora sería adelantar acontecimientos.

Antes de que estallase la tensión, le tocó el turno al gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, un presidente que en 2004 llegaría al gobierno entre el apoyo directo o la abstención de todo el nacionalismo presente en el arco parlamentario. La etapa de Zapatero supuso a su vez el fin de ETA y el inicio de la larga travesía del Estatut de Catalunya, dos acontecimientos políticos que parecían marcan el fin del imperio de las armas y el comienzo de una nueva lógica a la hora de poner sobre la mesa las diferentes visiones que existían en la sociedad acerca del modelo territorial y la propia concepción del Estado.  Con la presencia de un presidente del gobierno en España que reconocía que el concepto de nación «es discutido y discutible», PSOE, CiU, IU, PNV, BNG y CC, dieron respaldo parlamentario a un referéndum legal y acordado, destinado a ratificar un Estatut que pese a ser finalmente refrendado por el 74% de los votos  (la nota negativa fue la alta abstención)  se encontró  con un recurso en el Constitucional y 4 millones de firmas en su contra presentadas en el Congreso por el Partido Popular. Lo ocurrido después es de sobra conocido por todos, tras cuatro años de tensa espera, el fallo del Tribunal Constitucional enmendaba el voto popular y la ruptura entre gran parte del catalanismo y el Estado español se volvería irreversible. Hoy cabe recordar que durante la campaña del referéndum, tan solo una Esquerra Republicana de Catalunya más pendiente de la independencia de su país que de las competencias autonómicas, y un Partido Popular encerrado y obcecado en la sacralidad de la Constitución, se negaron rotundamente  a aprobar el Estatut.

Y de aquellos fangos, estos lodos. Llegó Mariano Rajoy a la Moncloa al frente de un Partido Popular acorralado por los diversos frentes de la corrupción política, al mismo tiempo que   se tenía que enfrentar al gobierno de Artur Mas en una Cataluña en la que ya se comenzaban a suceder las primeras consultas populares sobre la independencia. Una Catalunya del 3%  inmersa en plena vorágine soberanista, en la que las negativas del estado español a negociar un nuevo sistema fiscal propiciaron el surgimiento de un sentimiento de desconexión real. Las declaraciones del jefe del Ejecutivo catalán emplazando a “un debate serio” sobre la situación de Catalunya pronto tornaron en claros mensajes amenazantes, cuando no claramente rupturistas. En apenas cinco años, Mariano Rajoy logró transformar la postura de debilidad con la que el nacionalismo catalán acudía a negociar a Moncloa tras los últimos varapalos judiciales, en un peligroso sentimiento de incompatibilidad con las estructuras del estado español.

Tras un periplo kafkiano, hoy nos encontramos con la realidad de un Estado en el que se prohiben actos por el  derecho a decidir, mientras con total impunidad se ceden espacios para la exaltación del franquismo. Un estado que se ha mostrado capaz de recurrir a las más profundas cloacas de su Interior, cuando no directamente a la amenaza armada, ante un pueblo que quiere ser considerado una nación. Un estado anacrónico, obsoleto, aislado de su propio tejido social y fuertemente parapetado frente a cualquier cambio tras una constitución inamovible, excepto cuando es el verdadero poder el que pide el cambio. Entonces todo se simplifica enormemente, como sí encadenar nuestro futuro económico al modelo neoliberal europeo fuese menos importante que la nacionalidad con la que uno lo hace.

Desconozco de que lado se decantará finalmente la batalla legitimidades legales y políticas que el Gobierno español y la Generalitat han emprendido, desconozco cual es la hoja de ruta del nacionalismo conservador catalán tras el 1 de Octubre, pero tengo claro el firme convencimiento de que es tan solo con la desobediencia civil y la movilización social que un pueblo oprimido política y económicamente puede alcanzar su libertad. Una autodeterminación real, que uno puede lograr como español o como catalán, esperemos que finalmente ese sea el verdadero mensaje.

P.D. Sigo sin tener demasiado claro que Mariano Rajoy no sea un independentista infiltrado.

ciu-erc-referendum-independencia-cataluna-2014-default