La asesinaron en Malta

A la periodista maltesa Daphne Caruana Galizia, la han asesinado en Malta tras haberse convertido en una figura relevante en su país, por su trabajo de investigación contra el gobierno local, presuntamente implicado en una trama de corrupción durante la investigación de los Panama Papers. A pocos metros de su casa la bomba bajo el coche que la periodista había alquilado en el poblado de Bidnija, al norte de Malta, saltaba por los aires con una potencia inusitada, para silenciar al periodismo de investigación en Europa. Daphne ha traído a nuestras puertas las consecuencias a las que cada día se enfrentan los periodistas de lugares como México, Honduras, Siria, India, Colombia o Israel. Lugares estos, entre tantos otros, en donde el derecho a informar puede costar la vida.

Decía el novelista y ensayista cubano Alejo Carpentier, que el periodismo es una maravillosa escuela de vida, pero por desgracia demasiado a menudo el periodismo también es muerte. Una muerte que acecha a aquellos que una vez descubierta la verdad del mundo no pudieron evitar escribirla o fotografiarla para nosotros, seguramente con la vaga esperanza de contribuir a cambiar las cosas. A menudo el periodista de raza, aquel que siente la profesión más allá de lo que el mismo puede llegar a comprender, no puede evitar remar contracorriente por muy perdida que parezca una causa.

Cándido Ríos fue acribillado a balazos junto a un expolicía en Hueyapan de Ocampo (México) por osarse a desafiar el gobierno del narco y sus leyes del silencio. De nada le sirvió a “El Pabuche” formar parte de un programa gubernamental de protección a periodistas y defensores de derechos humanos, el mensaje para el Diario de Acayucan y para el resto de medios era claro: En México sí quieren informar sobre la violencia del narco, mandan ustedes a sus hombres a morir.

México se ha convertido, en parte por méritos propios, en parte por la inestimable colaboración de su vecino yanqui, en el lugar más peligroso del planeta para ejercer el periodismo, el trabajo de investigación mexicano sobre el narco no existe salvo por contadas pero valerosas excepciones como las de los reporteros de Ríodoce. No en vano, alguno de los tipos de esa redacción podría llegar incluso a aburrirse en Restrepo.

Hace tiempo que en México no se buscan las causas o las consecuencias de la guerra del narco o las implicaciones de una narcocultura que llega a impregnar hasta la cima política del país, la labor de un periodista si no se quiere jugar la vida  debe ser la de un mero transmisor del mensaje de turno de los cárteles de la droga. Un mensaje que a menudo se plasma en cuerpos mutilados, cruentos asesinatos o decapitaciones que han pasado a competir por lectores y un espacio publicitario en los blogs y medios mexicano.

Para un país en donde la violencia y la muerte se han convertido en una constante, el asesinato en Sinaloa del periodista experto en narcotráfico Javier Valdez, no supuso en su gobierno mucho más que el compromiso de una condolencia ya mecanizada, en tan solo 12 meses han asesinato a 14  periodistas sin que haya un solo detenido. Perdidas como la de Javier Valdez, probablemente sean muy difíciles de recuperar para una profesión en la que los cínicos cada día cobran más fuerza.

Cuando uno tiene en sus manos el excepcional libro “Novato en nota roja” del que fue corresponsal en Tegucigalpa Alberto Arce, tiene ante sí toda una lección de periodismo canalla y honesto, canalla debido a que uno puede adivinar fácilmente entre las líneas del autor la constante decadencia de una profesión a la que el negocio se ha encargado de arrebatarle cualquier atisbo de romanticismo, honesto porque si uno desea hacer periodismo hoy en día es bueno que se vaya acostumbrando a que no siempre va a poder escribir sobre aquello que los medios, y gracias a ellos también el mundo, reclaman.

Como el propio Alberto anuncia, Honduras no es Irak, pero puede parecérsele. En el país centroamericano mueren asesinadas cada año 85 personas por cada 100 000 habitantes, el paso de la cocaína por su territorio camino a Estados Unidos ha dejado una guerra entre pandillas que prevalece en la rutina diaria  del país con total impunidad.  En este contexto, los periodistas al igual que toda la población del país, son rehenes de una violencia sin sentido que a llegado a causar un promedio de 20 muertos diarios. Las crónicas de Tegucigalpa pueden no tener el mismo valor mercantil que las de Bagdad o Raqqa, pero el valor periodístico y puede que también el riesgo que corren sus autores, es exactamente el mismo. Para un periodista, la muerte no entiende de modas o nacionalidades cuando el teclado supone la única vía de escape para un alma a todas luces rota.

En Honduras como en Turquía o en España, la apología del terrorismo ha pasado a suponer desde hace un tiempo, por supuesto en muy diferentes medidas, una excusa para cercenar la libertad de prensa. Profesionales como la periodista holandesa Frederike Geerdink  o la vasca Iraitz Salegi han sufrido en sus carnes la persecución política de quienes haciendo un claro uso torticero de la justicia, han decidido desde las altas instituciones de un estado, presionar  a sus periodistas para intentar acallar su mensaje.  Una multa o la amenaza de la cárcel nunca se podrá comparar con la perdida de una vida, pero el mensaje es el mismo. El mismo que se esconde tras las amenazas contra periodistas de los gobiernos acosados por la corrupción, el boicot a sus medios, los intentos por desprestigiarlos o en última instancia, las presiones directas para cambiar o eliminar contenidos.

Vivimos inmersos en la decadencia de las grandes marcas del periodismo. Legendarias cabeceras y con ellas parte de la historia, en unas ocasiones más gloriosa que en otras, del periodismo de nuestro país se descomponen en subastas abiertas de su línea editorial ante los todopoderosos grupos de inversión internacionales. El derecho a informar libremente se ha convertido en un derecho privatizado a golpe de talonario, por desgracia para ellos; los nuevos magnates de la desinformación, el periodismo libre es un animal demasiado resiliente como para desaparecer por completo. Personalmente nunca he estado muy convencido de que como dicen las cucarachas fuesen a ser las únicas en sobrevivir al fin del mundo, pero sin embargo, siempre he pensado en que de producirse mañana ese repentino final, con total seguridad allí habría un periodista para contarlo. Después de todo les desafío a nombrarme un suceso trágico de nuestra historia reciente en la que no haya estado presente un periodista, a las cucarachas tarde o temprano uno logra quitárselas totalmente de encima en las redacciones, por mucho que sus servicios prestados les valgan nuevos puestos meramente ornamentales en la empresa del país.

Pese a todo, el periodismo español vive una nueva juventud en cuanto a su calidad con medios como Infolibre, Eldiario, Nueva Revolución, 5W, A Nosa Terra, Luzes, Negratinta o El Salto, proyectos estos entre tantos otros más o menos asentados de un periodismo que se niega a desaparecer, pero no puede existir un periodismo fuerte y digno sin una base de lectores sólida, comprometida en un pacto cerrado con aquellos que desde el otro lado de la página tienen la firme convicción de proporcionarnos la verdad por encima de todo.

Las denuncias de Caruana Galizia contra el primer ministro Joseph Muscat, a quien la periodista acusaba de corrupción, lo  llevaron a convocar elecciones anticipadas en las que pese a las sospechas por corrupción, logró la victoria por amplia mayoría. Pese a todo, la periodista maltesa decidió que intentar sacar la verdad a la luz para cambiar las cosas merecía la pena. El mejor homenaje a su memoria, es que hoy ustedes y nosotros, renovemos un pacto que resulta más necesario que nunca.


Para todos aquellos que perdieron la vida por un oficio para el que sin duda, nacieron. Que la tierra os sea leve compañeros.

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12 de octubre, nada que celebrar

“Cuando vinieron los misioneros a África tenían la Biblia y nosotros la tierra. Nos dijeron: vamos a rezar. Cerramos los ojos. Cuando los abrimos, teníamos la Biblia y ellos la tierra”.

Desmond Tutu

“Tenemos 500 años aquí y nunca nos callaremos, mucho menos ante un monarca.”

Hugo Chávez

El día 12 de octubre no se conmemora en la fiesta nacional, sino un genocidio. No escogimos un 29 de septiembre, ni un 5 de junio para fomentar nuestro orgullo como españoles, por la contra, señalamos la fecha en la que en 1492 nuestro ejercito se desplegó para invadir lo que para ellos suponía simplemente un territorio donde imponer sus costumbres. El imperio español ignoro el desarrollo a través de los siglos de diversos grupos indígenas, cazadores, recolectores y agricultores que habitaban antes de su llegada aquel nuevo mundo. La imposición religiosa, la esclavitud, el saqueo y la guerra fueron los instrumentos que el imperio español utilizó a la hora de imponer su cultura en el continente americano, un comportamiento bárbaro e inhumano fruto de un etnocentrismo comprensible en el siglo XVI, pero que de ningún modo debería suponer motivo de orgullo o celebración en pleno siglo XXI.

La fiesta nacional supone a día de hoy una celebración de tan solo una parte de España, la de la imposición cultural, el ejercito, la iglesia y una corona que todavía hoy, como en 1492, reina y gobierna. No de igual forma, ni con la misma intensidad, pero la monarquía y el mensaje tras su poder, todavía sigue presente en España. Un país que celebra su día nacional de espaldas al mundo y a gran parte de sus propios habitantes, que se niega a comprender lo cruel e inhumano de un proceso histórico que rememora un Imperio ya pasado, y una fuerza perdida que a menudo explica el enorme complejo de sociedad en franca decadencia que consigo portan tantas veces los españoles.

Torpedeamos nuestros abundantes méritos centrándonos en viejas conquistas con demasiada sangre tras ellas como para lograr ofrecérselas al mundo, al igual que sucede con la tauromaquia, la clase política española hace uso de un símbolo que nos separa, para intentar representar un sentir común de nuestro país. En un mundo globalizado España debe reconocer como fue la conquista de América, abandonar los intentos por glorificar una época en la que nuestros valores no eran los mismos por los que hoy luchamos y pedir perdón, perdón a los pueblos que sometimos a nuestras armas y a sus herederos indígenas. Sí nos empeñamos en tener monarquía, ese debiese ser su primer cometido.

España se empeña cada año en celebrar la imposición por las armas y la decadencia de su cultura, mientras tanto, el Guernica, la Sagrada Familia, o el mismísimo Quijote esperan su oportunidad para mostrarse al mundo en nuestra fiesta nacional. Un país democrático, celebraría su cultura y pediría perdón por su barbarie. España no se merece conmemorar lo peor de si misma, no nos merecemos una eterna culpabilidad. Para ello resulta necesario cerrar las heridas, comprender finalmente el dolor causado y el sentir de unos pueblos que no civilizamos, sino que conquistamos. Hoy sin duda sería un buen momento para mostrar nuestro respeto al Día de la Resistencia Indígena.

 

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“En 1492, los nativos descubrieron que eran indios, descubrieron que vivían en América, descubrieron que estaban desnudos, descubrieron que existía el pecado, descubrieron que debían obediencia a un rey y a una reina de otro mundo y a un dios de otro cielo, y que ese dios había inventado la culpa y el vestido y había mandado que fuera quemado vivo a quien adorara el sol y a la luna y a la tierra y a la lluvia que la moja”

Eduardo Galeano

 

 

 

Catalunya: Evasión o victoria

“La posibilidad de competir en el evento deportivo más grande del mundo era una oportunidad que no podía rechazar”

Ryan Giggs, aclarando estar orgulloso de poder participar en unos Juegos, pero no de representar al Reino Unido.

“Ganar o perder, pero siempre con democracia”.
Socrates de Souza.
Supongo que apesadumbrada y solidaria con el mal momento que Mariano Rajoy está pasando con todo eso del proceso independentista de Catalunya, parte de la España profunda; esa que habitualmente se encuentra ideológicamente con nuestro presidente del gobierno en las páginas interiores del Marca, ha decidido trasladar la tensión existente entre el Govern de Catalunya y el Estado español a un terreno en donde el jefe del ejecutivo se pueda sentir más cómodo: El fútbol.
Entre los legalistas corrillos de Ultra Sur y las más castizas barras de bar, ha surgido la idea de que gran parte de la culpa del guirigay de naciones de los últimos meses, reside en que todo esto de la identidad catalana, el derecho a la autodeterminación de los pueblos o las protestas sociales pacíficas, no terminan de atraer al diálogo a un presidente del gobierno poco acostumbrado a la vida política más allá del decreto-ley y la negociación con su marca blanca. Por ello, la España demócrata de toda la vida ha decidido llevar definitivamente al campo de fútbol la disputa política. Después de todo, sí existe algo que pueda lograr que Mariano Rajoy se siente a dialogar con Catalunya, sin duda eso es la estabilidad de la selección española en año de mundial.
El gran damnificado de la dinámica aglutinadora de un conflicto con claros tintes populistas, sin duda ha sido Gerard Piqué. Al jugador catalán del Barça y de la selección española, le ha tocado vivir en sus propias carnes las delirantes consecuencias de quién representando a España en el mundo, decide en un momento dado posicionarse abiertamente en el discurso crítico con la blindada unidad del estado español. No es cierto como afirman algunos medios que Piqué se haya declarado firmemente independentista, como tampoco lo es que apoyando el derecho a decidir del pueblo catalán, el central campeón del mundo y de Europa haya renunciado implícitamente a jugar con España.
Lo que ha hecho Gerard Piqué es simplemente exigir su derecho y el derecho de su pueblo a expresarse. Nada más, sin anunciar el sentido de su voto, ni hacer campaña por causa alguna más allá de la puramente democrática. Pese a ello durante la concentración de la selección española en la Ciudad del Fútbol de Las Rozas, Gerard Piqué tuvo que escuchar gritos tan dispares como “Piqué cabrón, España es tu nación” o “Piqué vete a tu país”, curiosamente ambos lanzados por las mismas gargantas patrióticas a todas luces confundidas tras largas horas de dudosas emisiones televisivas  y altas dosis de política ficción, ahora conocida  como populismo.
En un ambiente como el mundo del fútbol tan propicio para dejarse llevar por argumentos en donde prevalezcan las pasiones por encima de la razón, es en donde uno puede identificar alguna de las causas por las que el referéndum catalán y las consecuencias que de este devengan molestan tan profundamente en el seno del Estado. El español medio y me temo que con él por única vez nuestro presidente, piensa en la política territorial española en términos muy cercanos a los futbolísticos, ese es el principal motivo por el que la convivencia de dos sentimientos diferenciados en algo tan profundo como es la nación, resulta difícilmente asumible para una España acostumbrada a cambiar de chaqueta con total facilidad en cualquier terreno excepto en el futbolístico. Supongo que parte de esta lógica se basa en que al igual que uno no puede ser abonado del Madrid y al mismo tiempo declararse aficionado o simpatizante del Athletic, la idea de sentirse con igual intensidad catalán y español al mismo tiempo tampoco tiene cabida en ese reducido esquema mental.
En nuestra democracia la forma de sentirse gallego, vasco, catalán o andaluz, es sintiéndose español. Uno puede hablar eusquera; sin pasarse, implantar el concepto de la morriña a nivel peninsular o incluso jugar una pachanga de navidad con las selecciones autonómicas, pero cuando la cosa se pone seria, es decir, cuando es año de mundial, se deja claro por encima de todo que la única realidad nacional existente en el estado español es la de la monarquía de los Borbones.
Son pocos los futbolistas que deciden complicarse la vida entrando a la arena política desde una realidad ya de por sí tan radicalizada como es el la del fútbol, pero el paso al frente de Gerard Piqué no ha sido ni mucho menos el único. A nadie parecieron molestarle las declaraciones de Roberto Soldado calificando como “cuadrilla” a los votantes de Podemos. Ningún medio le exigió compromiso con esa parte de los españoles en sus actuaciones con la selección y curiosamente en gran parte de los estadios de España su patriotismo pareció incluso salir reforzado. Tampoco las soflamas contra el Estatut o el apoyo implícito a la guerra ilegal de Irak de Salva Ballesta sirvieron para cuestionar su españolidad, Si hay algún vasco o catalán que no se sienta español se tiene que joder porque es español, sino, que mire su DNI”, tras declaraciones de este calibre, el ex-delantero y confeso admirador de Antonio Tejero, incluso recibió un fuerte apoyo mediático en el momento que la afición del Celta rechazó su fichaje por no encajar con los valores del Club.
“No pido la independencia, al menos yo no. Pido que se pueda votar. Es algo democrático. Si la gente no tiene derecho a expresar lo que siente, volveríamos a una época que ya hemos pasado. La evolución es mirar adelante” “La secesión haría a Cataluña y España más débiles’ Piqué no ha renunciado en ningún momento a jugar con la selección, tampoco ha declarado abiertamente no sentirse español. Al contrario que jugadores como Oleguer o Nacho Fernández a los que la decisión de negarse a jugar con España les valió críticas de antipatriotas y enemigos de España, Gerard Piqué simplemente ha dado un paso al frente desde su club y la propia selección para defender los derechos de todos aquellos que en Catalunya quieren decidir en las urnas su relación con España.
La desproporcionada reacción frente a unas declaraciones de un deportista que carece de cualquier tipo de repercusión política, ejemplifican a la perfección la posición de un estado español desquiciado y de gran parte de su población, la cual se muestra intransigente ante una marea ciudadana que en Catalunya no desaparecerá fruto de la intimidación dialéctica o las sanciones legales. Negarse a buscar un nuevo marco de convivencia en donde todos los pueblos puedan decidir democráticamente su futuro, supone la vía más rápida para empujar fuera de España a muchos ciudadanos que hasta el día de hoy todavía se sentían parte de España. No será Puigdemont, ni el Govern quienes los empujen fuera, sino la intransigencia en forma de porrazos propia de los políticos ultras y el silencio complice de gran parte de España.

P.D. Soy plenamente consciente de la fragilidad “real” de gran parte de los paralelismos usados en este artículo, pero permitan a este humilde escritor jugar con la lógica deportiva como desesperado intento para lograr penetrar en la dinámica intelectual de un Mariano Rajoy a todas luces nativo en el lenguaje deportivo de las narraciones de Champions, pero por desgracia amarcinado en su respuesta ante las crisis políticas. Dudo sinceramente que este pequeño juego vaya a empeorar nada y en el mejor de los casos, podría evitar que nuestro presidente del gobierno termine por arrastrarnos sin remedio al surgir del sentimiento independentista en la Provincia de Soria.
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Diarios en la sociedad patriarcal española ( I )

Una vez más el sentarse frente al teclado viene acompañado del sonido ensordecedor de los gritos que preceden al silencio, la sensación del cuerpo entumecido por el recuerdo de tantos golpes a lo largo del tiempo y especialmente el sabor de la sangre, ese sabor  inconfundible que se pega a uno mientras sobre una página en blanco deja caer unos cientos de palabras más que se sumen a la de todos aquellos que se indignaron, lucharon y lloraron antes por la vida arrebata a una mujer en alguna parte del mundo.  Por segunda vez en una semana, una localidad española revive el arcaico rito patriarcal del hombre que quien sabe si por celos, por venganza o simplemente porque le pertenecía, decide acabar con la vida de “su” mujer con varias puñaladas certeras en su cuerpo. Un cuerpo que el asesino siente como su propiedad, una parte vital de sus pertenencias a la que no está dispuesto a renunciar, por ello nunca la dejaría atrás pese a conocer en su destino la muerte,  la cobardía del maltratador se muestra  de forma muy especial en su incapacidad para quitarse la vida antes de consumar su transformación en el más cruel de los demonios.

La casualidad o quizás la mera probabilidad (después de todo las posibilidades de sufrir violencia machista en España no resultan especialmente bajas) ha hecho que una nueva hoguera de las vanidades bañada en sangre de mujer, haya coincidido en el tiempo con el día en el que el parlamento español daba luz verde a un pacto de estado contra la violencia de estado, un pacto transformado en maquillaje político para unos partidos que al tiempo que votaban su aprobación, lo condenaban en su ejecución debido a unos presupuestos que no parecen guardar todavía espacio suficiente para intentar poner fin a la lacra del terrorismo machista. La falta de de garantías para la puesta en marcha de este acuerdo de mínimos y su indefinición en el tiempo, parecen apuntar a una nuevo caso de “ley florero”  proyectos como la ley como la de Memoria Histórica o la propia ley de Dependencia, que se han quedado en meros adornos progresistas para un estado que no lo es tanto como le gusta aparentar.

Como si se acabase de editar la primera edición en castellano de “El Segundo sexo” de Simone de Beauvoir o La Sentencia de Campo Algodonero todavía nos comenzase a remover hoy las conciencias en España, el pacto que todas las fuerzas políticas han alcanzado hoy  en nuestro país, se antoja desde su aprobación ya como insuficiente y desfasado en su concepción del terrorismo machista, ese al que todavía hoy el estado se niega a llamar por su nombre, el nombre que debiese recibir todo acto de quien pretende hacer uso del terror contra una mujer para imponer su dominación sobre ella. Entre las medidas aprobadas destaca el reconocimiento como víctimas de las madres cuyos hijos son asesinados por la locura patriarcal, una medida necesaria, simplemente por lo inconcebible de que esto no fuese así hasta hoy. Medidas destinadas a poner barreras frente a los matrimonios forzosos o el acoso sexual en el puesto de trabajo, en definitiva parches insuficientes para una sociedad que con el paso de las generaciones va abriendo muy lentamente los ojos a la realidad de la explotación a la que se ven sometidas las mujeres por el simple hecho de la construcciones de género que firmemente hemos establecido entre todos.

Un acuerdo de mínimos que no reconoce en toda su profundidad la igualdad de la mujer con el hombre y la sistemática opresión que el sistema social patriarcal está ejerciendo sobre ella. Resulta moral apoyar este acuerdo simplemente porque las muertas pesan demasiado ya y no podemos esperar sin concesiones hasta que la sociedad y con ella sus políticos cambien, no podemos hacerlo por ellas, por las que ahora mismo sufren en silencio los golpes, el desprecio, la discriminación, la amenaza de la muerte a manos de un hombre, simplemente por el hecho de ser mujer. A ellas con la pírrica victoria de hoy les décimos que no están solas, pero también que resulta más necesario que nunca levantarse para exigir los derechos de la mujer en un mundo regido por hombres y para hombres. Todavía queda mucha lucha por delante para conseguir una sociedad justa e igualitaria, una sociedad en la que la justicia tenga claro que el asesinato de una mujer no es una cuestión de debilidad frente al hombre y en donde nadie pueda preguntarte si has cerrado bien las piernas ante una violación. Simplemente una sociedad en la que nunca más el recuerdo de los golpes o el sabor de la sangre tenga que acompañarnos frente a un teclado al hablar de las mujeres.

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El viento que agita Catalunya

Cuando el 2 de junio de 2014, Juan Carlos I manifestó su disposición a renunciar a la corona para entregársela a su hijo Felipe, el por entonces jefe de Estado era plenamente consciente de que su tiempo había acabado, muy probablemente también podía presentir en ello el fin de toda una época.

Tras un largo letargo la abdicación del monarca directamente legitimado por la dictadura, suponía una firme señal de que los españoles tímidamente comenzaban a perder el miedo a una transición llevada a cabo bajo la firme amenaza de los ruidos de sable del ejercito y el miedo palpable de una ciudadanía, que era plenamente consciente de que la muerte del dictador en su cama para nada significaba que se hubiese eliminado de un plumazo la amenaza de todo un tejido de poder, que en esencia permanecía inalterable.

La detención de altos cargos de la Generalitat, los operativos para intervenir material censal, la suspensión de actos a favor del derecho a decidir y el acoso sistemático a ciertos medios de comunicación con el objetivo de dificultar el ejercicio de la libertad informativa sobre el referéndum, nos recuerda una vez más las graves carencias de un sistema heredado de una dictadura fascista. Una herencia envenenada en forma de juramente al propio dictador y a todas sus leyes, concretamente el sucesor de la monarquía surgida del 18 de julio, Juan Carlos I, juro ‘lealtad a su excelencia el Jefe del Estado y fidelidad a los Principios del Movimiento Nacional y demás leyes fundamentales del Reino’.

El “surgimiento” de la institución monárquica permitía cerrar las puertas al la legitimidad republicana, al mismo tiempo que la implementación de una particular concepción de la libertad de expresión y de prensa, apoyada por un eficiente órgano policial y judicial, lograba soterrar las voces más discordantes con el modelo económico y social del estado. A su vez, la implementación del modelo autonómico como base territorial, pretendía postergar, sino soterrar para siempre, los sentimientos nacionales que directamente cuestionaban la firme unidad de España. El sistema resultante de la transición española dejaba todo atado y bien atado, para la élite franquista tras la muerte en cama del dictador.

Un decorado democrático que ha tardado nada menos que treinta y ocho años en desplomarse. Al igual que no fue Botsuana, ni sus escarceos amorosos, ni tan siquiera la corrupción la que acabo con el reinado del ciudadano Juan Carlos, el pulso entre Catalunya y España por el referéndum  del 1 de octubre no será lo que derrumbe la monarquía constitucional española, aunque con toda probabilidad contribuya de manera definitiva a ello. El auge independentista en Catalunya supone la captura a gran formato de un proceso con numerosos precedentes políticos que hoy tras las continuas provocaciones del Partido Popular, ejercidas de forma partidistas y con escasa responsabilidad de estado, finalmente encara con una amplia mayoría social un proceso de ruptura con la rigidez constitucional del estado.

El Procés Constituent de Catalunya supone sin duda el síntoma más evidente de un estado inflexible y autoritario con la diversidad de sus territorios y sus ciudadanos. Ayer dijeron no al referéndum por la República, se negaron a modificar una ley de partidos claramente desproporcionada e impidieron cualquier posibilidad de un modelo económico alternativo al liberal cuando sin consulta popular alguna modificaron el artículo 135 de nuestra Constitución, pero hoy sin sonrojarse, piden diálogo y respeto a esa misma Carta Magna en cuyo nombre el Partido Popular interviene las cuentas catalanas y suspende de facto la autonomía en Catalunya.

El discurso del Estado Español es el de que solo el control del uso la fuerza otorga finalmente legitimidad a una nación, un discurso apoyado en la imagen de las unidades antidisturbios embarcando en puertos españoles rumbo a Catalunya con la firme intención de reprimir a un pueblo que únicamente reclama su derecho a votar. Los mismos que defendieron el golpe de estado contra la legitimidad republicana, se empeñan hoy en defender a capa y espada el inmovilismo de una constitución que simplemente necesita de una reforma para garantizar el derecho a decidir de un pueblo. Un derecho  que a todas luces parece ser lo que realmente preocupa a quienes nos gobiernan.

A día de hoy la retirada de la convocatoria del referéndum del 1 de octubre, no supondría cambio alguno en un proceso que inteligentemente el Govern ha sabido delegar justo a tiempo en las calles y plazas de Catalunya. No se pueden respetar los procedimientos estipulados ante a un Estado que decide hacer uso de la Guardia Civil, en lugar de convocar a un comité  de juristas y sociólogos para solucionar una profunda crisis estructural.

Hoy es tiempo de alternativa, tiempo de cambio y también es tiempo de ruptura. Tan solo la presión popular y la convocatoria inmediata de nuevas elecciones a nivel estatal, pueden permitir encarar un proceso de reforma (sino reconstrucción) constitucional que entre otros muchos cambios, permita una consulta popular pactada en Catalunya capaz de poner fin a un choque de trenes que ni una derecha autoritaria, ni una izquierda temerosa parecen capaces de evitar.

“Las ideas no necesitan ni de las armas, en la medida en que sean capaces de conquistar a las grandes masas”. 

Fidel Castro

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El Hormiguero, ¡Muera la inteligencia!

Partamos de una premisa clara, otorgarle a El Hormiguero un Premio Nacional de Cultura, sea de la categoría que sea, es una clara ofensa para la inteligencia y el esfuerzo cultural de un país. Pero si además ese premio es otorgado por un gobierno cuya aportación más destacada a la cultura ha sido precisamente el IVA cultural y una ley que blinda y protege la Tauromaquia en todo el territorio nacional, lo que en principio podría interpretarse como una ofensa puntual a un colectivo, pronto termina revelándose como una clara muestra de la firme implementación de una ideología y una política tradicionalmente enemigas de la cultura.

Dejando a un lado las absurdas polémicas en torno a la post verdad y la neolengua en las que uno puede perderse fácilmente entre lo que es real y lo que no, esa misma parece la intención de muchos medios, lo que parece claro es que el galardón concedido por el Ministerio de Cultura y Educación al programa que presenta cada noche Pablo Motos, sí es un premio a la cultura. Concretamente un premio a la difusión de la cultura, otorgado a un programa profundamente machista, que a lo largo de sus emisiones ha dado reiteradas muestras de buscar picos de audiencia en la degradación de la mujer a un mero elemento sexual.

Un programa más preocupado por el actor de Hollywood con el que la invitada de turno rodaría una escena erótica, que en el trabajo como actriz de la misma. En donde el presentador reconoce ver los informativos sin volumen simplemente para “admirar” a una compañera de cadena a la que anteriormente ha tildado de mito erótico, suponemos que en la absurda lógica de Pablo Motos  admirar a una mujer por su belleza es mucho más importante que hacerlo simplemente por su trabajo. Un espacio televisivo donde se aplauden culos, se pregunta por la ropa interior de las invitadas y se hace mofa de la menstruación. En definitiva, un programa en el que Soraya Sáenz de Santamaría y Albert Rivera siempre han estado más cómodos que Pablo Iglesias.

Pero que esperar de un país en el que las plazas de toros todavía se mantienen en pie subvencionadas con fondos públicos como arcaicos monumentos a la tortura animal, mientras joyas como el Parque del Pasatiempo (situado en la localidad de Betanzos) se vienen abajo únicamente sustentados por el esfuerzo de quienes realmente valoran el patrimonio social que supone nuestra cultura.

Cuando Pablo Motos recogía el premio de manos de los reyes de España, lo hacía como fiel servidor a la doctrina del Panem et circenses con la que las élites estatales nos saturan a través de la pequeña pantalla. Una doctrina muy alejada de la realidad cultural de Stevenson, Carroll o Kurosawa, propia de  una clase social a la que parece no afectarle la subida del precio de los libros, el cine o el teatro. Después de todo, la implementación de una pseudocultura narcotizante para el pueblo llano, mientras se privatiza y se pretende elitizar el acceso a la cultura con mayúsculas y las bondades que esta tiene para el espíritu democrático del conjunto de la sociedad, no es una mera casualidad. No dejemos que la fuerza bruta profane una vez más el sagrado recinto de la cultura, su discurso podrá vencer, pero al menos no dejemos que nos convenzan.

“Sólo el que sabe es libre, y más libre el que más sabe… Sólo la cultura da libertad… No proclaméis la libertad de volar, sino dad alas; no la de pensar, sino dad pensamiento. La libertad que hay que dar al pueblo es la cultura.”

Miguel de Unamuno

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Catalunya no se hizo en un día

“Los catalanes, los gallegos y los vascos serían anti-españoles si quisieran imponer su modo de hablar a la gente de Castilla; pero son patriotas cuando aman su lengua y no se avienen a cambiarla por otra. Nosotros comprendemos que a un gallego, a un vasco o a un catalán que no quiera ser español se le llame separatista; pero yo pregunto cómo debe llamársele a un gallego que no quiera ser gallego, a un vasco que no quiera ser vasco, a un catalán que no quiera ser catalán. Estoy seguro de que en Castilla, a estos compatriotas les llaman “buenos españoles”, “modelo de patriotas”, cuando en realidad son traidores a sí mismos y a la tierra que les dio el ser. ¡Estos sí que son separatistas!”.

Alfonso Daniel Rodríguez Castelao

“Por su condición de nación tienen el derecho de autodeterminación” .

Margaret Thatcher

(Notas: sobre asunto de Escocia en sus memorias.)


Dicen que los gallegos no tenemos demasiado claro si subimos o si bajamos. Personalmente nunca he creído demasiado en esas metáforas que describen la supuesta indecisión de los gallegos, aunque he de admitir que en los últimos años, sí he comenzado a dudar seriamente acerca de sí el presidente del Gobierno, el por todos conocido como gallego Mariano Rajoy, tiene en realidad demasiado claro si apoya al independentismo o no. Por poco que uno piense en ello, descubrirá que razones  para albergar dudas no me faltan.

Pese a que muchos miembros del Partido Popular hoy parezcan no recordarlo, o más bien hagan lo posible por no hacerlo, no ha transcurrido demasiado tiempo desde aquel pacto del Majestic en el que un “joven e inexperto” José María Aznar, cayó engañado por las oscuras garras del nacionalismo catalán para poder gobernar una nación grande y libre como España. En realidad, el por entonces líder de los conservadores españoles, tuvo que llegar a un acuerdo con PNV y CiU para lograr sumar a sus 156 diputados un apoyo que le garantizase el gobierno. Por aquel entonces, la lista de concesiones del Partido Popular al conservadurismo nacionalista liderado por Jordi Pujol fue cuanto menos extensa. Transferencia de las competencias de tráfico a los Mossos d’Esquadra, transferencias en justicia, educación, agricultura, cultura, farmacias, sanidad, empleo, puertos, medio ambiente, mediación de seguros, política lingüística y vivienda, además de la eliminación de la figura del gobernador civil y la puesta en marcha de una serie de inversiones en Cataluña que durante años garantizaron la buena sintonía política entre la Generalitat y Moncloa.

La etapa de Aznar al frente del gobierno español fue una de las más propicias para que el nacionalismo catalán pudiese avanzar en sus objetivos, llegando incluso desde Moncloa a renunciar al liderazgo de  Aleix Vidal-Quadras al frente del PP de Cataluña para de ese modo mejorar la comunicación con CiU. José María Aznar y Jordi Pujol unieron sus caminos políticos por la necesidad apremiante de escaños en Madrid y el fino olfato para las oportunidades económicas presente en la familia Pujol, una unión sin apenas discrepancias que ni tan siquiera la aprobación de la Ley autonómica de Política Lingüística de 1998, la cual Aznar evitó recurrir ante el Tribunal Constitucional, pudo llegar a romper. Eran tiempos buenos para ser nacionalista en España, tiempos en los que según declaraciones de Aznar a TV3, incluso el presidente del gobierno español hablaba catalán en la intimidad.

Sin embargo con el paso de las legislaturas, la etapa de vino y rosas entre Barcelona y Madrid sería recordada en el Partido Popular como aquel breve período en el que se necesitó a Convergencia para poder gobernar en España, nunca más se hablaría de los ofrecimientos que Aznar llegó a realizar a CiU para entrar en su Gobierno. Finalmente, la utilidad política en la Generalitat de imponer el recuerdo de una supuesta intransigencia de Aznar con Cataluña, terminaría distorsionando la memoria de una etapa en la que quizás Cataluña comenzase a construirse como país. Pasado tiempo, Aznar llegaría incluso a proponer suspender la autonomía en Cataluña, pero hablar de eso ahora sería adelantar acontecimientos.

Antes de que estallase la tensión, le tocó el turno al gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, un presidente que en 2004 llegaría al gobierno entre el apoyo directo o la abstención de todo el nacionalismo presente en el arco parlamentario. La etapa de Zapatero supuso a su vez el fin de ETA y el inicio de la larga travesía del Estatut de Catalunya, dos acontecimientos políticos que parecían marcan el fin del imperio de las armas y el comienzo de una nueva lógica a la hora de poner sobre la mesa las diferentes visiones que existían en la sociedad acerca del modelo territorial y la propia concepción del Estado.  Con la presencia de un presidente del gobierno en España que reconocía que el concepto de nación «es discutido y discutible», PSOE, CiU, IU, PNV, BNG y CC, dieron respaldo parlamentario a un referéndum legal y acordado, destinado a ratificar un Estatut que pese a ser finalmente refrendado por el 74% de los votos  (la nota negativa fue la alta abstención)  se encontró  con un recurso en el Constitucional y 4 millones de firmas en su contra presentadas en el Congreso por el Partido Popular. Lo ocurrido después es de sobra conocido por todos, tras cuatro años de tensa espera, el fallo del Tribunal Constitucional enmendaba el voto popular y la ruptura entre gran parte del catalanismo y el Estado español se volvería irreversible. Hoy cabe recordar que durante la campaña del referéndum, tan solo una Esquerra Republicana de Catalunya más pendiente de la independencia de su país que de las competencias autonómicas, y un Partido Popular encerrado y obcecado en la sacralidad de la Constitución, se negaron rotundamente  a aprobar el Estatut.

Y de aquellos fangos, estos lodos. Llegó Mariano Rajoy a la Moncloa al frente de un Partido Popular acorralado por los diversos frentes de la corrupción política, al mismo tiempo que   se tenía que enfrentar al gobierno de Artur Mas en una Cataluña en la que ya se comenzaban a suceder las primeras consultas populares sobre la independencia. Una Catalunya del 3%  inmersa en plena vorágine soberanista, en la que las negativas del estado español a negociar un nuevo sistema fiscal propiciaron el surgimiento de un sentimiento de desconexión real. Las declaraciones del jefe del Ejecutivo catalán emplazando a “un debate serio” sobre la situación de Catalunya pronto tornaron en claros mensajes amenazantes, cuando no claramente rupturistas. En apenas cinco años, Mariano Rajoy logró transformar la postura de debilidad con la que el nacionalismo catalán acudía a negociar a Moncloa tras los últimos varapalos judiciales, en un peligroso sentimiento de incompatibilidad con las estructuras del estado español.

Tras un periplo kafkiano, hoy nos encontramos con la realidad de un Estado en el que se prohiben actos por el  derecho a decidir, mientras con total impunidad se ceden espacios para la exaltación del franquismo. Un estado que se ha mostrado capaz de recurrir a las más profundas cloacas de su Interior, cuando no directamente a la amenaza armada, ante un pueblo que quiere ser considerado una nación. Un estado anacrónico, obsoleto, aislado de su propio tejido social y fuertemente parapetado frente a cualquier cambio tras una constitución inamovible, excepto cuando es el verdadero poder el que pide el cambio. Entonces todo se simplifica enormemente, como sí encadenar nuestro futuro económico al modelo neoliberal europeo fuese menos importante que la nacionalidad con la que uno lo hace.

Desconozco de que lado se decantará finalmente la batalla legitimidades legales y políticas que el Gobierno español y la Generalitat han emprendido, desconozco cual es la hoja de ruta del nacionalismo conservador catalán tras el 1 de Octubre, pero tengo claro el firme convencimiento de que es tan solo con la desobediencia civil y la movilización social que un pueblo oprimido política y económicamente puede alcanzar su libertad. Una autodeterminación real, que uno puede lograr como español o como catalán, esperemos que finalmente ese sea el verdadero mensaje.

P.D. Sigo sin tener demasiado claro que Mariano Rajoy no sea un independentista infiltrado.

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Estado catalán, 1641, 1934 ¿2017?

Dicen que el hombre es el único animal capaz de tropezar dos veces en la misma piedra, pero en el caso de nuestros políticos, podríamos incluso tildar de arriesgado descartar un tercer tropiezo. Tras una tensa y circense jornada, el Parlament de Cataluña ha aprobado hoy la ley que servirá para llevar a cabo el referéndum independentista del 1 de octubre. Haciendo caso omiso a las voces que desde Madrid, lanzaban advertencias acerca de las posibles consecuencias penales de tomar esta decisión, el sector soberanista del Parlament, hizo valer su mayoría para profundizar en un proceso de ruptura, que parece va a enfrentarlos; sin apenas amago de negociación, a un Estado Español bajo el abrigo del Tribunal Constitucional.

Los fantasmas de Felipe V, el Caudillo o el Tripartito (entre tantos otros) hace tiempo sobrevuelan Cataluña para finalmente crear; avivados con la crisis económica, un cóctel perfecto para propiciar la expansión de la embriaguez independentista. De los tiempos del proyecto centralizador del Conde-Duque de Olivares, a la sentencia de junio de 2010, con la que el Tribunal Constitucional recortaba sensiblemente el Estatut catalán a raíz de un recurso interpuesto por el Partido Popular, hemos podido ver como España pasaba por ser “muchos reinos, pero una ley” una “nación de naciones” o cínicamente “¡Una, Grande y Libre!”. Muy diferentes concepciones para un mismo territorio definido por sus traumas y sus virtudes, la tierra de Picasso y Dalí, Lorca y José Pla, Lluís Companys y Durruti, amantes y detractores de la concepción de España, con su rey o su república, pero siempre dividida, siempre en eterna disputa entre dos formas de ver el mundo, quizás si nada cambia, irreconciliables. Sería tan estúpido reducir la situación que hoy se vive en Cataluña al auge del populismo derivado de la crisis económica, como pretender de un modo impune descontextualizar ese hecho de nuestro análisis. Artur Mas, Carles Puigdemont y con ellos Convergencia, simplemente aprovecharon el auge independentista, en gran parte fruto de la política territorial sumamente intolerante del PP de Mariano Rajoy, en gran parte fruto de la crisis, para ocultar “astutamente la corrupción y decadencia de la formación conservadora catalana bajo un manto soberanista, pero con ello no hicieron sino apoderarse y avivar un sentimiento social y político ya presente en Cataluña.

El atrincehramiento político de Madrid en una constitución ya ajena para muchos españoles, cuyo principal propósito supone hoy el de blindar dos de las realidades que actualmente más contribuyen a dividir a los españoles, la monarquía y la unidad de España (la cuestión territorial),  sin duda ha contribuido a una huída hacia delante que ha llevado a gran parte de la sociedad catalana a tomar firmemente una vía de consecuencias imprevisibles, tal y como el periodista Víctor Alexandre escribía  “Ahora, como estamos trabajando en la consecución del objetivo que nos hemos fijado, no somos conscientes de la auténtica dimensión de lo que estamos haciendo. Pero en cuanto Catalunya sea un Estado independiente nos daremos cuenta de la meta que hemos alcanzado, del mensaje que hemos transmitido y de la huella que hemos dejado.”. El Partido Popular que estuvo dispuesto a dialogar con ETA, parece ahora incapaz de hacer un gesto significativo  para entablar un dialogo político con la Generalitat con el que quizás alcanzar un acuerdo para la realización de una consulta pactada, alternativa esta que a día de hoy parece suponer la única salida factible. La reforma del Senado, el debate monarquía/república o el planteamiento directo de una nueva configuración territorial, pasan por ser la solución para Cataluña y para la propia España. Por ello el planteamiento de un calendario para la reforma constitucional y no el atrincheramiento sobre los postulados de la misma, debe de suponer el primer paso a dar para desenmarañar una situación que continua tensando la cuerda de una difícil convivencia.

En un marco político en donde el Brexit o el referéndum escocés son ejemplos de “imposibles” llevados a cabo con muy diferente resultado, sí algo parece claro, es que sea lo que sea lo que suceda el 1 de octubre en Cataluña, sin duda marcará una nueva pauta en las relaciones territoriales de nuestro país. La rotunda negativa a aceptar la consulta desde Madrid al señalarla como ilegal, deja huérfana a la alternativa del voto del “No” a la independencia  y de este modo, centra exclusivamente el foco de los resultados en la participación en una consulta que de forma segura, servirá como vara para medir el pulso secesionista.  Nadie puede negar las importantes consecuencias sociales y económicas para España de una posible independencia de Cataluña, ni tampoco lo aventurado de emprender dicha travesía alentados por el Govern de la desigualdad, los recortes y la corrupción. Lidera el proceso soberanista una política de clara deriva neoliberal, que busca la independencia de Cataluña escudada en argumentos ciertamente insolidarios con el conjunto de España, una política que no debiera ser propia de la izquierda por independentista que esta fuese. Una izquierda que en todo este guirigay debería poder remarcar en su discurso la firme intención de seguir formando parte de las redes de solidaridad de España y Europa, aunque quizás no dentro del marco español y puede que tampoco dentro del marco europeo, al menos no en su misma concepción actual.

En definitiva, se echa en falta un diálogo previo, algo de argumento y cierta cantidad de verosimilitud en todo este pulso entre Madrid y Cataluña, que han propiciad dos partidos políticos lo suficientemente inconscientes como para prender definitivamente la mecha del modelo territorial en España simplemente para tapar sus propias miserias. A estas alturas, pocas alternativas viables nos quedan, excepto la de intentar afrontar una renovación de la concepción de España y Cataluña como naciones. Cualquier otra solución, simplemente serviría para el surgimiento de la figura del mártir por la patria, aplicable este termino sin duda el 2 de octubre, tanto al populismo proveniente desde Madrid, como al nativo de Cataluña.

“Los hombres y pueblos en decadencia viven acordándose de dónde vienen; los hombres geniales y pueblos fuertes sólo necesitan saber a dónde van.”

Ingenieros, José 

“Los gobiernos que han pretendido sofocar la voz libre de los pueblos han muerto asfixiados apenas se ha hecho el silencio que apetecían.”

Rodó, José Enrique

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Yihad contra el independentismo

Pasados ya los homenajes, las visitas reales a los heridos; con su consiguiente séquito de fotoreporteros presente, las primeras explicaciones y el estupor que siempre causa la barbarie terrorista, el duelo a garrotazos en el que suele basarse la lucha política (muy a menudo fratricida en nuestro país) no ha tardado en hacer su aparición para recordarnos la vileza del poder y la futilidad de la sangre de los inocentes.  Atrás quedan las grandes loas a los Mossos d’Esquadrala supuesta unidad política ante la adversidad o la ejemplaridad del modelo español en lucha contra el terrorismo. Ni un mes ha tardado la agenda política en anteponer sus intereses inmediatos a la reflexión sosegada y al respeto a la memoria de las víctimas. Nos querrán contar que este duelo entre posiciones enfrentadas que lo enfanga todo a uno y otro lado de la frontera entre Cataluña y España, nada tiene que ver con el análisis de lo sucedido, nos dirán que es parte de la investigación rutinaria, de la reflexión periodística y que la mejor manera de evitar que algo así vuelva a suceder, es encontrar las fisuras en los protocolos de actuación contra el terrorismo. Y nosotros lo creeremos, lo creeremos no porque nos convenzan sus argumentos, sino porque de no hacerlo, tan solo nos quedaría comenzar a pensar en que alguien está haciendo un uso político del atentado en Barcelona, para condicionar un proceso social y político.

Todos podemos recordar, a poco que nos esforcemos, las primeras noticias sobre los atentados en Cataluña, la heroica actuación ciudadana socorriendo a los heridos en La Rambla, la rápida intervención policial en Cambrils evitando un nuevo atentado o la psicosis informativa del terrorista (o terroristas) huido, la información bullía rápidamente por los medios y las redes sociales, haciendo del titular y el desmentido uno. Ataques en otras partes de la ciudad, avisos de bomba y operativos policiales e informaciones de inteligencia grabados y difundidos como carnaza para la publicidad o los retuits. Las primeras jornadas tras el primer gran atentado de la era digital en nuestro territorio dejaban tras de sí la sensación de una sociedad escasamente reflexiva, acostumbrada a comprimir la realidad en 140 caracteres y a no cuestionarse por norma nada, simplemente dispuesta creer, difundir y multiplicar. Nadie parecía preguntarse en esos primeros días como resultaba posible que la explosión en la casa de Alcanar no llamase especialmente en su momento la atención de los diversos cuerpos de seguridad, que había pasado durante la huída de Younes Abouyaaqoub o como era posible que el imán Abdelbaki Es Satty pudiese actuar en Ripoll pese a su clara hoja de antecedentes. Nadie se preguntaba nada entonces, y no lo han hecho hasta que finalmente les han dicho que era el momento de hacerse preguntas.

La aparición de una nota de los servicios de inteligencia de Estados Unidos al Centro de Inteligencia contra el Terrorismo y el Crimen Organizado (CITCO), en la que supuestamente se confirma el aviso remitido a los Mossos d’Esquadra el 25 de mayo sobre el riesgo de atentado en la Rambla y otros lugares turísticos de Barcelona, vuelve a verter gasolina a un circo mediático y político que parecía haber vivido su momento culmen con el ignominioso guirigay acerca de la necesidad de instalar bolardos de protección en los espacios públicos, pero ahora desgraciadamente, renace con más fuerza si cabe para proporcionar una pobre munición a quienes desde la Moncloa o desde el Govern están dispuestos a hacer uso de cualquier medio para enarbolar lo que ellos consideran “su inmaculado patriotismo”. La línea que separa la miseria moral y el ridículo más absoluto, de la búsqueda de información, se torna demasiado fina en estos días en donde filtraciones periodísticas y tramas políticas pueden llegar a confundirse con demasiada facilidad. No debiese por tanto olvidar en toda esta polémica el periodista, ni el ciudadano, su capacidad para contextualizar la información.

El texto remitido por los servicios de inteligencia de Estados Unidos se refiere a “información sin concretar de veracidad desconocida” sobre “atentados terroristas sin especificar”, una información remitida tanto a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad españoles como catalanes, que el Gobierno catalán y el máximo responsable de los Mossos d’Esquadra han admitido (no sin incomprensibles vacilaciones previas) descartarón, conjuntamente con el Ministerior del Interior, por no considerarlo fiable. Mientras tanto el Gobierno, mediante su portavoz Iñigo Méndez de Vigo, ha rehusado hacer comentarios sobre los operativos policiales relativos al atentado en Barcelona “El Gobierno no va a hacer ninguna declaración ni comentario sobre cuestiones operativas”, un relativo silencio que sin embargo no ha impedido a Moncloa exigir responsabilidades al presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, acerca de las vacilaciones de la Generalitat a la hora de admitir el aviso recibido el 25 de mayo.

Mientas el Ejecutivo asegura simplemente poner el foco en si el Gobierno catalán ha dicho o no la verdad respecto a lo sucedido, el baile de informaciones, las barrabasadas tuiteras o las disputas a golpe de editorial, enfangan una vez más, uno de los peores atentados de la historia de España. De nuevo, los intereses de propios y extraños se anteponen a la verdad, una verdad que pasa simplemente porque el responsable de Interior, Juan Ignacio Zoido, acuda al Congreso a dar explicaciones acerca de la importancia operativa del comunicado de ese 25 de mayo. Debemos recordar que el Departamento de Estado norteamericano ya el 1 de mayo de 2017, emitía una alerta de viaje (que permanecería en vigor hasta el 1 de septiembre de este año) por el riesgo de atentados terroristas para los ciudadanos estadounidenses que viajasen a Europa. Una alerta que no estaba relacionada con ninguna amenaza concreta, pero que sí advertía de la capacidad del Estado Islámico y Al Qaeda para planificar y ejecutar atentados terroristas en nuestro continente, haciendo uso de “varias tácticas, incluidas las armas de fuego, explosivos, el uso de vehículos para embestir a la multitud y armas afiladas que son difíciles de detectar antes de un ataque”, entre los posibles objetivos de estos ataques se especificaba el riesgo de atentados en centros comerciales, instalaciones estatales, hoteles, clubes, restaurantes, lugares de culto, parques y aeropuertos. ¿Acaso debería haber blindado Europa su territorio por una amenaza real pero no específica? ¿Hubiésemos hablado de irresponsabilidad o falta de criterio de las autoridades por no haber podido evitar un atentado en alguna de las instalaciones europeas que en dicho comunicado se especificaban? No lo creo, los avisos genéricos como este simplemente buscan “fortalecer las defensas contra posibles amenazas” y extremar las precauciones de los ciudadanos y las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad, pero desengañémonos, el riesgo cero de atentados terroristas no existe, y no debemos predicar un estado policial o una ciudad blindada en la búsqueda de semejante quimera.

No seré yo quien critique las publicaciones de El Periódico, ni quien acuse a las diferentes instituciones españolas o catalanas de utilizar un atentado terrorista para continuar cavando en las trincheras previas al referéndum del 1 octubre, no puedo hacerlo sin recordar la ineptitud política de nuestro país, quizás toda esta polémica sea solo eso y no pura mezquindad, mejor creer en ello. Mientras tanto, el show debe continuar olvidando entre los focos el pacto de PP, PSOE y Ciudadanos para mantener los niveles de secreto en las relaciones militares con Arabia Saudí, el aumento de las mezquitas radicales en nuestro país, el desbordamiento de las cloacas de Interior, la peor cara de los Mossos y tantas cosas por las que ahora, todavía parece no es hora de preguntar.

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Cuentos de verano

Termina el verano y regresamos los españoles de las vacaciones con la sensación de volver a ese eterno día de la marmota en el que se ha transformado ya nuestra política patria, retornamos desde nuestro retiro vacacional (los más afortunados) directamente a las pueriles declaraciones en los pasillos, las habitualmente tirantes ruedas de prensa y los platós políticos de los mass media como ágora común de la información ciudadana.

Con la presencia del presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, en un acto organizado por su partido en Galicia, el Partido Popular daba por iniciado un curso político en el que la formación conservadora, afronta una vez más numerosos desafíos que amenazan seriamente con dificultar su gestión en un ejercicio político que arranca de nuevo desde un inicio con numerosos frentes abiertos para el gobierno de España. A la probablemente tensa pero ya avanzada negociación política para sacar adelante los Presupuestos de 2018 y la alargada pero electoralmente inocua sombra de la corrupción sobre el partido del gobierno (La cual volverá a ser avivada sin duda con la comparecencia de Rajoy en el Congreso por el caso Gürtel) se le suma ahora, ya en su recta final, un proceso independentista en Cataluña que como se ha podido comprobar durante la semana posterior a los atentados en Barcelona, no solo no se ha enfriado durante las vacaciones estivales, sino que muy en concordancia, ha visto como este parón ha servido para reforzar (si es que resultaba posible) las trincheras levantadas entre el Govern de Junts pel Sí y los postulados del Partido Popular.

Con la Diada del 11 de septiembre y el referéndum del 1 de octubre como fechas clave en la escenificación de ruptura con la legalidad española del soberanismo catalán, el inmovilismo de Mariano Rajoy se antoja ahora más que nunca, sumamente irresponsable ante la inminente cercanía de un desenlace, pese a su negativa a cualquier tipo de negociación política o su “firme construcción dialéctica” dispuesta a ignorar la evidencia del alcance del soberanismo en Cataluña. El presidente del gobierno parece dispuesto a avocar definitivamente la crisis territorial de nuestro país a un callejón sin salida, en donde el populismo español y catalán se encuentren finalmente en una confrontación política y legal sin posibles ganadores. La huída hacia delante de Junts pel Sí y el Partido Popular, puede encuadrarse en la desesperación propia de dos partidos de la derecha burguesa atrapados ante los fantasmas de la gestión del pasado, la corrupción, los recortes, la precariedad laboral como modelo productivo o los tejemanejes de las sus formaciones durante los mejores momentos del capitalismo de amiguetes. Puigdemont y Mariano Rajoy representan la literalidad más absoluta del Panem et circenses, dos figuras políticas agazapadas en la polémica sin contenido, dispuestos una vez más a hacer de sus bases sociales el mejor rehén frente al verdadero debate político. Una apuesta arriesgada por la charlatanería más propia del populismo, que nada tiene que ver con a construcción de un estado o el respeto a la constitución, simplemente un proceso mediático, ahora ya incontrolable socialmente, en donde Fátima Báñez y Santi Vila podían intentar camuflar los datos del abismo laboral entre lo absurdo de la política de la prestidigitación.

Y es en gran parte gracias al “radicalismo grunge” propio de la CUP y la sumisión política de Ciudadanos con el Partido Popular, que el desafío del proceso soberanista puede continuar adelante con dos formaciones sumamente debilitadas por la corrupción al frente. Especialmente curiosa, resulta la fidelidad de la formación del Albert Rivera con un Partido Popular que se ha saltado a la torera cada uno de los puntos pactados hace un año con su formación. El pacto de las 150 medidas concretas para garantizar la investidura de Mariano Rajoy, se ha transformado en poco menos de un año en palabras del propio coordinador general del PP, Fernando Martínez-Millo, en un plato de lentejas que en su momento hubo que asumir a regañadientes, pero que pasado ya el tiempo, nadie parece dispuesto a tragarse en el Partido Popular. Por su parte,  las aspiración de la formación naranja, han pasado rápidamente de un desesperado intento por transformarse en el impulsor de la agenda de la regeneración política, a simplemente la ansiosa búsqueda de los focos y el regusto del poder tan propio del foro Bilderberg. Pudiese incluso llegar a parecer con semejante incapacidad y dejadez política en la formación naranja, que Albert Rivera no ha querido esperar a su retiro político para definitivamente transformarse en el Felipe González que todo el mundo parecía esperar en la nueva derecha y el gran empresariado de nuestro país.

Entre tanto la izquierda española ha pasado su verano de una manera inadvertida, desconocemos si Pablo Iglesias ha tenido tiempo para leer y relajarse frente a lo que se avecina, si Iñigo Errejón ha buscado su pequeño trono entre los castillos de playa o si finalmente, los Juegos de Tronos volverán pronto a la formación morada ante el aparente éxito en las encuestas del regreso de Pedro el rojo a las filas del Partido Socialista. Con el tiempo, uno ha aprendido que no puede descartar nada en la izquierda patria y menos si de entregar el poder a la derecha en bandeja se trata. Socialistas y “podemistas” (era hora de buscar una alternativa al podemitas) se necesitan para desbancar al Partido Popular, pero su fobia mutua hace que se repelan a la hora de formalizar un pacto que lo permita. La deseada y detestada pinza entre Unidos Podemos y los Socialistas parece todavía lejana en el tiempo, desde la formación liderada por Pablo Iglesias se pretende un gran pacto destinado a arrebatar de una vez por todas el poder al Partido Popular, uno de los partidos más corruptos de la vieja Europa. Pero Pedro Sánchez no ha vuelto al PSOE para repetir viejos errores, conocedor de que en su partido el equilibrio entre los que apoyarían un pacto con Unidos Podemos y los que lo rechazarían de plano, dependerá mucho de la situación en Cataluña y de la posición electoral del propio PSOE, la mejor opción para el líder socialista es la de simplemente esperar. El desgaste del gobierno ante una legislatura correosa, el ímpetu exacerbado con el que Unidos Podemos suele lanzarse a todas las polémicas parlamentarias y la política títere de Ciudadanos, otorga al Partido Socialista y a Pedro Sánchez la gran ventaja de ganar posiciones con su silencio, una táctica impropia de la política de alto nivel pero que no debemos olvidar ya ha llevado con anterioridad a Mariano Rajoy a la Moncloa.

El curso político regresa sin demasiados cambios, pero con las mismas ganas en nuestras plumas para analizar cada movimiento y cada decisión política en estas líneas. Será un placer compartir con ustedes un nuevo curso parlamentario desde un periodismo independiente, en ocasiones gamberro e incluso rebelde, pero siempre comprometido con la búsqueda de la verdad y el debate, no puedo prometerles la más estricta actualidad cada semana o grandes despliegues periodísticos, pero por demérito de una profesión cada día más acorralada por la economía, puedo ofrecerles una promesa casi única en el periodismo hoy en día: independencia y rigor en mis artículos. Un fuerte abrazo y sean de nuevo todos bienvenidos a mis reflexiones en “Peleando a la Contra”.

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