El muro de Trump

4737.47 Kilómetros separan San Pedro Sula y Miami por carretera. Cuando uno regresa deportado por las autoridades norteamericanas como desecho de un sistema económico y social que se tambalea, apenas se trata de un viaje de dos horas y veinte minutos entre dos mundos muy diferentes, pero para el 56% por ciento de hondureños que dicen estar dispuestos a emigrar de su país, el intento por llegar a esa segunda realidad, de alcanzar un sueño americano a cada paso más desdibujado, suele terminar costándoles un precio demasiado caro. Honduras es una de las cunas de la violencia y el sufrimiento en una región que en los últimos 50 años ha sufrido 12 golpes de estado, cuatro guerras declaradas, un genocidio y una invasión estadounidense, en la última década en el país centroamericano han muerto asesinadas más de 55000 personas, muchas de ellas simples trabajadores que no podían permitirse pagar la extorsión o  “impuesto de guerrilla” que las maras exigen a cada uno de los comerciantes del barrio. No existe impedimento moral alguno para los pandilleros a la hora de asesinar a los más pobres. Aquí tras la derrota de la revolución incluso antes de nacer, ahora reina el más salvaje de los capitalismos, ese que resulta más cruel si cabe entre las capas más desfavorecidas de la población.

En Honduras no existe nada que impida a un niño de 13 años -si es que realmente se les puede seguir considerando niños- pegarte dos tiros mientras regresas a casa del trabajo simplemente para robarte un par de billetes con los que acceder a alguna droga con la que llegar a olvidar un nuevo día. Aquí, no existe algo así como la seguridad de un hogar de clase media, las noches de fin de semana pueden llegar a costarle la vida a un joven que decida salir a tomar algo con sus amigos y ser mujer, puede transformarse en un verdadero infierno en un país en donde cada 14 horas, una mujer pierde la vida de manera violenta y con total impunidad ante el abandono por parte de la justicia.

Cuando un hondureño decide abandonar su país rumbo a Estados Unidos, normalmente no lo hace pensando en el glamour de vivir en La Gran Manzana o en la oportunidad de emprender una nueva vida en algún rincón de Silicon Valley​​, cuando los hondureños deciden abandonar a su gente, su barrio, incluso en demasiadas ocasiones a su parejas e hijos para jugarse la vida en un trayecto incierto para llegar a la cuna del imperio, lo hacen conscientes de que se dirigen a ciudades como Miami, Nueva Orleans, Texas o Nueva York para ejercer trabajos que los estadounidenses no consideran “dignos”. No era así al menos hasta la reciente crisis económica de 2008.

Técnicos de mantenimiento, jardineros, obreros de la construcción, taxistas, jornaleros, cocineros…, una inmensa fuerza de trabajo documentada e indocumentada que en Estados Unidos ha crecido en torno al cinco por ciento en los últimos 20 años. Cuando uno escucha hoy a los dirigentes norteamericanos hablar de expulsar a todos los inmigrantes, no puede más que sorprenderse tanto como si acabase de escuchar a esos mismos políticos hablar de expulsar a todos los pelirrojos o a todos los zurdos de su país. No solo se trata de una locura desde el punto de vista moral o político, sino también de una locura extrema desde el punto de vista social o económico. Un disparate propio de quien ejerce su mandato inmerso en un particular show cuyas consecuencias serán recogidas por los sectores más desamparados de la población. Esos mismos sectores entre los que precisamente destacan -junto con la población afroamericana- aquellos mismos emigrantes que fruto de décadas de injerencias políticas, militares y económicas del Tío Sam en la región, se han visto obligados a abandonar una tierra que con toda seguridad no aman menos de lo que cualquiera de nosotros podemos amar la nuestra, .

Cuando el gobierno de Estados Unidos y por tanto la nación estadounidense, le declaran la guerra a los migrantes, no solo abandona el histórico compromiso de su nación con las masas ansiosas de ser libres, con los pobres, los cansados, los desamparados, no solo abandona su espíritu integrador pese a las profundas y enraizadas desigualdades, sino que también abandona su responsabilidad con una población que ha sufrido los efectos de sus políticas en el continente americano. No debemos nunca olvidar la realidad de los cientos de miles de muertos en las guerras y dictaduras de os ochenta, los desaparecidos, los paramilitares, el negocio del narco o el genocida discurrir del capitalismo extractivista entre las comunidades indigenas.

El primer día de un ilegal que parte de la zona sur de Honduras, consistirá en intentar cruzar la frontera con Guatemala por Corinto, Agua Caliente o algún otro punto cercano. Tras esto intentará acercarse lo máximo posible a la frontera con México y quizás ya el tercer día, pueda cruzar la frontera para llegar a Chiapas y al fin descansar una noche antes de emprender un viaje en bus o en tren de unas diez horas hasta el Estado de Tabasco. Desde allí otra serie de largos viajes lo llevarán a Distrito Federal, San Luis de Potosí y Tamaulipas, para finalmente en apenas media hora, cruzar definitivamente el Río Bravo y entrar en territorio norteamericano. Cinco días en su versión más corta, pero todo traficante de personas -todo coyote- conoce varias rutas alternativas por si la cosa se complica. Algo que sucedió recientemente, cuando el gobierno mexicano harto de la imagen de una mole de varias toneladas de hierro, en forma de pesado tren de mercancías abarrotado de migrantes ilegales, ocupara portadas en los espacios informativos  de medio mundo.

Debido al incremento del flujo migratorio en el país y seguramente fruto de los numerosos impulsos lanzados por su vecino del Norte, México ha ejercido en las últimas décadas una política de persecución y hostigamiento contra el migrante. La ola de asesinatos, extorsiones, violaciones, secuestros masivos, desapariciones y demás tipos de agresiones que en algún momento de su trayecto sufren seis de cada diez migrantes a su paso por el país mexicano, solo puede explicarse por la complicidad de ese sistema político con los cárteles del narcotráfico en el país. Esa misma delincuencia organizada que ha visto en la extorsión y el secuestro masivo de migrantes, un negocio más que sumar al del tráfico de personas, la explotación sexual o la reventa de petróleo robado. La mitad de los migrantes que se juegan la vida a su paso por México, huyen de la violencia en sus países de origen, especialmente los del llamado triángulo centroamericano compuesto por Honduras, El Salvador y Guatemala, lugares estos en donde el número de civiles muertos por causas violentas, es solo comparable a realidades como la de Siria o Iraq. Al fin y al cabo, son esos mismos jóvenes pertenecientes a las clases más desheredadas del capitalismo, los que pueden perder su vida indistintamente por una bala fruto de un ajuste de cuentas en Tegucigalpa, por un disparo policial en algún barrio obrero de Estados Unidos, o defendiendo alguna recóndita posición del ejercito de ese mismo país en Iraq. La única realidad que parece perseguirlos a donde quiera que vayan es la de la muerte.

El plan Frontera Sur -una iniciativa conjunta entre México y Estados Unidos- ya funcionaba antes de la llegada de Trump al poder, como una forma de conseguir desatascar los saturados centros de detención de migrantes del sur de Estados Unidos. Junto con Barack Obama, Enrique Peña Nieto ha sido el presidente que más centroamericanos ha deportado fuera de sus fronteras, hoy pocos parecen recordar que el presidente demócrata expulsó del país a más de 2.7 millones de indocumentados en sus primeros siete años de mandato. Una cifra superior a la de cualquier otro presidente.

Trump tan solo ha ampliado los criterios para la posible deportación de inmigrantes indocumentados, al tiempo que se ha dedicado a fomentaren sus mitines la psicosis con un muro que ya se encontraba en construcción. Por mucho que ahora se haya convertido en una prioridad  nacional, el problema con los migrantes en Estados Unidos es un problema que estaba ahí antes de la llegada de Trump, las medidas adoptadas por el actual presidente de Estados Unidos, tan solo han logrado que los migrantes que antes llegaban subidos a lomos de La Bestia, ahora tengan que hacerlo por rutas más largas, más caras y seguramente más peligrosas. Eso y aumentar el miedo y la desprotección en una población que por norma general suele encontrar serias dificultades para lograr abandonar una situación de precariedad en su nuevo país de origen.

Mientras organizaciones como Médicos Sin Fronteras o las propias Naciones Unidas demandan a los diferentes países que cesen las deportaciones, y se amplíe la protección legal, la concesión de asilo y los visados humanitarios, los prototipos para comenzar a construir el muro que Donald Trump pretende levantar en la frontera con México, ya han comenzado en una zona deshabitada junto al paso fronterizo de Otay Mesa, en California. Pese al riesgo que supondrá para los miles de migrantes que diariamente intentan llegar a Estados Unidos y a las molestias que la mayor regulación de visados  causará a unas fronteras por las que cada día cruzan cerca de 300.000 vehículos y un millón de personas que comercian, estudian, trabajan o simplemente visitan el otro lado, el gobierno americano parece decidido a gastarse una ingente cantidad de recursos en una frontera en la que desde 1994, ha instalado vallas que hoy alcanzan 1.050 kilómetros. Una medida por ahora con repercusiones directas para quienes pagan a los coyotes entre seis mil y siete mil dólares por tres intentos para alcanzar suelo estadounidense.

Donal Trump ha decidido usar los mismos mecanismos que ya permitieron a Obama priorizar las expulsiones en caliente de miles de migrantes apresados en la frontera y repatriar a numerosas oleadas de niños y mujeres centroamericanos, para incluir ahora en ellos a toda persona que haya violado las leyes migratorias o pueda simplemente ser sospechosa de haber cometido un crimen. El muro de Trump, simplemente parece seguir creciendo sobre los anteriores, para cada vez dejar a un mayor número de personas fuera de sus fronteras.

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Carlos Palomino ¡Presente!

“Soy español, nada más. Soy una persona a la que le gusta que gane la selección española”

Josué Estébanez de la Hija, militar y militante fascista responsable del asesinato del joven Carlos Palomino.

“Al Fascismo no se le discute, se le destruye”

Buenaventura Durruti

El 11 de noviembre de 2007, el joven militante antifascista Carlos Javier Palomino, era asesinado en la estación de metro de Legazpi mientras se dirigía al barrio de Usera para intentar impedir una manifestación que la organización fascista Democracia Nacional convocaba contra la emigración y a favor de España en un barrio prominentemente obrero e inmigrante. El menor de tan solo 16 años encontraba la muerte en la línea 3 del metro de Madrid tras recibir una certera puñalada de manos del soldado del ejercito español y militante fascista Josué Estébanez de la Hija, la herida provocada con la navaja que el soldado ocultaba mientras se dirigía a la concentración fascista afectó al lado izquierdo del tórax y al corazón del militante de izquierda, provocándole finalmente la muerte poco después por un shock hipovolémico. El nombre de Carlos Palomino se sumaba de ese modo a la larga lista de crímenes fascistas en nuestro país, la mezquindad ni tan siquiera respetaría su duelo.

Escasas horas tras el asesinato fascista en pleno corazón de Madrid, los grandes editoriales y los vistosos minutos de televisión comenzaban a afanarse por intentar convertir un crimen fascista en una reyerta entre grupos radicales. El infecto juego mediático para equiparar fascismo y antifascismo no dudó ni tan siquiera por un instante a la hora de bucear en la vida de un joven de 16 años para intentar de esa forma tildarlo de violento ultraizquierdista y radical, las fotos subidas a las redes sociales o la difusión de material propagandístico de izquierda llegaron a ser usados por la derecha patria como vano intento destinado a ocultar en la violencia entre jóvenes radicales un asesinato con un caro detonante político.

La sudadera de la marca Three Stroke habitualmente usada entre militantes fascistas y los gritos de “Sieg Heil” que el militante “patriota” o “español – él mismo llegó a definirse de esa forma- Josué Estébanez profirió a sus víctimas apuntaba a todas luces a un crimen por motivos ideológicos, a pesar de ello no fueron pocos los medios que decidieron normalizar al asesino, al tiempo que victimizaban al estamento militar ante una supuesta reacción de la izquierda radical que finalmente nunca llegó. Pese a la condena final a 30 años de reclusión y a haberse tenido en cuenta la agravante del artículo 22.4 del Código Penal en relación a la discriminación por motivos ideológicos, la sentencia final no podía evitar dejar una sensación general en la izquierda de desprotección por parte del sistema frente al fascismo.

El emponzoñamiento mediático, la negativa por parte del Partido Popular a situar ideológicamente al agresor o el uso partidista especialmente por parte de la derecha española del asesinato, mostraban una vez más la cara oculta de una España que no ha terminado de desprenderse supuestamente ya en plena democracia de los viejos tics autoritarios del fascismo. Como sucediera con el asesinato de Guillem Agulló, cuyo asesino confeso Pedro J Cuevas pasaría a incorporarse a las filas de la ultraderecha española como candidato en las listas de Alianza Nacional o con la cobarde ejecución de Lucrecia Pérez, considerada la primera víctima por un crimen xenófobo en España, el asesinato de Carlos Palomino pasaría simplemente a suponer un recuerdo imborrable y una profunda cicatriz en el corazón de la izquierda española. Nada cambió entonces en la actitud de los políticos y los medios españoles hacia el fascismo, ni nada parece haber cambiado con el tiempo.

Todavía hoy podemos observar claramente las dificultades que encuentran la mayoría de los medios mayoritarios a la hora de tildar como agresiones fascistas o nazis actuaciones que claramente se engloban bajo esa ideología. Los fascistas y neonazis se transforman en Barcelona, Madrid o Valencia en ultras, patriotas o radicales del mismo modo que los rebeldes en Siria se tornan en terroristas en Londres o Paris. Una postura en el terreno de las palabras que ni mucho menos debemos considerar inocente.

No podemos olvidar, ni debemos perdonar la afrenta a quienes bajo actuaciones denominadas “a favor de España” ejercer la violencia fascista en nuestras calles con total impunidad. Periodistas, activistas LGTBI, militantes de izquierda, sindicalistas, estudiantes, personas sin hogar, emigrantes, personas de diferentes razas, hinchas de futbol…la lista de los afectados por la violencia fascista en nuestro país se alarga cada día bajo el paraguas de una sociedad que pretende ver patriotas o jóvenes descarriados en un movimiento político que se afianza en España del mismo modo que lo hace en el resto de Europa. No debemos tomar como referencia los resultados electorales de una sociedad en donde organizaciones como Hogar Social Madrid o Democracia Nacional comienzan a ocupar espacios únicamente visibles en escaños a largo plazo, pero no por eso menos peligrosas. El simple lavado de cara o el apoyo directo a estas organizaciones, lleva consigo impresa la mancha de sangre de sus crímenes. Una realidad que harían bien en tratar de recordar aquellos periodistas o políticos que por distintos fines deciden acercarse a ellos.

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Sin capitalismo no hay paraíso

 

“¿Queréis creer en el capitalismo? ¿Queréis creer, pongamos, en el paradigma de la igualdad entre los ciudadanos? ¿Son iguales ante la ley dos fulanos que no pueden pagarse el mismo bufete de abogados? ¿Son iguales ante el mercado laboral dos trabajadores que provienen de sistemas educativos diametralmente opuestos? ¿Son iguales ante el doctor los enfermos independientemente del Centro de Salud del que provengan? ¿Si todos tenemos las mismas oportunidades, cómo es que los hijos de los ricos siguen siendo ricos? ¿Cómo es que todos los ciudadanos sueñan con llegar lejos en esta vida si luego lo cierto es que la fama y el poder son inalcanzables para la práctica totalidad de las personas de este mundo? ¿Cabe entonces hablar del sueño americano? ¿Tiene algún sentido hablar de igualdad de oportunidades cuando el dinero domina nuestras vidas y el dinero se hereda? ¿Puedes soñar con salir de la miseria mientras los bancos te cobran intereses por tus deudas y les pagan réditos a tus jefes por sus depósitos? ¿Estás tú remunerando a tu banco y alimentando a un empresario? ¿Y cómo has hecho para meterte en semejante estafa?”

Emilio Bueso

“¡Colgadlos bien alto sobre el pueblo! Quien llore por éstos, llora por la corrupción.”

Arthur Miller

 

La filtración al diario alemán ‘Süddeutsche Zeitung‘ de una ingente cantidad de documentos -1,4 terabytes- detallando las actividades financieras de algunas de las personas y corporaciones más poderosas del mundo, ha dejado una vez más al descubierto las espurias relaciones económicas de empresarios, políticos,  personalidades de la cultura y miembros de las familias reales de medio mundo con las jurisdicciones opacas y los servicios ‘offshore’ dispensados por los despachos de abogados allí afincados a sus acaudalados clientes.

El resultado del trabajo coordinado por el  Consorcio Internacional de Periodismo de Investigación -ese tipo de periodismo al que precisamente pretenden matar los mass media– pone al descubierto una realidad paralela al del común de la ciudadanía, una oscura trastienda social formada por sistemas financieros ocultos en donde el más salvaje capitalismo hace aflorar ya sin complejos su verdadera esencia. Aparece ante nosotros la cara oculta de esa misma política que nos impuso sus ajustes y recortes, al tiempo que permitía a la clase capitalista privilegiada evadir inmensas cantidades de recursos económicos que se suponían escasos para el conjunto de la población. Todo ello ante la mirada impasible de una élite política inepta en alguno de los casos y complice en gran parte de ellos.

Lograron convencernos de que se trataba de una crisis, nos atemorizaron con la posibilidad de un quiebra económica global irrecuperable sino reaccionábamos a tiempo y finalmente nos pidieron asumir un esfuerzo colectivo que recaería sobre una clase obrera ya cansada de ver como se ven pisoteados sus derechos. Hoy sabemos que no se trataba de una crisis, sino de una verdadera estafa con la que el 1% por ciento de la población mundial -ese mismo porcentaje que controla el 99% de la riqueza del planeta- lanzaba una ofensiva neoliberal destinada a dilapidar los restos del estado de bienestar europeo, logrando de ese modo una posterior ola de privatizaciones y recortes sociales que sin duda ha terminado aportando grandes réditos a quienes presumen de bandera patria al tiempo que ponen a buen recaudo sus ingresos en os numerosos paraísos fiscales.

Dejamos escapar la oportunidad de cambiar las cosas durante los primeros compases de la crisis de 2008, cuando banqueros y políticos tenían verdadero temor a una revolución global que cambiase las normas del juego para siempre. Abandonamos las calles cuando nos prometieron que si jugábamos con sus reglas y en sus parlamentos aceptarían pequeños cambios que finalmente nunca llegaron, hoy ante la desfachatez de un sistema económico corrupto en su misma esencia, ya no podemos seguir tapándonos los ojos para fingir formar parte de un pacto social justo con el conjunto de la población. El capitalismo tal y como lo conocemos ha muerto, debemos salir a las calles para pedir una sociedad más justa, una sociedad en donde la política y la economía sean al fin instrumentos del pueblo y para el pueblo.

No volverán los créditos para un televisor o las vacaciones con los niños cada verano, no van a regresar los salarios por encima de los mil euros como norma, no volverán los puestos fijos o los derechos laborales y ni tan siquiera debemos de mantener la esperanza en el corto plazo de que nuestros jóvenes regresen, esos que exiliados de la guerra de clases que asola nuestro país, han dejado atrás un país que les pertenece para intentar buscarse un futuro mejor en tierras más propicias para la generación mejor formada de la historia de España. Alemania o Reino Unido, a su ritmo, los esperan con los brazos abiertos.

Una de las filtraciones más grandes de la historia de la miseria del capitalismo debe de significar el cese del paradigma neoliberal en nuestras vidas, debemos recuperar el sentido social de la economía y más importante aún, debemos recobrar la dignidad de un pueblo que no puede asumir ni por un instante más un régimen de servidumbre camuflado tras una nómina a final de mes.

#ParadisePapers debe significar algo más que una exclusiva periodística, algo más que el nombre de una estrella de fútbol o de un presidente corrupto en las portadas. Estamos ante la constatación de que nos han robado sistemáticamente y de que las instituciones que se suponía debían impedirlo les han facilitado el trabajo. Resulta sencillo constatar como los mismos nombres que pueblan los casos de corrupción, son al fin y al cabo, los que tarde o temprano terminan vinculados a las tramas opacas para evadir capitales.

No eran 40 los ladrones, sino muchos más. 

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El procés

“Cuando amor es una orden, odio se puede convertir en un placer”

Charles Bukowski

“¿Resucitan los muertos? Los libros dicen que no, la noche grita que sí.”

John Fante

Desde que el 31 de julio de 2006 la soberanía del pueblo de Catalunya comenzase a ser secuestrada por una razón que se desconoce, todos los ciudadanos del estado nos hemos visto inmersos en una pesadilla política encarnada en un proceso que no sabemos exactamente lo que es, y que pese a ello, parece dispuesto a proseguir su hasta ahora vacilante trayectoria repleta de argumentos poco concretos.

La inexistencia de un discurso político de alto nivel y las obvias contradicciones entre el sistema partidista y los proyectos de estado -estos últimos siempre ubicados en el largo plazo- finalmente nos han llevado  a una situación política en la que cada actor parece defender con vehemencia en público lo que veladamente está dispuesto a entregar en privado a la mínima oportunidad que se presente.  El no rotundo en el último momento del Partido Popular a una enmienda lanzada por el  PSOE, que pretendía paralizar el 155 en caso de que Puigdemont convocase elecciones, deja al descubierto un trasfondo en el que al Partido Popular, maquiavelicamente parece atraerle una DUI que lleva de forma automática a la aplicación del 155. Mientras que la independencia al PDeCAT,  parece producirle cada día más vértigo arrastrado a ella irremediablemente entre la presión de sus socios internos y la demostrada torpeza táctica de sus numerosos enemigos externos.

En todos estos años, el gobierno español como las malas dinastías y los regínemes políticos debilitados, no ha querido ganar la batalla sino humillar al contrincante. Mariano Rajoy y su gobierno han hecho del ego del nacionalismo español y de los cálculos electorales de la derecha, el principal obstáculo para lograr una salida pactada al procés. Atendiendo exclusivamente a una Constitución española hace ya tiempo instalada en las buhardillas de la periferia de la legitimidad social y con la perspectiva de ejercer su poder sobre una Catalunya en la que apenas supone una fuerza minoritaria, el Partido Popular se ha desvinculado de su responsabilidad con el conjunto del estado y ha decidido responder al fuego con fuego -o lo que es lo mismo- al nacionalismo catalán con nacionalismo español. Pareciese que en la fábrica independentista en la que se ha transformado Moncloa en los últimos años, han terminado descubriendo con asombro como en medio del deleznable lodazal político del más burdo chovinismo, se encontraba oculto un suculento granero de votos fácilmente explotables para un partido al que nunca le ha costado demasiado reconciliarse con los sectores políticos más conservadores de España, entre ellos también los más cercanos a la extrema derecha.

La injusta encarcelación en pleno proceso político de los líderes independentistas Jordi Sánchez y Jordi Cuixart, sumada a la irregular aplicación del artículo 155 de la Constitución, que finalmente saldrá adelante con el apoyo de las formaciones tradicionales del bipartidismo y Ciudadanos –partido este al que se le ha olvidado lo de terminar con la vieja política– harán prevalecer sobre Catalunya una compleja interpretación de la legalidad, sujeta a le legitimidad de una línea de poder que el común del pueblo catalán ya apenas alcanza a visualizar.

Empujado finalmente a ello Puigdemont parece ahora, arropado entre el Parlament y el propio pueblo de Catalunya, decidido a profundizar en la escalada de hostilidades políticas quizás no para obtener una sentencia positiva, pero sí al menos para aplazar o suspender el proceso.

Confusas circunstancias (ya que por alguna misteriosa razón del sistema las soluciones en los despachos nunca son tan sencillas como en la calle) hacen que nos encontremos frente al desafío más importantes de la historia democrática de España, en un contexto de escasa valentía política y menor capacidad de liderazgo. En Catalunya, Rajoy se ha mostrado por primera vez incapaz de lograr una nueva pírrica victoria por la torpeza política del rival y es bien sabido por todos que tener que recurrir a su propio talento nunca ha sido una de las especialidades del presidente del gobierno.

Resulta ahora por tanto al menos extravagante culpar a Gabriel Rufián debido a un tuit pasional o a la CUP por sus continuas presiones de la marcha atrás en la casi consumada rendición ante Madrid de Puigdemont, tal interpretación de lo sucedido supone seguir negándonos a tener en cuenta al actor principal de todo este proceso, el pueblo de Catalunya. Una pueblo que una buena mañana en su soleado devenir político, se ha visto señalada desde Madrid por el principal partido de la derecha española, con un recurso que hoy incluso sus más firmes defensores de antaño reconocen supuso un error.

El pueblo catalán no se ha plantado frente al centinela del estado español confiando exclusivamente en el liderazgo y la capacidad de sus políticos, sino más bien pese a tener que contar con ellos. Gran parte de la ciudadanía en Catalunya ha ido poco a poco desde el 31 de julio convirtiéndose en un hombre entregado de pleno a la angustia de hacerse más libre y soberano a través de un procés que lo consume con la hermética maquinaria burocrática del estado español. Un estado en manos del Partido Popular, que se muestra incapaz de dialogar o comprender a un independentismo que desde Catalunya ante un grito de atención desesperado, se encuentra que las altas instancias a las que pretende apelar en Madrid no son sino las más humildes y limitadas muestras de lo que en Europa en pleno SXXI  debería considerarse como democracia.

La represión autoritaria contra el referéndum, la unísona ofensiva mediática guiada desde el estado contra el independentismo o las acusaciones de adoctrinamiento contra la televisión y educación pública catalana, por parte del mismo gobierno del 1 de Octubre y la televisión pública española,  han espoleado en la ciudadanía catalana el sentimiento de una ruptura necesaria con el régimen del 78, para de ese modo a través del una futura República catalana, poder profundizar en un sistema político en el que un nuevo pacto social -que sin duda exigirán a sus gobernantes sean estos quienes sean- haga factible un marco donde la identidad nacional, el sistema económico, los derechos civiles o la forma del estado puedan ser consensuados en un parlamento en el que la voluntad de los ciudadanos se encuentre plenamente representada. Algo que muy a mi pesar tan solo los más inocentes o los más beneficiados por el sistema, pueden asegurar a día de hoy en España.

Con o sin DUI el desencanto de los catalanes con la política partidista sin duda va a resultar mayúsculo, en general la actuación de los políticos españoles y catalanes incluso llegar a hacernos recordar con una mezcla de nostalgia y profunda sorpresa a aquellos Fraga, Ruíz-Mateos o Jesus Gil, unos personajes profundamente atípicos a los que hoy -a tenor del auge populista de todo tipo que sin duda llegará tras el espectáculo ofrecido en Catalunya- podríamos llegar a considerar verdaderamente adelantados a los tiempos políticos de nuestro país.

Puigdemont, el gobierno de España, la masa independentista en Catalunya y con ellos todos nosotros, nos encontramos ahora ante las puertas de nuestro marco legal heredado de una generación pre democrática, con demasiados traumas como para haber podido crear un pacto social imperecedero. Hoy a pesar del leve brillo de esperanza que durante todo este kafkiano proceso parecía intuirse a través de un posible replanteamiento constitucional, la insensatez de la derecha y la falta de valentía de la izquierda, terminan por ejecutar su condena.

En estos últimos momentos, la ciudadanía tan solo desea aligerar la misión de sus captores y poner fin al proceso, asumiendo de algún modo como cierta una culpa desconocida. La DUI, el 155 o la convocatoria de unas próximas elecciones bajo cualquier condición imaginable, suponen ya tan solo un paso más en la fehaciente desconexión popular con el lenguaje político y su prestidigitación electoralista. Lo que nos depare el futuro sin duda estará a la altura de tan elevados representantes de la voluntad popular.

“Parece admirarse de que yo haya abordado el tema, inclusive pienso que me lo reprocha. Esto hace que sea más necesario hablar de estas cosas. Lo lamentable es que solamente lo pueda hacer con una anciana…”

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Só o pobo salva ao pobo!

Los numerosos incendios que la pasada semana arrasaron Galicia dejando tras de sí más de 35.000 hectáreas de bosque totalmente calcinadas y que se cobraron la vida de cuatro personas, han demostrado una vez más que solo el pueblo puede salvar al pueblo.

La contrastada ineficiencia del gobierno de la Xunta en la coordinación de las labores de extinción, sumada a las desastrosas políticas de ordenación forestal apenas modificadas durante años, dieron como resultado una tragedia de dimensiones nunca antes vistas en el territorio gallego. Las llamas se abrieron paso a través de nuestros montes hiriendo de nuevo su paisaje, rasgando vidas que nunca debieron perderse y amenazando durante horas a poblaciones que ante la descoordinación de los distintos miembros del operativo de extinción de incendios de Galicia, volvieron a encontrar en sus vecinos la mejor defensa posible ante la tragedia y la sin razón provocada por el hombre.

Al igual que sucediera hace casi veinte años con la tragedia del Prestige,  en donde tras seis días en manos de la inepta política española el buque accidentado terminó esparciendo por las costas de Galicia cerca de 60.000 toneladas de chapapote (lo que nuestro actual presidente del gobierno consideró pequeños hilitos de plastilina) los vecinos y vecinas de Galicia fueron una vez más los que organizados en cadenas humanas se apresuraron para cubrir las deficiencias propias de sus políticos a la hora de afrontar las grandes tragedias.

En Galicia se conoce bien lo que significa el abandono de los políticos, su dejadez, las oscuras prioridades que siempre se anteponen a las de la ciudadanía y los efectos perniciosos de los despachos que normalmente terminan recayendo sobre el pueblo. A nadie le sorprendió la inexistencia de un puesto de mando sobre el terreno durante los incendios, el baile de cifras en el número de efectivos desplegados o las numerosas mentiras de nuestros gobernantes. No sorprendió porque hace ya tiempo que nadie espera nada de ellos.

En los peores momentos del incendio en Chandebrito al igual que en las rías gallegas durante los numerosos vertidos de chapapote, todos sabían que cada metro que se le pudiese ganar a la tragedia no iba a resolverse desde los despachos de Santiago, ni con las directrices del gobierno de Feijóo. Cuando las llamas amenazaron las casas y las vidas corrieron serio riesgo, la vista de cada uno de los afectados por las llamas se tornó hacia sus vecinos, esos que expulsaron al chapapote de nuestras playas y finalmente lograron sofocar el fuego pese a la falta de medios.  En última instancia en Galicia la gestión de las tragedias no es un asunto parlamentario sino popular, el fiel reflejo de la solidaridad en su estado más puro y escaso.

Ante el abandono de sus dirigentes y todavía con el olor a ceniza sobre sus cuerpos, el pasado domingo Bomberos, brigadistas, agentes forestales, vecinos de las zonas afectadas por los incendios y miles de gallegos hartos de una tragedia que en mayor o menor medida se viene repitiendo cada año, se manifestaron  en Santiago de Compostela bajo el lema  Lume, nunca máis (Fuego, nunca más) para exigir responsabilidades a la Xunta por la inexistente gestión política del desastre vivido apenas unos días antes. Una petición de responsabilidades realmente moderada, que sin embargo ha servido a Luis Ojea, jefe de redacción de la Radio Galega, para tildar a los que allí se manifestaron como “carroñeros” y “gentuza”,

Puede que espoleados ante los tics autoritarios propios del artículo 155, quienes dejaron una factura pendiente por el desastre ecológico del Prestige cercana a los 4.400 millones de euros, aquellos que se desentendieron del ‘caso Alvia’ y han utilizado durante décadas los recursos públicos para tejer una red clientelar propia del más oscuro caciquismo, se han visto en esta ocasión tentados a utilizar a sus lacayos más torpes y parcos en palabras, para en un demostración indigna del oficio de periodista atacar indiscriminadamente a un pueblo que todavía llora la pérdida de sus vecinos.

El vil intento “periodístico” por desacreditar con el insulto a esos mismos vecinos y vecinas que lograron salvarse de la tragedia pese al abandono político con una simple cadena humana, supone sin lugar a dudas un ataque premeditado a todos aquellos que han osado buscar explicaciones más allá de la versión judeo-masónica de la Xunta. Una nueva muestra de que no sólo los cínicos, sino también los mercaderes de la palabra se han apoderado de nuestros medios para loar sin miramientos a quienes en demasiadas ocasiones dictan la editorial de un medio sin nisiquiera tener la necesidad de pisar su redacción.

Una vez más ante la tragedia, el pueblo gallego llega a la conclusión de que tan solo el pueblo puede salvar al pueblo.

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La asesinaron en Malta

A la periodista maltesa Daphne Caruana Galizia, la han asesinado en Malta tras haberse convertido en una figura relevante en su país, por su trabajo de investigación contra el gobierno local, presuntamente implicado en una trama de corrupción durante la investigación de los Panama Papers. A pocos metros de su casa la bomba bajo el coche que la periodista había alquilado en el poblado de Bidnija, al norte de Malta, saltaba por los aires con una potencia inusitada, para silenciar al periodismo de investigación en Europa. Daphne ha traído a nuestras puertas las consecuencias a las que cada día se enfrentan los periodistas de lugares como México, Honduras, Siria, India, Colombia o Israel. Lugares estos, entre tantos otros, en donde el derecho a informar puede costar la vida.

Decía el novelista y ensayista cubano Alejo Carpentier, que el periodismo es una maravillosa escuela de vida, pero por desgracia demasiado a menudo el periodismo también es muerte. Una muerte que acecha a aquellos que una vez descubierta la verdad del mundo no pudieron evitar escribirla o fotografiarla para nosotros, seguramente con la vaga esperanza de contribuir a cambiar las cosas. A menudo el periodista de raza, aquel que siente la profesión más allá de lo que el mismo puede llegar a comprender, no puede evitar remar contracorriente por muy perdida que parezca una causa.

Cándido Ríos fue acribillado a balazos junto a un expolicía en Hueyapan de Ocampo (México) por osarse a desafiar el gobierno del narco y sus leyes del silencio. De nada le sirvió a “El Pabuche” formar parte de un programa gubernamental de protección a periodistas y defensores de derechos humanos, el mensaje para el Diario de Acayucan y para el resto de medios era claro: En México sí quieren informar sobre la violencia del narco, mandan ustedes a sus hombres a morir.

México se ha convertido, en parte por méritos propios, en parte por la inestimable colaboración de su vecino yanqui, en el lugar más peligroso del planeta para ejercer el periodismo, el trabajo de investigación mexicano sobre el narco no existe salvo por contadas pero valerosas excepciones como las de los reporteros de Ríodoce. No en vano, alguno de los tipos de esa redacción podría llegar incluso a aburrirse en Restrepo.

Hace tiempo que en México no se buscan las causas o las consecuencias de la guerra del narco o las implicaciones de una narcocultura que llega a impregnar hasta la cima política del país, la labor de un periodista si no se quiere jugar la vida  debe ser la de un mero transmisor del mensaje de turno de los cárteles de la droga. Un mensaje que a menudo se plasma en cuerpos mutilados, cruentos asesinatos o decapitaciones que han pasado a competir por lectores y un espacio publicitario en los blogs y medios mexicano.

Para un país en donde la violencia y la muerte se han convertido en una constante, el asesinato en Sinaloa del periodista experto en narcotráfico Javier Valdez, no supuso en su gobierno mucho más que el compromiso de una condolencia ya mecanizada, en tan solo 12 meses han asesinato a 14  periodistas sin que haya un solo detenido. Perdidas como la de Javier Valdez, probablemente sean muy difíciles de recuperar para una profesión en la que los cínicos cada día cobran más fuerza.

Cuando uno tiene en sus manos el excepcional libro “Novato en nota roja” del que fue corresponsal en Tegucigalpa Alberto Arce, tiene ante sí toda una lección de periodismo canalla y honesto, canalla debido a que uno puede adivinar fácilmente entre las líneas del autor la constante decadencia de una profesión a la que el negocio se ha encargado de arrebatarle cualquier atisbo de romanticismo, honesto porque si uno desea hacer periodismo hoy en día es bueno que se vaya acostumbrando a que no siempre va a poder escribir sobre aquello que los medios, y gracias a ellos también el mundo, reclaman.

Como el propio Alberto anuncia, Honduras no es Irak, pero puede parecérsele. En el país centroamericano mueren asesinadas cada año 85 personas por cada 100 000 habitantes, el paso de la cocaína por su territorio camino a Estados Unidos ha dejado una guerra entre pandillas que prevalece en la rutina diaria  del país con total impunidad.  En este contexto, los periodistas al igual que toda la población del país, son rehenes de una violencia sin sentido que a llegado a causar un promedio de 20 muertos diarios. Las crónicas de Tegucigalpa pueden no tener el mismo valor mercantil que las de Bagdad o Raqqa, pero el valor periodístico y puede que también el riesgo que corren sus autores, es exactamente el mismo. Para un periodista, la muerte no entiende de modas o nacionalidades cuando el teclado supone la única vía de escape para un alma a todas luces rota.

En Honduras como en Turquía o en España, la apología del terrorismo ha pasado a suponer desde hace un tiempo, por supuesto en muy diferentes medidas, una excusa para cercenar la libertad de prensa. Profesionales como la periodista holandesa Frederike Geerdink  o la vasca Iraitz Salegi han sufrido en sus carnes la persecución política de quienes haciendo un claro uso torticero de la justicia, han decidido desde las altas instituciones de un estado, presionar  a sus periodistas para intentar acallar su mensaje.  Una multa o la amenaza de la cárcel nunca se podrá comparar con la perdida de una vida, pero el mensaje es el mismo. El mismo que se esconde tras las amenazas contra periodistas de los gobiernos acosados por la corrupción, el boicot a sus medios, los intentos por desprestigiarlos o en última instancia, las presiones directas para cambiar o eliminar contenidos.

Vivimos inmersos en la decadencia de las grandes marcas del periodismo. Legendarias cabeceras y con ellas parte de la historia, en unas ocasiones más gloriosa que en otras, del periodismo de nuestro país se descomponen en subastas abiertas de su línea editorial ante los todopoderosos grupos de inversión internacionales. El derecho a informar libremente se ha convertido en un derecho privatizado a golpe de talonario, por desgracia para ellos; los nuevos magnates de la desinformación, el periodismo libre es un animal demasiado resiliente como para desaparecer por completo. Personalmente nunca he estado muy convencido de que como dicen las cucarachas fuesen a ser las únicas en sobrevivir al fin del mundo, pero sin embargo, siempre he pensado en que de producirse mañana ese repentino final, con total seguridad allí habría un periodista para contarlo. Después de todo les desafío a nombrarme un suceso trágico de nuestra historia reciente en la que no haya estado presente un periodista, a las cucarachas tarde o temprano uno logra quitárselas totalmente de encima en las redacciones, por mucho que sus servicios prestados les valgan nuevos puestos meramente ornamentales en la empresa del país.

Pese a todo, el periodismo español vive una nueva juventud en cuanto a su calidad con medios como Infolibre, Eldiario, Nueva Revolución, 5W, A Nosa Terra, Luzes, Negratinta o El Salto, proyectos estos entre tantos otros más o menos asentados de un periodismo que se niega a desaparecer, pero no puede existir un periodismo fuerte y digno sin una base de lectores sólida, comprometida en un pacto cerrado con aquellos que desde el otro lado de la página tienen la firme convicción de proporcionarnos la verdad por encima de todo.

Las denuncias de Caruana Galizia contra el primer ministro Joseph Muscat, a quien la periodista acusaba de corrupción, lo  llevaron a convocar elecciones anticipadas en las que pese a las sospechas por corrupción, logró la victoria por amplia mayoría. Pese a todo, la periodista maltesa decidió que intentar sacar la verdad a la luz para cambiar las cosas merecía la pena. El mejor homenaje a su memoria, es que hoy ustedes y nosotros, renovemos un pacto que resulta más necesario que nunca.


Para todos aquellos que perdieron la vida por un oficio para el que sin duda, nacieron. Que la tierra os sea leve compañeros.

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12 de octubre, nada que celebrar

“Cuando vinieron los misioneros a África tenían la Biblia y nosotros la tierra. Nos dijeron: vamos a rezar. Cerramos los ojos. Cuando los abrimos, teníamos la Biblia y ellos la tierra”.

Desmond Tutu

“Tenemos 500 años aquí y nunca nos callaremos, mucho menos ante un monarca.”

Hugo Chávez

El día 12 de octubre no se conmemora en la fiesta nacional, sino un genocidio. No escogimos un 29 de septiembre, ni un 5 de junio para fomentar nuestro orgullo como españoles, por la contra, señalamos la fecha en la que en 1492 nuestro ejercito se desplegó para invadir lo que para ellos suponía simplemente un territorio donde imponer sus costumbres. El imperio español ignoro el desarrollo a través de los siglos de diversos grupos indígenas, cazadores, recolectores y agricultores que habitaban antes de su llegada aquel nuevo mundo. La imposición religiosa, la esclavitud, el saqueo y la guerra fueron los instrumentos que el imperio español utilizó a la hora de imponer su cultura en el continente americano, un comportamiento bárbaro e inhumano fruto de un etnocentrismo comprensible en el siglo XVI, pero que de ningún modo debería suponer motivo de orgullo o celebración en pleno siglo XXI.

La fiesta nacional supone a día de hoy una celebración de tan solo una parte de España, la de la imposición cultural, el ejercito, la iglesia y una corona que todavía hoy, como en 1492, reina y gobierna. No de igual forma, ni con la misma intensidad, pero la monarquía y el mensaje tras su poder, todavía sigue presente en España. Un país que celebra su día nacional de espaldas al mundo y a gran parte de sus propios habitantes, que se niega a comprender lo cruel e inhumano de un proceso histórico que rememora un Imperio ya pasado, y una fuerza perdida que a menudo explica el enorme complejo de sociedad en franca decadencia que consigo portan tantas veces los españoles.

Torpedeamos nuestros abundantes méritos centrándonos en viejas conquistas con demasiada sangre tras ellas como para lograr ofrecérselas al mundo, al igual que sucede con la tauromaquia, la clase política española hace uso de un símbolo que nos separa, para intentar representar un sentir común de nuestro país. En un mundo globalizado España debe reconocer como fue la conquista de América, abandonar los intentos por glorificar una época en la que nuestros valores no eran los mismos por los que hoy luchamos y pedir perdón, perdón a los pueblos que sometimos a nuestras armas y a sus herederos indígenas. Sí nos empeñamos en tener monarquía, ese debiese ser su primer cometido.

España se empeña cada año en celebrar la imposición por las armas y la decadencia de su cultura, mientras tanto, el Guernica, la Sagrada Familia, o el mismísimo Quijote esperan su oportunidad para mostrarse al mundo en nuestra fiesta nacional. Un país democrático, celebraría su cultura y pediría perdón por su barbarie. España no se merece conmemorar lo peor de si misma, no nos merecemos una eterna culpabilidad. Para ello resulta necesario cerrar las heridas, comprender finalmente el dolor causado y el sentir de unos pueblos que no civilizamos, sino que conquistamos. Hoy sin duda sería un buen momento para mostrar nuestro respeto al Día de la Resistencia Indígena.

 

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“En 1492, los nativos descubrieron que eran indios, descubrieron que vivían en América, descubrieron que estaban desnudos, descubrieron que existía el pecado, descubrieron que debían obediencia a un rey y a una reina de otro mundo y a un dios de otro cielo, y que ese dios había inventado la culpa y el vestido y había mandado que fuera quemado vivo a quien adorara el sol y a la luna y a la tierra y a la lluvia que la moja”

Eduardo Galeano

 

 

 

Catalunya: Evasión o victoria

“La posibilidad de competir en el evento deportivo más grande del mundo era una oportunidad que no podía rechazar”

Ryan Giggs, aclarando estar orgulloso de poder participar en unos Juegos, pero no de representar al Reino Unido.

“Ganar o perder, pero siempre con democracia”.
Socrates de Souza.
Supongo que apesadumbrada y solidaria con el mal momento que Mariano Rajoy está pasando con todo eso del proceso independentista de Catalunya, parte de la España profunda; esa que habitualmente se encuentra ideológicamente con nuestro presidente del gobierno en las páginas interiores del Marca, ha decidido trasladar la tensión existente entre el Govern de Catalunya y el Estado español a un terreno en donde el jefe del ejecutivo se pueda sentir más cómodo: El fútbol.
Entre los legalistas corrillos de Ultra Sur y las más castizas barras de bar, ha surgido la idea de que gran parte de la culpa del guirigay de naciones de los últimos meses, reside en que todo esto de la identidad catalana, el derecho a la autodeterminación de los pueblos o las protestas sociales pacíficas, no terminan de atraer al diálogo a un presidente del gobierno poco acostumbrado a la vida política más allá del decreto-ley y la negociación con su marca blanca. Por ello, la España demócrata de toda la vida ha decidido llevar definitivamente al campo de fútbol la disputa política. Después de todo, sí existe algo que pueda lograr que Mariano Rajoy se siente a dialogar con Catalunya, sin duda eso es la estabilidad de la selección española en año de mundial.
El gran damnificado de la dinámica aglutinadora de un conflicto con claros tintes populistas, sin duda ha sido Gerard Piqué. Al jugador catalán del Barça y de la selección española, le ha tocado vivir en sus propias carnes las delirantes consecuencias de quién representando a España en el mundo, decide en un momento dado posicionarse abiertamente en el discurso crítico con la blindada unidad del estado español. No es cierto como afirman algunos medios que Piqué se haya declarado firmemente independentista, como tampoco lo es que apoyando el derecho a decidir del pueblo catalán, el central campeón del mundo y de Europa haya renunciado implícitamente a jugar con España.
Lo que ha hecho Gerard Piqué es simplemente exigir su derecho y el derecho de su pueblo a expresarse. Nada más, sin anunciar el sentido de su voto, ni hacer campaña por causa alguna más allá de la puramente democrática. Pese a ello durante la concentración de la selección española en la Ciudad del Fútbol de Las Rozas, Gerard Piqué tuvo que escuchar gritos tan dispares como “Piqué cabrón, España es tu nación” o “Piqué vete a tu país”, curiosamente ambos lanzados por las mismas gargantas patrióticas a todas luces confundidas tras largas horas de dudosas emisiones televisivas  y altas dosis de política ficción, ahora conocida  como populismo.
En un ambiente como el mundo del fútbol tan propicio para dejarse llevar por argumentos en donde prevalezcan las pasiones por encima de la razón, es en donde uno puede identificar alguna de las causas por las que el referéndum catalán y las consecuencias que de este devengan molestan tan profundamente en el seno del Estado. El español medio y me temo que con él por única vez nuestro presidente, piensa en la política territorial española en términos muy cercanos a los futbolísticos, ese es el principal motivo por el que la convivencia de dos sentimientos diferenciados en algo tan profundo como es la nación, resulta difícilmente asumible para una España acostumbrada a cambiar de chaqueta con total facilidad en cualquier terreno excepto en el futbolístico. Supongo que parte de esta lógica se basa en que al igual que uno no puede ser abonado del Madrid y al mismo tiempo declararse aficionado o simpatizante del Athletic, la idea de sentirse con igual intensidad catalán y español al mismo tiempo tampoco tiene cabida en ese reducido esquema mental.
En nuestra democracia la forma de sentirse gallego, vasco, catalán o andaluz, es sintiéndose español. Uno puede hablar eusquera; sin pasarse, implantar el concepto de la morriña a nivel peninsular o incluso jugar una pachanga de navidad con las selecciones autonómicas, pero cuando la cosa se pone seria, es decir, cuando es año de mundial, se deja claro por encima de todo que la única realidad nacional existente en el estado español es la de la monarquía de los Borbones.
Son pocos los futbolistas que deciden complicarse la vida entrando a la arena política desde una realidad ya de por sí tan radicalizada como es el la del fútbol, pero el paso al frente de Gerard Piqué no ha sido ni mucho menos el único. A nadie parecieron molestarle las declaraciones de Roberto Soldado calificando como “cuadrilla” a los votantes de Podemos. Ningún medio le exigió compromiso con esa parte de los españoles en sus actuaciones con la selección y curiosamente en gran parte de los estadios de España su patriotismo pareció incluso salir reforzado. Tampoco las soflamas contra el Estatut o el apoyo implícito a la guerra ilegal de Irak de Salva Ballesta sirvieron para cuestionar su españolidad, Si hay algún vasco o catalán que no se sienta español se tiene que joder porque es español, sino, que mire su DNI”, tras declaraciones de este calibre, el ex-delantero y confeso admirador de Antonio Tejero, incluso recibió un fuerte apoyo mediático en el momento que la afición del Celta rechazó su fichaje por no encajar con los valores del Club.
“No pido la independencia, al menos yo no. Pido que se pueda votar. Es algo democrático. Si la gente no tiene derecho a expresar lo que siente, volveríamos a una época que ya hemos pasado. La evolución es mirar adelante” “La secesión haría a Cataluña y España más débiles’ Piqué no ha renunciado en ningún momento a jugar con la selección, tampoco ha declarado abiertamente no sentirse español. Al contrario que jugadores como Oleguer o Nacho Fernández a los que la decisión de negarse a jugar con España les valió críticas de antipatriotas y enemigos de España, Gerard Piqué simplemente ha dado un paso al frente desde su club y la propia selección para defender los derechos de todos aquellos que en Catalunya quieren decidir en las urnas su relación con España.
La desproporcionada reacción frente a unas declaraciones de un deportista que carece de cualquier tipo de repercusión política, ejemplifican a la perfección la posición de un estado español desquiciado y de gran parte de su población, la cual se muestra intransigente ante una marea ciudadana que en Catalunya no desaparecerá fruto de la intimidación dialéctica o las sanciones legales. Negarse a buscar un nuevo marco de convivencia en donde todos los pueblos puedan decidir democráticamente su futuro, supone la vía más rápida para empujar fuera de España a muchos ciudadanos que hasta el día de hoy todavía se sentían parte de España. No será Puigdemont, ni el Govern quienes los empujen fuera, sino la intransigencia en forma de porrazos propia de los políticos ultras y el silencio complice de gran parte de España.

P.D. Soy plenamente consciente de la fragilidad “real” de gran parte de los paralelismos usados en este artículo, pero permitan a este humilde escritor jugar con la lógica deportiva como desesperado intento para lograr penetrar en la dinámica intelectual de un Mariano Rajoy a todas luces nativo en el lenguaje deportivo de las narraciones de Champions, pero por desgracia amarcinado en su respuesta ante las crisis políticas. Dudo sinceramente que este pequeño juego vaya a empeorar nada y en el mejor de los casos, podría evitar que nuestro presidente del gobierno termine por arrastrarnos sin remedio al surgir del sentimiento independentista en la Provincia de Soria.
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Diarios en la sociedad patriarcal española ( I )

Una vez más el sentarse frente al teclado viene acompañado del sonido ensordecedor de los gritos que preceden al silencio, la sensación del cuerpo entumecido por el recuerdo de tantos golpes a lo largo del tiempo y especialmente el sabor de la sangre, ese sabor  inconfundible que se pega a uno mientras sobre una página en blanco deja caer unos cientos de palabras más que se sumen a la de todos aquellos que se indignaron, lucharon y lloraron antes por la vida arrebata a una mujer en alguna parte del mundo.  Por segunda vez en una semana, una localidad española revive el arcaico rito patriarcal del hombre que quien sabe si por celos, por venganza o simplemente porque le pertenecía, decide acabar con la vida de “su” mujer con varias puñaladas certeras en su cuerpo. Un cuerpo que el asesino siente como su propiedad, una parte vital de sus pertenencias a la que no está dispuesto a renunciar, por ello nunca la dejaría atrás pese a conocer en su destino la muerte,  la cobardía del maltratador se muestra  de forma muy especial en su incapacidad para quitarse la vida antes de consumar su transformación en el más cruel de los demonios.

La casualidad o quizás la mera probabilidad (después de todo las posibilidades de sufrir violencia machista en España no resultan especialmente bajas) ha hecho que una nueva hoguera de las vanidades bañada en sangre de mujer, haya coincidido en el tiempo con el día en el que el parlamento español daba luz verde a un pacto de estado contra la violencia de estado, un pacto transformado en maquillaje político para unos partidos que al tiempo que votaban su aprobación, lo condenaban en su ejecución debido a unos presupuestos que no parecen guardar todavía espacio suficiente para intentar poner fin a la lacra del terrorismo machista. La falta de de garantías para la puesta en marcha de este acuerdo de mínimos y su indefinición en el tiempo, parecen apuntar a una nuevo caso de “ley florero”  proyectos como la ley como la de Memoria Histórica o la propia ley de Dependencia, que se han quedado en meros adornos progresistas para un estado que no lo es tanto como le gusta aparentar.

Como si se acabase de editar la primera edición en castellano de “El Segundo sexo” de Simone de Beauvoir o La Sentencia de Campo Algodonero todavía nos comenzase a remover hoy las conciencias en España, el pacto que todas las fuerzas políticas han alcanzado hoy  en nuestro país, se antoja desde su aprobación ya como insuficiente y desfasado en su concepción del terrorismo machista, ese al que todavía hoy el estado se niega a llamar por su nombre, el nombre que debiese recibir todo acto de quien pretende hacer uso del terror contra una mujer para imponer su dominación sobre ella. Entre las medidas aprobadas destaca el reconocimiento como víctimas de las madres cuyos hijos son asesinados por la locura patriarcal, una medida necesaria, simplemente por lo inconcebible de que esto no fuese así hasta hoy. Medidas destinadas a poner barreras frente a los matrimonios forzosos o el acoso sexual en el puesto de trabajo, en definitiva parches insuficientes para una sociedad que con el paso de las generaciones va abriendo muy lentamente los ojos a la realidad de la explotación a la que se ven sometidas las mujeres por el simple hecho de la construcciones de género que firmemente hemos establecido entre todos.

Un acuerdo de mínimos que no reconoce en toda su profundidad la igualdad de la mujer con el hombre y la sistemática opresión que el sistema social patriarcal está ejerciendo sobre ella. Resulta moral apoyar este acuerdo simplemente porque las muertas pesan demasiado ya y no podemos esperar sin concesiones hasta que la sociedad y con ella sus políticos cambien, no podemos hacerlo por ellas, por las que ahora mismo sufren en silencio los golpes, el desprecio, la discriminación, la amenaza de la muerte a manos de un hombre, simplemente por el hecho de ser mujer. A ellas con la pírrica victoria de hoy les décimos que no están solas, pero también que resulta más necesario que nunca levantarse para exigir los derechos de la mujer en un mundo regido por hombres y para hombres. Todavía queda mucha lucha por delante para conseguir una sociedad justa e igualitaria, una sociedad en la que la justicia tenga claro que el asesinato de una mujer no es una cuestión de debilidad frente al hombre y en donde nadie pueda preguntarte si has cerrado bien las piernas ante una violación. Simplemente una sociedad en la que nunca más el recuerdo de los golpes o el sabor de la sangre tenga que acompañarnos frente a un teclado al hablar de las mujeres.

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El viento que agita Catalunya

Cuando el 2 de junio de 2014, Juan Carlos I manifestó su disposición a renunciar a la corona para entregársela a su hijo Felipe, el por entonces jefe de Estado era plenamente consciente de que su tiempo había acabado, muy probablemente también podía presentir en ello el fin de toda una época.

Tras un largo letargo la abdicación del monarca directamente legitimado por la dictadura, suponía una firme señal de que los españoles tímidamente comenzaban a perder el miedo a una transición llevada a cabo bajo la firme amenaza de los ruidos de sable del ejercito y el miedo palpable de una ciudadanía, que era plenamente consciente de que la muerte del dictador en su cama para nada significaba que se hubiese eliminado de un plumazo la amenaza de todo un tejido de poder, que en esencia permanecía inalterable.

La detención de altos cargos de la Generalitat, los operativos para intervenir material censal, la suspensión de actos a favor del derecho a decidir y el acoso sistemático a ciertos medios de comunicación con el objetivo de dificultar el ejercicio de la libertad informativa sobre el referéndum, nos recuerda una vez más las graves carencias de un sistema heredado de una dictadura fascista. Una herencia envenenada en forma de juramente al propio dictador y a todas sus leyes, concretamente el sucesor de la monarquía surgida del 18 de julio, Juan Carlos I, juro ‘lealtad a su excelencia el Jefe del Estado y fidelidad a los Principios del Movimiento Nacional y demás leyes fundamentales del Reino’.

El “surgimiento” de la institución monárquica permitía cerrar las puertas al la legitimidad republicana, al mismo tiempo que la implementación de una particular concepción de la libertad de expresión y de prensa, apoyada por un eficiente órgano policial y judicial, lograba soterrar las voces más discordantes con el modelo económico y social del estado. A su vez, la implementación del modelo autonómico como base territorial, pretendía postergar, sino soterrar para siempre, los sentimientos nacionales que directamente cuestionaban la firme unidad de España. El sistema resultante de la transición española dejaba todo atado y bien atado, para la élite franquista tras la muerte en cama del dictador.

Un decorado democrático que ha tardado nada menos que treinta y ocho años en desplomarse. Al igual que no fue Botsuana, ni sus escarceos amorosos, ni tan siquiera la corrupción la que acabo con el reinado del ciudadano Juan Carlos, el pulso entre Catalunya y España por el referéndum  del 1 de octubre no será lo que derrumbe la monarquía constitucional española, aunque con toda probabilidad contribuya de manera definitiva a ello. El auge independentista en Catalunya supone la captura a gran formato de un proceso con numerosos precedentes políticos que hoy tras las continuas provocaciones del Partido Popular, ejercidas de forma partidistas y con escasa responsabilidad de estado, finalmente encara con una amplia mayoría social un proceso de ruptura con la rigidez constitucional del estado.

El Procés Constituent de Catalunya supone sin duda el síntoma más evidente de un estado inflexible y autoritario con la diversidad de sus territorios y sus ciudadanos. Ayer dijeron no al referéndum por la República, se negaron a modificar una ley de partidos claramente desproporcionada e impidieron cualquier posibilidad de un modelo económico alternativo al liberal cuando sin consulta popular alguna modificaron el artículo 135 de nuestra Constitución, pero hoy sin sonrojarse, piden diálogo y respeto a esa misma Carta Magna en cuyo nombre el Partido Popular interviene las cuentas catalanas y suspende de facto la autonomía en Catalunya.

El discurso del Estado Español es el de que solo el control del uso la fuerza otorga finalmente legitimidad a una nación, un discurso apoyado en la imagen de las unidades antidisturbios embarcando en puertos españoles rumbo a Catalunya con la firme intención de reprimir a un pueblo que únicamente reclama su derecho a votar. Los mismos que defendieron el golpe de estado contra la legitimidad republicana, se empeñan hoy en defender a capa y espada el inmovilismo de una constitución que simplemente necesita de una reforma para garantizar el derecho a decidir de un pueblo. Un derecho  que a todas luces parece ser lo que realmente preocupa a quienes nos gobiernan.

A día de hoy la retirada de la convocatoria del referéndum del 1 de octubre, no supondría cambio alguno en un proceso que inteligentemente el Govern ha sabido delegar justo a tiempo en las calles y plazas de Catalunya. No se pueden respetar los procedimientos estipulados ante a un Estado que decide hacer uso de la Guardia Civil, en lugar de convocar a un comité  de juristas y sociólogos para solucionar una profunda crisis estructural.

Hoy es tiempo de alternativa, tiempo de cambio y también es tiempo de ruptura. Tan solo la presión popular y la convocatoria inmediata de nuevas elecciones a nivel estatal, pueden permitir encarar un proceso de reforma (sino reconstrucción) constitucional que entre otros muchos cambios, permita una consulta popular pactada en Catalunya capaz de poner fin a un choque de trenes que ni una derecha autoritaria, ni una izquierda temerosa parecen capaces de evitar.

“Las ideas no necesitan ni de las armas, en la medida en que sean capaces de conquistar a las grandes masas”. 

Fidel Castro

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