Diarios en la sociedad patriarcal española ( I )

Una vez más el sentarse frente al teclado viene acompañado del sonido ensordecedor de los gritos que preceden al silencio, la sensación del cuerpo entumecido por el recuerdo de tantos golpes a lo largo del tiempo y especialmente el sabor de la sangre, ese sabor  inconfundible que se pega a uno mientras sobre una página en blanco deja caer unos cientos de palabras más que se sumen a la de todos aquellos que se indignaron, lucharon y lloraron antes por la vida arrebata a una mujer en alguna parte del mundo.  Por segunda vez en una semana, una localidad española revive el arcaico rito patriarcal del hombre que quien sabe si por celos, por venganza o simplemente porque le pertenecía, decide acabar con la vida de “su” mujer con varias puñaladas certeras en su cuerpo. Un cuerpo que el asesino siente como su propiedad, una parte vital de sus pertenencias a la que no está dispuesto a renunciar, por ello nunca la dejaría atrás pese a conocer en su destino la muerte,  la cobardía del maltratador se muestra  de forma muy especial en su incapacidad para quitarse la vida antes de consumar su transformación en el más cruel de los demonios.

La casualidad o quizás la mera probabilidad (después de todo las posibilidades de sufrir violencia machista en España no resultan especialmente bajas) ha hecho que una nueva hoguera de las vanidades bañada en sangre de mujer, haya coincidido en el tiempo con el día en el que el parlamento español daba luz verde a un pacto de estado contra la violencia de estado, un pacto transformado en maquillaje político para unos partidos que al tiempo que votaban su aprobación, lo condenaban en su ejecución debido a unos presupuestos que no parecen guardar todavía espacio suficiente para intentar poner fin a la lacra del terrorismo machista. La falta de de garantías para la puesta en marcha de este acuerdo de mínimos y su indefinición en el tiempo, parecen apuntar a una nuevo caso de “ley florero”  proyectos como la ley como la de Memoria Histórica o la propia ley de Dependencia, que se han quedado en meros adornos progresistas para un estado que no lo es tanto como le gusta aparentar.

Como si se acabase de editar la primera edición en castellano de “El Segundo sexo” de Simone de Beauvoir o La Sentencia de Campo Algodonero todavía nos comenzase a remover hoy las conciencias en España, el pacto que todas las fuerzas políticas han alcanzado hoy  en nuestro país, se antoja desde su aprobación ya como insuficiente y desfasado en su concepción del terrorismo machista, ese al que todavía hoy el estado se niega a llamar por su nombre, el nombre que debiese recibir todo acto de quien pretende hacer uso del terror contra una mujer para imponer su dominación sobre ella. Entre las medidas aprobadas destaca el reconocimiento como víctimas de las madres cuyos hijos son asesinados por la locura patriarcal, una medida necesaria, simplemente por lo inconcebible de que esto no fuese así hasta hoy. Medidas destinadas a poner barreras frente a los matrimonios forzosos o el acoso sexual en el puesto de trabajo, en definitiva parches insuficientes para una sociedad que con el paso de las generaciones va abriendo muy lentamente los ojos a la realidad de la explotación a la que se ven sometidas las mujeres por el simple hecho de la construcciones de género que firmemente hemos establecido entre todos.

Un acuerdo de mínimos que no reconoce en toda su profundidad la igualdad de la mujer con el hombre y la sistemática opresión que el sistema social patriarcal está ejerciendo sobre ella. Resulta moral apoyar este acuerdo simplemente porque las muertas pesan demasiado ya y no podemos esperar sin concesiones hasta que la sociedad y con ella sus políticos cambien, no podemos hacerlo por ellas, por las que ahora mismo sufren en silencio los golpes, el desprecio, la discriminación, la amenaza de la muerte a manos de un hombre, simplemente por el hecho de ser mujer. A ellas con la pírrica victoria de hoy les décimos que no están solas, pero también que resulta más necesario que nunca levantarse para exigir los derechos de la mujer en un mundo regido por hombres y para hombres. Todavía queda mucha lucha por delante para conseguir una sociedad justa e igualitaria, una sociedad en la que la justicia tenga claro que el asesinato de una mujer no es una cuestión de debilidad frente al hombre y en donde nadie pueda preguntarte si has cerrado bien las piernas ante una violación. Simplemente una sociedad en la que nunca más el recuerdo de los golpes o el sabor de la sangre tenga que acompañarnos frente a un teclado al hablar de las mujeres.

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El viento que agita Catalunya

Cuando el 2 de junio de 2014, Juan Carlos I manifestó su disposición a renunciar a la corona para entregársela a su hijo Felipe, el por entonces jefe de Estado era plenamente consciente de que su tiempo había acabado, muy probablemente también podía presentir en ello el fin de toda una época.

Tras un largo letargo la abdicación del monarca directamente legitimado por la dictadura, suponía una firme señal de que los españoles tímidamente comenzaban a perder el miedo a una transición llevada a cabo bajo la firme amenaza de los ruidos de sable del ejercito y el miedo palpable de una ciudadanía, que era plenamente consciente de que la muerte del dictador en su cama para nada significaba que se hubiese eliminado de un plumazo la amenaza de todo un tejido de poder, que en esencia permanecía inalterable.

La detención de altos cargos de la Generalitat, los operativos para intervenir material censal, la suspensión de actos a favor del derecho a decidir y el acoso sistemático a ciertos medios de comunicación con el objetivo de dificultar el ejercicio de la libertad informativa sobre el referéndum, nos recuerda una vez más las graves carencias de un sistema heredado de una dictadura fascista. Una herencia envenenada en forma de juramente al propio dictador y a todas sus leyes, concretamente el sucesor de la monarquía surgida del 18 de julio, Juan Carlos I, juro ‘lealtad a su excelencia el Jefe del Estado y fidelidad a los Principios del Movimiento Nacional y demás leyes fundamentales del Reino’.

El “surgimiento” de la institución monárquica permitía cerrar las puertas al la legitimidad republicana, al mismo tiempo que la implementación de una particular concepción de la libertad de expresión y de prensa, apoyada por un eficiente órgano policial y judicial, lograba soterrar las voces más discordantes con el modelo económico y social del estado. A su vez, la implementación del modelo autonómico como base territorial, pretendía postergar, sino soterrar para siempre, los sentimientos nacionales que directamente cuestionaban la firme unidad de España. El sistema resultante de la transición española dejaba todo atado y bien atado, para la élite franquista tras la muerte en cama del dictador.

Un decorado democrático que ha tardado nada menos que treinta y ocho años en desplomarse. Al igual que no fue Botsuana, ni sus escarceos amorosos, ni tan siquiera la corrupción la que acabo con el reinado del ciudadano Juan Carlos, el pulso entre Catalunya y España por el referéndum  del 1 de octubre no será lo que derrumbe la monarquía constitucional española, aunque con toda probabilidad contribuya de manera definitiva a ello. El auge independentista en Catalunya supone la captura a gran formato de un proceso con numerosos precedentes políticos que hoy tras las continuas provocaciones del Partido Popular, ejercidas de forma partidistas y con escasa responsabilidad de estado, finalmente encara con una amplia mayoría social un proceso de ruptura con la rigidez constitucional del estado.

El Procés Constituent de Catalunya supone sin duda el síntoma más evidente de un estado inflexible y autoritario con la diversidad de sus territorios y sus ciudadanos. Ayer dijeron no al referéndum por la República, se negaron a modificar una ley de partidos claramente desproporcionada e impidieron cualquier posibilidad de un modelo económico alternativo al liberal cuando sin consulta popular alguna modificaron el artículo 135 de nuestra Constitución, pero hoy sin sonrojarse, piden diálogo y respeto a esa misma Carta Magna en cuyo nombre el Partido Popular interviene las cuentas catalanas y suspende de facto la autonomía en Catalunya.

El discurso del Estado Español es el de que solo el control del uso la fuerza otorga finalmente legitimidad a una nación, un discurso apoyado en la imagen de las unidades antidisturbios embarcando en puertos españoles rumbo a Catalunya con la firme intención de reprimir a un pueblo que únicamente reclama su derecho a votar. Los mismos que defendieron el golpe de estado contra la legitimidad republicana, se empeñan hoy en defender a capa y espada el inmovilismo de una constitución que simplemente necesita de una reforma para garantizar el derecho a decidir de un pueblo. Un derecho  que a todas luces parece ser lo que realmente preocupa a quienes nos gobiernan.

A día de hoy la retirada de la convocatoria del referéndum del 1 de octubre, no supondría cambio alguno en un proceso que inteligentemente el Govern ha sabido delegar justo a tiempo en las calles y plazas de Catalunya. No se pueden respetar los procedimientos estipulados ante a un Estado que decide hacer uso de la Guardia Civil, en lugar de convocar a un comité  de juristas y sociólogos para solucionar una profunda crisis estructural.

Hoy es tiempo de alternativa, tiempo de cambio y también es tiempo de ruptura. Tan solo la presión popular y la convocatoria inmediata de nuevas elecciones a nivel estatal, pueden permitir encarar un proceso de reforma (sino reconstrucción) constitucional que entre otros muchos cambios, permita una consulta popular pactada en Catalunya capaz de poner fin a un choque de trenes que ni una derecha autoritaria, ni una izquierda temerosa parecen capaces de evitar.

“Las ideas no necesitan ni de las armas, en la medida en que sean capaces de conquistar a las grandes masas”. 

Fidel Castro

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El Hormiguero, ¡Muera la inteligencia!

Partamos de una premisa clara, otorgarle a El Hormiguero un Premio Nacional de Cultura, sea de la categoría que sea, es una clara ofensa para la inteligencia y el esfuerzo cultural de un país. Pero si además ese premio es otorgado por un gobierno cuya aportación más destacada a la cultura ha sido precisamente el IVA cultural y una ley que blinda y protege la Tauromaquia en todo el territorio nacional, lo que en principio podría interpretarse como una ofensa puntual a un colectivo, pronto termina revelándose como una clara muestra de la firme implementación de una ideología y una política tradicionalmente enemigas de la cultura.

Dejando a un lado las absurdas polémicas en torno a la post verdad y la neolengua en las que uno puede perderse fácilmente entre lo que es real y lo que no, esa misma parece la intención de muchos medios, lo que parece claro es que el galardón concedido por el Ministerio de Cultura y Educación al programa que presenta cada noche Pablo Motos, sí es un premio a la cultura. Concretamente un premio a la difusión de la cultura, otorgado a un programa profundamente machista, que a lo largo de sus emisiones ha dado reiteradas muestras de buscar picos de audiencia en la degradación de la mujer a un mero elemento sexual.

Un programa más preocupado por el actor de Hollywood con el que la invitada de turno rodaría una escena erótica, que en el trabajo como actriz de la misma. En donde el presentador reconoce ver los informativos sin volumen simplemente para “admirar” a una compañera de cadena a la que anteriormente ha tildado de mito erótico, suponemos que en la absurda lógica de Pablo Motos  admirar a una mujer por su belleza es mucho más importante que hacerlo simplemente por su trabajo. Un espacio televisivo donde se aplauden culos, se pregunta por la ropa interior de las invitadas y se hace mofa de la menstruación. En definitiva, un programa en el que Soraya Sáenz de Santamaría y Albert Rivera siempre han estado más cómodos que Pablo Iglesias.

Pero que esperar de un país en el que las plazas de toros todavía se mantienen en pie subvencionadas con fondos públicos como arcaicos monumentos a la tortura animal, mientras joyas como el Parque del Pasatiempo (situado en la localidad de Betanzos) se vienen abajo únicamente sustentados por el esfuerzo de quienes realmente valoran el patrimonio social que supone nuestra cultura.

Cuando Pablo Motos recogía el premio de manos de los reyes de España, lo hacía como fiel servidor a la doctrina del Panem et circenses con la que las élites estatales nos saturan a través de la pequeña pantalla. Una doctrina muy alejada de la realidad cultural de Stevenson, Carroll o Kurosawa, propia de  una clase social a la que parece no afectarle la subida del precio de los libros, el cine o el teatro. Después de todo, la implementación de una pseudocultura narcotizante para el pueblo llano, mientras se privatiza y se pretende elitizar el acceso a la cultura con mayúsculas y las bondades que esta tiene para el espíritu democrático del conjunto de la sociedad, no es una mera casualidad. No dejemos que la fuerza bruta profane una vez más el sagrado recinto de la cultura, su discurso podrá vencer, pero al menos no dejemos que nos convenzan.

“Sólo el que sabe es libre, y más libre el que más sabe… Sólo la cultura da libertad… No proclaméis la libertad de volar, sino dad alas; no la de pensar, sino dad pensamiento. La libertad que hay que dar al pueblo es la cultura.”

Miguel de Unamuno

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Catalunya no se hizo en un día

“Los catalanes, los gallegos y los vascos serían anti-españoles si quisieran imponer su modo de hablar a la gente de Castilla; pero son patriotas cuando aman su lengua y no se avienen a cambiarla por otra. Nosotros comprendemos que a un gallego, a un vasco o a un catalán que no quiera ser español se le llame separatista; pero yo pregunto cómo debe llamársele a un gallego que no quiera ser gallego, a un vasco que no quiera ser vasco, a un catalán que no quiera ser catalán. Estoy seguro de que en Castilla, a estos compatriotas les llaman “buenos españoles”, “modelo de patriotas”, cuando en realidad son traidores a sí mismos y a la tierra que les dio el ser. ¡Estos sí que son separatistas!”.

Alfonso Daniel Rodríguez Castelao

“Por su condición de nación tienen el derecho de autodeterminación” .

Margaret Thatcher

(Notas: sobre asunto de Escocia en sus memorias.)


Dicen que los gallegos no tenemos demasiado claro si subimos o si bajamos. Personalmente nunca he creído demasiado en esas metáforas que describen la supuesta indecisión de los gallegos, aunque he de admitir que en los últimos años, sí he comenzado a dudar seriamente acerca de sí el presidente del Gobierno, el por todos conocido como gallego Mariano Rajoy, tiene en realidad demasiado claro si apoya al independentismo o no. Por poco que uno piense en ello, descubrirá que razones  para albergar dudas no me faltan.

Pese a que muchos miembros del Partido Popular hoy parezcan no recordarlo, o más bien hagan lo posible por no hacerlo, no ha transcurrido demasiado tiempo desde aquel pacto del Majestic en el que un “joven e inexperto” José María Aznar, cayó engañado por las oscuras garras del nacionalismo catalán para poder gobernar una nación grande y libre como España. En realidad, el por entonces líder de los conservadores españoles, tuvo que llegar a un acuerdo con PNV y CiU para lograr sumar a sus 156 diputados un apoyo que le garantizase el gobierno. Por aquel entonces, la lista de concesiones del Partido Popular al conservadurismo nacionalista liderado por Jordi Pujol fue cuanto menos extensa. Transferencia de las competencias de tráfico a los Mossos d’Esquadra, transferencias en justicia, educación, agricultura, cultura, farmacias, sanidad, empleo, puertos, medio ambiente, mediación de seguros, política lingüística y vivienda, además de la eliminación de la figura del gobernador civil y la puesta en marcha de una serie de inversiones en Cataluña que durante años garantizaron la buena sintonía política entre la Generalitat y Moncloa.

La etapa de Aznar al frente del gobierno español fue una de las más propicias para que el nacionalismo catalán pudiese avanzar en sus objetivos, llegando incluso desde Moncloa a renunciar al liderazgo de  Aleix Vidal-Quadras al frente del PP de Cataluña para de ese modo mejorar la comunicación con CiU. José María Aznar y Jordi Pujol unieron sus caminos políticos por la necesidad apremiante de escaños en Madrid y el fino olfato para las oportunidades económicas presente en la familia Pujol, una unión sin apenas discrepancias que ni tan siquiera la aprobación de la Ley autonómica de Política Lingüística de 1998, la cual Aznar evitó recurrir ante el Tribunal Constitucional, pudo llegar a romper. Eran tiempos buenos para ser nacionalista en España, tiempos en los que según declaraciones de Aznar a TV3, incluso el presidente del gobierno español hablaba catalán en la intimidad.

Sin embargo con el paso de las legislaturas, la etapa de vino y rosas entre Barcelona y Madrid sería recordada en el Partido Popular como aquel breve período en el que se necesitó a Convergencia para poder gobernar en España, nunca más se hablaría de los ofrecimientos que Aznar llegó a realizar a CiU para entrar en su Gobierno. Finalmente, la utilidad política en la Generalitat de imponer el recuerdo de una supuesta intransigencia de Aznar con Cataluña, terminaría distorsionando la memoria de una etapa en la que quizás Cataluña comenzase a construirse como país. Pasado tiempo, Aznar llegaría incluso a proponer suspender la autonomía en Cataluña, pero hablar de eso ahora sería adelantar acontecimientos.

Antes de que estallase la tensión, le tocó el turno al gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, un presidente que en 2004 llegaría al gobierno entre el apoyo directo o la abstención de todo el nacionalismo presente en el arco parlamentario. La etapa de Zapatero supuso a su vez el fin de ETA y el inicio de la larga travesía del Estatut de Catalunya, dos acontecimientos políticos que parecían marcan el fin del imperio de las armas y el comienzo de una nueva lógica a la hora de poner sobre la mesa las diferentes visiones que existían en la sociedad acerca del modelo territorial y la propia concepción del Estado.  Con la presencia de un presidente del gobierno en España que reconocía que el concepto de nación «es discutido y discutible», PSOE, CiU, IU, PNV, BNG y CC, dieron respaldo parlamentario a un referéndum legal y acordado, destinado a ratificar un Estatut que pese a ser finalmente refrendado por el 74% de los votos  (la nota negativa fue la alta abstención)  se encontró  con un recurso en el Constitucional y 4 millones de firmas en su contra presentadas en el Congreso por el Partido Popular. Lo ocurrido después es de sobra conocido por todos, tras cuatro años de tensa espera, el fallo del Tribunal Constitucional enmendaba el voto popular y la ruptura entre gran parte del catalanismo y el Estado español se volvería irreversible. Hoy cabe recordar que durante la campaña del referéndum, tan solo una Esquerra Republicana de Catalunya más pendiente de la independencia de su país que de las competencias autonómicas, y un Partido Popular encerrado y obcecado en la sacralidad de la Constitución, se negaron rotundamente  a aprobar el Estatut.

Y de aquellos fangos, estos lodos. Llegó Mariano Rajoy a la Moncloa al frente de un Partido Popular acorralado por los diversos frentes de la corrupción política, al mismo tiempo que   se tenía que enfrentar al gobierno de Artur Mas en una Cataluña en la que ya se comenzaban a suceder las primeras consultas populares sobre la independencia. Una Catalunya del 3%  inmersa en plena vorágine soberanista, en la que las negativas del estado español a negociar un nuevo sistema fiscal propiciaron el surgimiento de un sentimiento de desconexión real. Las declaraciones del jefe del Ejecutivo catalán emplazando a “un debate serio” sobre la situación de Catalunya pronto tornaron en claros mensajes amenazantes, cuando no claramente rupturistas. En apenas cinco años, Mariano Rajoy logró transformar la postura de debilidad con la que el nacionalismo catalán acudía a negociar a Moncloa tras los últimos varapalos judiciales, en un peligroso sentimiento de incompatibilidad con las estructuras del estado español.

Tras un periplo kafkiano, hoy nos encontramos con la realidad de un Estado en el que se prohiben actos por el  derecho a decidir, mientras con total impunidad se ceden espacios para la exaltación del franquismo. Un estado que se ha mostrado capaz de recurrir a las más profundas cloacas de su Interior, cuando no directamente a la amenaza armada, ante un pueblo que quiere ser considerado una nación. Un estado anacrónico, obsoleto, aislado de su propio tejido social y fuertemente parapetado frente a cualquier cambio tras una constitución inamovible, excepto cuando es el verdadero poder el que pide el cambio. Entonces todo se simplifica enormemente, como sí encadenar nuestro futuro económico al modelo neoliberal europeo fuese menos importante que la nacionalidad con la que uno lo hace.

Desconozco de que lado se decantará finalmente la batalla legitimidades legales y políticas que el Gobierno español y la Generalitat han emprendido, desconozco cual es la hoja de ruta del nacionalismo conservador catalán tras el 1 de Octubre, pero tengo claro el firme convencimiento de que es tan solo con la desobediencia civil y la movilización social que un pueblo oprimido política y económicamente puede alcanzar su libertad. Una autodeterminación real, que uno puede lograr como español o como catalán, esperemos que finalmente ese sea el verdadero mensaje.

P.D. Sigo sin tener demasiado claro que Mariano Rajoy no sea un independentista infiltrado.

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Estado catalán, 1641, 1934 ¿2017?

Dicen que el hombre es el único animal capaz de tropezar dos veces en la misma piedra, pero en el caso de nuestros políticos, podríamos incluso tildar de arriesgado descartar un tercer tropiezo. Tras una tensa y circense jornada, el Parlament de Cataluña ha aprobado hoy la ley que servirá para llevar a cabo el referéndum independentista del 1 de octubre. Haciendo caso omiso a las voces que desde Madrid, lanzaban advertencias acerca de las posibles consecuencias penales de tomar esta decisión, el sector soberanista del Parlament, hizo valer su mayoría para profundizar en un proceso de ruptura, que parece va a enfrentarlos; sin apenas amago de negociación, a un Estado Español bajo el abrigo del Tribunal Constitucional.

Los fantasmas de Felipe V, el Caudillo o el Tripartito (entre tantos otros) hace tiempo sobrevuelan Cataluña para finalmente crear; avivados con la crisis económica, un cóctel perfecto para propiciar la expansión de la embriaguez independentista. De los tiempos del proyecto centralizador del Conde-Duque de Olivares, a la sentencia de junio de 2010, con la que el Tribunal Constitucional recortaba sensiblemente el Estatut catalán a raíz de un recurso interpuesto por el Partido Popular, hemos podido ver como España pasaba por ser “muchos reinos, pero una ley” una “nación de naciones” o cínicamente “¡Una, Grande y Libre!”. Muy diferentes concepciones para un mismo territorio definido por sus traumas y sus virtudes, la tierra de Picasso y Dalí, Lorca y José Pla, Lluís Companys y Durruti, amantes y detractores de la concepción de España, con su rey o su república, pero siempre dividida, siempre en eterna disputa entre dos formas de ver el mundo, quizás si nada cambia, irreconciliables. Sería tan estúpido reducir la situación que hoy se vive en Cataluña al auge del populismo derivado de la crisis económica, como pretender de un modo impune descontextualizar ese hecho de nuestro análisis. Artur Mas, Carles Puigdemont y con ellos Convergencia, simplemente aprovecharon el auge independentista, en gran parte fruto de la política territorial sumamente intolerante del PP de Mariano Rajoy, en gran parte fruto de la crisis, para ocultar “astutamente la corrupción y decadencia de la formación conservadora catalana bajo un manto soberanista, pero con ello no hicieron sino apoderarse y avivar un sentimiento social y político ya presente en Cataluña.

El atrincehramiento político de Madrid en una constitución ya ajena para muchos españoles, cuyo principal propósito supone hoy el de blindar dos de las realidades que actualmente más contribuyen a dividir a los españoles, la monarquía y la unidad de España (la cuestión territorial),  sin duda ha contribuido a una huída hacia delante que ha llevado a gran parte de la sociedad catalana a tomar firmemente una vía de consecuencias imprevisibles, tal y como el periodista Víctor Alexandre escribía  “Ahora, como estamos trabajando en la consecución del objetivo que nos hemos fijado, no somos conscientes de la auténtica dimensión de lo que estamos haciendo. Pero en cuanto Catalunya sea un Estado independiente nos daremos cuenta de la meta que hemos alcanzado, del mensaje que hemos transmitido y de la huella que hemos dejado.”. El Partido Popular que estuvo dispuesto a dialogar con ETA, parece ahora incapaz de hacer un gesto significativo  para entablar un dialogo político con la Generalitat con el que quizás alcanzar un acuerdo para la realización de una consulta pactada, alternativa esta que a día de hoy parece suponer la única salida factible. La reforma del Senado, el debate monarquía/república o el planteamiento directo de una nueva configuración territorial, pasan por ser la solución para Cataluña y para la propia España. Por ello el planteamiento de un calendario para la reforma constitucional y no el atrincheramiento sobre los postulados de la misma, debe de suponer el primer paso a dar para desenmarañar una situación que continua tensando la cuerda de una difícil convivencia.

En un marco político en donde el Brexit o el referéndum escocés son ejemplos de “imposibles” llevados a cabo con muy diferente resultado, sí algo parece claro, es que sea lo que sea lo que suceda el 1 de octubre en Cataluña, sin duda marcará una nueva pauta en las relaciones territoriales de nuestro país. La rotunda negativa a aceptar la consulta desde Madrid al señalarla como ilegal, deja huérfana a la alternativa del voto del “No” a la independencia  y de este modo, centra exclusivamente el foco de los resultados en la participación en una consulta que de forma segura, servirá como vara para medir el pulso secesionista.  Nadie puede negar las importantes consecuencias sociales y económicas para España de una posible independencia de Cataluña, ni tampoco lo aventurado de emprender dicha travesía alentados por el Govern de la desigualdad, los recortes y la corrupción. Lidera el proceso soberanista una política de clara deriva neoliberal, que busca la independencia de Cataluña escudada en argumentos ciertamente insolidarios con el conjunto de España, una política que no debiera ser propia de la izquierda por independentista que esta fuese. Una izquierda que en todo este guirigay debería poder remarcar en su discurso la firme intención de seguir formando parte de las redes de solidaridad de España y Europa, aunque quizás no dentro del marco español y puede que tampoco dentro del marco europeo, al menos no en su misma concepción actual.

En definitiva, se echa en falta un diálogo previo, algo de argumento y cierta cantidad de verosimilitud en todo este pulso entre Madrid y Cataluña, que han propiciad dos partidos políticos lo suficientemente inconscientes como para prender definitivamente la mecha del modelo territorial en España simplemente para tapar sus propias miserias. A estas alturas, pocas alternativas viables nos quedan, excepto la de intentar afrontar una renovación de la concepción de España y Cataluña como naciones. Cualquier otra solución, simplemente serviría para el surgimiento de la figura del mártir por la patria, aplicable este termino sin duda el 2 de octubre, tanto al populismo proveniente desde Madrid, como al nativo de Cataluña.

“Los hombres y pueblos en decadencia viven acordándose de dónde vienen; los hombres geniales y pueblos fuertes sólo necesitan saber a dónde van.”

Ingenieros, José 

“Los gobiernos que han pretendido sofocar la voz libre de los pueblos han muerto asfixiados apenas se ha hecho el silencio que apetecían.”

Rodó, José Enrique

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A donde van los desaparecidos

A Santiago Maldonado se lo llevó la policía que de forma continua, reprime a los jóvenes estudiantes que pacíficamente exigen una enseñanza de calidad y accesible para el común del pueblo, la policía del “algo habrás hecho”, la flagrante corrupción, el racismo, la xenofobia y el gatillo fácil. A este joven artesano argentino de 28 años, por el que ahora se manifiestan desde organismos de derechos humanos hasta la ONU, además de partidos políticos y ciudadanos de todo el planeta, se lo llevó la misma policía que el 1 de agosto acudió a la provincia sureña de Chubut, para reprimir con balas de plomo y de goma a miembros de la comunidad Mapuche de Pu Lof que tomaban partido en los actos de protesta para reclamar como propio el territorio que la Compañía de Tierras del Sud Argentino (propiedad de Benetton desde 1991) les había arrebatado con la complicidad, cuando no apoyo directo, del gobierno argentino y sus fuerzas de seguridad. Un total de 900.000 hectáreas argentinas en donde la multinacional busca poder llegar a producir el 10% de la totalidad de la lana que necesita su marca.

Ante la privatización y expolio de sus tierras, la Resistencia Ancestral Mapuche (RAM), liderada por Facundo Jones Huala; detenido el pasado junio y pendiente de una posible extradición a Chile, había comenzado a ocupar parte de la propiedad de Benetton y a llevar a cabo una serie de protestas que culminaron con el bloqueo aquel 1 de agosto de la carretera que comunicaba la provincia de Chubut con Chile, pronto comenzó la represión, las detenciones y un uso indiscriminado de la fuerza por parte de la policía, al que desgraciadamente la comunidad mapuche ya está acostumbrada. En medio de esa muestra incoherente y desproporcionada de violencia se le perdió la pista a Santiago Maldonado, y con su desaparición, viejos fantasmas que quizás nunca terminaron de irse del todo, volvieron a recorrer Argentina.

Esto sucede durante el gobierno del empresario y político conservador Mauricio Macri, en la legislatura de los despidos masivos y  los 13 millones de argentinos por debajo del umbral de pobreza. Un país que en menos de un año ha experimentado un aumento de 600.000 indigentes, en donde 4500 personas duermen ya en la calle y la indigencia ha alcanzado al 6,9% de la población. Una nación con 1,5 millones de “nuevos pobres” y continuos recortes, la Argentina de la caída en el poder adquisitivo de los sectores populares, y donde el tarifazo eléctrico, la vertiginosa subida del gas y la continua inflación en la cesta de la compra, contrastan enormemente con el aumento de un 476% en el presupuesto de seguridad o los excéntricos gastos en buques de guerra americanos. La Argentina de los Micro Departamentos como símbolo inequívoco de la burbuja de la vivienda, el récord de muertos a manos de las fuerzas policiales y la diana sobre los medios de comunicación y los activistas.

La Argentina que recuerda demasiado a la de Luciano Arruga, Miguel Bru, Miguel Echecolatz y tantos otros, pero también a aquella de la dictadura de Jorge Videla. Un país que enseño a sus habitantes la triste realidad de a donde van los desaparecidos, la Argentina de los más de 30.000 desaparecidos en el marco de la Operación Cóndor y una dictadura, protegida y auspiciada entre otros, por nuestro propio gobierno o el gobierno estadounidense. En donde la desaparición de personas como método represivo, dejó una profunda herida que hoy con el caso de Santiago Maldonado, vuelve a sangrar por unas venas abiertas que azuzan a un continente que ve como a la conquista de derechos sociales lograda en la última década, le sigue ahora una contraofensiva neoliberal supeditada a las necesidades de las grandes multinacionales, utilizando sí es necesario para ello la violencia y la mentira desde el estado.

A Santiago se lo llevaron vivo y vivo lo queremos, se ha terminado la Argentina del “algo habrán hecho”, la de la represión policial sin respuesta, la dominada por una clase social y una raza. El clamor popular para exigir el regreso del último desaparecido argentino es unánime y nada nos va a detener hasta traerlo de vuelta, por los desaparecidos en Ayotzinapa, Honduras o Colombia, pero también por los que todavía faltan en España o la Yugoslavia, por todos aquellos que pagaron por sus ideales o su solidaridad con la vida, por ellos, por Argentina, ¡¡Lo queremos vivo!!

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Yihad contra el independentismo

Pasados ya los homenajes, las visitas reales a los heridos; con su consiguiente séquito de fotoreporteros presente, las primeras explicaciones y el estupor que siempre causa la barbarie terrorista, el duelo a garrotazos en el que suele basarse la lucha política (muy a menudo fratricida en nuestro país) no ha tardado en hacer su aparición para recordarnos la vileza del poder y la futilidad de la sangre de los inocentes.  Atrás quedan las grandes loas a los Mossos d’Esquadrala supuesta unidad política ante la adversidad o la ejemplaridad del modelo español en lucha contra el terrorismo. Ni un mes ha tardado la agenda política en anteponer sus intereses inmediatos a la reflexión sosegada y al respeto a la memoria de las víctimas. Nos querrán contar que este duelo entre posiciones enfrentadas que lo enfanga todo a uno y otro lado de la frontera entre Cataluña y España, nada tiene que ver con el análisis de lo sucedido, nos dirán que es parte de la investigación rutinaria, de la reflexión periodística y que la mejor manera de evitar que algo así vuelva a suceder, es encontrar las fisuras en los protocolos de actuación contra el terrorismo. Y nosotros lo creeremos, lo creeremos no porque nos convenzan sus argumentos, sino porque de no hacerlo, tan solo nos quedaría comenzar a pensar en que alguien está haciendo un uso político del atentado en Barcelona, para condicionar un proceso social y político.

Todos podemos recordar, a poco que nos esforcemos, las primeras noticias sobre los atentados en Cataluña, la heroica actuación ciudadana socorriendo a los heridos en La Rambla, la rápida intervención policial en Cambrils evitando un nuevo atentado o la psicosis informativa del terrorista (o terroristas) huido, la información bullía rápidamente por los medios y las redes sociales, haciendo del titular y el desmentido uno. Ataques en otras partes de la ciudad, avisos de bomba y operativos policiales e informaciones de inteligencia grabados y difundidos como carnaza para la publicidad o los retuits. Las primeras jornadas tras el primer gran atentado de la era digital en nuestro territorio dejaban tras de sí la sensación de una sociedad escasamente reflexiva, acostumbrada a comprimir la realidad en 140 caracteres y a no cuestionarse por norma nada, simplemente dispuesta creer, difundir y multiplicar. Nadie parecía preguntarse en esos primeros días como resultaba posible que la explosión en la casa de Alcanar no llamase especialmente en su momento la atención de los diversos cuerpos de seguridad, que había pasado durante la huída de Younes Abouyaaqoub o como era posible que el imán Abdelbaki Es Satty pudiese actuar en Ripoll pese a su clara hoja de antecedentes. Nadie se preguntaba nada entonces, y no lo han hecho hasta que finalmente les han dicho que era el momento de hacerse preguntas.

La aparición de una nota de los servicios de inteligencia de Estados Unidos al Centro de Inteligencia contra el Terrorismo y el Crimen Organizado (CITCO), en la que supuestamente se confirma el aviso remitido a los Mossos d’Esquadra el 25 de mayo sobre el riesgo de atentado en la Rambla y otros lugares turísticos de Barcelona, vuelve a verter gasolina a un circo mediático y político que parecía haber vivido su momento culmen con el ignominioso guirigay acerca de la necesidad de instalar bolardos de protección en los espacios públicos, pero ahora desgraciadamente, renace con más fuerza si cabe para proporcionar una pobre munición a quienes desde la Moncloa o desde el Govern están dispuestos a hacer uso de cualquier medio para enarbolar lo que ellos consideran “su inmaculado patriotismo”. La línea que separa la miseria moral y el ridículo más absoluto, de la búsqueda de información, se torna demasiado fina en estos días en donde filtraciones periodísticas y tramas políticas pueden llegar a confundirse con demasiada facilidad. No debiese por tanto olvidar en toda esta polémica el periodista, ni el ciudadano, su capacidad para contextualizar la información.

El texto remitido por los servicios de inteligencia de Estados Unidos se refiere a “información sin concretar de veracidad desconocida” sobre “atentados terroristas sin especificar”, una información remitida tanto a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad españoles como catalanes, que el Gobierno catalán y el máximo responsable de los Mossos d’Esquadra han admitido (no sin incomprensibles vacilaciones previas) descartarón, conjuntamente con el Ministerior del Interior, por no considerarlo fiable. Mientras tanto el Gobierno, mediante su portavoz Iñigo Méndez de Vigo, ha rehusado hacer comentarios sobre los operativos policiales relativos al atentado en Barcelona “El Gobierno no va a hacer ninguna declaración ni comentario sobre cuestiones operativas”, un relativo silencio que sin embargo no ha impedido a Moncloa exigir responsabilidades al presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, acerca de las vacilaciones de la Generalitat a la hora de admitir el aviso recibido el 25 de mayo.

Mientas el Ejecutivo asegura simplemente poner el foco en si el Gobierno catalán ha dicho o no la verdad respecto a lo sucedido, el baile de informaciones, las barrabasadas tuiteras o las disputas a golpe de editorial, enfangan una vez más, uno de los peores atentados de la historia de España. De nuevo, los intereses de propios y extraños se anteponen a la verdad, una verdad que pasa simplemente porque el responsable de Interior, Juan Ignacio Zoido, acuda al Congreso a dar explicaciones acerca de la importancia operativa del comunicado de ese 25 de mayo. Debemos recordar que el Departamento de Estado norteamericano ya el 1 de mayo de 2017, emitía una alerta de viaje (que permanecería en vigor hasta el 1 de septiembre de este año) por el riesgo de atentados terroristas para los ciudadanos estadounidenses que viajasen a Europa. Una alerta que no estaba relacionada con ninguna amenaza concreta, pero que sí advertía de la capacidad del Estado Islámico y Al Qaeda para planificar y ejecutar atentados terroristas en nuestro continente, haciendo uso de “varias tácticas, incluidas las armas de fuego, explosivos, el uso de vehículos para embestir a la multitud y armas afiladas que son difíciles de detectar antes de un ataque”, entre los posibles objetivos de estos ataques se especificaba el riesgo de atentados en centros comerciales, instalaciones estatales, hoteles, clubes, restaurantes, lugares de culto, parques y aeropuertos. ¿Acaso debería haber blindado Europa su territorio por una amenaza real pero no específica? ¿Hubiésemos hablado de irresponsabilidad o falta de criterio de las autoridades por no haber podido evitar un atentado en alguna de las instalaciones europeas que en dicho comunicado se especificaban? No lo creo, los avisos genéricos como este simplemente buscan “fortalecer las defensas contra posibles amenazas” y extremar las precauciones de los ciudadanos y las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad, pero desengañémonos, el riesgo cero de atentados terroristas no existe, y no debemos predicar un estado policial o una ciudad blindada en la búsqueda de semejante quimera.

No seré yo quien critique las publicaciones de El Periódico, ni quien acuse a las diferentes instituciones españolas o catalanas de utilizar un atentado terrorista para continuar cavando en las trincheras previas al referéndum del 1 octubre, no puedo hacerlo sin recordar la ineptitud política de nuestro país, quizás toda esta polémica sea solo eso y no pura mezquindad, mejor creer en ello. Mientras tanto, el show debe continuar olvidando entre los focos el pacto de PP, PSOE y Ciudadanos para mantener los niveles de secreto en las relaciones militares con Arabia Saudí, el aumento de las mezquitas radicales en nuestro país, el desbordamiento de las cloacas de Interior, la peor cara de los Mossos y tantas cosas por las que ahora, todavía parece no es hora de preguntar.

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Cuentos de verano

Termina el verano y regresamos los españoles de las vacaciones con la sensación de volver a ese eterno día de la marmota en el que se ha transformado ya nuestra política patria, retornamos desde nuestro retiro vacacional (los más afortunados) directamente a las pueriles declaraciones en los pasillos, las habitualmente tirantes ruedas de prensa y los platós políticos de los mass media como ágora común de la información ciudadana.

Con la presencia del presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, en un acto organizado por su partido en Galicia, el Partido Popular daba por iniciado un curso político en el que la formación conservadora, afronta una vez más numerosos desafíos que amenazan seriamente con dificultar su gestión en un ejercicio político que arranca de nuevo desde un inicio con numerosos frentes abiertos para el gobierno de España. A la probablemente tensa pero ya avanzada negociación política para sacar adelante los Presupuestos de 2018 y la alargada pero electoralmente inocua sombra de la corrupción sobre el partido del gobierno (La cual volverá a ser avivada sin duda con la comparecencia de Rajoy en el Congreso por el caso Gürtel) se le suma ahora, ya en su recta final, un proceso independentista en Cataluña que como se ha podido comprobar durante la semana posterior a los atentados en Barcelona, no solo no se ha enfriado durante las vacaciones estivales, sino que muy en concordancia, ha visto como este parón ha servido para reforzar (si es que resultaba posible) las trincheras levantadas entre el Govern de Junts pel Sí y los postulados del Partido Popular.

Con la Diada del 11 de septiembre y el referéndum del 1 de octubre como fechas clave en la escenificación de ruptura con la legalidad española del soberanismo catalán, el inmovilismo de Mariano Rajoy se antoja ahora más que nunca, sumamente irresponsable ante la inminente cercanía de un desenlace, pese a su negativa a cualquier tipo de negociación política o su “firme construcción dialéctica” dispuesta a ignorar la evidencia del alcance del soberanismo en Cataluña. El presidente del gobierno parece dispuesto a avocar definitivamente la crisis territorial de nuestro país a un callejón sin salida, en donde el populismo español y catalán se encuentren finalmente en una confrontación política y legal sin posibles ganadores. La huída hacia delante de Junts pel Sí y el Partido Popular, puede encuadrarse en la desesperación propia de dos partidos de la derecha burguesa atrapados ante los fantasmas de la gestión del pasado, la corrupción, los recortes, la precariedad laboral como modelo productivo o los tejemanejes de las sus formaciones durante los mejores momentos del capitalismo de amiguetes. Puigdemont y Mariano Rajoy representan la literalidad más absoluta del Panem et circenses, dos figuras políticas agazapadas en la polémica sin contenido, dispuestos una vez más a hacer de sus bases sociales el mejor rehén frente al verdadero debate político. Una apuesta arriesgada por la charlatanería más propia del populismo, que nada tiene que ver con a construcción de un estado o el respeto a la constitución, simplemente un proceso mediático, ahora ya incontrolable socialmente, en donde Fátima Báñez y Santi Vila podían intentar camuflar los datos del abismo laboral entre lo absurdo de la política de la prestidigitación.

Y es en gran parte gracias al “radicalismo grunge” propio de la CUP y la sumisión política de Ciudadanos con el Partido Popular, que el desafío del proceso soberanista puede continuar adelante con dos formaciones sumamente debilitadas por la corrupción al frente. Especialmente curiosa, resulta la fidelidad de la formación del Albert Rivera con un Partido Popular que se ha saltado a la torera cada uno de los puntos pactados hace un año con su formación. El pacto de las 150 medidas concretas para garantizar la investidura de Mariano Rajoy, se ha transformado en poco menos de un año en palabras del propio coordinador general del PP, Fernando Martínez-Millo, en un plato de lentejas que en su momento hubo que asumir a regañadientes, pero que pasado ya el tiempo, nadie parece dispuesto a tragarse en el Partido Popular. Por su parte,  las aspiración de la formación naranja, han pasado rápidamente de un desesperado intento por transformarse en el impulsor de la agenda de la regeneración política, a simplemente la ansiosa búsqueda de los focos y el regusto del poder tan propio del foro Bilderberg. Pudiese incluso llegar a parecer con semejante incapacidad y dejadez política en la formación naranja, que Albert Rivera no ha querido esperar a su retiro político para definitivamente transformarse en el Felipe González que todo el mundo parecía esperar en la nueva derecha y el gran empresariado de nuestro país.

Entre tanto la izquierda española ha pasado su verano de una manera inadvertida, desconocemos si Pablo Iglesias ha tenido tiempo para leer y relajarse frente a lo que se avecina, si Iñigo Errejón ha buscado su pequeño trono entre los castillos de playa o si finalmente, los Juegos de Tronos volverán pronto a la formación morada ante el aparente éxito en las encuestas del regreso de Pedro el rojo a las filas del Partido Socialista. Con el tiempo, uno ha aprendido que no puede descartar nada en la izquierda patria y menos si de entregar el poder a la derecha en bandeja se trata. Socialistas y “podemistas” (era hora de buscar una alternativa al podemitas) se necesitan para desbancar al Partido Popular, pero su fobia mutua hace que se repelan a la hora de formalizar un pacto que lo permita. La deseada y detestada pinza entre Unidos Podemos y los Socialistas parece todavía lejana en el tiempo, desde la formación liderada por Pablo Iglesias se pretende un gran pacto destinado a arrebatar de una vez por todas el poder al Partido Popular, uno de los partidos más corruptos de la vieja Europa. Pero Pedro Sánchez no ha vuelto al PSOE para repetir viejos errores, conocedor de que en su partido el equilibrio entre los que apoyarían un pacto con Unidos Podemos y los que lo rechazarían de plano, dependerá mucho de la situación en Cataluña y de la posición electoral del propio PSOE, la mejor opción para el líder socialista es la de simplemente esperar. El desgaste del gobierno ante una legislatura correosa, el ímpetu exacerbado con el que Unidos Podemos suele lanzarse a todas las polémicas parlamentarias y la política títere de Ciudadanos, otorga al Partido Socialista y a Pedro Sánchez la gran ventaja de ganar posiciones con su silencio, una táctica impropia de la política de alto nivel pero que no debemos olvidar ya ha llevado con anterioridad a Mariano Rajoy a la Moncloa.

El curso político regresa sin demasiados cambios, pero con las mismas ganas en nuestras plumas para analizar cada movimiento y cada decisión política en estas líneas. Será un placer compartir con ustedes un nuevo curso parlamentario desde un periodismo independiente, en ocasiones gamberro e incluso rebelde, pero siempre comprometido con la búsqueda de la verdad y el debate, no puedo prometerles la más estricta actualidad cada semana o grandes despliegues periodísticos, pero por demérito de una profesión cada día más acorralada por la economía, puedo ofrecerles una promesa casi única en el periodismo hoy en día: independencia y rigor en mis artículos. Un fuerte abrazo y sean de nuevo todos bienvenidos a mis reflexiones en “Peleando a la Contra”.

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No lo han comprendido

No lo han comprendido, esos jóvenes terroristas; los shaid, aquellos que dicen entregar su vida por un dios de odio inexistente, una construcción de la geopolítica, la cotización internacional del dólar y los deportivos de alta gama en garajes de una clase social muy ajena a la suya. Meros peones de un juego terrenal y grotescamente cruel como para llegar a ser obra de un Dios que pudiese amar a sus fieles. Se trata tan solo de un paso más en una vida que a nadie importa, un último movimiento para mantener a salvo al rey en esta partida.

Sin duda te habrán dicho que eres un mártir en nombre del islam, un elegido de Dios al que su bendición le acompañará más allá de la muerte, hasta el paraíso. Pero siento decirte que te han engañado, ellos son incapaces de hablar en nombre de ningún Dios y tú simplemente te encaminas hacia la muerte arrastrando contigo al mayor número de personas posible. Tu crimen, lo quieras o no, implicará a toda la comunidad musulmana, te odiarán por ello y llegaran a despreciarte, tenlo por seguro ¿Acaso que podrían sentir por quién ha sembrado sobre su umma la sombra de la sospecha? ¿Por quién ha manchado el nombre de Dios con la vanidad de su fanatismo? Has contribuido a transformar su fe a ojos del mundo en violencia y terror. Ellos también llevan en su memoria el peso de Irak, Chechenia, Afganistán, Siria o Palestina, pero cada segundo de su vida lo han dedicado a lo construcción de un mundo nuevo, ese mismo mundo que tu ahora te empeñas en destruir con la lógica opresora del invasor extranjero.  No hay sitio en el Corán para los hijos de Satán, ni para quienes se empeñan en segar vidas en lugar de sembrar paz.   Modernos “conquistadores del negro kalifato” que se empeñan en rememorar la grandeza pasada de Bagdad, Damasco, Córdoba o Toledo, mientras parecen dispuestos a olvidar las propias palabras del Corán, versículo 93 de la sura 4:

“Y quien mate a un creyente premeditadamente tendrá la gehena como retribución, eternamente. Dios se irritará con él, le maldecirá y le preparará un castigo terrible”

No nos engañemos más, ningún dios ha construido su reino con el mercadeo de petróleo, el tráfico de mujeres y armas o a bordo de un Toyota, por desgracia para todos, vuestra “revolución” suena demasiado a Hollywood, particularmente a una de esas malas películas patrocinadas por la CIA con las que intentar lavarle la cabeza a los futuros mártires de su propia nación, al fin y al cabo, el “rey” debe permanecer intacto por encima de todo en este juego. Sura 13, versículo 11:

“Dios no cambiará la condición de un pueblo mientras éste no cambie lo que en sí tiene”

Después de todo, no sois los primeros en traer la guerra santa a esta tierra, “cruzada” o “guerra de liberación” le llamaron quienes entonces en el nombre de un dios; quién sabe si muy distinto o demasiado similar al vuestro, se dispusieron a arrebatarle la vida a miles de personas a golpe de fuego y fusil. Las violaciones, los paseillos, los campos de concentración o las décadas de desaparecidos en nuestra tierra, todo se justificó y se justifica todavía hoy en nombre de nuestros propios falsos profetas. Prelados y militares enviados por el dios de la guerra a reclamar su botín de sangre y duelo a nuestro país. La Guerra de España, 1936–1939, página 261:

“La guerra civil era un conflicto entre] España y la anti-España, la religión y el ateísmo, la civilización cristiana y la barbarie.”

Cardenal Isidro Gomáarzobispo de Toledo y primado de España

No comprendieron nada entonces y tampoco lo comprenden ahora, fascistas acusando a toda una comunidad religiosa de terroristas y asesinos, mientras se empeñan por mantener los monumentos a sus mártires por dios y por España. Garrapatas del odio y la ignorancia que escondidos tras una pantalla o su grupo de matones, intentan cargar sobre toda una comunidad el peso del odio y la barbarie fruto de los actos de una célula terrorista. No lo permitiremos, no permitiremos que ni sus actos, ni los vuestros, levanten muros en barrios en donde cada mañana uno se levanta para intentar lograr un futuro mejor pese a la desigualdad galopante, el paro, la decadencia de la sanidad y la educación pública, la violencia en las calles, las drogas, el radicalismo y una sociedad que cada vez más busca únicamente el placer a través del consumo. Todo ello una dura jornada tras otra en un ciclo sin fin, en el que cada noche uno simplemente agradece a Dios por los suyos, por seguir vivo. Al-lāh, Yahveh, Brahmā, Buda…, diferentes nombres para unas mismas esperanzas, amenazadas por quienes ven en nuestra división su principal billete al paraíso.

El desafío independentista en Cataluña, la eficacia de los bolardos, la coordinación entre cuerpos policiales o las declaraciones de algún alcalde o sacerdote iluminado en esta triste tierra que llamamos España, todo ello nos servirá para eludir la raíz del problema: su rey, nuestro rey, wahabitas  y capitalistas, dos nombres muy diferentes para denominar a una misma pieza del tablero. El cenit de nuestra opresión, el dolor de nuestros muertos, ellos seguirán negociando con el peso de nuestras vidas sus contratos armamentísticos, continuaran intercambiando mártires por petróleo, mientras el juego continua en Siria, Yemen, Paris, Londres o Barcelona, después de todo, el rey debe permanecer intacto.

No lo han comprendido pero tampoco lo lograrán hacer. No lo han comprendido quienes culpan a los musulmanes de la barbarie terrorista, ni quienes ven en la inmolación de sus vidas una puerta a la gloria eterna. No lo entenderán tampoco aquellos que cuentan los segundos para vincular el independentismo con las víctimas de un cruel atentado, no han logrado comprenderlo y lo peor de todo, es que tampoco quieren hacerlo. Exprimirán la rabia y el dolor de los muertos hasta que puedan encontrar nuevos chivos expiatorios, nuevas masacres y nuevos actos que continúen manteniendo al rey a salvo en el devenir de este cruel tablero.

¿Es el hombre sólo un fallo de Dios, o Dios sólo un fallo del hombre?

Friedrich Nietzsche 

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Terror en Barcelona ¿Que haces grabando?

“Después de echar un vistazo a este planeta, un visitante de otro mundo diría: quiero ver al manager.”

William Burroughs

“La represalia contra el terrorismo no trae la paz. Hay un atacante suicida, una represalia y luego una contra-represalias. Y simplemente sigue y sigue.”

Desmond Tutu

 

De nuevo el horror del terrorismo golpea las calles de una ciudad y con bastante indolencia, la barbarie de quienes solamente viven para la muerte vuelve a sembrar de gritos, lagrimas y sangre las calles de Barcelona. Aunque también podría haber sido el turno para Londres, Paris, Damasco o Adén. La sin razón del terrorismo se ha convertido para nosotros en una larga sombra sobre nuestro día a día, una amenaza mucho menos real que un accidente de tráfico, un ahogamiento o una dieta desequilibrada para nuestras vidas, pero al fin y al cabo una amenaza incomprensible y real a partes iguales. Desconocemos sus motivaciones, la tortuosa existencia de sus pueblos y la razón primigenia de su odio, no sabemos nada de lo que puede llevar a un joven europeo o a un emigrante que convive en nuestro suelo a querer sembrar de muerte nuestro país. Nos mostramos totalmente incapaces de rastrear su realidad tras las alambradas de nuestras fronteras, las barriadas de nuestras ciudades y las políticas de nuestros gobiernos.

Es precisamente en ese punto en donde hemos comenzado a perder la verdadera guerra contra el terror, en el preciso instante en el que la foto de un niño que huía de la guerra en su país ahogado frente a nuestras costas se convierte en un mero eslogan,  cuando las operaciones militares de castigo son jaleadas en la prensa y los civiles muertos en lejanos países son considerados simplemente como daños colaterales, cuando tras el NO A LA GUERRA hemos pasado a apostar por las armas como solución para “democratizar” una vez más Libia, Venezuela o Corea del Norte. En ese preciso instante en el que una bandera en nuestro muro de Facebook se ha convertido en nuestra forma de concienciarnos ante el dolor del mundo, el terror y el fanatismo ha comenzado a ganar la batalla.

No sabemos nada de las causas y posibles consecuencias de la guerra en Siria o en Yemen, nos importa bien poco si las armas fabricadas en nuestro país son usadas para asesinar inocentes o si los petrodólares que han financiado a Daesh son los mismos que han hecho posible ese gran fichaje para nuestro equipo. Nos tragamos la propaganda contra quienes exportan únicamente médicos como Cuba y sonreímos alegremente cuando príncipes millonarios sauditas veranean ostentosamente en Marbella y se reúnen con nuestros monarcas mientras el wahabismo que exportan hace surgir la semilla del próximo atentado. Somos una sociedad incapaz de hilar acontecimientos, adoctrinada el la respuesta fácil, en lo aparentemente es obvio y el pensamiento guiado. No entendemos que nuestro dolor y el de pueblos muy lejanos quizás tenga un origen común, y que pese a las finas capas de seda que el sistema intenta interponer entre nosotros y la realidad, el llanto de una madre en Barcelona o en Bagdad suena siempre igual de trágico.

Reconozco ser incapaz de comprender como nos hemos vuelto tan ajenos al dolor en el mundo, como nos seguimos escandalizando con el recuerdo de Vietnam, pero nos mostramos indiferentes ante Siria, como donamos parte de nuestros recursos a ONG’s pero no hacemos nada ante la guerra y el expolio de los pueblos;  quizás, simplemente estemos demasiado inmersos en nuestra propia lucha diaria frente a la precaridad y la supervivencia en lo que se ha transformado en un entorno hostil para el ciudadano, como para buscar las causas más allá de ese último acto de barbarie que nos golpea en lo que es nuestra propia realidad. Nos hemos acostumbrado relativamente fácil a ser una sociedad insensible ante el dolor y lo atroz, en donde los muertos (entre ellos niños) son capturados en nuestros teléfonos móviles, transformados en imagen y retuiteados una y otra vez hasta tener también su repercusión en los grandes medios, la muerte vende, la guerra vende, no es algo nuevo, pero sí lo es que se las haya vaciado totalmente de mensaje.

En ningún caso pretendo confundir la vileza de quienes son capaces de arrebatar una vida con la falta de humanidad de quién es capaz de pasear con su teléfono entre los muertos pensando en la posible repercusión de esas imágenes. Tan solo me permito reflexionar acerca de la perdida de valor de las muertes en Siria o en Barcelona y de como quizás eso, haya ayudado a traer a nuestras calles la barbarie de realidades no tan lejanas pese al hermetismo de nuestras fronteras.

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