Tú a Washington y yo a Pyongyang

La amenaza a Estados Unidos del líder del régimen norcoreano Kim Jong-un, con la posibilidad de lanzar un ataque con misiles balísticos sobre la isla estadounidense de Guam, vuelve a desatar una crisis bélica internacional en la Península de Corea. Fuentes del Ejército del país asiático, hicieron publico el pasado jueves detalles de la operación militar que a espera de una orden directa de Kim Jong-un, posibilitaría el uso de misiles de alcance intermedio Hwasong-12 con la intención golpear de forma directa efectivos estratégicos de la Marina y la Fuerza Aérea estadounidense emplazados en la Base de Andersen, localizada en la isla de Guam, en el Océano Pacífico occidental. Una acción militar descabellada destinada según Kim Rak-gyom, jefe de la unidad balística especial de Corea del Norte, a enviar una advertencia crucial para Estados Unidos tras la escalada bélica de los últimos meses en la región.

El gobierno norcoreano parece por tanto una vez más dispuesto a poner al mundo al borde de la guerra, al menos eso parece desprenderse de la versión que los grandes medios nos han trasladado a la opinión pública, pero como siempre, la realidad resulta un poco más complicada que el simple juego de indios y vaqueros al que nos ha habituado con la cobertura occidental de los conflictos internacionales. 

No debiéramos olvidar al procesar toda nuestra información sobre Pyongyang, que la nación asiática surge del enfrentamiento militar entre comunismo y capitalismo propio de la Guerra Fría, y en cierta medida, la agresiva retórica utilizada durante aquella época permanece todavía hoy intrínseca en la razón de ser de Corea del Norte. La liberación del dominio japonés tras el final de la Segunda Guerra mundial y la posterior división del país en dos estados, tras el acuerdo en 1948 entre la Unión Soviética y Estados Unidos para dividir la península por el paralelo 38 (Al Sur la República de Corea, apoyada por Estados Unidos  y en el Norte apoyada por la Unión Soviética, la República Popular Democrática Comunista de Corea) pronto dio paso al aumento de la tensión política y militar intensificada con escaramuzas transfronterizas y continuas incursiones más allá de la línea divisoria determinada en los acuerdos. El 25 de junio de 1950 estalla una guerra abierta cuando Corea del Norte, respondiendo supuestamente a continuas provocaciones militares, decide invadir Corea del Sur con la firme intención de reunificar el país bajo el dominio del estado comunista. Tras ese primer movimiento, la guerra se prolongará durante tres años más en un escenario en donde la intervención militar directa de Estados Unidos y la Organización de las Naciones Unidas en apoyo al ejercito de Corea del Sur, rompe el frágil equilibrio en la región transformando un conflicto fratricida en un escenario bélico internacional. Tras una rápida contraofensiva de las Naciones Unidas que devolvió por primera vez durante la invasión a los norcoreanos más allá del Paralelo 38,  tanto la Unión Soviética como China acudieron en apoyo a la República Popular Democrática de Corea lanzando una ofensiva que forzó a las Naciones Unidas y al ejercito surcoreano a volver a la posición de partida al otro lado de la línea divisoria que inicialmente dividía en dos a la península. Finalmente, la guerra cesaría en 1953 con un armisticio que sin embargo no pondría punto final a una diplomacia bélica que terminaría transformando una medida temporal en una situación permanente que a día de hoy todavía impide que la paz llegue a ser firmada.

La caída de la Unión Soviética, el reconocimiento en 1992 de Corea del Sur por parte del gobierno Chino, la cruel hambruna de mediados de los años 90…, nada parece poder romper el hermetismo de una régimen político que ha visto en el desarrollo del programa nuclear de su país, la única vía de defensa frente a la frágil tregua que su gobierno mantiene con la principal potencia nuclear del mundo. Una potencia que en numerosas ocasiones, ha rechazado las propuestas de Corea del Norte para discutir un posible tratado de paz, aludiendo a la negativa de Pyongyang a la hora de tratar la desnuclearización de la península.

¿Pero es realmente Corea del Norte una amenaza para Estados Unidos o para el Mundo? 

Si atendemos a los motivos del gobierno norteamericano para presionar a Kim Jung-un, debemos considerar a Corea del Norte como un régimen terrorista. Un estado al que la «doctrina Bush» situó junto con Irak e Irán, dentro del llamado «eje del mal», llegando por tanto a compararlos de alguna forma con la amenaza planteada en la Segunda Guerra Mundial por la Alemania nazi, la Italia fascista y el Japón imperial. Una retórica belicista a todas luces exagerada, en la que  el Estado con más poder militar de la historia, decía sentirse amenazado por países aparentemente con escasas posibilidades de suponer una amenaza real para los intereses del Imperio Americano. La oratoria americana, llevó al Irak de Sadam Husein a caer bajo el peso militar del ejercito estadounidense fruto de las duras represalias tras el 11-S y las mentiras ocultas tras el Trío de las Azores. Por su parte, Irán sobrevive a día de hoy entre las inhumanas sanciones económicas impuestas desde Washington por sus “malignas actividades” en Oriente Medio y la negociación de un pacto nuclear que impida a la nación persa el desarrollo de su programa nuclear. Una vía la de la renuncia a sus posibilidades armamentísticas muy alejada de la opción norcoreana, un estado a todas luces soberano que pese a su intención durante muchos años de mejorar las relaciones con Estados Unidos, en ningún momento se ha planteado de forma seria la renuncia a su programa nuclear.

¿Pero acaso podemos culpar por este hecho a Corea del Norte?

En la actualidad Corea del Norte se encuentra totalmente aislada de la esfera internacional y con serios problemas a la hora de afrontar las medidas draconianas que el Consejo de Seguridad de la ONU y Estados Unidos, han decidido aprobar como método represivo contra el gobierno de Pyongyang, una prohibición de exportaciones por valor de 1.000 millones de dólares al año que en cualquier otra situación serían sin duda consideradas como actos de guerra, y que seguramente provocarán que a medida que el entorno internacional se vuelve todavía más beligerante contra de Corea del Norte, su cúpula dirigente llegue a considerar el programa nuclear como única garantía de supervivencia como estado independiente.

Cabe recordar llegados a este punto, que durante la guerra de Corea los presidentes estadounidenses Harry S. Truman y Dwight D. Eisenhower, llegaron a utilizar públicamente la amenaza nuclear como un medio para tratar de poner fin al conflicto, una seria amenaza proveniente del mismo país que pocos años antes ya había hecho uso de la fuerza nuclear sobre Hiroshima y Nagasaki para apremiar la rendición japonesa durante la Segunda Guerra Mundial. No debiese por tanto resultar tan extraño para nosotros (pese a la total repulsa a toda escalada bélica) la decisión norcoreana de apoyar su supervivencia como estado, en en la posibilidad de una respuesta nuclear ante cualquier agresión exterior. Un pecado el de Pyongyang, que incomprensiblemente parece imperdonable para Estados Unidos, en una esfera internacional en donde numerosos países; entre ellos la propia potencia norteamericana, violan impunemente el Tratado de No Proliferación (TNP). En palabras del ex miembro del equipo negociador nuclear iraní, Husein Musavian “India, Paquistán y el régimen de Israel han construido armas nucleares, no obstante, estas cinco potencias mundiales (EE.UU., Reino Unido, Francia, Rusia y China) han establecido relaciones estratégicas con ellos”.

Mientras la tensión crece al compás de la agresiva retórica del presidente estadounidense Donald Trump y el líder norcoreano Kim Jong Un, la existencia una Corea del Norte dispuesta a la guerra a miles de kilómetros de Washington, continua justificando entre otras actuaciones las maniobras militares anuales entre Estados Unidos y Corea del Sur, como parte del desarrollo de una importante maquinaria bélica norteamericana en el noroeste del Pacífico, capaz de hacer frente a una posible agresión de Corea del Norte pero también a una eventual amenaza China. Japón, Rusia, China y Corea del Sur, se ven así directamente inmersos en un particular juego de estrategia entre el gobierno de Corea del Norte y el de Estados Unidos, un gobierno norteamericano que al mando de un presidente Trump acorralado desde un inicio por sus escándalos internos, parece más dispuesto que nunca a entrar de lleno en la  delirante retórica belicista que aparentemente tan bien parece funcionar al régimen de Kim Jong Un.

Después de todo, puede que si no fuese del posible uso de armas nucleares y del futuro del mundo de lo que estuviésemos hablando, incluso pudiese llegar a considerarse cómica esta impetuosa batalla entre tan icónicos patanes de nuestra política internacional.

“Los mayores inventos del hombre son la cama y la bomba atómica: el primero te aísla y el segundo te ayuda a escapar.”

Charles Bukowski

 

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Welcome to Trumpmerica

“Estar contra el fascismo sin estar contra el capitalismo, rebelarse contra la barbarie que nace de la barbarie, equivale a reclamar una parte del ternero y oponerse a sacrificarlo.”

Bertolt Brecht

La victoria de Donald Trump, ejemplifica perfectamente, el pulso vital de una sociedad inmersa en la tenue frontera que separa a una población indignada que da un voto vergonzoso al Brexit o al mismo Trump; como castigo a un sistema de capitalismo salvaje, de una sociedad destrozada por la desigualdad y la  desesperanza, que termina convirtiéndose en un desecho y acepta con indiferencia cualquier solución proveniente del más puro fanatismo. Venció el magnate con un discurso no muy alejado al de los partidarios del Brexit en Reino Unido o los filofascismo de Marine Le Pen y Amanecer Dorado en Europa, un discurso vacuo, totalmente plano en lo en lo programático o lo político, pero que sin embargo, ahonda en las más profundas preocupaciones de gran parte de un electorado que sigue pensando, aunque puede que no lo pronuncie, en que primero va el comer y después está la moral.

Con una retórica que a cualquier incauto le pareciese anunciar algo así como la próxima perestroika capitalista, Donald Trump atacó desde los inicios de su campaña a un sistema de libre comercio que fruto de las deslocalizaciones y la perdida de empleos que están producen, ha transformado a América en un país que ya no trabaja con sus propias manos. El republicano ha mostrado en numerosas ocasiones su rechazo por una economía basada en grandes tratados de libre comercio y en beneficios que no repercutan en el propio país. Acuerdos como el TTIP o el NAFTA, parecen curiosamente verse más seriamente amenazados por la llegada al poder del reaccionario magnate que por la presión de millones de personas en interminables campañas sistemáticamente ignoradas por sus respectivos gobiernos. Trump pretende dotar a América de 25 millones de empleos en diez años y para ello necesita una fuerte inversión pública, la cual parece dispuesto a realizar así como traer vuelta a unas empresas que según su equipo de campaña, facturan más de 2,4 billones de euros en el exterior. El supuesto secreto para lograrlo, una zanahoria  en forma de bajada de la tasa de Sociedades a un máximo del 15%, muy inferior a al 35% actual y que supondría la mayor reducción fiscal desde la época de la presidencia de Ronald Reagan. Una especie de vuelta originaria al capitalismo, que si bien no parece suponer un avance de planteamientos, al menso si pudiese dejar espacio, en el mejor de los casos, al surgimiento de diferentes alternativas en el resto del mundo.

Trump, pretende con sus planteamientos, desmontar lo que le considera una involución del espíritu americano durante la era Obama. Propuestas estrella del expresidente demócrata como el Obamacare o el tímido intento en la restricción al uso de armas,  tendrán los días contados con la llegada a la Casa Blanca del presidente republicano, muy en el aire quedan cuestiones como el aborto o el derecho al matrimonio igualitario, con las que muy al contrario de lo que parece pensar la mayoría de los europeos, Donald Trump no mantienen las tesis más duras dentro de su propio partido.

Pero si un campo ha dado que hablar para seguidores y detractores de Trump, esa ha sido la inmigración. Desde la prohibición de entrada a las personas musulmanas que podríamos englobar en esa demencial visión del republicano, en su concepción particular de la lucha contra el terrorismo, hasta la construcción de un muro que separase Estados Unidos de México, pasando por la deportación de 11 millones de indocumentados. El presidente entrante, ha hecho en todo momento de la inmigración su propio caballo de batalla particular que sin duda le ha evitado e numerosas ocasiones, la necesidad de hacer juicios de valor más profundos, sobre el conjunto de una sociedad americana que probablemente teme más al ilegal como competencia laboral que como extranjero en su país. El equipo de Trump sabe que no existe algo así como emigrantes buenos y malos por naturaleza, sino realidades sociales que no podrán de ningún modo evitarse con un simple muro. Mientras los EEUU sigan siendo uno de los mayores consumidores de drogas del planeta y la tensión social siga aumentando, se seguirán produciendo delitos relacionados con el narcotráfico, crímenes y violaciones en territorio norteamericano. Sería curioso que ante masivas deportaciones y la persistencia del problema de la violencia, muchos de los que hoy creyeron en el American Great Again!, terminarán aislados entre los muros de sus propios barrios de white trash.

Todo esto en cuanto a la política interior, de puertas para afuera, puede que en teoría se produzcan los cambios más importantes de la era Trump, pero solo en teoría. El presidente republicano ha prometido una especie de Pax romana, parece intuir Trump un cierto hartazgo en la población americana, por el precio a pagar por guerras que poco o nada importan a los ciudadanos. Confía Trump en la disuasión propia de una superpotencia para no necesitar una nueva guerra y con ello prepara al país para lo que parece ser una época de aislacionismo geopolítico. Como si el Capitán América se cansase del repetitivo protagonismo del superhéroe, parece claro que saudíes y los europeos, pero también surcoreanos y japoneses, deberán comenzar a valerse por si solos para garantizar su propia defensa. Si bien la existencia de la OTAN como tal, no parece pueda correr ningún peligro, si se puede intuir, una mayor exigencia en la contribución económica, por parte de Estado Unidos a sus aliados. Lo que en un tablero internacional a priori sin un cowboy sobre la mesa, sin duda podría resultar en un negocio rentable para todos.

Realidades como las de Siria, en donde Trump parece mucho más dispuesto a la negociación con Putin que a seguir armando a confusos líderes fanáticos y con barba; Palestina, que parece alejarse de una solución a corto plazo o China, en donde la batalla entre potencias parece destinada a darse en los despachos, pueden desatascarse en un mundo al que el premio Nobel de la paz y su candidata Hillary Clinton, habían llevado de nuevo al borde de la guerra fría.

Donald Trump es un hijo de perra fascista, un insulto a cualquier democracia, pero no más que un presidente saliente que ha deportado a 2.8 millones de personas10.ooo inmigrantes muertos en el Mediterráneo, las vallas de Melilla, la brecha salarial en Europa o los bombardeos de Siria o Libia.

Quizás el mayor peligro de Trump lo suponga el de un negacionista del cambio climático, así como la del ejemplo surgido para otras alternativas fascistas deseosas de llegar al poder. Debería el progresismo mundial aprender las lecciones surgidas de cerrar cualquier alternativa electoral anticapitalista, una táctica que ha llevado a la mayor potencia del planeta a preferir incluso la alternativa que suponía Trump en el poder, a entregar de nuevo el poder al sistema que representaba Clinton. Parece romper Trump con el llamado fin de la historia, en el mismo país que quiso imponerlo. Por delante, cuatro años de trabajo para una izquierda que debe aprovechar la oportunidad que ha dado que muchos hayan abierto los ojos ante las miserias del capitalismo tras la elección de Trump.

Resulta necesario crear una alternativa de base y especialmente una alternativa ideológica atrayente frente modelo neoliberal, si la izquierda americana y con ella la izquierda mundial demuestran no estar a la altura de las circunstancias, simplemente esperando desde una concepción bastante pobre de la democracia, que el futuro presidente no pueda cumplir sus promesas, podremos encontrarnos tras cuatro años, ante una realidad en la que la lección de Trump pueda convertirse esta vez, en el llamado mal menor.

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Autor: @SeijoDani

Recuerda que como parte de la ley de memoria histórica y en recuerdo de la activista medioambiental Berta Cáceres,te agradeceríamos que dedicases un segundo a firmar esta petición para cambiar al recuerdo del fascismo de las calles de A Coruña,por el nombre de la activista medioambiental. 

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Yes We Trump

“Coge la familia, mézclala con Dios y la nación, añade diez horas de trabajo diario, y tienes todo lo que necesitas.”

La Senda del Perdedor, Charles Bukowski (1982)

Contra todo pronostico y pese a las constantes amenazas vertidas desde numerosos medios, Donald John Trump se ha convertido  finalmente en el cuadragésimo quinto presidente de los Estados Unidos de América. Con 57 millones de votantes, el viejo magnate inmobiliario asesta así una dolorosa derrota no solo al corazón del partido Demócrata, sino a su vez, a todos aquellos que dentro de su propia formación, decidieron abandonar precipitadamente un caballo al que pocos vieron como posible ganador. Sorprendió Trump sin embargo, al imponerse en unas primarias con 16 candidatos sin el apoyo de su partido y lo ha vuelto a hacer, al lograr conquistar a una América desconocida para muchos de sus ciudadanos, un país en cambio, sin un rumbo fijo y en donde la crisis de las hipotecas subprime y el legado de Obama, ha dejado a muchos americanos con la extraña sensación de comenzar a ver a su país desde los ojos de un pequeño caniche.

Comenzó su candidatura Donald Trump, ante una sociedad cansada de su pasado. Cansada del peso que supone ser el mayor imperio de la tierra y de las lejanas guerras que vacían sus arcas, así como de la necesidad de continuar cediendo espacio en las comodidades de su día a día y especialmente, una sociedad cansada de la creciente desigualdad entre una élite gobernante o establishment y el resto de los ciudadanos norteamericanos.

En ese contexto, le bastó al candidato republicano con cambiar el tono de su discurso, para pese a su pasado, lograr dibujarse como la única alternativa a un sistema de capitalismo salvaje, al que pocos en Estados Unidos se atreven todavía a plantear una alternativa, pero al que no pocos, critican ya abiertamente, debido a sus nefastas consecuencias sobre el tejido económico y cultural del país. Es tan solo en ese contexto de ruptura del pacto social estadounidense, en donde una candidatura como la de Trump, lograría encontrar apoyos suficientes, unos apoyos con los que nadie contaba, pero que finalmente, le han propiciado, conjuntamente con su partido, el control de ambas cámaras, Congreso y Senado, así como la posibilidad de dirimir el sustituto de Antonin Scalia en la Corte Suprema de Estados Unidos, un puesto que sin duda terminará en manos del conservadurismo más ortodoxo, otorgándole la capacidad de anular leyes que consideren contrarias a la constitución del país.

Se avecinan tiempos duros para un partido Demócrata que parece ser víctima de sus propios demonios. Demonios nacidos de la pasividad con la que el propio partido, acepto la implantación neoliberal sin cortapisas que proponían sus élites en consonancia con el partido Republicano y que terminaron de forjarse, cuando esas mismas élites prefirieron vencer en su guerra de clases interna, apoyando incluso al borde de la ilegalidad a una de los suyos a elegir al mejor candidato para lograr la presidencia.

Sabían perfectamente en el partido Demócrata, las debilidades de Hillary Clinton como candidata frente a Trump, representaba inherentemente a un sistema al que odiaban la mayoría de estadounidenses y le basto a Trump con no hacer lo mismo. Por la contra, Hillary Clinton, consciente de la incapacidad de su campaña para desvincularse de eso que en España llamaríamos la herencia recibida, apostó fuertemente por dos factores principales: el hecho de ser mujer y su apoyo a las minorías. Ambas claras cualidades de la demócrata frente a Trump, pero que a la postre se revelarían claramente como insuficientes frente a factores no menos importantes como la opacidad de los movimientos económicos de la Fundación Clinton, la filtración de sus correos o la desastrosa intervención en Libia.

Se colocó Clinton con su actitud en un centro político cada vez más desierto, en una campaña que como hemos podido comprobar, se jugó finalmente en los extremos. Basto esa posición de desventaja inicial, para que Donald Trump supiese a donde llevar la campaña. Consciente de su incapacidad para salir airoso en el debate ideológico, no obstante está a punto de tomar posesión como presidente sin apenas hablar de su programa económico, Donald Trump logró embarrar el debate electoral haciendo uso del numeroso arsenal sensacionalista que su propia habilidad de adaptación a una sociedad mediática y las debilidades de su contrincante le proporcionaban. Por su parte, el equipo de Hillary Clinton se mostró incapaz en todo momento de articular una estrategia de defensa, frente a la guerra relámpago de acusaciones que el equipo de Trump, totalmente mimetizado en una poderosa Wehrmacht electoral, lanzó contra ellos. Logró el magnate estadounidense escapar vivo del primer debate presidencial y poner en más aprietos de lo que la prensa occidental estuvo dispuesta a reconocer a su rival demócrata en el debate del 19 de octubre.

Tan solo Hillary Clinton, con su campaña de menosprecio a Trump y a lo que el candidato republicano representaba, pudo ser capaz de hacer resurgir a una candidatura que llego a situarse hasta seis puntos por debajo en los sondeos electorales y que comenzó su remontada, espoleado por la investigación del FBI a los correos de la exsecretaria de estado y con un electorado potencial que veía en quienes criticaban a Trump el origen de gran parte de sus males.

En el último instante, logró pesar más la ira social largamente contenida contra el establishment que representaba Clinton que la lucha racial, la feminista o la lucha por los derechos de las minorías a las que ella parecía defender. Menospreciaron desde el partido Demócrata la importancia de la concienciación de su electorado en el voto de clase, para escudarse en la alternativa del voto por el mal menor y en el de las minorías, lo que unido al desprecio por la realidad social de una gran parte del electorado, parece finalmente haberles costado  la presidencia.

En un artículo reciente del New York Times, Paul Krugman acusa a las áreas rurales blancas de no compartir “nuestra idea de lo que es Estados Unidos” alude el economista a que para esos <<otros americanos>>: “se trata de una cuestión de sangre y tierra, del patriarcado tradicional y la jerarquía étnica” votarían a cualquiera que representase al partido Republicano. Se equivoca desde un principio el señor Krugman, más allá de que no siempre los candidatos republicanos consiguen movilizar a ese tipo de votante, algunos progresistas pareciesen focalizar el problema en la gente y en el sentido de su voto, en lugar de hacerlo en el sistema (capitalista) y en sus consecuencias para esas personas. Son los mismos que criticaron el Brexit o el surgimiento de Amanecer Dorado, pero no dijeron nada cuando los diferentes acuerdos de libre comercio se ratificaron sin consulta popular previa o en España se modifico el artículo 135 de la Constitución de espaldas al pueblo. Pareciese molestar a algunos más el sentido de la voluntad popular que la imposición autoritaria de los intereses económicos del sistema.

Solo desde esa óptica del desheredado, se puede explicar no solo la realidad de esa mal llamada basura blanca o chavs, en gran parte natal del desindustrializado cinturón de óxido que finalmente da la victoria a Trump, sino también de realidades más complejas, como la del hispano que una vez adquirido el sentimiento nacional, en un país en el que resulta relativamente sencillo lograrlo, decide votar a Trump ante la amenaza que supone el trabajo ilegal de muchos compatriotas para sus intereses o el prototipo de votante al que podríamos llamar Gran Torino que no siendo necesariamente un militante convencido racista o un mero descerebrado, si logra conectar con facilidad con esa América que Trump representa.

Trump logró representar el rechazo más absoluto a las élites y al sistema, pese a curiosamente ser el claro reflejo de las mismas. Eso y un voto oculto como constatación de un sistema que no entiende a gran parte de su ciudadanía y que se ha escapado en los análisis de la inmensa mayoría de los medios y del propio partido Demócrata, ha terminado dando la victoria a un candidato al que parece haberle bastado con el apoyo de los que casi nunca cuentan en la política americana, para conseguir finalmente la presidencia.

El tiempo dirá si nos encontramos ante el primer presidente de una nueva concepción de la política americana.

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Autor: @SeijoDani

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Dios salve a América

Nadie en su sano juicio votaría a Trump y tan solo un loco podría alegrarse de que Hillary Clinton llegase a ser presidenta. Con ésta disyuntiva las elecciones presidenciales de Estados Unidos se acercan a sus horas decisivas, dejando tras de si una campaña realmente pobre, en donde las propuestas políticas de ambos candidatos, brillaron en mucha menor medida que las descalificaciones o los escándalos personales que han ocupado gran parte del debate y muy probablemente, han terminado convirtiendo a la democracia estadounidense, en el show político más caro del mundo, con un desembolso en campaña, cercano a los 2.651 millones de dólares

Tras los fuegos de artificio y el sin fin de actos públicos repletos de celebridades de los últimos meses, el próximo martes, los americanos deben elegir a su próximo presidente entre un promotor, empresario y showman con claros tintes fascistas o una exsecretaria de estado y exprimera dama, cuya mayor baza para convencer al ciudadano medio, sigue siendo la de suponer la única alternativa viable, ante el desastre más absoluto encarnado en la posible presidencia de Donald Trump.

Atrás quedan ya los tiempos en los que Bill y Trump compartían partidas de golf, las donaciones del magnate a los intereses de las campañas de los Clinton o los actos del empresario a los que los Clinton asistían dócilmente, porque como el propio Trump declaraba: “Cuando llaman, les doy, ¿y sabe qué? Cuando necesito algo de ellos, les llamo”

El mismo Trump que se resistía a pagar impuestos, el tipo racista, sexista y prepotente que hoy tanto critican desde el partido Demócrata, dono dinero a la fundación Clinton y ellos lo aceptaron. Lo único que quisieron ver entonces del magnate, fueron sus dólares y precisamente esa docilidad con el establishmenthace que promesas estrella en la campaña de Hillary, como la de no crear más impuestos para familias que ganan menos de $250,000 al año, la lucha contra los paraísos fiscales, el subir el sueldo mínimo nacional a 15 dólares por hora o ampliar las subvenciones educativas a bajo interés, caigan en saco roto ante un trabajador norteamericano,  ya demasiado habituado a ver como quienes dicen defender a la clase trabajadora de sus país, entregan el mismo a las manos del neoliberalismo más recalcitrante que ha terminado por arruinarlos.

Sin duda, Trump supone una amenaza directa para la libertad de prensa, para la libertad de las mujeres, para cualquier minoría en territorio norteamericano y puede que incluso supongo una amenaza directa para el propio planeta, pero para millones de estadounidenses, Trump también supone la última esperanza para recuperar sus vidas. Hablamos de estados como Michigan, Ohio, Pensilvania o Wisconsin que dibujan el cinturón industrial de EEUU, en donde el hartazgo con un partido Demócrata por el que se sienten traicionados, puede finalmente dar la victoria a un Trump que curiosamente sobreviviría en la vieja America fabril; atrayendo especialmente el voto de la vieja clase obrera blanca, mientras que su rival Hillary Clinton, debería confiar sus oportunidades al voto del miedo y el de la alta burguesía de su país.

Se enfrentan Hillary Clinton y el partido Demócrata a sus propios demonios, surgidos tras décadas de políticas liberales pactadas con los propios republicanos y especulación financiera sin límites que han transformado a los Estados Unidos, en uno de los países en los que más ha aumentado la desigualdadLa propia Clinton y su partido, han hecho posible que Trump llegue a ser el candidato que hoy es para su país. Hillary y los suyos, no dudaron en ningún momento en utilizar todos lo medios posibles, incluso la conspiración, para evitar que una alternativa de izquierdas pudiese convertirse en una realidad en el partido Demócrata. Jugaron sucio contra Bernie Sanders y lo hicieron para intentar absorber a una disidencia interna, la del movimiento Occupy Wall Street  que suponía una amenaza mucho mayor para el establishment de lo que sin duda, y pese a lo que pueda penar el ciudadano americano, puede llegar a representar Trump.

Que desde la izquierda se llegase a hablar incluso de galimatías psicológicos para intentar explicar el atractivo de Trump ante sus votantes, supone tan solo una clara muestra más de que muchos en el partido demócrata han traicionado a los suyos y sin embargo, parecen seguir negándose a reconocerlo.

Y mientras en el mal llamado mundo libre, muchos nos debatimos entre dos males, en países como Ucrania, Siria o Yemen miran al próximo residente de la Casa Blanca, con la triste perspectiva de quién sabe que gane Trump o gane Hillary, seguirán  los drones sembrando muerte en sus países, la financiación a fundamentalistas de todo tipo y las escuchas e injerencias sobre países soberanos que nada parecen deber a los Estados Unidos. Hace ya demasiado tiempo que la política estadounidense sigue su propia inercia demasiado alejada del pueblo y en gran parte también de sus candidatos. Pero si bien en ésta enorme distopía ante la que nos encontramos, uno parece ya no poder exigirle el fin de la muerte a la presidencia norteamericana, al menos si debiera poder pedirle que no disfrutase con ella. En ningún caso debiera de suponer una victoria de Hillary Clinton, la vuelta al silencio que trajo Obama tras el No a la Guerra de Bush, pese a la triste trayectoria del todavía presidente demócrata. Después de todo, no deberíamos olvidar el papel de la exsecretaria de estado en Libia.

Llegamos al final de la carrera presidencial en el mayor imperio de la tierra, con la extraña sensación de que durante los próximos cuatro años nada bueno puede salir de sus entrañas. Una lúgubre perspectiva la estadounidense que puede que nos anuncie desde ya, que en nuestro planeta, también se busca nuevo liderazgo.

“La nación que destruye su suelo, se destruye a sí misma”.

Franklin D. Roosevelt

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Autor: @SeijoDani

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