La quinta columna del Yihadismo

De nuevo el horror, los gritos incesantes, el pánico, los llantos, la sangre. Enseguida el ruido lejano de las sirenas, nombres lanzados al aire con desesperación entre un constante grito sordo que parece como llegar de otro mundo, desde otras fronteras, mucho más allá del puente de Westminster o del propio Londres. De pronto un horror global capaz de imponer su tortura e inducir el pánico en un campo de desplazados en Nigeria, arrasar Damasco o golpear Alepo, hace su aparición en Londres sin que el color de nuestra piel, nuestras creencias o las afiliaciones políticas, parezcan importar cuando la sangre de personas inocentes comienza a derramarse a escasos metros pero todavía a una distancia insalvable de la Square Mile, el Número 10 de Downing Street o el Palacio de Buckingham. Allí estas muertes tardaran unos días en cobrar su sentido en forma de nuevos bombardeos, acalorados debates políticos o condolencias cargadas de medias verdades, silencios demasiado sonoros y palabras huecas como única forma oficial de consuelo.

En la acera, el sin sentido de más muertes. Entre ellas la de Aysha Frade, una profesora de 43 años de origen gallego, concretamente de Betanzos, a apenas cuatro kilómetros desde donde ahora escribo. Una conexión anecdótica quizás, pero lo suficientemente directa para que su muerte me haga pensar un poco más,  para que me resulte sencillo empatizar sin dificultades con el dolor de su familia e imaginarme las circunstancias que pudieron rodear a su muerte, seguramente un día normal para ella, camino del trabajo, una cita o de la universidad, un coche a toda velocidad, el caos y en un instante el miedo.

El miedo es un arma poderosa, mucho más que un coche, un cinturón bomba o un kalashnikov, el miedo puede enquistarse y perdurar en tu mente, en una sociedad o incluso en todo un continente, haciendo que se levanten nuevos muros de odio y segregación entre nosotros y ellos. Unos muros que son realmente lo único capaz dar sentido a esas muertes para quienes las cometen. Ningún Dios, ni ninguna bandera, pueden provocar mayor fanatismo que aquel que se cría y se reproduce en la miseria oculta al otro lado del muro. Barreras y concertinas que demasiadas veces se trasladan a nuestros barrios en forma de violencia policial, marginalidad, aislacionismo y una sensación de desarraigo cultural, propia de quienes generación tras generación han visto como se les negaba un hogar a ambos lados de la frontera.

No me malinterpreten, no pretendo justificar el yihadismo o decir algo así como que en Occidente nos lo tenemos merecido por todo el dolor acumulado por los pueblos oprimidos del mundo. No creo que funcionen así la cosas, al menos no deberían hacerlo. Pero sí creo firmemente en que los enemigos ya se encontraban dentro de nuestras fronteras antes de que comenzase todo esto. Cuando Osama bin Laden era un luchador anticomunista, las madrasas de Pakistán patentaban por primera vez el modelo de radicalización que arrasaría medio mundo y Yugoslavia sufría por primera vez un ataque destinado a desintegrar a una sociedad que jamás volvería a recuperarse tras aquella guerra. La brutalidad de la  Operación Fuerza Aliada, traslado a Yugoslavia el horror que había reinado en AfganistánNiños más familiarizados con el sonido de los cazas que con la alegría propia de un patio de colegio, tropas extranjeras, matanzas, guerra santa… Cuando las escuelas se vacían el fanatismo hace acto de presencia. Mucho después de que la OTAN o el ejercito Estadounidense haya abandonado el lugar a su suerte, tras el proceso de pacificación, cuando las cicatrices de la guerra solo pueden curarse con un cerrazón sobre las propias creencias, y la búsqueda de un sentido mayor a tanto sufrimiento. Es entonces cuando desaparece la lógica de las víctimas inocentes, entre campos de refugiados, barrios empobrecidos y cantidades ingentes de propaganda religiosa, alimentada incesantemente por nuestras campañas de democratización armada. Desde Occidente, la opinión pública pretende buscar una lógica de paz a los actos llevados a cabo por quienes se encuentran inmersos en una guerra global.

Un mundo islámico dividido entre guerras de poder internas, geopolítica intervencionista y demasiadas veces, una lógica  cimentada entre la caridad y las armas, con una herida abierta en común en tierras palestinas en donde la ocupación israelí y el posterior holocausto palestino sirvieron como campo de experimentación a la yihad global. Asesinatos selectivos y guerras televisadas con el único objetivo de reducir a cenizas cualquier alternativa política en Palestina, que pudiera simbolizar una esperanza de unidad. El Panarabismo moría al tiempo que des sus cenizas surgía un nuevo monstruo criado entre la sangre de inocentes, y alimentado por la sed de venganza. La guerra de Irak supuso la madurez de la yihad global, una guerra exclusivamente por recursos, cimentada entre mentiras y la total impotencia de las organizaciones internacionales ante el poder del imperio.

De las ruinas de Irak surgiría Al Qaeda como embajador global del terror, una imagen de marca del yihadismo al que como no podía ser de otra manera en una sociedad capitalista, pronto le siguieron numerosas franquicias y competidores. Una lógica de mercado aplicada al terror, que ha salpicado a todo el planeta con su sin razón, con su barbarie. Trasladando de forma indiscriminada el dolor de la guerra a lugares como Riad, Bali, Monbasa o Madrid. Un fanatismo, capaz de transformar la primavera de la esperanza en el más absoluto invierno. Egipto, Libia, Siria, Yemen, juguetes rotos en el tablero global de la geopolítica, que pronto formarían un autentico reino del terror en forma de un pseudocalifato apócrifo capaz de trasladar el infierno a la tierra.

No existe algo así como la seguridad global basada en las armas, no existen vallas, cuerpos de seguridad o protocolos antiterroristas capaces de impedir que el dolor de un mundo a la deriva nos salpique. No existe una política mágica capaz de erradicar al fundamentalismo de nuestras fronteras, resulta necesario tiempo para revertir décadas de etnocentrismo, debates sesgados, guetos y una la política basada en el miedo a lo diferente. Se necesita todo lo contrario a los valores de los que hoy hace gala Europa, una sociedad que ha olvidado sus propios demonios para de nuevo mostrarse impasible ante el auge de la xenofobia. Un  continente en una profunda crisis de valores, que la actual crisis económica no ha hecho más que profundizar.

No pretendo justificar el terrorismo, no creo que un artículo pueda llegar a cumplir tal fin por mucho que los de siempre se empeñen en tergiversarlo. El terrorismo, al igual que la guerra o la desigualdad social, tienen causas que lo provocan. Causas oscuras en demasiadas ocasiones y por norma general, muy alejadas de todos aquellos que derraman sangre inocente en una calle en Londres o en un lejano desierto. Nuestro deber con ellos, nuestro deber como sociedad, es el de intentar comprender los oscuros motivos que llevan a alguien a abandonar toda esperanza, con el único objetivo de matar, de provocar dolor. Solo así, podremos poner fin a un invierno moral ya demasiado largo.

“Nosotros representamos el futuro de Pakistán, un futuro en el que no tiene cabida la ignorancia, la intolerancia, y el terrorismo.”

Benazir Bhutto

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Recuerda que como parte de la ley de memoria histórica y en recuerdo de la activista medioambiental Berta Cáceres, te agradeceríamos que dedicases un segundo a firmar esta petición para cambiar al recuerdo del fascismo de las calles de A Coruña, por el nombre de la activista medioambiental.

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Una paz sin diálogo

8 abril de 2017 una fecha llamada a marcar la historia de nuestro país. Jean-Noel Etcheverry fundador de la agrupación ecologista Bizi! y detenido el pasado 16 de diciembre por su supuesta vinculación a la organización terrorista ETA, ha señalado ante la opinión pública esa fecha como la del último paso previo para encarar la total disolución del movimiento terrorista vasco Euskadi Ta Askatasuna (País Vasco y Libertad).

Un paso más en una hoja de ruta hacia la paz, en el que la postura del gobierno español ha sido la del inmovilismo durante estos últimos cinco años sin violencia. Una línea de actuación atrincherada en la negativa a asumir cualquier tipo de responsabilidad en la mesa de negociación, y en las sucesivas actuaciones policiales que en medio de un proceso de paz, parecen más encaminadas a dinamitar a la sociedad civil abertzale que a facilitar el camino para la total disolución de la organización terrorista. Un proceso que se afianzada únicamente en una sociedad civil que sigue firme al mando del mismo, pese a las continuas negativas de los gobiernos español y francés para erigirse como interlocutores ante la organización terrorista ETA.

Curiosamente, quienes durante décadas no dudaron en modular sus discursos o en tomar asiento en primitivas negociaciones ante los asesinos prometiendo “generosidad, mano tendida y espíritu abierto”, hoy son los mismos que muestran una incomprensible pero tajante negativa ante la perspectiva de asumir el cometido de quién en un proceso de paz tiene el deber de representar a un estado con un conflicto armado dentro de sus fronteras. Desde el decimoquinto congreso del Partido Popular Vasco, Mariano Rajoy hacía mención al comunicado de ETA, poniendo de nuevo el acento de su discurso en la negativa del gobierno español a entablar cualquier tipo de diálogo con la organización terrorista, y señalando la persecución policial como la única decisión política capaz de poner fin al conflicto “Esta posición que mantenemos nosotros es la justa, la democrática, la que preserva la dignidad de las víctimas del terrorismo y, por si a alguno no le llegaran esos argumentos, es también como el tiempo está encargando de demostrar, la mas eficaz para la disolución definitiva de ETA. Es es lo que tengo que decir sobre esto”  Una vía la de la negativa al diálogo que utiliza la voz de las víctimas para justificar una decisión exclusivamente política, y que no parece encontrar justificación en una sociedad vasca profundamente comprometida con la normalización de la convivencia política y social de un pueblo,  que todavía hoy arrastra profundas cicatrices fruto de la violencia.

Cinco años después de que ETA anunciase en un comunicado de apenas dos minutos y medio el “cese definitivo de la actividad armada” sin condiciones, el último conflicto armado de Europa continua incomprensiblemente estancado entre la pasividad gubernamental, y la desesperada intentona por parte de los terroristas para edulcorar la derrota como una última vía de expiación, para quienes años después al fin parecen percatarse de lo absurdo e innecesario de todo el dolor provocado. Un dolor reflejado en las 849 víctimas mortales por los atentados de la banda terrorista, en los presos, en los torturados, pero también en las familias y en la impotencia de todos aquellos que durante décadas, han visto como la amenaza de las armas frustraba cualquier esfuerzo de debate en Euskadi.

Con el desarme de ETA, el fin de la violencia terrorista en nuestro país se dibuja como una realidad inevitable cercana, pero haría mal el estado al confundir la disolución de la banda terrorista con el final del propio conflicto vasco. La inexistencia de una hoja de ruta consensuada y un futuro desarme que todo indica no podrá producirse de forma verificada y ordenada, por la negativa del gobierno español a erigirse como interlocutor en el proceso de paz, suponen una nefasta señal para el futuro de una sociedad en donde las heridas abiertas son numerosas, y todavía son muchos los que en uno y otro bando parecen mostrarse incapaces de sobrevivir al cambio de mentalidad para una convivencia sin tensiones. El diálogo resulta más importante que nunca, cuando se hace patente que son muchas las cicatrices que sobrevivirán a la banda terrorista. El estado debe encontrarse hoy al lado de una sociedad civil que no puede sumar al dolor de los muertos, el peso de construir la paz en solitario. 

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La independencia amordazada

“El nacionalista no sólo no desaprueba las atrocidades cometidas por su propio lado, sino que tiene una extraordinaria capacidad para ni siquiera oír hablar de ellas.”

George Orwell

Hace tiempo que entre Cataluña y España, se juega a un juego demasiado peligroso. Un juego de tensiones, de orgullo, un juego de peones y reyes, de condados y reinos. Una partida tensa y eterna; a la par que fútil, para quienes tarde o temprano, deberán pagar sus consecuencias. La de la política como entretenimiento, como un espeso telón destinado a cubrir nuestros ojos y nuestros bolsillos, ante el continuo saqueo de unas élites económicas, capaces de parapetarse por igual, tras la estelada o la rajoigualda, según sus intereses vayan en ello. La Diada del año 2012, suponía el cenit de un proceso histórico, para infinidad de catalanes que veían en su tierra, el nacer de una joven nación. A la vez que fue recibido como una fuerte conmoción, para un viejo reino de trato alejado e inquisitorial con sus territorios. Una corona y un sistema enfermo, que pretende a costa de todo, conservar el control del territorio. El recurso del PP contra el Estatut, sumado a la conjunción de crisis económica y social, propició un caldo de cultivo ideal, para una idea, la de la huída hacia delante, que poco antes suponía poco menos que una quimera para los catalanes. El proceso de ruptura de Cataluña hoy, se trata mucho más, de las crónicas del abandono de un hogar desestructurado, que de las de una feliz y planeada independencia.

Elecciones anticipadas, declaraciones de soberanía, consultas, organismos consultivos e incluso la reedición del pacto Ribbentrop-Mólotov, entre Mas y Junqueras de por medio. Han dado lugar a una sociedad polarizada, adormecida y unida únicamente, en el hartazgo con un proceso estancado en trincheras culturales y políticas de escasa profundidad. En nada se diferencian las tácticas o argumentos de la oligarquía de uno y otro bando. En nada se diferencian, pues su proyecto es el mismo, con un final diferente según el color del bolsillo. No se trata desde Cataluña de reivindicar el camino de una Generalitat de Cataluña, aguerrida con su pueblo ante las dificultades. No se trata tampoco de levantar una vez más los gritos de la anarquía en sus callejones o en sus pueblos, ni del ejemplo de la resistencia y la lucha contra la represión del fascismo y el orgullo de la cultura cuando una lo siente como propia, aunque se la quieran hacer ver extraña. Tampoco se pretende desde España evitar el desastre para Cataluña o los catalanes, no se actúa por responsabilidad institucional o deber de estado. Sino que se hace casi como por inercia, sin reflexión, ni alternativa. Se decide y se impone. Se trata de un juego de previsiones y de cifras, de números y nombres. Se trata de ladrones acusando de ladrones a otros ladrones. Un sin sentido, un trabalenguas de complicada digestión  y escasa recompensa para quién lo encara, pero de vital importancia para quién se empeña en pronunciarlo.

La Cataluña de la burguesía catalana, es la Cataluña de los recortes, la del pago de la deuda. Una sociedad de vida austera, con solemne pomposidad en sus altas esferas. La Cataluña del Porsche y la del ciudadano medio. Un país liberado de su metrópoli, pero no de sus cadenas, en forma de bancos y privatizacionesUna nación maniatada desde su nacimiento, un triste final, para un vacilante principio.

Conozco bien, la impotencia de quién sintiéndose parte de una nación diferente a la española, tiene que compartir su reino. Conozco los desprecios a la lengua, la cultura o la historia de sus ancestros. El pesado yugo de la historia de un país, todavía demasiado atemorizado ante la perdida de su imperio, como para replantear su propia territorialidad. Un complejo de anochecer prematuro, en donde nunca se creyó se pondría el sol.  El desafío independentista a Madrid, supone un nuevo reto, para una democracia joven e inestable. Un sistema con unos partidos más acostumbrados a evocar las pasiones y el sentimiento que la razón o el pacto social. Una política muy diferente a la economía, en donde el estado neoliberal, parece ser el único claro vencedor de uno u otro proyecto. No dudan ni por un instante en Madrid o Barcelona de la clara posibilidad de alcanzar pactos , cuando la verdadera estabilidad vaya en ello.  

Al igual que anteriormente lo supuso el terrorismo de ETA, la amenaza secesionista desde Cataluña, supone una baza política más en un estado con un evidente doble juego. Conocen desde el PP las claras ventajas en términos de rédito electoral que en el conjunto del estado, supone una Cataluña amenazante, enrocada. Una tensión que desde al derecha española vaticinan como molesta, pero ficticia. Un farol a todas luces, demasiado evidente en el seno de la Europa actual. Precisamente en esa inmediatez puede residir la falta de miras del estado español. Suceda lo que suceda el proceso secesionista, el independentismo parece ganar. De llevarse a cabo con éxito, dará como resultado o bien una Cataluña independiente o la palpable sensación de una sociedad, retenida contra su voluntad, en el marco de un estado de probada intransigencia. 

Mientras el día a día de este juego se desarrolla entre acusaciones de quién adoctrina a quién. Madrid y Cataluña, siguen suponiendo dos caras de una misma moneda. Dos estados, naciones o regiones, llámenle cada uno como quieran, como sientan. Dos pueblos, atados a un sistema devorador de culturas, de lenguas, de tradiciones y pasados. Un culto al engaño y a las acciones políticas de falsa bandera, que aprovechan nuestras más profundas pasiones, para incidir en lo que nos diferencia y nos enfrenta, frente a la verdadera unión de necesidad. La independencia de quien ha vendido al mejor postor sus derechos o su tierra, supone a todas cuentas, una independencia amordazada.

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Autor: @SeijoDani

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La pasión turca

“La diferencia entre una democracia y una dictadura consiste en que en la democracia puedes votar antes de obedecer las órdenes.”

Charles Bukowski

No hace demasiado tiempo, mencionar a Recep Tayyip Erdogan, suponía en Occidente, nombrar la esperanza de un islam democrático. Al menos, la de un islam democrático a nuestra imagen y semejanza. Imagen, que nunca nos hemos parado a pensar, pudiese suponer un corsé demasiado apretado, para un cuerpo político y social que por mucho que lo intentemos, no corresponde al nuestro.

La llegada de Erdogan al poder, se produce en el contexto de una Turquía cansada de ser un estado entre dos aguas. Cansada del poder del ejercito y de la secularización, que enmascara la identidad de muchos de sus ciudadanos, bajo un manto de palpable clandestinidad y radicalización. La llegada  al poder de Erdogan, supone una opción ante lo insustancial de la memoria de un imperio que ya no existe, de un pasado glorioso, pero pasado al fin y al cabo. La única alternativa viable para el cambio, en un país en donde tras el golpe de Estado de 1980, la izquierda pareciese haber pasado a ser patrimonio exclusivamente kurdo.

El islamismo de Tayyip Erdogan, se dibujaba en la línea del liberalismo económico y el ferviente anticomunismo. Una concepción política y religiosa, alejada de las versiones más radicales del islam, pero suficiente, para que en la Turquía secular protegida por el ejercito, esto fuese visto como una seria amenaza al orden establecido. Erdogan sufrió en sus propias carnes la persecución política, la muerte de compañeros de partido en atentados diseñados para amedentrarlo e incluso la cárcel, donde pasaría diez meses, tras compartir un poema de carácter islámico. Irónicamente, en una Turquía de signo diferente, también sería la poesía, en este caso un poema crítico con la gestión de Erdogan, la que llevase a la modelo Merve Buyuksarac a prisión.

La historia y una profunda crisis económica, daría en 2002 el poder a Erdogan, gracias a un casi recién fundado, Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP) que contra lo esperado por muchos conseguía una mayoría absoluta para un partido islámico, de corte conservador y centrista en su planteamiento. Pero en definitiva, un partido islámico, se hacía con el poder en un país en el que a su ejercito, nunca le había temblado la mano para disuadir el avance religioso en las instituciones.

La cerrazón del ejercito a la influencia religiosa y las continuas trabas a la participación política, impuestas por los numeroso golpes de estado, había volcado el deseo de cambio de la sociedad civil turca en las cofradías y hermandades islámicas. Esto propicio el caldo de cultivo perfecto, para la difusión de una doctrina que podríamos denominar como “liberalismo islámico” en la que personajes como Fetulá Gülen, ayudaron a crear una élite religiosa, capaz de ocupar numerosos cargos en las instituciones de poder del estado, sintetizando un marcado carácter religioso conservador, con los valores propios de las democracia liberal capitalista. Con su llegada al poder en 2002, los cuadros gülenistas sirvieron a Erdogan, para llevar a cabo una venganza contra el nacionalismo laico, en forma de purgas sistemáticas en la Judicatura, el ejercito o el funcionariado. El juicio del Ergenekon y especialmente la reforma constitucional de 2010, ponían punto y final a la visión del AKP, como un punto de encuentro entre democracia e islam. Gestos como la presencia del idioma kurdo en televisión, el alto el fuego con el PKK o la apertura oficial de negociaciones con la Unión Europea para su futura adhesión, pronto dan paso a la persecución política de la fuerte oposición kurda, la violencia sexual contra las activistas antigubernamentales o el mercadeo de los Derechos Humanos con Europa demasiado encerrada en sí mima, como para poner trabas ala construcción de un nuevo sultanato a sus puertas. Las privatizaciones, los recortes, así como las mayores garantías para  las multinacionales, parecen garantizar a Erdogan la convivencia con Occidente, la sharía y el capital suponen los cimientos de una nueva Turquía.

La reforma del ejercito y la mayor presencia de la religión en el día a día de Turquía, tensaron la cuerda en un país, en donde el uso del velo en las universidades, las restricciones al alcohol, la preponderancia de la religión en los estudios o el crecimiento vertiginoso del número de mezquitas, vinieron acompañados de un crecimiento paralelo de la corrupción y la concentración de poder en el estado. Tayyip Erdogan, se veía cercado por numerosos casos de corrupción que habían llevado a una fuerte reestructuración del Gobierno y que ahora, lo amenazaban directamente. Erdogan había convertido su voz, en mandato. El presidente que había llegado al poder, tras recorrer las calles de su país, se parapetaba de sus propias aspiraciones, tras los muros de su fastuoso palacio en Ankara. Un búnker físico e ideológico, desde el que poder dirigir el cambio de un sistema parlamentario a una república presidencialista, que todo parece indicar, puede suponer tan solo la mera fachada de una dictadura de facto. Cualquier síntoma de disidencia en Turquía, es perseguido y eliminado, desde la revuelta que tomó el parque de Gezi, hasta la oposición parlamentaria, pasando por periodistas o miembros del propio AKP, la discrepancia con las decisiones del sultán turco, se paga cara. EL terrorismo, la guerra interna, el conflicto sirio o el reciente golpe de estado, han sido oportunidades aprovechadas por Erdogan, para hacer política desde el caos.

La censura y las purgas, no pueden ocultar la sensación de un país polarizado. Turquía se ve atrapada en el juego de un sátrapa, obsesionado con recobrar una antigua grandeza que puede sin embargo provocar, la caída en desgracia definitiva de un gobernante y de un estado que no supo ser consciente de sus propios límites. El mismo Erdogan que utilizó a Fethullah Gülen, para  llegar al poder y abandonarlo cuando fue preciso, el que vio en el islam un medio para conseguir el apoyo social necesario para llevar adelante sus reformas institucionales y el trilero que supo hipnotizar a la UE, se encuentra ahora inmerso en una dinámica interna, extremadamente peligrosa de radicalización religiosa y en una situación exterior más débil que nunca, ante un doble juego con la OTAN y Rusia, con Siria de fondo. Comienzan a terminarse los comodines de la baraja del sultán turco, mientras la huída sin retorno del autoritarismo más descarnado, comienza a despejarse como la única opción de autoridad, para un país que en algún momento, quiso recobrar su protagonismo internacional.

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Autor: @SeijoDani

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Yemen, la geopolítica del caos

Pocos saben en donde se encuentra Adén, Lahej o Taiz, del sufrimieno de sus habitantes o del sonido de las bombas cuando la vida vale tan poco que cada cadáver en sus calles, ya no logra ocupar ni tan siquiera una cifra en los informativos de sobremesa en Occidente.

Yemen no se trata de una guerra mediática como las de Siria o Irak, desconocemos en gran medida los rostros de los combatientes que allí se encuentran, y por supuesto, poco o nada sabemos de las causas del sufrimiento que día a día, padece la población civil. Un país pobre en la región de los jeques, del petróleo, de los grandes deportivos y del dinero que puede comprar la moral de Europa en las camisetas de los grandes del fútbol o en las recepciones oficiales. Una mota de pobreza en la región de las petromonarquías, en donde el horror de la guerra ha dejado más de 14 millones de personas sin acceso a atención médica y en donde el 80 % de su población depende de una escasa ayuda humanitaria. Un país, con más de 19 millones de personas sin acceso seguro al agua o a servicios sanitarios y en donde 7,6 millones de personas, padecen inseguridad alimentaria, lo que ha llevado a cerca de 20.000 niños a sufrir condiciones de extrema desnutrición.

Yemen, el país de las niñas novias y el abuso sistemático contra las mujeres, de los grupos sectarios, el trabajo infantil y el analfabetismo. Pero también un país de transito y muchas veces una parada obligada, para muchos de esos emigrantes que atraviesan sus fronteras en busca de las ilusorias oportunidades de un futuro en las dictaduras del Golfo Pérsico. Un país en donde el triunfo de la mal llamada primavera, resultaría más justo que en ningún otro, pero en donde el sonido de las bombas y la represión, parece no molestar a nadie.

A la revuelta pacífica que derrocó a Alí Abdula Saleh, no le siguió la democracia, ni tan siquiera la paz. Egipto, Arabia Saudí, Gran Bretaña, la Unión Soviética…potencias extranjeras que siempre han jugado un papel en el devenir del futuro de los yemeníes y esta vez, pese al glamour del Nobel y las buenas intenciones, nada iba a resultar diferente. El plebiscito del 27 de febrero de 2012, por el que Saleh cedía la presidencia yemení a su número dos, Mansour Hadi, termino por desatar las tensiones en un país regido por el sectarismo y los pactos tribales.

La guerra iniciada por el nuevo presidente contra los rebeldes hutíe y supuestamente, contra Al Qaeda en la Península Arábiga, termino con el presidente abandonando el país, ante la alianza de antiguos sectores en el ejercito partidarios a Saleh y los rebeldes hutíes, en ocasiones la guerra, produce extraños compañeros de cama. Arabia Saudí respondía al avance de los rebeldes hutíes y sus “aliados” con la Operación Tormenta Definitiva, una serie de bombardeos indiscriminados, en los que fábricas, infraestructuras o población civil forman parte indistintamente de una operación igualmente encaminada a frenar la influencia geopolítica del chiismo  en la región, como a destruir cualquier  posible alternativa de futuro, en un país abocado a la partición de su integridad territorial, empujado por una guerra que al igual que las campañas de Irak o Siria, parecen destinadas a que Occidente, pueda dibujar de nuevo las fronteras del mundo, al compás de sus nuevas necesidades económicas y militares.

Asistimos impasibles a la muerte de un estado, al asesinato de las esperanzas en las revueltas populares del pueblo árabe. Asistimos de nuevo a la sin razón del imperialismo económico y a hipocresía de quienes se dicen garantes de la democracia y derechos humanos, al tiempo que mercadean con las armas que combaten a los pueblos que se atreven a reclamarlos.

Yemen, un nido de víboras en donde las democracias pueden armar a los terroristas y en donde la toma de una capital, puede ser tildada de momento histórico o de golpe de estado, según el prisma con el que se mire. Un país, sin verdaderos buenos, ni malos. En donde los matices cobran la importancia de un siglo, en donde las guerras también se libran en gran medida con las palabras.

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Autor: @SeijoDani

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El refugio de la ira

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1. m.Miedo muy intenso.

2. m.Persona o cosa que produce terror.

3. m.Método expeditivo de represión revolucionaria o contrarrevolucionaria.

 

Una vez más, el miedo vuelve a marcar la agenda en el viejo continente, y tras la última serie de ataques en Niza, Munich y Normandía, la población europea vuelve a entrar en una espiral mediaticosocial de psicosis colectiva, que sin duda pone de manifiesto la escasa preparación de la estructura social europea, para asumir la realidad de un mundo que las propias políticas occidentales han ayudado a crear.

Pese a que sin que me lo pueda explicar, resulte socialmente reprochable desde hace algún tiempo hacerlo; personalmente, sigo siendo de esos que cuando ve el dolor de las víctimas de la barbarie en Europa, no puede evitar pensar en los miles de muertos que ese mismo odio, ha producido y sigue produciendo a diario en países como Irak, Siria o Eritrea. No se trata de una búsqueda emprendida con el afán de encontrar justificación o explicación a lo que no puede resultar justificable o explicable de ninguna de las maneras, ni se trata únicamente  de un sentimiento de culpa o vergüenza por lo que mis compatriotas o sus aliados hayan podido aportar a su tragedia. Sino que simplemente se trata de algo más humano, de algo más simple, se trata simplemente de empatía. Empatía hacia personas que sabes que viven a miles de kilómetros y a los que en gran parte de los casos, resultaría mucho más sencillo identificar con los que aquí son los atacantes y no los atacados, bien sea porque rezan a un mismo dios, hablan un mismo idioma o bien tienen un mismo aspecto, cualquier cosa, cualquier detalle en el que nos queramos fijar, por mínimo que  sea en ellos, resultaría totalmente natural para cimentar el odio contra quienes también son oprimidos; por quién hoy en Europa, pero desde hace ya mucho tiempo en sus hogares, continua sembrando el terror en nombre de un dios que desconocen.

Pedimos justicia, pedimos igualdad y libertad para sus países, lloramos a sus muertos en “sentidos” homenajes y pedimos responsabilidad a nuestros políticos por las víctimas civiles fruto de nuestros bombardeos, nos mostramos comprometidos frente a la guerra y contra la injusticia, pero cuando el terror llama a nuestras puertas, simplemente pedimos más controles, mayores requisitos de entrada y en muchos casos simplemente la expulsión de todos los refugiados, como si dejarlos morir en el Mediterráneo resultase mucho más humano que los bombardeos de una coalición.

Resulta ridícula la pretensión occidental, que promoviendo la violencia en el mundo, pretende que en un mundo globalizado, el terror sea lo único que no se expanda através de las fronteras. Puede que resulte ya tarde para evitar al cien por cien el terrorismo en Europa, pero todavía hoy estamos a tiempo de que los hijos e hijas de los ahogados hoy en nuestras costas, no sean los terroristas que siembren de terror nuestras calles mañana.

Asumir de una vez por todas que nuestras política exterior y nuestra supuesta pretensión de salvaguardar la paz, ha llevado al mundo a una de sus horas más oscuras de terror y migraciones forzadas, no se trata de buenismo ni de una estupidez de la izquierda, sino de humanismo y geostrategia, resultaría estúpido a estas alturas no percatarse de que las bombas nunca lograran traer la paz.

 

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Autor: @SeijoDani

 

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Libertad o Barbarie

 

Una de los primeros recuerdos que tengo marcados a fuego en mi memoria en esto del horror, es la imagen de Muhammad al-Durra siendo asesinado ante la mirada impotente de medio mundo y el firme abrazo protector de su padre, justo antes de que un soldado israelí, arrebatase ese bello gesto al mundo para siempre. Fue una imagen que me marcó profundamente, aunque pronto vinieron otras, en la propia Palestina, en Yugoslavia, en Pakistán, en Syria o en Iraq. Pronto comprendí que el mundo no era un lugar seguro en donde ir a clase o a la oficina eran una simple rutina o en donde el sonido de las balas y de la guerra no tenía más significado que el de algún  nuevo juego con el que pasar las tardes hasta un nuevo amanecer. Pronto comprendí que nacer en Europa, significaba un gran privilegio para mi, que lo que yo consideraba derechos fundamentales, en otras partes del mundo eran motivos por los que matar o por los que morir.

Muchas veces resulta necesaria una tragedia de este calibre para que apreciemos de una manera peculiar, de esa manera que tan solo la perdida nos puede otorgar, esa inmensa burbuja en la que nos encontramos aislados como ciudadanos occidentales.

Muy alejada de mi intención el restarle ni un ápice del justo sufrimiento y dolor al pueblo europeo por la ola de atentados que sufrimos en las últimas décadas en Europa. Puesto que sería injusto pedirle a un pueblo que sangra que no alzase su voz al cielo, al igual que sería injusto que tales gritos de dolor y de justicia cayeran en saco roto. Una injusticia que por desgracia nosotros hemos cometido demasiado a menudo cuando los que sangraban eran otros. ¿Quién escucho Muhammad al-Durra o a los mieles de niños asesinados y represaliados por el régimen sionista de Israel? ¿Quién consulto al pueblo de Afganistán o a tantos otros antes de hacerlos participes de un juego de poder e influencia en el que en el mejor de los casos las víctimas solo eran cifras en el telediario para nosotros? Y la respuesta es nadie, nadie se preocupo entonces por ellos, al igual que seguimos sin hacerlo realmente ahora.

Es lógico y normal que nos duelan nuestras víctimas que nos duelan más los golpes en nuestras capitales, pero no podemos permitir que el odio ciegue nuestras respuesta. No podemos seguir cerrando los ojos y dejando en manos del establishment militar la respuesta a nuestros muertos, no debemos volver a confiar en los mercaderes de la muerte para encontrar el camino de la paz.

Odio, rencor, venganza, palabras que resurgen en Europa junto al auge del fanatismo y del miedo y que debemos enfrentar antes de que sea demasiado tarde. El 78% de las víctimas mortales debidas al terrorismo en el último año, se produjeron tan solo en 5 países: Irak, Nigeria, Afganistán, Pakistán y Siria. Países todos ellos del mundo islámico que nos demuestran que necesitan nuestra ayuda, no nuestros misiles. Tras décadas de intervenciones militares y chantajes políticos de todo tipo, Occidente como sociedad, no puede permitirse mirar a cada musulmán como si fuese un potencial terrorista. No podemos permitirnos olvidar nombres como los de Malala Yousafzai o Benazir Bhutto, no podemos olvidarnos del ejemplo en forma de olivos de la resistencia pacífica del pueblo palestino ante la barbarie de Israel. No podemos, ni debemos olvidarnos de que Bruselas, París, Madrid o Londres han sido tan solo pequeñas muestras de lo que para millones de personas supone su día a día.

Decía Nelson Mandela que no existía otro camino que la paz, y lo hacía en el momento que los jóvenes de Soweto cansados de ser masacrados por el gobierno del apartheidtomaban las armas para vengarse. No voy a decir que comprenda a los terroristas, ni que pretenda hacerlo, pero si sé que detrás de cada uno de esos jóvenes que hoy son fanáticos dispuestos a inmolarse en nombre de una religión que en el fondo creo que desconocen, existe una historia y debemos de conocerla. Debemos de buscar el motivo por el que nuestros jóvenes, los hijos de los emigrantes que un día vinieron a Europa en busca de una vida mejor, hoy albergan tanto odio hacia nosotros. Quizás esas respuestas lleven años escondidas, o puede que no tanto en realidad, en guettos como Molenbeek o la cañada de Hidum, en disturbios como los de París en 2005 o en la escasa comprensión que  la sociedad europea tuvo de movimientos como “Ni putas, Ni sumisas” que nos venían avisando de una alarmante falta de integración social y cultural de los hijos de la emigración musulmana.

No podemos, ni debemos asumir socialmente el papel de mártires ante el terrorismo yihadista, al igual que tampoco podemos eludir ni un segundo más nuestra responsabilidad ante un fenómeno que simplemente ahora ha traspasado nuestras fronteras.

“Nadie nace odiando a otra persona por el color de su piel, o su origen, o su religión.”

Nelson Mandela

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Autor: @SeijoDani

 

Recuerda que como parte de la ley de memoria histórica y en recuerdo de la activista medioambiental Berta Cáceres,te agradeceríamos que dedicases un segundo a firmar esta petición para cambiar al recuerdo del fascismo de las calles de A Coruña,por el nombre de la activista medioambiental.

Desde DowJones te agradecemos tu colaboración.

https://www.change.org/p/xulio-ferreiro-calle-berta-c%C3%A1ceres-en-a-coru%C3%B1a

#LibertadSinCargos

Y como si nunca se hubiesen ido;y quizás en este punto resida la clave de toda esta situación,regresan los tiempo grises,los tiempos de las conspiraciones juedeomasonicas,de los policías identificando a ciudadanos sin motivo ni razón y a los tiempos de la censura y el miedo como cortina de humo ante la corrupción y el desgobierno.

Dos jóvenes anarquistas en prisión por una obra de títeres critica con la censura,la manipulación y en definitiva la falta de democracia de la que todavía hoy hace gala una España en la que desgraciadamente siguen sobreviviendo personajes casposos:Jueces,políticos y policías más propios de una producción de Santiago Segura que de la vida pública de un país.Tan solo eso ha sido necesario para lograr sacar de nuestras pantallas el escándalo de la corrupción generalizada en Valencia,la desvergüenza de un PSOE maniatado para formar gobierno por las presiones de la banca y el gran empresariado o la continua utilización partidista del aparato del estado,por parte de un Partido Popular que pese a encontrarse acosado por el pecado de la codicia,siempre parece dispuesto a arrojar la primera piedra con tal de que el aparato desinformativo de los medios españoles,se encarguen de levantar el polvo que permita ocultar sus miserias.

Y así,en plena formación de gobierno,en esta etapa histórica a la que algunos han dado en llamar segunda transición,nos encontramos con una exaltación de lo absurdo y con el trabajo siempre tan tedioso de intentar abrir los ojos para despertar la indignación de un país al que parecen haberle robado incluso la capacidad para sorprenderse o rebelarse ante manipulaciones de semejante calado.

¿Y que decir ante una sentencia tan absurda? En esa España squiza en donde todo lo discordante era ETA,tan solo era cuestión de desdibujar también la aplicación de las leyes para hacer de la crítica más o menos mordaz,una delito por apología del terrorismo.Un aviso a navegantes y una razón más para no callarnos,para no tener miedo,para volver a las calles,a las plazas y a llenar nuestra vida de conciencia social y de una voz crítica que a tenor de los hechos continua siendo el arma más temible para aquellos que temen al pueblo al que dicen gobernar.

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Autor: @SeijoDani

“ETA es ETA.”

Y se ha vuelto a abrir la caja de pandora,por las polémicas declaraciones de Pablo Iglesias acerca de las políticas penitenciarias que promueven la dispersión de los presos etarras en las cárceles de nuestro país.Como siempre que en España se habla de terrorismo,han aparecido los oportunistas y los radicales sin pistola,para tildar al líder de Podemos de proetarra y filonazi por el simple echo de llamar la atención sobre una política que más que castigar a los asesinos,castiga a sus familias.Todos entenderemos que muchas de esas madres que en las largas caravanas se trasladan por todo el país,para una escueta visita a sus hijos,puedan llegar a maldecir a los mismos,a odiarlos.Pero por desgracia,eso no se elige.Les ha tocado la cara menos amarga de una situación trágica de por si.

Nadie en su sano juicio,puede negar que las principales víctimas,son los asesinados y los heridos por los terroristas.Nadie puede negar que sus familiares son quién deben de contar con el apoyo incondicional del estado y el reconocimiento de la sociedad civil por su lucha incesante por la democracia.Debe exigirse el fin de una vez por todas del “algo habrán hecho” y debe de exigirse que se pida perdón desde el mundo abertzale por el soporte que esta a proporcionado a los terroristas.Pero para eso debe de acabarse con la política de venganza,debe de terminarse con el silencio en torno al terrorismo y debe de una vez por todas,abrirse un debate para mostrar a ETA como lo que verdaderamente es y ha sido siempre:una locura terrorista que ha destrozado a muchas familias a lo largo de su historia,incluidas las de los propios terroristas.

Hablar sobre el fin de ETA es hablar sobre leyes penitenciarias,sobre las víctimas y sobre responsabilidades a asumir antes del fin de la barbarie por todos los responsables de la misma.Hablar sobre el fin de ETA,es reconocer que esos que ahora están presos,no son soldados a los que hay que alejar de casa por su peligrosidad,sino pobres diablos a los que la visita de su familia debe recordarles todo lo que han arruinado.Debe recordarles que en su supuesta lucha por Euskadi,ellos han sido el cáncer de esa misma sociedad.

Es de esperar;seamos ingenuos por un momento,que ya nadie puede hacer instrumentalización política del terrorismo y pensar que desde la izquierda se defiende el terrorismo de ETA.Puesto que al condenar el terrorismo,no quiere decir que se cese en la búsqueda de la explicación política al mismo;obviamente tras esta barbarie existen reivindicaciones políticas y eso es algo que ni el más obtuso de los españoles puede negar;pero a todas luces,decir esto no justifica el tiro en la nuca.Es obvio que el terrorismo etarra tenía el objetivo político de la independencia,al igual que resulta obvio que ETA y sus criminales son mafiosos de medio pelo que poco o nada conocen sobre la lucha política y mucho menos sobre la representación de un pueblo como el vasco.

Personalmente uno de los recuerdos más tempranos en mi memoria son las lagrimas por Miguel Ángel Blanco,no entendía siendo muy niño aquella barbarie y sigo sin comprenderla ahora.Pero precisamente por eso,el análisis y el estudio del mal llamado conflicto vasco continua siendo algo indispensable.El silencio,supone sin duda el desprecio más grande para las víctimas.

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Autor: @SeijoDani

Terrorismo machista en una sociedad patriarcal.

Una semana más,una muerte más…una mujer asesinada a manos de su pareja.Un titular en los medios de comunicación como un número más.Como una simple cifra a añadir a la continua sangría que supone en nuestro país;y en la sociedad global,el yugo del patriarcado,el terrorismo machista.

Y conscientemente hablo de terrorismo machista y no de violencia de género,porque aunque los medios y la política nos hayan adoctrinado a centrar nuestra mirada en un cadáver,en una mujer ya fallecida,la pesadilla de esa compañera comienza mucho antes.

Comienza con ese hombre que no ayudar en las tareas comunes con total superioridad,con ese individuo que ve en sus malas contestaciones;en sus gritos,en los platos rotos en el suelo,en el miedo en los ojos de su pareja,una realidad aceptable por el simple hecho de ser un hombre.Que apela para ello a una condición adscrita a su sexo por derecho. La muerte de la mujer maltratada comienza mucho antes de que los servicios sanitarios la separen de la realidad con una fina capa de plástico por encima de su cabeza.Su muerte tiene comienzo con el miedo a denunciar debido al que dirán,al “algo habrá hecho”,a la justicia no podrá protegerme y él seguirá en la calle,va a ser peor.La muerte de la mujer maltratada comienza cuando la sociedad la considera una cifra más,un motivo por el que salir a la calle a protestar,pero no una realidad social a la que poner fin de una vez por todas.

Después de todo las únicas armas que posee una sociedad democrática contra el terrorismo machista,se basan en la educación y la justicia.Una educación basada en la igualdad para evitar la propagación del patriarcado en las nuevas generaciones y una justicia real.Una justicia que considere al maltratador como un terrorista,un agresor contra un amplio sector de nuestra comunidad,contra todo el conjunto social y no contra un individuo o una mujer en particular.

cc

Autor: @SeijoDani