Yihad contra el independentismo

Pasados ya los homenajes, las visitas reales a los heridos; con su consiguiente séquito de fotoreporteros presente, las primeras explicaciones y el estupor que siempre causa la barbarie terrorista, el duelo a garrotazos en el que suele basarse la lucha política (muy a menudo fratricida en nuestro país) no ha tardado en hacer su aparición para recordarnos la vileza del poder y la futilidad de la sangre de los inocentes.  Atrás quedan las grandes loas a los Mossos d’Esquadrala supuesta unidad política ante la adversidad o la ejemplaridad del modelo español en lucha contra el terrorismo. Ni un mes ha tardado la agenda política en anteponer sus intereses inmediatos a la reflexión sosegada y al respeto a la memoria de las víctimas. Nos querrán contar que este duelo entre posiciones enfrentadas que lo enfanga todo a uno y otro lado de la frontera entre Cataluña y España, nada tiene que ver con el análisis de lo sucedido, nos dirán que es parte de la investigación rutinaria, de la reflexión periodística y que la mejor manera de evitar que algo así vuelva a suceder, es encontrar las fisuras en los protocolos de actuación contra el terrorismo. Y nosotros lo creeremos, lo creeremos no porque nos convenzan sus argumentos, sino porque de no hacerlo, tan solo nos quedaría comenzar a pensar en que alguien está haciendo un uso político del atentado en Barcelona, para condicionar un proceso social y político.

Todos podemos recordar, a poco que nos esforcemos, las primeras noticias sobre los atentados en Cataluña, la heroica actuación ciudadana socorriendo a los heridos en La Rambla, la rápida intervención policial en Cambrils evitando un nuevo atentado o la psicosis informativa del terrorista (o terroristas) huido, la información bullía rápidamente por los medios y las redes sociales, haciendo del titular y el desmentido uno. Ataques en otras partes de la ciudad, avisos de bomba y operativos policiales e informaciones de inteligencia grabados y difundidos como carnaza para la publicidad o los retuits. Las primeras jornadas tras el primer gran atentado de la era digital en nuestro territorio dejaban tras de sí la sensación de una sociedad escasamente reflexiva, acostumbrada a comprimir la realidad en 140 caracteres y a no cuestionarse por norma nada, simplemente dispuesta creer, difundir y multiplicar. Nadie parecía preguntarse en esos primeros días como resultaba posible que la explosión en la casa de Alcanar no llamase especialmente en su momento la atención de los diversos cuerpos de seguridad, que había pasado durante la huída de Younes Abouyaaqoub o como era posible que el imán Abdelbaki Es Satty pudiese actuar en Ripoll pese a su clara hoja de antecedentes. Nadie se preguntaba nada entonces, y no lo han hecho hasta que finalmente les han dicho que era el momento de hacerse preguntas.

La aparición de una nota de los servicios de inteligencia de Estados Unidos al Centro de Inteligencia contra el Terrorismo y el Crimen Organizado (CITCO), en la que supuestamente se confirma el aviso remitido a los Mossos d’Esquadra el 25 de mayo sobre el riesgo de atentado en la Rambla y otros lugares turísticos de Barcelona, vuelve a verter gasolina a un circo mediático y político que parecía haber vivido su momento culmen con el ignominioso guirigay acerca de la necesidad de instalar bolardos de protección en los espacios públicos, pero ahora desgraciadamente, renace con más fuerza si cabe para proporcionar una pobre munición a quienes desde la Moncloa o desde el Govern están dispuestos a hacer uso de cualquier medio para enarbolar lo que ellos consideran “su inmaculado patriotismo”. La línea que separa la miseria moral y el ridículo más absoluto, de la búsqueda de información, se torna demasiado fina en estos días en donde filtraciones periodísticas y tramas políticas pueden llegar a confundirse con demasiada facilidad. No debiese por tanto olvidar en toda esta polémica el periodista, ni el ciudadano, su capacidad para contextualizar la información.

El texto remitido por los servicios de inteligencia de Estados Unidos se refiere a “información sin concretar de veracidad desconocida” sobre “atentados terroristas sin especificar”, una información remitida tanto a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad españoles como catalanes, que el Gobierno catalán y el máximo responsable de los Mossos d’Esquadra han admitido (no sin incomprensibles vacilaciones previas) descartarón, conjuntamente con el Ministerior del Interior, por no considerarlo fiable. Mientras tanto el Gobierno, mediante su portavoz Iñigo Méndez de Vigo, ha rehusado hacer comentarios sobre los operativos policiales relativos al atentado en Barcelona “El Gobierno no va a hacer ninguna declaración ni comentario sobre cuestiones operativas”, un relativo silencio que sin embargo no ha impedido a Moncloa exigir responsabilidades al presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, acerca de las vacilaciones de la Generalitat a la hora de admitir el aviso recibido el 25 de mayo.

Mientas el Ejecutivo asegura simplemente poner el foco en si el Gobierno catalán ha dicho o no la verdad respecto a lo sucedido, el baile de informaciones, las barrabasadas tuiteras o las disputas a golpe de editorial, enfangan una vez más, uno de los peores atentados de la historia de España. De nuevo, los intereses de propios y extraños se anteponen a la verdad, una verdad que pasa simplemente porque el responsable de Interior, Juan Ignacio Zoido, acuda al Congreso a dar explicaciones acerca de la importancia operativa del comunicado de ese 25 de mayo. Debemos recordar que el Departamento de Estado norteamericano ya el 1 de mayo de 2017, emitía una alerta de viaje (que permanecería en vigor hasta el 1 de septiembre de este año) por el riesgo de atentados terroristas para los ciudadanos estadounidenses que viajasen a Europa. Una alerta que no estaba relacionada con ninguna amenaza concreta, pero que sí advertía de la capacidad del Estado Islámico y Al Qaeda para planificar y ejecutar atentados terroristas en nuestro continente, haciendo uso de “varias tácticas, incluidas las armas de fuego, explosivos, el uso de vehículos para embestir a la multitud y armas afiladas que son difíciles de detectar antes de un ataque”, entre los posibles objetivos de estos ataques se especificaba el riesgo de atentados en centros comerciales, instalaciones estatales, hoteles, clubes, restaurantes, lugares de culto, parques y aeropuertos. ¿Acaso debería haber blindado Europa su territorio por una amenaza real pero no específica? ¿Hubiésemos hablado de irresponsabilidad o falta de criterio de las autoridades por no haber podido evitar un atentado en alguna de las instalaciones europeas que en dicho comunicado se especificaban? No lo creo, los avisos genéricos como este simplemente buscan “fortalecer las defensas contra posibles amenazas” y extremar las precauciones de los ciudadanos y las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad, pero desengañémonos, el riesgo cero de atentados terroristas no existe, y no debemos predicar un estado policial o una ciudad blindada en la búsqueda de semejante quimera.

No seré yo quien critique las publicaciones de El Periódico, ni quien acuse a las diferentes instituciones españolas o catalanas de utilizar un atentado terrorista para continuar cavando en las trincheras previas al referéndum del 1 octubre, no puedo hacerlo sin recordar la ineptitud política de nuestro país, quizás toda esta polémica sea solo eso y no pura mezquindad, mejor creer en ello. Mientras tanto, el show debe continuar olvidando entre los focos el pacto de PP, PSOE y Ciudadanos para mantener los niveles de secreto en las relaciones militares con Arabia Saudí, el aumento de las mezquitas radicales en nuestro país, el desbordamiento de las cloacas de Interior, la peor cara de los Mossos y tantas cosas por las que ahora, todavía parece no es hora de preguntar.

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No lo han comprendido

No lo han comprendido, esos jóvenes terroristas; los shaid, aquellos que dicen entregar su vida por un dios de odio inexistente, una construcción de la geopolítica, la cotización internacional del dólar y los deportivos de alta gama en garajes de una clase social muy ajena a la suya. Meros peones de un juego terrenal y grotescamente cruel como para llegar a ser obra de un Dios que pudiese amar a sus fieles. Se trata tan solo de un paso más en una vida que a nadie importa, un último movimiento para mantener a salvo al rey en esta partida.

Sin duda te habrán dicho que eres un mártir en nombre del islam, un elegido de Dios al que su bendición le acompañará más allá de la muerte, hasta el paraíso. Pero siento decirte que te han engañado, ellos son incapaces de hablar en nombre de ningún Dios y tú simplemente te encaminas hacia la muerte arrastrando contigo al mayor número de personas posible. Tu crimen, lo quieras o no, implicará a toda la comunidad musulmana, te odiarán por ello y llegaran a despreciarte, tenlo por seguro ¿Acaso que podrían sentir por quién ha sembrado sobre su umma la sombra de la sospecha? ¿Por quién ha manchado el nombre de Dios con la vanidad de su fanatismo? Has contribuido a transformar su fe a ojos del mundo en violencia y terror. Ellos también llevan en su memoria el peso de Irak, Chechenia, Afganistán, Siria o Palestina, pero cada segundo de su vida lo han dedicado a lo construcción de un mundo nuevo, ese mismo mundo que tu ahora te empeñas en destruir con la lógica opresora del invasor extranjero.  No hay sitio en el Corán para los hijos de Satán, ni para quienes se empeñan en segar vidas en lugar de sembrar paz.   Modernos “conquistadores del negro kalifato” que se empeñan en rememorar la grandeza pasada de Bagdad, Damasco, Córdoba o Toledo, mientras parecen dispuestos a olvidar las propias palabras del Corán, versículo 93 de la sura 4:

“Y quien mate a un creyente premeditadamente tendrá la gehena como retribución, eternamente. Dios se irritará con él, le maldecirá y le preparará un castigo terrible”

No nos engañemos más, ningún dios ha construido su reino con el mercadeo de petróleo, el tráfico de mujeres y armas o a bordo de un Toyota, por desgracia para todos, vuestra “revolución” suena demasiado a Hollywood, particularmente a una de esas malas películas patrocinadas por la CIA con las que intentar lavarle la cabeza a los futuros mártires de su propia nación, al fin y al cabo, el “rey” debe permanecer intacto por encima de todo en este juego. Sura 13, versículo 11:

“Dios no cambiará la condición de un pueblo mientras éste no cambie lo que en sí tiene”

Después de todo, no sois los primeros en traer la guerra santa a esta tierra, “cruzada” o “guerra de liberación” le llamaron quienes entonces en el nombre de un dios; quién sabe si muy distinto o demasiado similar al vuestro, se dispusieron a arrebatarle la vida a miles de personas a golpe de fuego y fusil. Las violaciones, los paseillos, los campos de concentración o las décadas de desaparecidos en nuestra tierra, todo se justificó y se justifica todavía hoy en nombre de nuestros propios falsos profetas. Prelados y militares enviados por el dios de la guerra a reclamar su botín de sangre y duelo a nuestro país. La Guerra de España, 1936–1939, página 261:

“La guerra civil era un conflicto entre] España y la anti-España, la religión y el ateísmo, la civilización cristiana y la barbarie.”

Cardenal Isidro Gomáarzobispo de Toledo y primado de España

No comprendieron nada entonces y tampoco lo comprenden ahora, fascistas acusando a toda una comunidad religiosa de terroristas y asesinos, mientras se empeñan por mantener los monumentos a sus mártires por dios y por España. Garrapatas del odio y la ignorancia que escondidos tras una pantalla o su grupo de matones, intentan cargar sobre toda una comunidad el peso del odio y la barbarie fruto de los actos de una célula terrorista. No lo permitiremos, no permitiremos que ni sus actos, ni los vuestros, levanten muros en barrios en donde cada mañana uno se levanta para intentar lograr un futuro mejor pese a la desigualdad galopante, el paro, la decadencia de la sanidad y la educación pública, la violencia en las calles, las drogas, el radicalismo y una sociedad que cada vez más busca únicamente el placer a través del consumo. Todo ello una dura jornada tras otra en un ciclo sin fin, en el que cada noche uno simplemente agradece a Dios por los suyos, por seguir vivo. Al-lāh, Yahveh, Brahmā, Buda…, diferentes nombres para unas mismas esperanzas, amenazadas por quienes ven en nuestra división su principal billete al paraíso.

El desafío independentista en Cataluña, la eficacia de los bolardos, la coordinación entre cuerpos policiales o las declaraciones de algún alcalde o sacerdote iluminado en esta triste tierra que llamamos España, todo ello nos servirá para eludir la raíz del problema: su rey, nuestro rey, wahabitas  y capitalistas, dos nombres muy diferentes para denominar a una misma pieza del tablero. El cenit de nuestra opresión, el dolor de nuestros muertos, ellos seguirán negociando con el peso de nuestras vidas sus contratos armamentísticos, continuaran intercambiando mártires por petróleo, mientras el juego continua en Siria, Yemen, Paris, Londres o Barcelona, después de todo, el rey debe permanecer intacto.

No lo han comprendido pero tampoco lo lograrán hacer. No lo han comprendido quienes culpan a los musulmanes de la barbarie terrorista, ni quienes ven en la inmolación de sus vidas una puerta a la gloria eterna. No lo entenderán tampoco aquellos que cuentan los segundos para vincular el independentismo con las víctimas de un cruel atentado, no han logrado comprenderlo y lo peor de todo, es que tampoco quieren hacerlo. Exprimirán la rabia y el dolor de los muertos hasta que puedan encontrar nuevos chivos expiatorios, nuevas masacres y nuevos actos que continúen manteniendo al rey a salvo en el devenir de este cruel tablero.

¿Es el hombre sólo un fallo de Dios, o Dios sólo un fallo del hombre?

Friedrich Nietzsche 

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Terror en Barcelona ¿Que haces grabando?

“Después de echar un vistazo a este planeta, un visitante de otro mundo diría: quiero ver al manager.”

William Burroughs

“La represalia contra el terrorismo no trae la paz. Hay un atacante suicida, una represalia y luego una contra-represalias. Y simplemente sigue y sigue.”

Desmond Tutu

 

De nuevo el horror del terrorismo golpea las calles de una ciudad y con bastante indolencia, la barbarie de quienes solamente viven para la muerte vuelve a sembrar de gritos, lagrimas y sangre las calles de Barcelona. Aunque también podría haber sido el turno para Londres, Paris, Damasco o Adén. La sin razón del terrorismo se ha convertido para nosotros en una larga sombra sobre nuestro día a día, una amenaza mucho menos real que un accidente de tráfico, un ahogamiento o una dieta desequilibrada para nuestras vidas, pero al fin y al cabo una amenaza incomprensible y real a partes iguales. Desconocemos sus motivaciones, la tortuosa existencia de sus pueblos y la razón primigenia de su odio, no sabemos nada de lo que puede llevar a un joven europeo o a un emigrante que convive en nuestro suelo a querer sembrar de muerte nuestro país. Nos mostramos totalmente incapaces de rastrear su realidad tras las alambradas de nuestras fronteras, las barriadas de nuestras ciudades y las políticas de nuestros gobiernos.

Es precisamente en ese punto en donde hemos comenzado a perder la verdadera guerra contra el terror, en el preciso instante en el que la foto de un niño que huía de la guerra en su país ahogado frente a nuestras costas se convierte en un mero eslogan,  cuando las operaciones militares de castigo son jaleadas en la prensa y los civiles muertos en lejanos países son considerados simplemente como daños colaterales, cuando tras el NO A LA GUERRA hemos pasado a apostar por las armas como solución para “democratizar” una vez más Libia, Venezuela o Corea del Norte. En ese preciso instante en el que una bandera en nuestro muro de Facebook se ha convertido en nuestra forma de concienciarnos ante el dolor del mundo, el terror y el fanatismo ha comenzado a ganar la batalla.

No sabemos nada de las causas y posibles consecuencias de la guerra en Siria o en Yemen, nos importa bien poco si las armas fabricadas en nuestro país son usadas para asesinar inocentes o si los petrodólares que han financiado a Daesh son los mismos que han hecho posible ese gran fichaje para nuestro equipo. Nos tragamos la propaganda contra quienes exportan únicamente médicos como Cuba y sonreímos alegremente cuando príncipes millonarios sauditas veranean ostentosamente en Marbella y se reúnen con nuestros monarcas mientras el wahabismo que exportan hace surgir la semilla del próximo atentado. Somos una sociedad incapaz de hilar acontecimientos, adoctrinada el la respuesta fácil, en lo aparentemente es obvio y el pensamiento guiado. No entendemos que nuestro dolor y el de pueblos muy lejanos quizás tenga un origen común, y que pese a las finas capas de seda que el sistema intenta interponer entre nosotros y la realidad, el llanto de una madre en Barcelona o en Bagdad suena siempre igual de trágico.

Reconozco ser incapaz de comprender como nos hemos vuelto tan ajenos al dolor en el mundo, como nos seguimos escandalizando con el recuerdo de Vietnam, pero nos mostramos indiferentes ante Siria, como donamos parte de nuestros recursos a ONG’s pero no hacemos nada ante la guerra y el expolio de los pueblos;  quizás, simplemente estemos demasiado inmersos en nuestra propia lucha diaria frente a la precaridad y la supervivencia en lo que se ha transformado en un entorno hostil para el ciudadano, como para buscar las causas más allá de ese último acto de barbarie que nos golpea en lo que es nuestra propia realidad. Nos hemos acostumbrado relativamente fácil a ser una sociedad insensible ante el dolor y lo atroz, en donde los muertos (entre ellos niños) son capturados en nuestros teléfonos móviles, transformados en imagen y retuiteados una y otra vez hasta tener también su repercusión en los grandes medios, la muerte vende, la guerra vende, no es algo nuevo, pero sí lo es que se las haya vaciado totalmente de mensaje.

En ningún caso pretendo confundir la vileza de quienes son capaces de arrebatar una vida con la falta de humanidad de quién es capaz de pasear con su teléfono entre los muertos pensando en la posible repercusión de esas imágenes. Tan solo me permito reflexionar acerca de la perdida de valor de las muertes en Siria o en Barcelona y de como quizás eso, haya ayudado a traer a nuestras calles la barbarie de realidades no tan lejanas pese al hermetismo de nuestras fronteras.

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Miguel Ángel Blanco, la memoria secuestrada

Se cumplen ya dos décadas desde que tres miembros del comando Donosti secuestraran al concejal del Partido Popular en Ermua, Miguel Ángel Blanco. Dos décadas del ultimátum de los terroristas, el rostro del miedo reflejado en sus familiares y aquel tenso silencio intrínseco en la cuenta atrás de quien espera la muerte. Un silencio tan solo roto por dos disparos que tras una lenta agonía, teminaron finalmente con la vida de Miguel Ángel y cambiaron  el signo del miedo frente al terrorismo en nuestro país para siempre.

En realidad la sangre derramada por aquel joven concejal de Ermua sobre el campo de Lasarte, en nada se diferenciaba de la de tantos otros que antes habían perdido su vida fruto de la barbarie y la sin razón terrorista en nuestro país. Quizás, ese fuese el motivo por el que la perdida de Miguel Ángel Blanco, logró empapar de rabia e impotencia a una sociedad ya demasiado harta del sabor a muerte en su día a día, una sociedad que todavía permanecería durante mucho tiempo temerosa ante el las armas de los terroristas, pero que desde ese preciso instante, nunca más dejaría que el miedo la atenazase, evitando que pudiese pronunciar tras cada nuevo asesinato, un grito unánime: ¡BASTA YA!.

La muerte de Miguel Ángel Blanco supuso para el País Vasco y también para España, un antes y un después en la actitud frente a ETA. Los disparos que le arrebataron la vida, le arrebataron también las máscaras a una sociedad que hasta ese momento permanecía sin rostro frente a los terroristas, políticos, policías, periodistas, pero también vecinos y vecinas anónimos de cada pueblo de Euskadi, salieron por primera vez a la calle de ese día de forma masiva para mostrar su repulsa frente al terrorismo de ETA. Fueron entones los rostros de los asesinos, los que desde ese momento tuvieron que permanecer ocultos para siempre, tras unas capuchas blancas que no pudieron ocultar nunca más el rastro de sangre en sus palabras.

Décadas después de su asesinato y mientras los verdugos se pudren en la cárcel o en el infierno, la negativa de la alcaldesa de Madrid; Manuel Carmena, a poner una pancarta conmemorativa en la fachada del Ayuntamiento, ha conseguido que una vez más, el nombre de Miguel Ángel Blanco se vea envuelto en la sin razón argumentativa disfrazada de política. El tacticismo político y el revanchismo partidista, sumado a la torpeza de quienes desde el ayuntamiento madrileño no han sabido trasladar sus motivaciones, han logrado contra todo pronóstico en tiempos de paz, desdibujar un digno homenaje a una víctima de ETA como tantas otras.

Quienes durante años, desde las instituciones, han propiciado con su silencio y sus votos que las víctimas de la represión franquista sigan compartiendo su olvido con el descarado ensalzamiento a su asesino y cuyos cargos políticos se atrevieron a vilipendiar a sus familiares, hoy pretenden ante la opinión pública, convertirse en adalides de las buenas maneras para  hacer de un posible fallo en las formas políticas de la alcaldesa, un delirante caso de convivencia con los terroristas. Pudiese uno tildar sin riesgo a equivocarse, de abyecto e inmoral a quien desde la militancia en la  misma formación política por la que Miguel Ángel Blanco dio la vida, hoy se atreve a intentar dibujar una sonrisa en la cara de los terroristas, resucitando la división y el uso partidista de las víctimas que siempre buscaron sus asesinos. Quizás, no se equivoco la alcaldesa, cuando pretendió evitar personalizar el dolor, puesto que desgraciadamente para nuestro país, solo así parece evitarse la apropiación del mismo.

Inexplicablemente, Pablo Casado, Mayor Oreja, Cristina Cifuentes e incluso la propia Marimar Blanco, se han sumado en las últimas horas, a la horada de insultos e insinuaciones que sin atender al debate democrático, han pretendido entre deleznables titulares de prensa y desesperadas ofensivas políticas, vincular a la alcaldesa de Madrid con un supuesto desprecio a las víctimas o lo que es todavía peor, un apoyo directo a los terroristas. La misma Manuela Carmena, que en Atocha salvo la vida por mera casualidad durante el atentado al bufete laboralista a manso de pistoleros de la ultraderecha española, vive hoy inmersa en la delirante pseudorealidad de quienes en pleno homenaje a un político asesinado por las armas de los terroristas, sacan a relucir sin pudor alguno el devenir político de Venezuela, el proceso soberanista catalán o cualquier otro asunto que pueda llegar a importunarles a la hora de alcanzar sus objetivos políticos, para en un ejercicio de cinismo ilimitado, pretender imponer la lógica de todo lo que nos molesta es ETA.

Sin que pueda evitarlo, recurre una vez más el PP en su estrategia política, al argumentario tan insertado en su ADN del todo es ETA. Quienes en más de una ocasión se atrevieron a menospreciar a víctimas del terrorismo como Pilar Manjón, hoy pretenden manipular la realidad para tildar de etarra o radical a todo aquel que quiera recordar a las víctimas de una manera diferente a la establecida durante los años de la barbarie. Haría bien el Partido Popular en recordar su desmemoria con los represaliados durante la dictadura franquista, su indigna gestión y manipulación informativa durante el 11M o las continuas zancadillas al ejecutivo de José Luis Rodríguez Zapatero, durante el proceso de negociación que puso fin a la actividad asesina de la organización terrorista ETA. Podría incluso el partido de Mariano Rajoy volver la vista hacia su propio partido, para encontrar en sus propias filas el más profundo desprecio a la memoria de Miguel Ángel.

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Euskadi, los huevos de la serpiente

José Pardines Arcay, Jorge Juan García Carneiro, José Lasa Arostigui, José Ignacio Zabala, Javier Pérez Arenaza, Miriam Barrera Alcaraz, José Ramón Domínguez Burillo, María Doleres González Catarain, Luis Isasa Lasa, Jesús María Basáñez, Miguel Ángel Blanco Garrido, Silvia Martínez Santiago, Xabier Galdeano, Lucía Urigoitia, José Ramón Goikoetxea Galparsoro, Josu Muguruza, Miguel Isaías Carrasco Arnaldo Otegi Mondragon.

2472 atentados después y tras derramar la sangre de 849 víctimas mortales, los nombres de Jean-Serge Nérin, Carlos Sáenz de Tejada y Diego Salvá, se convertían finalmente en últimos en sumarse a la memoria de la sin razón de la barbarie terrorista de ETA en nuestro país. 829 víctimas, no menos de 4.000 presos torturados en las cárceles (donde muchos perderían su vida) y todavía hoy, 373 reclusos de la banda terrorista repartidos en 45 cárceles de todo el estado español, nombres y números para intentar esbozar el retrato de una guerra abierta entre dos posiciones encontradas. Nombres que esconden sangre, horror y la más pura sinrazón del ser humano, y una amenaza, la de las armas, que durante medio siglo acompañó a tantos y tantas que pese a todo, decidieron alzar su voz contra quienes anhelaban la imposición de una visión única de la política vasca. Muchos pagaron con su vida tal atrevimiento. Fernando Múgica, Enrique Casas, Ernest Lluch, Miguel Ángel Blanco… diferentes visiones de la sociedad vasca, diferentes caracteres políticos y sentimientos hacia su tierra, pero todos ellos unidos por el silencio previo al clic de la pistola de un terrorista o la bomba lapa debajo de sus coches que arrebataría sus vidas e ilusiones para siempre a la sociedad de su país. Una sociedad durante mucho tiempo demasiado acostumbrada al sonido de las explosiones, los llantos y las sirenas, un pueblo con miedo, preso de sus propios deseos y temores, que terminaron por esconderse tras los sentimientos de venganza de quienes lo habían perdido todo tras un atentado o el terror amenazante de quienes se acostumbraron a ver en los encapuchados su única vía de representación política.

Nació así en Euskadi una nueva cultura del miedo y del terror, una legitimación por parte de ciertos sectores de la sociedad de la fuerza como única interpelación válida ante el adversario político y con ello, nacieron también en Euskadi las heridas que ahora tanto tardarán en cicatrizar. Entre el dolor y la barbarie, se esconde el trasfondo de un conflicto que ha perdurado en nuestro territorio como uno de los más sangrientos enfrentamientos políticos de nuestra era moderna, y que pese al anuncio de la banda terrorista en 2011 del cese definitivo de la actividad armada, en un comunicado de apenas dos minutos y medio de duración, el último conflicto armado de Europa, permanece hoy todavía latente en el día a día de los vascos y vascas, especialmente cuando en Euskadi se habla de política.

La distorsión de la violencia, terminó alcanzando a una política vasca infectada por un germen, el de la venganza, que cinco años después impide encarar con normalidad un proceso de reconciliación social que en condiciones normales hace ya tiempo debiese haber contado con el apoyo directo e incondicional de los gobiernos español y francés, sin embargo, se da en el conflicto vasco una situación particular, en donde una organización terrorista dispuesta a entregar sus armas para escenificar un fin de la violencia al que le han empujado los operativos policiales y la propia realidad político-social de su entorno, no encuentra interlocutor en el otro lado. Ni los gobiernos español y francés, ni la propia Europa, ni los miembros de la comunidad internacional, parecen dispuestos a primar el fin de la violencia en España, por encima de los propios equilibrios políticos inherentes en las relaciones entre políticos y  estados.

Se continúan todavía hoy desde el estado español negando realidades sociales como Bateragune o judiciales como el caso Txapartegi, al tiempo que desde las instituciones se profundiza en la venganza como método de justicia para mantener políticas penitenciarias carentes de cualquier cobertura legal, políticas como la dispersión de presos, método este que no solo castiga a los terroristas sino a su entorno familiar y social, además del continuo uso de artificios legales para lograr privar a los presos etarras de los principios tendentes a la unificación del derecho en la Unión Europea que les permitiría en ciertos casos, acceder a la rebaja de condenas al ver descontados los períodos cumplidos en prisión en otros países pertenecientes ala Unión Europea. El gobierno español hace muestra de una clara intransigencia poco comprensible para quien se encuentra ante la posibilidad histórica de soterrar definitivamente la violencia como método político en Euskadi.

De nuevo, los mecanismos del estado de derecho se fuerzan y se retuercen para buscar la sanción en lugar del entendimiento, seis años después del cese del ruido de las armas, el silencio y los sentimientos de venganza soterrada durante tantos años continúan dificultando la vuelta a la normalidad de una sociedad ya demasiado acostumbrada al silencio. Resulta necesario hoy en Euskadi que las diferentes realidades enfrentadas durante tanto tiempo en una lucha armada, comiencen a ver en las concesiones al adversario no una cesión ante el enemigo, sino una oportunidad para una sociedad en su conjunto y a sus deseos de paz.

Durante seis años de encarcelamiento, Arnaldo Otegui simbolizó para ciertos sectores de Euskadi, militantes de la izquierda abertzale, un símbolo de su propia voz encerrada en una prisión española. Mientras se multiplicaban los casos y las causas para mantenerlo en prisión, se ha podido comprobar, como el camino que un día iniciaron ciertos dirigentes de la izquierda abertzale, un camino hacia la paz arriesgado y valiente frente a sus propios demonios, parece ya inalterable. Un camino que como el propio líder abertzale reconocía, se hacía tarde y en un lento y doloroso proceso que comenzó en la inconsciencia que en aquel momento tenían en el entorno de la banda terrorista acerca del dolor que sus actos provocaban en la sociedad vasca y el verdadero alcance de las heridas abiertas por estos. Solo atendiendo a esas declaraciones, uno podría entender la profunda brecha que ETA llegó a provocar en la propia sociedad de Euskadi y España. Una brecha todavía abierta en las heridas de las víctimas y los familiares de las mismas, que continúan esperando un punto y final claro a tanto dolor y sufrimiento. En palabras de Sara Buesa, víctima de la banda terrorista, alguien debe dar respuesta a la pregunta de si ha tenido sentido en algún momento la lucha armada en el País Vasco.

Pareciese que a diferencia de el Ulster o Colombia, España todavía no está preparada para encarar definitivamente la paz. El fin del terrorismo y de la barbarie en “Euskal Herria” no supone el final del conflicto vasco, sino tan sólo un cambio de escenario, un proceso en donde la voz del independentismo no ha desaparecido en la sociedad con el ruido de las armas, sino que se ha transformado en lo que nunca debió dejar de ser: una confrontación ideológica en donde la única voz válida es la del pueblo libre, un pueblo que todavía hoy ve como la represión y la violencia son rutina en sus calles, como el peso de la violencia sigue presente en su día a día, sin que policía, política, justicia y la propia sociedad, sepan muy bien como desenmarañar una situación en la que todos los bandos se han acostumbrado a jugar sucio.

Hacer la paz, he encontrado, es mucho más difícil que hacer la guerra.

Gerry Adams

Estas decisiones serán de gran alcance y difíciles. Pero nunca faltó coraje en el pasado. Coraje que se necesita ahora para el futuro.

Gerry Adams

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La quinta columna del Yihadismo

De nuevo el horror, los gritos incesantes, el pánico, los llantos, la sangre. Enseguida el ruido lejano de las sirenas, nombres lanzados al aire con desesperación entre un constante grito sordo que parece como llegar de otro mundo, desde otras fronteras, mucho más allá del puente de Westminster o del propio Londres. De pronto un horror global capaz de imponer su tortura e inducir el pánico en un campo de desplazados en Nigeria, arrasar Damasco o golpear Alepo, hace su aparición en Londres sin que el color de nuestra piel, nuestras creencias o las afiliaciones políticas, parezcan importar cuando la sangre de personas inocentes comienza a derramarse a escasos metros pero todavía a una distancia insalvable de la Square Mile, el Número 10 de Downing Street o el Palacio de Buckingham. Allí estas muertes tardaran unos días en cobrar su sentido en forma de nuevos bombardeos, acalorados debates políticos o condolencias cargadas de medias verdades, silencios demasiado sonoros y palabras huecas como única forma oficial de consuelo.

En la acera, el sin sentido de más muertes. Entre ellas la de Aysha Frade, una profesora de 43 años de origen gallego, concretamente de Betanzos, a apenas cuatro kilómetros desde donde ahora escribo. Una conexión anecdótica quizás, pero lo suficientemente directa para que su muerte me haga pensar un poco más,  para que me resulte sencillo empatizar sin dificultades con el dolor de su familia e imaginarme las circunstancias que pudieron rodear a su muerte, seguramente un día normal para ella, camino del trabajo, una cita o de la universidad, un coche a toda velocidad, el caos y en un instante el miedo.

El miedo es un arma poderosa, mucho más que un coche, un cinturón bomba o un kalashnikov, el miedo puede enquistarse y perdurar en tu mente, en una sociedad o incluso en todo un continente, haciendo que se levanten nuevos muros de odio y segregación entre nosotros y ellos. Unos muros que son realmente lo único capaz dar sentido a esas muertes para quienes las cometen. Ningún Dios, ni ninguna bandera, pueden provocar mayor fanatismo que aquel que se cría y se reproduce en la miseria oculta al otro lado del muro. Barreras y concertinas que demasiadas veces se trasladan a nuestros barrios en forma de violencia policial, marginalidad, aislacionismo y una sensación de desarraigo cultural, propia de quienes generación tras generación han visto como se les negaba un hogar a ambos lados de la frontera.

No me malinterpreten, no pretendo justificar el yihadismo o decir algo así como que en Occidente nos lo tenemos merecido por todo el dolor acumulado por los pueblos oprimidos del mundo. No creo que funcionen así la cosas, al menos no deberían hacerlo. Pero sí creo firmemente en que los enemigos ya se encontraban dentro de nuestras fronteras antes de que comenzase todo esto. Cuando Osama bin Laden era un luchador anticomunista, las madrasas de Pakistán patentaban por primera vez el modelo de radicalización que arrasaría medio mundo y Yugoslavia sufría por primera vez un ataque destinado a desintegrar a una sociedad que jamás volvería a recuperarse tras aquella guerra. La brutalidad de la  Operación Fuerza Aliada, traslado a Yugoslavia el horror que había reinado en AfganistánNiños más familiarizados con el sonido de los cazas que con la alegría propia de un patio de colegio, tropas extranjeras, matanzas, guerra santa… Cuando las escuelas se vacían el fanatismo hace acto de presencia. Mucho después de que la OTAN o el ejercito Estadounidense haya abandonado el lugar a su suerte, tras el proceso de pacificación, cuando las cicatrices de la guerra solo pueden curarse con un cerrazón sobre las propias creencias, y la búsqueda de un sentido mayor a tanto sufrimiento. Es entonces cuando desaparece la lógica de las víctimas inocentes, entre campos de refugiados, barrios empobrecidos y cantidades ingentes de propaganda religiosa, alimentada incesantemente por nuestras campañas de democratización armada. Desde Occidente, la opinión pública pretende buscar una lógica de paz a los actos llevados a cabo por quienes se encuentran inmersos en una guerra global.

Un mundo islámico dividido entre guerras de poder internas, geopolítica intervencionista y demasiadas veces, una lógica  cimentada entre la caridad y las armas, con una herida abierta en común en tierras palestinas en donde la ocupación israelí y el posterior holocausto palestino sirvieron como campo de experimentación a la yihad global. Asesinatos selectivos y guerras televisadas con el único objetivo de reducir a cenizas cualquier alternativa política en Palestina, que pudiera simbolizar una esperanza de unidad. El Panarabismo moría al tiempo que des sus cenizas surgía un nuevo monstruo criado entre la sangre de inocentes, y alimentado por la sed de venganza. La guerra de Irak supuso la madurez de la yihad global, una guerra exclusivamente por recursos, cimentada entre mentiras y la total impotencia de las organizaciones internacionales ante el poder del imperio.

De las ruinas de Irak surgiría Al Qaeda como embajador global del terror, una imagen de marca del yihadismo al que como no podía ser de otra manera en una sociedad capitalista, pronto le siguieron numerosas franquicias y competidores. Una lógica de mercado aplicada al terror, que ha salpicado a todo el planeta con su sin razón, con su barbarie. Trasladando de forma indiscriminada el dolor de la guerra a lugares como Riad, Bali, Monbasa o Madrid. Un fanatismo, capaz de transformar la primavera de la esperanza en el más absoluto invierno. Egipto, Libia, Siria, Yemen, juguetes rotos en el tablero global de la geopolítica, que pronto formarían un autentico reino del terror en forma de un pseudocalifato apócrifo capaz de trasladar el infierno a la tierra.

No existe algo así como la seguridad global basada en las armas, no existen vallas, cuerpos de seguridad o protocolos antiterroristas capaces de impedir que el dolor de un mundo a la deriva nos salpique. No existe una política mágica capaz de erradicar al fundamentalismo de nuestras fronteras, resulta necesario tiempo para revertir décadas de etnocentrismo, debates sesgados, guetos y una la política basada en el miedo a lo diferente. Se necesita todo lo contrario a los valores de los que hoy hace gala Europa, una sociedad que ha olvidado sus propios demonios para de nuevo mostrarse impasible ante el auge de la xenofobia. Un  continente en una profunda crisis de valores, que la actual crisis económica no ha hecho más que profundizar.

No pretendo justificar el terrorismo, no creo que un artículo pueda llegar a cumplir tal fin por mucho que los de siempre se empeñen en tergiversarlo. El terrorismo, al igual que la guerra o la desigualdad social, tienen causas que lo provocan. Causas oscuras en demasiadas ocasiones y por norma general, muy alejadas de todos aquellos que derraman sangre inocente en una calle en Londres o en un lejano desierto. Nuestro deber con ellos, nuestro deber como sociedad, es el de intentar comprender los oscuros motivos que llevan a alguien a abandonar toda esperanza, con el único objetivo de matar, de provocar dolor. Solo así, podremos poner fin a un invierno moral ya demasiado largo.

“Nosotros representamos el futuro de Pakistán, un futuro en el que no tiene cabida la ignorancia, la intolerancia, y el terrorismo.”

Benazir Bhutto

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Recuerda que como parte de la ley de memoria histórica y en recuerdo de la activista medioambiental Berta Cáceres, te agradeceríamos que dedicases un segundo a firmar esta petición para cambiar al recuerdo del fascismo de las calles de A Coruña, por el nombre de la activista medioambiental.

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Una paz sin diálogo

8 abril de 2017 una fecha llamada a marcar la historia de nuestro país. Jean-Noel Etcheverry fundador de la agrupación ecologista Bizi! y detenido el pasado 16 de diciembre por su supuesta vinculación a la organización terrorista ETA, ha señalado ante la opinión pública esa fecha como la del último paso previo para encarar la total disolución del movimiento terrorista vasco Euskadi Ta Askatasuna (País Vasco y Libertad).

Un paso más en una hoja de ruta hacia la paz, en el que la postura del gobierno español ha sido la del inmovilismo durante estos últimos cinco años sin violencia. Una línea de actuación atrincherada en la negativa a asumir cualquier tipo de responsabilidad en la mesa de negociación, y en las sucesivas actuaciones policiales que en medio de un proceso de paz, parecen más encaminadas a dinamitar a la sociedad civil abertzale que a facilitar el camino para la total disolución de la organización terrorista. Un proceso que se afianzada únicamente en una sociedad civil que sigue firme al mando del mismo, pese a las continuas negativas de los gobiernos español y francés para erigirse como interlocutores ante la organización terrorista ETA.

Curiosamente, quienes durante décadas no dudaron en modular sus discursos o en tomar asiento en primitivas negociaciones ante los asesinos prometiendo “generosidad, mano tendida y espíritu abierto”, hoy son los mismos que muestran una incomprensible pero tajante negativa ante la perspectiva de asumir el cometido de quién en un proceso de paz tiene el deber de representar a un estado con un conflicto armado dentro de sus fronteras. Desde el decimoquinto congreso del Partido Popular Vasco, Mariano Rajoy hacía mención al comunicado de ETA, poniendo de nuevo el acento de su discurso en la negativa del gobierno español a entablar cualquier tipo de diálogo con la organización terrorista, y señalando la persecución policial como la única decisión política capaz de poner fin al conflicto “Esta posición que mantenemos nosotros es la justa, la democrática, la que preserva la dignidad de las víctimas del terrorismo y, por si a alguno no le llegaran esos argumentos, es también como el tiempo está encargando de demostrar, la mas eficaz para la disolución definitiva de ETA. Es es lo que tengo que decir sobre esto”  Una vía la de la negativa al diálogo que utiliza la voz de las víctimas para justificar una decisión exclusivamente política, y que no parece encontrar justificación en una sociedad vasca profundamente comprometida con la normalización de la convivencia política y social de un pueblo,  que todavía hoy arrastra profundas cicatrices fruto de la violencia.

Cinco años después de que ETA anunciase en un comunicado de apenas dos minutos y medio el “cese definitivo de la actividad armada” sin condiciones, el último conflicto armado de Europa continua incomprensiblemente estancado entre la pasividad gubernamental, y la desesperada intentona por parte de los terroristas para edulcorar la derrota como una última vía de expiación, para quienes años después al fin parecen percatarse de lo absurdo e innecesario de todo el dolor provocado. Un dolor reflejado en las 849 víctimas mortales por los atentados de la banda terrorista, en los presos, en los torturados, pero también en las familias y en la impotencia de todos aquellos que durante décadas, han visto como la amenaza de las armas frustraba cualquier esfuerzo de debate en Euskadi.

Con el desarme de ETA, el fin de la violencia terrorista en nuestro país se dibuja como una realidad inevitable cercana, pero haría mal el estado al confundir la disolución de la banda terrorista con el final del propio conflicto vasco. La inexistencia de una hoja de ruta consensuada y un futuro desarme que todo indica no podrá producirse de forma verificada y ordenada, por la negativa del gobierno español a erigirse como interlocutor en el proceso de paz, suponen una nefasta señal para el futuro de una sociedad en donde las heridas abiertas son numerosas, y todavía son muchos los que en uno y otro bando parecen mostrarse incapaces de sobrevivir al cambio de mentalidad para una convivencia sin tensiones. El diálogo resulta más importante que nunca, cuando se hace patente que son muchas las cicatrices que sobrevivirán a la banda terrorista. El estado debe encontrarse hoy al lado de una sociedad civil que no puede sumar al dolor de los muertos, el peso de construir la paz en solitario. 

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La independencia amordazada

“El nacionalista no sólo no desaprueba las atrocidades cometidas por su propio lado, sino que tiene una extraordinaria capacidad para ni siquiera oír hablar de ellas.”

George Orwell

Hace tiempo que entre Cataluña y España, se juega a un juego demasiado peligroso. Un juego de tensiones, de orgullo, un juego de peones y reyes, de condados y reinos. Una partida tensa y eterna; a la par que fútil, para quienes tarde o temprano, deberán pagar sus consecuencias. La de la política como entretenimiento, como un espeso telón destinado a cubrir nuestros ojos y nuestros bolsillos, ante el continuo saqueo de unas élites económicas, capaces de parapetarse por igual, tras la estelada o la rajoigualda, según sus intereses vayan en ello. La Diada del año 2012, suponía el cenit de un proceso histórico, para infinidad de catalanes que veían en su tierra, el nacer de una joven nación. A la vez que fue recibido como una fuerte conmoción, para un viejo reino de trato alejado e inquisitorial con sus territorios. Una corona y un sistema enfermo, que pretende a costa de todo, conservar el control del territorio. El recurso del PP contra el Estatut, sumado a la conjunción de crisis económica y social, propició un caldo de cultivo ideal, para una idea, la de la huída hacia delante, que poco antes suponía poco menos que una quimera para los catalanes. El proceso de ruptura de Cataluña hoy, se trata mucho más, de las crónicas del abandono de un hogar desestructurado, que de las de una feliz y planeada independencia.

Elecciones anticipadas, declaraciones de soberanía, consultas, organismos consultivos e incluso la reedición del pacto Ribbentrop-Mólotov, entre Mas y Junqueras de por medio. Han dado lugar a una sociedad polarizada, adormecida y unida únicamente, en el hartazgo con un proceso estancado en trincheras culturales y políticas de escasa profundidad. En nada se diferencian las tácticas o argumentos de la oligarquía de uno y otro bando. En nada se diferencian, pues su proyecto es el mismo, con un final diferente según el color del bolsillo. No se trata desde Cataluña de reivindicar el camino de una Generalitat de Cataluña, aguerrida con su pueblo ante las dificultades. No se trata tampoco de levantar una vez más los gritos de la anarquía en sus callejones o en sus pueblos, ni del ejemplo de la resistencia y la lucha contra la represión del fascismo y el orgullo de la cultura cuando una lo siente como propia, aunque se la quieran hacer ver extraña. Tampoco se pretende desde España evitar el desastre para Cataluña o los catalanes, no se actúa por responsabilidad institucional o deber de estado. Sino que se hace casi como por inercia, sin reflexión, ni alternativa. Se decide y se impone. Se trata de un juego de previsiones y de cifras, de números y nombres. Se trata de ladrones acusando de ladrones a otros ladrones. Un sin sentido, un trabalenguas de complicada digestión  y escasa recompensa para quién lo encara, pero de vital importancia para quién se empeña en pronunciarlo.

La Cataluña de la burguesía catalana, es la Cataluña de los recortes, la del pago de la deuda. Una sociedad de vida austera, con solemne pomposidad en sus altas esferas. La Cataluña del Porsche y la del ciudadano medio. Un país liberado de su metrópoli, pero no de sus cadenas, en forma de bancos y privatizacionesUna nación maniatada desde su nacimiento, un triste final, para un vacilante principio.

Conozco bien, la impotencia de quién sintiéndose parte de una nación diferente a la española, tiene que compartir su reino. Conozco los desprecios a la lengua, la cultura o la historia de sus ancestros. El pesado yugo de la historia de un país, todavía demasiado atemorizado ante la perdida de su imperio, como para replantear su propia territorialidad. Un complejo de anochecer prematuro, en donde nunca se creyó se pondría el sol.  El desafío independentista a Madrid, supone un nuevo reto, para una democracia joven e inestable. Un sistema con unos partidos más acostumbrados a evocar las pasiones y el sentimiento que la razón o el pacto social. Una política muy diferente a la economía, en donde el estado neoliberal, parece ser el único claro vencedor de uno u otro proyecto. No dudan ni por un instante en Madrid o Barcelona de la clara posibilidad de alcanzar pactos , cuando la verdadera estabilidad vaya en ello.  

Al igual que anteriormente lo supuso el terrorismo de ETA, la amenaza secesionista desde Cataluña, supone una baza política más en un estado con un evidente doble juego. Conocen desde el PP las claras ventajas en términos de rédito electoral que en el conjunto del estado, supone una Cataluña amenazante, enrocada. Una tensión que desde al derecha española vaticinan como molesta, pero ficticia. Un farol a todas luces, demasiado evidente en el seno de la Europa actual. Precisamente en esa inmediatez puede residir la falta de miras del estado español. Suceda lo que suceda el proceso secesionista, el independentismo parece ganar. De llevarse a cabo con éxito, dará como resultado o bien una Cataluña independiente o la palpable sensación de una sociedad, retenida contra su voluntad, en el marco de un estado de probada intransigencia. 

Mientras el día a día de este juego se desarrolla entre acusaciones de quién adoctrina a quién. Madrid y Cataluña, siguen suponiendo dos caras de una misma moneda. Dos estados, naciones o regiones, llámenle cada uno como quieran, como sientan. Dos pueblos, atados a un sistema devorador de culturas, de lenguas, de tradiciones y pasados. Un culto al engaño y a las acciones políticas de falsa bandera, que aprovechan nuestras más profundas pasiones, para incidir en lo que nos diferencia y nos enfrenta, frente a la verdadera unión de necesidad. La independencia de quien ha vendido al mejor postor sus derechos o su tierra, supone a todas cuentas, una independencia amordazada.

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Autor: @SeijoDani

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La pasión turca

“La diferencia entre una democracia y una dictadura consiste en que en la democracia puedes votar antes de obedecer las órdenes.”

Charles Bukowski

No hace demasiado tiempo, mencionar a Recep Tayyip Erdogan, suponía en Occidente, nombrar la esperanza de un islam democrático. Al menos, la de un islam democrático a nuestra imagen y semejanza. Imagen, que nunca nos hemos parado a pensar, pudiese suponer un corsé demasiado apretado, para un cuerpo político y social que por mucho que lo intentemos, no corresponde al nuestro.

La llegada de Erdogan al poder, se produce en el contexto de una Turquía cansada de ser un estado entre dos aguas. Cansada del poder del ejercito y de la secularización, que enmascara la identidad de muchos de sus ciudadanos, bajo un manto de palpable clandestinidad y radicalización. La llegada  al poder de Erdogan, supone una opción ante lo insustancial de la memoria de un imperio que ya no existe, de un pasado glorioso, pero pasado al fin y al cabo. La única alternativa viable para el cambio, en un país en donde tras el golpe de Estado de 1980, la izquierda pareciese haber pasado a ser patrimonio exclusivamente kurdo.

El islamismo de Tayyip Erdogan, se dibujaba en la línea del liberalismo económico y el ferviente anticomunismo. Una concepción política y religiosa, alejada de las versiones más radicales del islam, pero suficiente, para que en la Turquía secular protegida por el ejercito, esto fuese visto como una seria amenaza al orden establecido. Erdogan sufrió en sus propias carnes la persecución política, la muerte de compañeros de partido en atentados diseñados para amedentrarlo e incluso la cárcel, donde pasaría diez meses, tras compartir un poema de carácter islámico. Irónicamente, en una Turquía de signo diferente, también sería la poesía, en este caso un poema crítico con la gestión de Erdogan, la que llevase a la modelo Merve Buyuksarac a prisión.

La historia y una profunda crisis económica, daría en 2002 el poder a Erdogan, gracias a un casi recién fundado, Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP) que contra lo esperado por muchos conseguía una mayoría absoluta para un partido islámico, de corte conservador y centrista en su planteamiento. Pero en definitiva, un partido islámico, se hacía con el poder en un país en el que a su ejercito, nunca le había temblado la mano para disuadir el avance religioso en las instituciones.

La cerrazón del ejercito a la influencia religiosa y las continuas trabas a la participación política, impuestas por los numeroso golpes de estado, había volcado el deseo de cambio de la sociedad civil turca en las cofradías y hermandades islámicas. Esto propicio el caldo de cultivo perfecto, para la difusión de una doctrina que podríamos denominar como “liberalismo islámico” en la que personajes como Fetulá Gülen, ayudaron a crear una élite religiosa, capaz de ocupar numerosos cargos en las instituciones de poder del estado, sintetizando un marcado carácter religioso conservador, con los valores propios de las democracia liberal capitalista. Con su llegada al poder en 2002, los cuadros gülenistas sirvieron a Erdogan, para llevar a cabo una venganza contra el nacionalismo laico, en forma de purgas sistemáticas en la Judicatura, el ejercito o el funcionariado. El juicio del Ergenekon y especialmente la reforma constitucional de 2010, ponían punto y final a la visión del AKP, como un punto de encuentro entre democracia e islam. Gestos como la presencia del idioma kurdo en televisión, el alto el fuego con el PKK o la apertura oficial de negociaciones con la Unión Europea para su futura adhesión, pronto dan paso a la persecución política de la fuerte oposición kurda, la violencia sexual contra las activistas antigubernamentales o el mercadeo de los Derechos Humanos con Europa demasiado encerrada en sí mima, como para poner trabas ala construcción de un nuevo sultanato a sus puertas. Las privatizaciones, los recortes, así como las mayores garantías para  las multinacionales, parecen garantizar a Erdogan la convivencia con Occidente, la sharía y el capital suponen los cimientos de una nueva Turquía.

La reforma del ejercito y la mayor presencia de la religión en el día a día de Turquía, tensaron la cuerda en un país, en donde el uso del velo en las universidades, las restricciones al alcohol, la preponderancia de la religión en los estudios o el crecimiento vertiginoso del número de mezquitas, vinieron acompañados de un crecimiento paralelo de la corrupción y la concentración de poder en el estado. Tayyip Erdogan, se veía cercado por numerosos casos de corrupción que habían llevado a una fuerte reestructuración del Gobierno y que ahora, lo amenazaban directamente. Erdogan había convertido su voz, en mandato. El presidente que había llegado al poder, tras recorrer las calles de su país, se parapetaba de sus propias aspiraciones, tras los muros de su fastuoso palacio en Ankara. Un búnker físico e ideológico, desde el que poder dirigir el cambio de un sistema parlamentario a una república presidencialista, que todo parece indicar, puede suponer tan solo la mera fachada de una dictadura de facto. Cualquier síntoma de disidencia en Turquía, es perseguido y eliminado, desde la revuelta que tomó el parque de Gezi, hasta la oposición parlamentaria, pasando por periodistas o miembros del propio AKP, la discrepancia con las decisiones del sultán turco, se paga cara. EL terrorismo, la guerra interna, el conflicto sirio o el reciente golpe de estado, han sido oportunidades aprovechadas por Erdogan, para hacer política desde el caos.

La censura y las purgas, no pueden ocultar la sensación de un país polarizado. Turquía se ve atrapada en el juego de un sátrapa, obsesionado con recobrar una antigua grandeza que puede sin embargo provocar, la caída en desgracia definitiva de un gobernante y de un estado que no supo ser consciente de sus propios límites. El mismo Erdogan que utilizó a Fethullah Gülen, para  llegar al poder y abandonarlo cuando fue preciso, el que vio en el islam un medio para conseguir el apoyo social necesario para llevar adelante sus reformas institucionales y el trilero que supo hipnotizar a la UE, se encuentra ahora inmerso en una dinámica interna, extremadamente peligrosa de radicalización religiosa y en una situación exterior más débil que nunca, ante un doble juego con la OTAN y Rusia, con Siria de fondo. Comienzan a terminarse los comodines de la baraja del sultán turco, mientras la huída sin retorno del autoritarismo más descarnado, comienza a despejarse como la única opción de autoridad, para un país que en algún momento, quiso recobrar su protagonismo internacional.

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Autor: @SeijoDani

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Yemen, la geopolítica del caos

Pocos saben en donde se encuentra Adén, Lahej o Taiz, del sufrimieno de sus habitantes o del sonido de las bombas cuando la vida vale tan poco que cada cadáver en sus calles, ya no logra ocupar ni tan siquiera una cifra en los informativos de sobremesa en Occidente.

Yemen no se trata de una guerra mediática como las de Siria o Irak, desconocemos en gran medida los rostros de los combatientes que allí se encuentran, y por supuesto, poco o nada sabemos de las causas del sufrimiento que día a día, padece la población civil. Un país pobre en la región de los jeques, del petróleo, de los grandes deportivos y del dinero que puede comprar la moral de Europa en las camisetas de los grandes del fútbol o en las recepciones oficiales. Una mota de pobreza en la región de las petromonarquías, en donde el horror de la guerra ha dejado más de 14 millones de personas sin acceso a atención médica y en donde el 80 % de su población depende de una escasa ayuda humanitaria. Un país, con más de 19 millones de personas sin acceso seguro al agua o a servicios sanitarios y en donde 7,6 millones de personas, padecen inseguridad alimentaria, lo que ha llevado a cerca de 20.000 niños a sufrir condiciones de extrema desnutrición.

Yemen, el país de las niñas novias y el abuso sistemático contra las mujeres, de los grupos sectarios, el trabajo infantil y el analfabetismo. Pero también un país de transito y muchas veces una parada obligada, para muchos de esos emigrantes que atraviesan sus fronteras en busca de las ilusorias oportunidades de un futuro en las dictaduras del Golfo Pérsico. Un país en donde el triunfo de la mal llamada primavera, resultaría más justo que en ningún otro, pero en donde el sonido de las bombas y la represión, parece no molestar a nadie.

A la revuelta pacífica que derrocó a Alí Abdula Saleh, no le siguió la democracia, ni tan siquiera la paz. Egipto, Arabia Saudí, Gran Bretaña, la Unión Soviética…potencias extranjeras que siempre han jugado un papel en el devenir del futuro de los yemeníes y esta vez, pese al glamour del Nobel y las buenas intenciones, nada iba a resultar diferente. El plebiscito del 27 de febrero de 2012, por el que Saleh cedía la presidencia yemení a su número dos, Mansour Hadi, termino por desatar las tensiones en un país regido por el sectarismo y los pactos tribales.

La guerra iniciada por el nuevo presidente contra los rebeldes hutíe y supuestamente, contra Al Qaeda en la Península Arábiga, termino con el presidente abandonando el país, ante la alianza de antiguos sectores en el ejercito partidarios a Saleh y los rebeldes hutíes, en ocasiones la guerra, produce extraños compañeros de cama. Arabia Saudí respondía al avance de los rebeldes hutíes y sus “aliados” con la Operación Tormenta Definitiva, una serie de bombardeos indiscriminados, en los que fábricas, infraestructuras o población civil forman parte indistintamente de una operación igualmente encaminada a frenar la influencia geopolítica del chiismo  en la región, como a destruir cualquier  posible alternativa de futuro, en un país abocado a la partición de su integridad territorial, empujado por una guerra que al igual que las campañas de Irak o Siria, parecen destinadas a que Occidente, pueda dibujar de nuevo las fronteras del mundo, al compás de sus nuevas necesidades económicas y militares.

Asistimos impasibles a la muerte de un estado, al asesinato de las esperanzas en las revueltas populares del pueblo árabe. Asistimos de nuevo a la sin razón del imperialismo económico y a hipocresía de quienes se dicen garantes de la democracia y derechos humanos, al tiempo que mercadean con las armas que combaten a los pueblos que se atreven a reclamarlos.

Yemen, un nido de víboras en donde las democracias pueden armar a los terroristas y en donde la toma de una capital, puede ser tildada de momento histórico o de golpe de estado, según el prisma con el que se mire. Un país, sin verdaderos buenos, ni malos. En donde los matices cobran la importancia de un siglo, en donde las guerras también se libran en gran medida con las palabras.

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Autor: @SeijoDani

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