Los funerales de la Mamá Grande

“Nunca existió una buena guerra ni una mala paz.”

Benjamin Franklin

El pasado 2 de octubre, Colombia dijo no a la paz, paralizando de esa forma la posibilidad de poner fin a una guerra que se alarga ya 52 años dejando más de 220.000 muertos y cerca de 7 millones de desplazados. Sin lugar a dudas, son numerosas las causas detrás de tan incomprensible resultado, y todavía hoy, pocas las razones que permiten llegar a comprenderlo.

De nuevo Colombia se divide ante la violencia, pero esta vez lo hace por la vía democrática ante un plebiscito para ponerle fin. Una consulta al pueblo en donde de los 34.899.945 millones de habitantes llamados a ejercer su voto, apenas participaron 3.010.762  colombianos que finalmente con un 50,22 por ciento decidieron no respaldar el Si. Frustrando con ello, lo que para muchos parecía suponer un mero trámite ante el acuerdo de paz logrado entre el Gobierno y la guerrilla de las FARC.

Se equivocaron los que así lo pensaban, y probablemente se equivoco también el gobierno de Juan Manuel Santos al apresurar una consulta popular que contaba con no pocos enemigos entre los sectores más espurios de Colombia. Sectores de la derecha que todavía hoy, ven en la guerra y en el sustento de bastas extensiones de su país en un limbo de ilegalidad, una forma rápida para enriquecerse.

De poco sirvió el apoyo a la paz de las diversas organizaciones de víctimas, ni el tímido respaldo de la comunidad internacional al proceso. En una sociedad colombiana muy falta de democracia y demasiado acostumbrada a la violencia, triunfó por encima de todo el discurso del No. Apoyado en gran medida, por quienes intentaron esconder en la petición de reparación y justicia, sus sentimientos de venganza personal.

Desde quienes veían en el apoyo al acuerdo una concesión al castro-chavismo, esa gran muletilla que sirve para todo en la derecha sudamericana, hasta quienes como la Iglesia Cristiana Evangélica, veían en el proceso de paz una amenaza a la familia tradicional por parte de una comunidad LGTB a la que los acuerdos alcanzados simplemente intentaban dignificar en un país como Colombia; en donde entre 2013 y 2014 se produjeron 164 asesinatos dentro de este colectivo, la campaña del No se ha movido en términos de miedo e impunidad. Miedo a la aparente entrega por parte del gobierno de Santos de las instituciones democráticas a los ex guerrilleros y una supuesta impunidad de los mismos por sus crímenes. Temor que uno podría identificar fácilmente como falso, con simplemente comprobar que en los mismos acuerdos se estipulan penas de hasta 8 años de trabajo comunitario para los guerrilleros que admitan sus crímenes y reparen inmediatamente a las víctimas y de hasta 20 años para aquellos que pese al proceso de paz, decidan intentar evadir los actos cometidos. 

Poco o nada se hablan en el sector del No personajes como Álbaro Uribe, investigado por narcotráfico; o Santiago Vélez, relacionado con crímenes perpetrados por los 12 Apóstoles, de la realidad que subyace tras gran parte del conflicto colombiano. Una realidad que dramáticamente atribuye el 53% de la tierra aprovechable del país a apenas 2300 personas y que se encuentra como fondo de una lucha permanente por la tierra. Un lucha, sustentada en grupos paramilitares que han cometido a lo largo de la historia de Colombia, numerosas violaciones de los derechos humanos al servicio de una burguesía terrateniente y ganadera que no parece todavía estar dispuesta a ceder los 10 millones de hectáreas que el proceso de paz contempla deben ser entregadas a los campesinos afectados por los desplazamientos forzosos y que en la actualidad continúan sin tener acceso a la tierra. 

Parece que muchos de los políticos colombianos que representan o forman parte de esa oligarquía, se encuentran más temerosos por el traslado del conflicto armado al campo político e ideológico de lo que demuestra estarlo la propia guerrilla. Guerrilla que pese a la negativa del parte del pueblo colombiano, ha decidido en palabras del propio Timochenko, seguir apostando por un camino a la paz que parece ya irreversible.

Es el momento de sentarse en una nueva mesa de negociación en donde las FARC, el gobierno y los sectores uribistas, se replanteen diversos puntos de una resolución de 297 páginas donde pueden existir desacuerdos, pero donde no se debe dar pie a una involución escudada en el tacticismo político, basado en intereses personales o económicos. Resultaría tan absurdo pensar que la guerrilla va a dejar la selva para dirigirse directamente a la cárcel, como lo sería negarse a escuchar los planteamientos de una parte de la población colombiana que ha decidido ejercer su negativa con ese primer pacto tal y como lo estipularon el gobierno y las FARC.

Existe esperanza en Colombia para poner fin al conflicto y reside en la capacidad de dialogo de la sociedad durante el nuevo plazo dado por Juan Manuel Santos, hasta el próximo 31 de Octubre, para mantener la paz. Tras eso, tan solo el pueblo colombiano debe poder responder definitivamente a si como se preguntaba el líder guerrillero “Timochenko” continuará la guerra en Colombia.

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Autor: @SeijoDani

Recuerda que como parte de la ley de memoria histórica y en recuerdo de la activista medioambiental Berta Cáceres,te agradeceríamos que dedicases un segundo a firmar esta petición para cambiar al recuerdo del fascismo de las calles de A Coruña,por el nombre de la activista medioambiental. 

https://www.change.org/p/xulio-ferreiro-calle-berta-c%C3%A1ceres-en-a-coru%C3%B1a

No es país para pactos

Ante semejante panorama, y tras las primeras elecciones del fin del bipartidismo, los partidos parecen decididos a dar de nuevo la voz al pueblo. Ya que eso que les hemos dictado la última ocasión que nos dieron tal privilegio, parece en definitiva no haberles gustado demasiado. Lo nuevo y lo viejo, la izquierda y la derecha, han vuelto a demostrar que eso de llegar a acuerdos no es muy español y que si siempre se ha dicho que hay dos españas por algo será, aunque ahora nos quieran contar que ya no son dos, que son cuatro, cinco o las que les ayuden a crear los medios. Pero por mucho que se sumen actores, el dialogo sigue siendo el mismo.

La izquierda española sigue dividida entre esos que quieren hacer la revolución a su suerte, sin contar con nadie, ni respetar a los actores que en ocasiones, más de las que parece, comparten trincheras con ellos, y esos otros que son de izquierda pero un poquito nada más. Esos que perdieron Catalunya por no saber o no querer comprender que el discurso de la identidad nacional de un pueblo, nada tiene que ver con romper España, y esos mismos que gobiernan Andalucía como su más preciado botín, entregándosela desde tiempos inmemoriales a banqueros y terratenientes a cambio de un cada vez más escaso jornal para su pueblo. La izquierda de siempre, una izquierda en gran parte tibia en su discurso, en sus formas y en sus pulsos, una izquierda que mira al Partido Popular en cada acto de campaña y que salvo por las apariciones de los viejos roqueros como Xosé Manuel Beiras o Julio Anguita, sigue sin lograr hacer emerger de sus entrañas a ese líder que aúne la seriedad y discurso de Alberto Garzón, con el carisma y el liderazgo de Pablo Iglesias. Puede pues que en definitiva la solución este en el pacto, un pacto que no gusta ni a unos ni a otros, que no termina de concretarse y que si uno atiende a lo que nos separa, parece poco menos que imposible, pero inevitablemente necesario.

Necesitamos una izquierda propia, una izquierda que ponga definitivamente sobre la mesa un nuevo modelo de producción, unido a una nueva legislación laboral que proteja a los individuos no solo como consumidores, sino además y principalmente como trabajadores. Una izquierda que sume en sus filas a los diferentes actores de la lucha del 99%, los movimientos ecologistas, animalista, feminista, así como los diferentes campos de la lucha obrera, que deben de suponer un solo frente amplio en frontal oposición a la ofensiva neoliberal que desde el 1% de los superricos se ha lanzado para despojarnos de nuestros derechos. Derechos por los que muchos dieron su vida y a los que por dignidad y por necesidad, no podemos renunciar. Necesitamos y exigimos una izquierda propia, pero también global. Una izquierda de los movimientos sociales y de sus comunidades y a la vez una izquierda capaz de aunar fuerzas para afrontar desafíos globales como la lucha contra los paraísos fiscales, el cambio climático o al militarismo en sus más diversas facetas, origen este de los miles de refugiados que todavía hoy, vergonzosamente, aislamos de nuestras fronteras con campos de concentración y concertinas.

Eso necesita la izquierda española, y lo necesita en oposición a una derecha rancia en lo nuevo y en lo viejo, una derecha que habla de regeneración en la búsqueda del pacto con un partido que ha estado inmerso en un ciclo de corrupción sistémica que empezó con Naseiro y continua con Bárcenas, un partido con altos cargos imputados, con comunidades autónomas como Madrid o Valencia que pareciesen salidas de las brillantes páginas de Mario Puzo. Un partido que no ha perdido perdón y que ha puesto trabas siempre que le ha sido posible a las investigaciones judiciales, acostumbrado a ver la paja en el ojo ajeno, mientras encubría la viga en el propio. Con ese partido, la nueva derecha busca pactar un acuerdo en el que todo cambie para que todo siga igual.  Un acuerdo que permita continuar con la precarización del trabajo y las privatizaciones que durante muchos años han transcurrido en paralelo a la corrupción política y empresarial que ha terminado por infectar totalmente al sistema en su conjunto. La nueva derecha busca pactar con una versión suya más rancia y depurada, haciéndonos creer que el problema lo supone un ministro o un diputado, pero no, se trata de un sistema corrupto que en nuestro país ha tenido sin lugar a dudas un gran aliento en el ladrillazo de Jose Maria Aznar o en las privatizaciones de las empresas públicas de uno y otro bando.

No es posible el acuerdo con quienes se lucraron de la España de las obras faraónicas que únicamente sirvieron para sacar pecho y comisiones, al igual que no es posible llegar a acuerdos con quienes figuran en las offshore, ni con quienes pretenden pactar con ellos.

 

 

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Autor: @SeijoDani

 

Recuerda que como parte de la ley de memoria histórica y en recuerdo de la activista medioambiental Berta Cáceres,te agradeceríamos que dedicases un segundo a firmar esta petición para cambiar al recuerdo del fascismo de las calles de A Coruña,por el nombre de la activista medioambiental.

Desde DowJones te agradecemos tu colaboración.

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