Macron o el caos

Finalmente la mayoría de las predicciones electorales se han cumplido y la estrecha victoria en la primera vuelta de las presidenciales del candidato de En Marche! (En Marcha!) apenas 2,4 puntos por encima de la ultraderechista Marine Le Pen devuelven a la población francesa la disyuntiva del mal menor que tanto parece recordar a las elecciones presidenciales de 2002. Entre los principales damnificados, Benoît Hamon y François Fillon, candidatos de los partidos tradicionales que han visto como sus respectivas candidaturas eran arrasadas por una nueva política (en ocasiones con un trasfondo tan viejo como el propio fascismo) para por primera vez desde 1958 dejar a los franceses sin un candidato socialista o conservador en el que poder confiar su voto en la segunda vuelta. Francia parece así haberse olvidado definitivamente del bipartidismo, dejando tras de si a un Partido Socialista pasokizado y a unos conservadores muy tocados anímicamente tras el PenelopegateUn partido conservador que sin embargo ha visto, como su candidato François Fillon era capaz de mantener la tercera posición con una defensa basada en el absurdo y la negación sistemática muy al estilo del modus operandi utilizado al otro lado de los Pirineos. Parece que al igual que allí, las promesas incumplidas y la traición al discurso de la izquierda tradicional, han pesado más en el aparente trasvase electoral a nuevas formaciones que la corrupción en el seno de la derecha.

A la hora de buscar explicaciones a lo ocurrido, la decepción con el gobierno de François Hollande y la clara renuncia de la izquierda francesa a la posibilidad de aplicar políticas alternativas al liberalismo, parecen encontrarse entre las principales causas de un escoramiento a la derecha en el electorado francés, que sin duda puede dar explicación en gran medida a la renovada fortaleza de un Frente Nacional que ha sabido interpretar perfectamente los tiempos políticos necesarios para con estudiada paciencia, comenzar a recoger los frutos sembrados en aquel dique de contención que la V República construyó con endebles cimientos en 2002 contra el viejo Jean-Marie Le Pen. Aquellas elecciones en las que el delincuente pareció vencer abultadamente al fascista parecen haber dejado tras de si un sentimiento de profunda decadencia en la política tradicional que quince años después, ha logrado transformarse en los anunciados fracasos de François Fillon Benoît Hamon, así como en el renacer de una alternativa fascista que en manos de Marine Le Pen ha sabido modular su discurso para aprovecharse del desencanto de una izquierda que desde Chirac se encuentra totalmente mimetizada con las doctrinas liberales y una derecha en rápido proceso de Lepenización fruto de una constante amenaza terrorista que mucho me temo, ha pasado ya a suponer un actor electoral más en nuestro continente.

Y ante estos resultados de nuevo la amenaza de “nosotros o el caos” a la que socialistas y republicanos han dado una inmediata respuesta expresado su firme apoyo al candidato de En Marche! con la intención de lograr detener la amenaza real de un gobierno de Marine Le Pen tras la segunda vuelta. Mientras por su parte, Jean-Luc Mélenchon, el candidato de la verdadera izquierda francesa, en un acto que lo honra prefirió convocar a a las más de 450.000 personas registradas en La France Insoumise a decidir su postura a través de una votación electrónica que decantará su línea de actuación de cara a la segunda vuelta. Una postura de indecisión o prudencia en La France Insoumise que se suma a la de La France Debout, si bien la formación gaullista renuncia a la consulta popular y decidirá su postura tras una reunión entre sus dirigentes.

Son pocas las alternativas para los franceses, en apenas dos semanas el ultraderechismo de Le Pen o ultraliberalismo de Macron se abrirán sin alternativa camino a la presidencia francesa y a estas alturas, las posturas de los partidos de la oposición no parecen diferir mucho de un sí o un no incondicional a Macron. Si bien parece obvio que nadie en su sano juicio podría confiar su voto a Marine Le Pen desde la izquierda ¿Acaso Cabría un gramo de cordura en el voto a Macron?

Apoyar a Emmanuel Macron es dar el voto al ejecutivo de la jungla de Calais, el bombardeo de Siria o la violencia policial. Supone respaldar al enemigo de clase, a la casta, a quién durante años ha propiciado el auge de la extrema derecha con sus políticas de privatizaciones y recortes, para a continuación pedir el voto de la pinza en la nariz por responsabilidad política. La única solución verdaderamente digna para el votante francés es la del pulso a Macron y al liberalismo frente al chantaje de una derecha liberal que se muestra incapaz de ceder terreno en su cruzada contra los trabajadores para frenar al fascismo (Un fascismo que parece incomodar menos al poder que una alternativa de izquierda a su modelo económico y político)

Si Macron quiere el voto de la izquierda, deberá renunciar a disputar la presidencia a Le Pen en campos como la criminalización del emigrante, la persecución de las minorias, la islamofobia o el aumento de la militarización de la vida ciudadana. Es hora de comprender que votar a las políticas de Le Pen para vencerla, supondría al igual que en 2002, una nueva victoria a largo plazo del Frente Nacional.

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La quinta columna del Yihadismo

De nuevo el horror, los gritos incesantes, el pánico, los llantos, la sangre. Enseguida el ruido lejano de las sirenas, nombres lanzados al aire con desesperación entre un constante grito sordo que parece como llegar de otro mundo, desde otras fronteras, mucho más allá del puente de Westminster o del propio Londres. De pronto un horror global capaz de imponer su tortura e inducir el pánico en un campo de desplazados en Nigeria, arrasar Damasco o golpear Alepo, hace su aparición en Londres sin que el color de nuestra piel, nuestras creencias o las afiliaciones políticas, parezcan importar cuando la sangre de personas inocentes comienza a derramarse a escasos metros pero todavía a una distancia insalvable de la Square Mile, el Número 10 de Downing Street o el Palacio de Buckingham. Allí estas muertes tardaran unos días en cobrar su sentido en forma de nuevos bombardeos, acalorados debates políticos o condolencias cargadas de medias verdades, silencios demasiado sonoros y palabras huecas como única forma oficial de consuelo.

En la acera, el sin sentido de más muertes. Entre ellas la de Aysha Frade, una profesora de 43 años de origen gallego, concretamente de Betanzos, a apenas cuatro kilómetros desde donde ahora escribo. Una conexión anecdótica quizás, pero lo suficientemente directa para que su muerte me haga pensar un poco más,  para que me resulte sencillo empatizar sin dificultades con el dolor de su familia e imaginarme las circunstancias que pudieron rodear a su muerte, seguramente un día normal para ella, camino del trabajo, una cita o de la universidad, un coche a toda velocidad, el caos y en un instante el miedo.

El miedo es un arma poderosa, mucho más que un coche, un cinturón bomba o un kalashnikov, el miedo puede enquistarse y perdurar en tu mente, en una sociedad o incluso en todo un continente, haciendo que se levanten nuevos muros de odio y segregación entre nosotros y ellos. Unos muros que son realmente lo único capaz dar sentido a esas muertes para quienes las cometen. Ningún Dios, ni ninguna bandera, pueden provocar mayor fanatismo que aquel que se cría y se reproduce en la miseria oculta al otro lado del muro. Barreras y concertinas que demasiadas veces se trasladan a nuestros barrios en forma de violencia policial, marginalidad, aislacionismo y una sensación de desarraigo cultural, propia de quienes generación tras generación han visto como se les negaba un hogar a ambos lados de la frontera.

No me malinterpreten, no pretendo justificar el yihadismo o decir algo así como que en Occidente nos lo tenemos merecido por todo el dolor acumulado por los pueblos oprimidos del mundo. No creo que funcionen así la cosas, al menos no deberían hacerlo. Pero sí creo firmemente en que los enemigos ya se encontraban dentro de nuestras fronteras antes de que comenzase todo esto. Cuando Osama bin Laden era un luchador anticomunista, las madrasas de Pakistán patentaban por primera vez el modelo de radicalización que arrasaría medio mundo y Yugoslavia sufría por primera vez un ataque destinado a desintegrar a una sociedad que jamás volvería a recuperarse tras aquella guerra. La brutalidad de la  Operación Fuerza Aliada, traslado a Yugoslavia el horror que había reinado en AfganistánNiños más familiarizados con el sonido de los cazas que con la alegría propia de un patio de colegio, tropas extranjeras, matanzas, guerra santa… Cuando las escuelas se vacían el fanatismo hace acto de presencia. Mucho después de que la OTAN o el ejercito Estadounidense haya abandonado el lugar a su suerte, tras el proceso de pacificación, cuando las cicatrices de la guerra solo pueden curarse con un cerrazón sobre las propias creencias, y la búsqueda de un sentido mayor a tanto sufrimiento. Es entonces cuando desaparece la lógica de las víctimas inocentes, entre campos de refugiados, barrios empobrecidos y cantidades ingentes de propaganda religiosa, alimentada incesantemente por nuestras campañas de democratización armada. Desde Occidente, la opinión pública pretende buscar una lógica de paz a los actos llevados a cabo por quienes se encuentran inmersos en una guerra global.

Un mundo islámico dividido entre guerras de poder internas, geopolítica intervencionista y demasiadas veces, una lógica  cimentada entre la caridad y las armas, con una herida abierta en común en tierras palestinas en donde la ocupación israelí y el posterior holocausto palestino sirvieron como campo de experimentación a la yihad global. Asesinatos selectivos y guerras televisadas con el único objetivo de reducir a cenizas cualquier alternativa política en Palestina, que pudiera simbolizar una esperanza de unidad. El Panarabismo moría al tiempo que des sus cenizas surgía un nuevo monstruo criado entre la sangre de inocentes, y alimentado por la sed de venganza. La guerra de Irak supuso la madurez de la yihad global, una guerra exclusivamente por recursos, cimentada entre mentiras y la total impotencia de las organizaciones internacionales ante el poder del imperio.

De las ruinas de Irak surgiría Al Qaeda como embajador global del terror, una imagen de marca del yihadismo al que como no podía ser de otra manera en una sociedad capitalista, pronto le siguieron numerosas franquicias y competidores. Una lógica de mercado aplicada al terror, que ha salpicado a todo el planeta con su sin razón, con su barbarie. Trasladando de forma indiscriminada el dolor de la guerra a lugares como Riad, Bali, Monbasa o Madrid. Un fanatismo, capaz de transformar la primavera de la esperanza en el más absoluto invierno. Egipto, Libia, Siria, Yemen, juguetes rotos en el tablero global de la geopolítica, que pronto formarían un autentico reino del terror en forma de un pseudocalifato apócrifo capaz de trasladar el infierno a la tierra.

No existe algo así como la seguridad global basada en las armas, no existen vallas, cuerpos de seguridad o protocolos antiterroristas capaces de impedir que el dolor de un mundo a la deriva nos salpique. No existe una política mágica capaz de erradicar al fundamentalismo de nuestras fronteras, resulta necesario tiempo para revertir décadas de etnocentrismo, debates sesgados, guetos y una la política basada en el miedo a lo diferente. Se necesita todo lo contrario a los valores de los que hoy hace gala Europa, una sociedad que ha olvidado sus propios demonios para de nuevo mostrarse impasible ante el auge de la xenofobia. Un  continente en una profunda crisis de valores, que la actual crisis económica no ha hecho más que profundizar.

No pretendo justificar el terrorismo, no creo que un artículo pueda llegar a cumplir tal fin por mucho que los de siempre se empeñen en tergiversarlo. El terrorismo, al igual que la guerra o la desigualdad social, tienen causas que lo provocan. Causas oscuras en demasiadas ocasiones y por norma general, muy alejadas de todos aquellos que derraman sangre inocente en una calle en Londres o en un lejano desierto. Nuestro deber con ellos, nuestro deber como sociedad, es el de intentar comprender los oscuros motivos que llevan a alguien a abandonar toda esperanza, con el único objetivo de matar, de provocar dolor. Solo así, podremos poner fin a un invierno moral ya demasiado largo.

“Nosotros representamos el futuro de Pakistán, un futuro en el que no tiene cabida la ignorancia, la intolerancia, y el terrorismo.”

Benazir Bhutto

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La pasión turca

“La diferencia entre una democracia y una dictadura consiste en que en la democracia puedes votar antes de obedecer las órdenes.”

Charles Bukowski

No hace demasiado tiempo, mencionar a Recep Tayyip Erdogan, suponía en Occidente, nombrar la esperanza de un islam democrático. Al menos, la de un islam democrático a nuestra imagen y semejanza. Imagen, que nunca nos hemos parado a pensar, pudiese suponer un corsé demasiado apretado, para un cuerpo político y social que por mucho que lo intentemos, no corresponde al nuestro.

La llegada de Erdogan al poder, se produce en el contexto de una Turquía cansada de ser un estado entre dos aguas. Cansada del poder del ejercito y de la secularización, que enmascara la identidad de muchos de sus ciudadanos, bajo un manto de palpable clandestinidad y radicalización. La llegada  al poder de Erdogan, supone una opción ante lo insustancial de la memoria de un imperio que ya no existe, de un pasado glorioso, pero pasado al fin y al cabo. La única alternativa viable para el cambio, en un país en donde tras el golpe de Estado de 1980, la izquierda pareciese haber pasado a ser patrimonio exclusivamente kurdo.

El islamismo de Tayyip Erdogan, se dibujaba en la línea del liberalismo económico y el ferviente anticomunismo. Una concepción política y religiosa, alejada de las versiones más radicales del islam, pero suficiente, para que en la Turquía secular protegida por el ejercito, esto fuese visto como una seria amenaza al orden establecido. Erdogan sufrió en sus propias carnes la persecución política, la muerte de compañeros de partido en atentados diseñados para amedentrarlo e incluso la cárcel, donde pasaría diez meses, tras compartir un poema de carácter islámico. Irónicamente, en una Turquía de signo diferente, también sería la poesía, en este caso un poema crítico con la gestión de Erdogan, la que llevase a la modelo Merve Buyuksarac a prisión.

La historia y una profunda crisis económica, daría en 2002 el poder a Erdogan, gracias a un casi recién fundado, Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP) que contra lo esperado por muchos conseguía una mayoría absoluta para un partido islámico, de corte conservador y centrista en su planteamiento. Pero en definitiva, un partido islámico, se hacía con el poder en un país en el que a su ejercito, nunca le había temblado la mano para disuadir el avance religioso en las instituciones.

La cerrazón del ejercito a la influencia religiosa y las continuas trabas a la participación política, impuestas por los numeroso golpes de estado, había volcado el deseo de cambio de la sociedad civil turca en las cofradías y hermandades islámicas. Esto propicio el caldo de cultivo perfecto, para la difusión de una doctrina que podríamos denominar como “liberalismo islámico” en la que personajes como Fetulá Gülen, ayudaron a crear una élite religiosa, capaz de ocupar numerosos cargos en las instituciones de poder del estado, sintetizando un marcado carácter religioso conservador, con los valores propios de las democracia liberal capitalista. Con su llegada al poder en 2002, los cuadros gülenistas sirvieron a Erdogan, para llevar a cabo una venganza contra el nacionalismo laico, en forma de purgas sistemáticas en la Judicatura, el ejercito o el funcionariado. El juicio del Ergenekon y especialmente la reforma constitucional de 2010, ponían punto y final a la visión del AKP, como un punto de encuentro entre democracia e islam. Gestos como la presencia del idioma kurdo en televisión, el alto el fuego con el PKK o la apertura oficial de negociaciones con la Unión Europea para su futura adhesión, pronto dan paso a la persecución política de la fuerte oposición kurda, la violencia sexual contra las activistas antigubernamentales o el mercadeo de los Derechos Humanos con Europa demasiado encerrada en sí mima, como para poner trabas ala construcción de un nuevo sultanato a sus puertas. Las privatizaciones, los recortes, así como las mayores garantías para  las multinacionales, parecen garantizar a Erdogan la convivencia con Occidente, la sharía y el capital suponen los cimientos de una nueva Turquía.

La reforma del ejercito y la mayor presencia de la religión en el día a día de Turquía, tensaron la cuerda en un país, en donde el uso del velo en las universidades, las restricciones al alcohol, la preponderancia de la religión en los estudios o el crecimiento vertiginoso del número de mezquitas, vinieron acompañados de un crecimiento paralelo de la corrupción y la concentración de poder en el estado. Tayyip Erdogan, se veía cercado por numerosos casos de corrupción que habían llevado a una fuerte reestructuración del Gobierno y que ahora, lo amenazaban directamente. Erdogan había convertido su voz, en mandato. El presidente que había llegado al poder, tras recorrer las calles de su país, se parapetaba de sus propias aspiraciones, tras los muros de su fastuoso palacio en Ankara. Un búnker físico e ideológico, desde el que poder dirigir el cambio de un sistema parlamentario a una república presidencialista, que todo parece indicar, puede suponer tan solo la mera fachada de una dictadura de facto. Cualquier síntoma de disidencia en Turquía, es perseguido y eliminado, desde la revuelta que tomó el parque de Gezi, hasta la oposición parlamentaria, pasando por periodistas o miembros del propio AKP, la discrepancia con las decisiones del sultán turco, se paga cara. EL terrorismo, la guerra interna, el conflicto sirio o el reciente golpe de estado, han sido oportunidades aprovechadas por Erdogan, para hacer política desde el caos.

La censura y las purgas, no pueden ocultar la sensación de un país polarizado. Turquía se ve atrapada en el juego de un sátrapa, obsesionado con recobrar una antigua grandeza que puede sin embargo provocar, la caída en desgracia definitiva de un gobernante y de un estado que no supo ser consciente de sus propios límites. El mismo Erdogan que utilizó a Fethullah Gülen, para  llegar al poder y abandonarlo cuando fue preciso, el que vio en el islam un medio para conseguir el apoyo social necesario para llevar adelante sus reformas institucionales y el trilero que supo hipnotizar a la UE, se encuentra ahora inmerso en una dinámica interna, extremadamente peligrosa de radicalización religiosa y en una situación exterior más débil que nunca, ante un doble juego con la OTAN y Rusia, con Siria de fondo. Comienzan a terminarse los comodines de la baraja del sultán turco, mientras la huída sin retorno del autoritarismo más descarnado, comienza a despejarse como la única opción de autoridad, para un país que en algún momento, quiso recobrar su protagonismo internacional.

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Autor: @SeijoDani

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Yemen, la geopolítica del caos

Pocos saben en donde se encuentra Adén, Lahej o Taiz, del sufrimieno de sus habitantes o del sonido de las bombas cuando la vida vale tan poco que cada cadáver en sus calles, ya no logra ocupar ni tan siquiera una cifra en los informativos de sobremesa en Occidente.

Yemen no se trata de una guerra mediática como las de Siria o Irak, desconocemos en gran medida los rostros de los combatientes que allí se encuentran, y por supuesto, poco o nada sabemos de las causas del sufrimiento que día a día, padece la población civil. Un país pobre en la región de los jeques, del petróleo, de los grandes deportivos y del dinero que puede comprar la moral de Europa en las camisetas de los grandes del fútbol o en las recepciones oficiales. Una mota de pobreza en la región de las petromonarquías, en donde el horror de la guerra ha dejado más de 14 millones de personas sin acceso a atención médica y en donde el 80 % de su población depende de una escasa ayuda humanitaria. Un país, con más de 19 millones de personas sin acceso seguro al agua o a servicios sanitarios y en donde 7,6 millones de personas, padecen inseguridad alimentaria, lo que ha llevado a cerca de 20.000 niños a sufrir condiciones de extrema desnutrición.

Yemen, el país de las niñas novias y el abuso sistemático contra las mujeres, de los grupos sectarios, el trabajo infantil y el analfabetismo. Pero también un país de transito y muchas veces una parada obligada, para muchos de esos emigrantes que atraviesan sus fronteras en busca de las ilusorias oportunidades de un futuro en las dictaduras del Golfo Pérsico. Un país en donde el triunfo de la mal llamada primavera, resultaría más justo que en ningún otro, pero en donde el sonido de las bombas y la represión, parece no molestar a nadie.

A la revuelta pacífica que derrocó a Alí Abdula Saleh, no le siguió la democracia, ni tan siquiera la paz. Egipto, Arabia Saudí, Gran Bretaña, la Unión Soviética…potencias extranjeras que siempre han jugado un papel en el devenir del futuro de los yemeníes y esta vez, pese al glamour del Nobel y las buenas intenciones, nada iba a resultar diferente. El plebiscito del 27 de febrero de 2012, por el que Saleh cedía la presidencia yemení a su número dos, Mansour Hadi, termino por desatar las tensiones en un país regido por el sectarismo y los pactos tribales.

La guerra iniciada por el nuevo presidente contra los rebeldes hutíe y supuestamente, contra Al Qaeda en la Península Arábiga, termino con el presidente abandonando el país, ante la alianza de antiguos sectores en el ejercito partidarios a Saleh y los rebeldes hutíes, en ocasiones la guerra, produce extraños compañeros de cama. Arabia Saudí respondía al avance de los rebeldes hutíes y sus “aliados” con la Operación Tormenta Definitiva, una serie de bombardeos indiscriminados, en los que fábricas, infraestructuras o población civil forman parte indistintamente de una operación igualmente encaminada a frenar la influencia geopolítica del chiismo  en la región, como a destruir cualquier  posible alternativa de futuro, en un país abocado a la partición de su integridad territorial, empujado por una guerra que al igual que las campañas de Irak o Siria, parecen destinadas a que Occidente, pueda dibujar de nuevo las fronteras del mundo, al compás de sus nuevas necesidades económicas y militares.

Asistimos impasibles a la muerte de un estado, al asesinato de las esperanzas en las revueltas populares del pueblo árabe. Asistimos de nuevo a la sin razón del imperialismo económico y a hipocresía de quienes se dicen garantes de la democracia y derechos humanos, al tiempo que mercadean con las armas que combaten a los pueblos que se atreven a reclamarlos.

Yemen, un nido de víboras en donde las democracias pueden armar a los terroristas y en donde la toma de una capital, puede ser tildada de momento histórico o de golpe de estado, según el prisma con el que se mire. Un país, sin verdaderos buenos, ni malos. En donde los matices cobran la importancia de un siglo, en donde las guerras también se libran en gran medida con las palabras.

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Autor: @SeijoDani

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Welcome to Trumpmerica

“Estar contra el fascismo sin estar contra el capitalismo, rebelarse contra la barbarie que nace de la barbarie, equivale a reclamar una parte del ternero y oponerse a sacrificarlo.”

Bertolt Brecht

La victoria de Donald Trump, ejemplifica perfectamente, el pulso vital de una sociedad inmersa en la tenue frontera que separa a una población indignada que da un voto vergonzoso al Brexit o al mismo Trump; como castigo a un sistema de capitalismo salvaje, de una sociedad destrozada por la desigualdad y la  desesperanza, que termina convirtiéndose en un desecho y acepta con indiferencia cualquier solución proveniente del más puro fanatismo. Venció el magnate con un discurso no muy alejado al de los partidarios del Brexit en Reino Unido o los filofascismo de Marine Le Pen y Amanecer Dorado en Europa, un discurso vacuo, totalmente plano en lo en lo programático o lo político, pero que sin embargo, ahonda en las más profundas preocupaciones de gran parte de un electorado que sigue pensando, aunque puede que no lo pronuncie, en que primero va el comer y después está la moral.

Con una retórica que a cualquier incauto le pareciese anunciar algo así como la próxima perestroika capitalista, Donald Trump atacó desde los inicios de su campaña a un sistema de libre comercio que fruto de las deslocalizaciones y la perdida de empleos que están producen, ha transformado a América en un país que ya no trabaja con sus propias manos. El republicano ha mostrado en numerosas ocasiones su rechazo por una economía basada en grandes tratados de libre comercio y en beneficios que no repercutan en el propio país. Acuerdos como el TTIP o el NAFTA, parecen curiosamente verse más seriamente amenazados por la llegada al poder del reaccionario magnate que por la presión de millones de personas en interminables campañas sistemáticamente ignoradas por sus respectivos gobiernos. Trump pretende dotar a América de 25 millones de empleos en diez años y para ello necesita una fuerte inversión pública, la cual parece dispuesto a realizar así como traer vuelta a unas empresas que según su equipo de campaña, facturan más de 2,4 billones de euros en el exterior. El supuesto secreto para lograrlo, una zanahoria  en forma de bajada de la tasa de Sociedades a un máximo del 15%, muy inferior a al 35% actual y que supondría la mayor reducción fiscal desde la época de la presidencia de Ronald Reagan. Una especie de vuelta originaria al capitalismo, que si bien no parece suponer un avance de planteamientos, al menso si pudiese dejar espacio, en el mejor de los casos, al surgimiento de diferentes alternativas en el resto del mundo.

Trump, pretende con sus planteamientos, desmontar lo que le considera una involución del espíritu americano durante la era Obama. Propuestas estrella del expresidente demócrata como el Obamacare o el tímido intento en la restricción al uso de armas,  tendrán los días contados con la llegada a la Casa Blanca del presidente republicano, muy en el aire quedan cuestiones como el aborto o el derecho al matrimonio igualitario, con las que muy al contrario de lo que parece pensar la mayoría de los europeos, Donald Trump no mantienen las tesis más duras dentro de su propio partido.

Pero si un campo ha dado que hablar para seguidores y detractores de Trump, esa ha sido la inmigración. Desde la prohibición de entrada a las personas musulmanas que podríamos englobar en esa demencial visión del republicano, en su concepción particular de la lucha contra el terrorismo, hasta la construcción de un muro que separase Estados Unidos de México, pasando por la deportación de 11 millones de indocumentados. El presidente entrante, ha hecho en todo momento de la inmigración su propio caballo de batalla particular que sin duda le ha evitado e numerosas ocasiones, la necesidad de hacer juicios de valor más profundos, sobre el conjunto de una sociedad americana que probablemente teme más al ilegal como competencia laboral que como extranjero en su país. El equipo de Trump sabe que no existe algo así como emigrantes buenos y malos por naturaleza, sino realidades sociales que no podrán de ningún modo evitarse con un simple muro. Mientras los EEUU sigan siendo uno de los mayores consumidores de drogas del planeta y la tensión social siga aumentando, se seguirán produciendo delitos relacionados con el narcotráfico, crímenes y violaciones en territorio norteamericano. Sería curioso que ante masivas deportaciones y la persistencia del problema de la violencia, muchos de los que hoy creyeron en el American Great Again!, terminarán aislados entre los muros de sus propios barrios de white trash.

Todo esto en cuanto a la política interior, de puertas para afuera, puede que en teoría se produzcan los cambios más importantes de la era Trump, pero solo en teoría. El presidente republicano ha prometido una especie de Pax romana, parece intuir Trump un cierto hartazgo en la población americana, por el precio a pagar por guerras que poco o nada importan a los ciudadanos. Confía Trump en la disuasión propia de una superpotencia para no necesitar una nueva guerra y con ello prepara al país para lo que parece ser una época de aislacionismo geopolítico. Como si el Capitán América se cansase del repetitivo protagonismo del superhéroe, parece claro que saudíes y los europeos, pero también surcoreanos y japoneses, deberán comenzar a valerse por si solos para garantizar su propia defensa. Si bien la existencia de la OTAN como tal, no parece pueda correr ningún peligro, si se puede intuir, una mayor exigencia en la contribución económica, por parte de Estado Unidos a sus aliados. Lo que en un tablero internacional a priori sin un cowboy sobre la mesa, sin duda podría resultar en un negocio rentable para todos.

Realidades como las de Siria, en donde Trump parece mucho más dispuesto a la negociación con Putin que a seguir armando a confusos líderes fanáticos y con barba; Palestina, que parece alejarse de una solución a corto plazo o China, en donde la batalla entre potencias parece destinada a darse en los despachos, pueden desatascarse en un mundo al que el premio Nobel de la paz y su candidata Hillary Clinton, habían llevado de nuevo al borde de la guerra fría.

Donald Trump es un hijo de perra fascista, un insulto a cualquier democracia, pero no más que un presidente saliente que ha deportado a 2.8 millones de personas10.ooo inmigrantes muertos en el Mediterráneo, las vallas de Melilla, la brecha salarial en Europa o los bombardeos de Siria o Libia.

Quizás el mayor peligro de Trump lo suponga el de un negacionista del cambio climático, así como la del ejemplo surgido para otras alternativas fascistas deseosas de llegar al poder. Debería el progresismo mundial aprender las lecciones surgidas de cerrar cualquier alternativa electoral anticapitalista, una táctica que ha llevado a la mayor potencia del planeta a preferir incluso la alternativa que suponía Trump en el poder, a entregar de nuevo el poder al sistema que representaba Clinton. Parece romper Trump con el llamado fin de la historia, en el mismo país que quiso imponerlo. Por delante, cuatro años de trabajo para una izquierda que debe aprovechar la oportunidad que ha dado que muchos hayan abierto los ojos ante las miserias del capitalismo tras la elección de Trump.

Resulta necesario crear una alternativa de base y especialmente una alternativa ideológica atrayente frente modelo neoliberal, si la izquierda americana y con ella la izquierda mundial demuestran no estar a la altura de las circunstancias, simplemente esperando desde una concepción bastante pobre de la democracia, que el futuro presidente no pueda cumplir sus promesas, podremos encontrarnos tras cuatro años, ante una realidad en la que la lección de Trump pueda convertirse esta vez, en el llamado mal menor.

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Autor: @SeijoDani

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Dios salve a América

Nadie en su sano juicio votaría a Trump y tan solo un loco podría alegrarse de que Hillary Clinton llegase a ser presidenta. Con ésta disyuntiva las elecciones presidenciales de Estados Unidos se acercan a sus horas decisivas, dejando tras de si una campaña realmente pobre, en donde las propuestas políticas de ambos candidatos, brillaron en mucha menor medida que las descalificaciones o los escándalos personales que han ocupado gran parte del debate y muy probablemente, han terminado convirtiendo a la democracia estadounidense, en el show político más caro del mundo, con un desembolso en campaña, cercano a los 2.651 millones de dólares

Tras los fuegos de artificio y el sin fin de actos públicos repletos de celebridades de los últimos meses, el próximo martes, los americanos deben elegir a su próximo presidente entre un promotor, empresario y showman con claros tintes fascistas o una exsecretaria de estado y exprimera dama, cuya mayor baza para convencer al ciudadano medio, sigue siendo la de suponer la única alternativa viable, ante el desastre más absoluto encarnado en la posible presidencia de Donald Trump.

Atrás quedan ya los tiempos en los que Bill y Trump compartían partidas de golf, las donaciones del magnate a los intereses de las campañas de los Clinton o los actos del empresario a los que los Clinton asistían dócilmente, porque como el propio Trump declaraba: “Cuando llaman, les doy, ¿y sabe qué? Cuando necesito algo de ellos, les llamo”

El mismo Trump que se resistía a pagar impuestos, el tipo racista, sexista y prepotente que hoy tanto critican desde el partido Demócrata, dono dinero a la fundación Clinton y ellos lo aceptaron. Lo único que quisieron ver entonces del magnate, fueron sus dólares y precisamente esa docilidad con el establishmenthace que promesas estrella en la campaña de Hillary, como la de no crear más impuestos para familias que ganan menos de $250,000 al año, la lucha contra los paraísos fiscales, el subir el sueldo mínimo nacional a 15 dólares por hora o ampliar las subvenciones educativas a bajo interés, caigan en saco roto ante un trabajador norteamericano,  ya demasiado habituado a ver como quienes dicen defender a la clase trabajadora de sus país, entregan el mismo a las manos del neoliberalismo más recalcitrante que ha terminado por arruinarlos.

Sin duda, Trump supone una amenaza directa para la libertad de prensa, para la libertad de las mujeres, para cualquier minoría en territorio norteamericano y puede que incluso supongo una amenaza directa para el propio planeta, pero para millones de estadounidenses, Trump también supone la última esperanza para recuperar sus vidas. Hablamos de estados como Michigan, Ohio, Pensilvania o Wisconsin que dibujan el cinturón industrial de EEUU, en donde el hartazgo con un partido Demócrata por el que se sienten traicionados, puede finalmente dar la victoria a un Trump que curiosamente sobreviviría en la vieja America fabril; atrayendo especialmente el voto de la vieja clase obrera blanca, mientras que su rival Hillary Clinton, debería confiar sus oportunidades al voto del miedo y el de la alta burguesía de su país.

Se enfrentan Hillary Clinton y el partido Demócrata a sus propios demonios, surgidos tras décadas de políticas liberales pactadas con los propios republicanos y especulación financiera sin límites que han transformado a los Estados Unidos, en uno de los países en los que más ha aumentado la desigualdadLa propia Clinton y su partido, han hecho posible que Trump llegue a ser el candidato que hoy es para su país. Hillary y los suyos, no dudaron en ningún momento en utilizar todos lo medios posibles, incluso la conspiración, para evitar que una alternativa de izquierdas pudiese convertirse en una realidad en el partido Demócrata. Jugaron sucio contra Bernie Sanders y lo hicieron para intentar absorber a una disidencia interna, la del movimiento Occupy Wall Street  que suponía una amenaza mucho mayor para el establishment de lo que sin duda, y pese a lo que pueda penar el ciudadano americano, puede llegar a representar Trump.

Que desde la izquierda se llegase a hablar incluso de galimatías psicológicos para intentar explicar el atractivo de Trump ante sus votantes, supone tan solo una clara muestra más de que muchos en el partido demócrata han traicionado a los suyos y sin embargo, parecen seguir negándose a reconocerlo.

Y mientras en el mal llamado mundo libre, muchos nos debatimos entre dos males, en países como Ucrania, Siria o Yemen miran al próximo residente de la Casa Blanca, con la triste perspectiva de quién sabe que gane Trump o gane Hillary, seguirán  los drones sembrando muerte en sus países, la financiación a fundamentalistas de todo tipo y las escuchas e injerencias sobre países soberanos que nada parecen deber a los Estados Unidos. Hace ya demasiado tiempo que la política estadounidense sigue su propia inercia demasiado alejada del pueblo y en gran parte también de sus candidatos. Pero si bien en ésta enorme distopía ante la que nos encontramos, uno parece ya no poder exigirle el fin de la muerte a la presidencia norteamericana, al menos si debiera poder pedirle que no disfrutase con ella. En ningún caso debiera de suponer una victoria de Hillary Clinton, la vuelta al silencio que trajo Obama tras el No a la Guerra de Bush, pese a la triste trayectoria del todavía presidente demócrata. Después de todo, no deberíamos olvidar el papel de la exsecretaria de estado en Libia.

Llegamos al final de la carrera presidencial en el mayor imperio de la tierra, con la extraña sensación de que durante los próximos cuatro años nada bueno puede salir de sus entrañas. Una lúgubre perspectiva la estadounidense que puede que nos anuncie desde ya, que en nuestro planeta, también se busca nuevo liderazgo.

“La nación que destruye su suelo, se destruye a sí misma”.

Franklin D. Roosevelt

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Autor: @SeijoDani

Recuerda que como parte de la ley de memoria histórica y en recuerdo de la activista medioambiental Berta Cáceres,te agradeceríamos que dedicases un segundo a firmar esta petición para cambiar al recuerdo del fascismo de las calles de A Coruña,por el nombre de la activista medioambiental. 

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El dolor de los sin nombre

Su nombre era Samir, pero bien podría haber sido cualquier otro, después de todo, a quién podría importarle el nombre que se esconde tras el dolor al que occidente se niega a poner rostro. En realidad, Samir supone tan solo un número más, uno de casi cinco millones de refugiados sirios que han pasado a formar parte de una comunidad desarraigada, una comunidad que ha visto como la guerra expulsaba de sus hogares a 12 millones de personas desde 2011. Más de la mitad de la población de siria antes de que comenzase el conflicto, se encuentra ya en una dolorosa peregrinación lejos de sus fronteras.

Al igual que tantos otros, ni Samir ni sus padres buscaron nunca emprender una peregrinación carente de todo sentido que los alejase quién sabe si para siempre de su hogar, pero la guerra los obligo a ello. Decidieron huir de ella, cuando una bomba le arrebato la vida a sus dos hermanos pequeños y su tía. Con ese acto, la realidad rompió las escasas esperanzas que les permitían soñar con un futuro en Siria.

A Samir no le importa la ideología de la guerra. Ni siquiera se ha llegado a preguntar quién ha asesinado a sus hermanos. En Alepo como en tantas otras ciudades de nuestro planeta, cuando la muerte cae del cielo, para sus víctimas, las bombas nunca llevan bandera. Detalles como esos solo son discernibles en Occidente, en el infierno sirio, hace ya demasiado tiempo que la muerte lo ensombrece todo, incluso el dolor.

Cuando la mañana  de su marcha, Samir partió dejando lo poco que quedaba en pie tras de si, las lágrimas brotaban de los ojos de su padre como nunca antes el las había visto caer. Ante él, su padre, un hombre fuerte, un héroe, un médico que siempre había logrado ayudar a los demás y que ahora, había decidido por encima de todo luchar por mantener viva a su familia. Había decidido luchar por los suyos antes de hacerlo por una religión, por un ideal o por un país al que ya no reconocía, y al que no estaba seguro poder volver a pertenecer de nuevo.

La decisión de no participar en la guerra por su tierra de intentar conservar con vida a su mujer y a su hijo, podría ser fácilmente interpretada por muchos en su país, como cobardía o traición. Después de todo, en un lugar en donde el destino de tantos hombres era la muerte, quién podría culparlos por ello. Pero cuando la guerra se había cobrado tanto en un conflicto en el que todos parecen dispuestos a continuar derramando sangre inocente para vencer, Samir y los suyos, simplemente decidieron esquivar a la muerte.

Una huída de la muerte que enlazó el camino de Samir al de tantos otros que como él, abandonan cada día sus hogares sin tiempo a mirar atrás. Su nombre pudo haber sido el de Marsa que que tuvo que huir de la guerra dejando todo lo que amaba en su país, Sudán, atrás y bajo los mimos pasos, pero en una ruta diferente, buscar una nueva vida en una Europa que sin saberlo le sería simplemente negada.

Poco o nada podía saber Marsa de los campos de concentración a los que en Europa llaman CIE, de la represión de la policía marroquí o del miedo de ser identificado en las calles de una ciudad para sin más, ser devuelto al infierno por no tener papeles. Nada saben personas como Samir o Marsa de lo inalcanzable que supone el sueño europeo para su sufrimiento, de las condiciones del trabajo en las huertas del sur de España o del mercadeo entre la UE y Turquía que los arroja cada día a rutas más complicadas en la gran fosa común que del Mediterráneo.

Saben tan poco de todo eso, como nosotros del millón y medio de niños desplazados por la violencia de Boko Haram en el lago Chad, los 500 000 inmigrantes, en su mayoría centroamericanos que cada año arriesgan sus vidas subiéndose al tren de la muerte o los miles de fallecidos  en el Mar de Andamán.

En este momento hay 65 millones de personas desplazadas en el mundo, en su mayoría huyendo de la violencia, el hambre o la guerra. 65 millones de desplazados de los cuales la mayoría son mujeres y niños que sufren en sus propias carnes el doble desprecio de una humanidad que mira para otro lado ante el sufrimiento de sus pueblos, impidiendo con fronteras y documentos que algún día puedan volver a sentirse personas libres. No existe la posibilidad para ellos de llegar legalmente a nuestros países. Hablamos de saltos masivos a las vallas de Melilla como si fuesen asaltos a Europa, en lugar de actos desesperados por aferrarse a la vida, un último intento por escapar del hambre o la muerte que a nosotros parece resultarnos indiferente.  Consentimos que nuestros gobiernos mercadeen con la vida de los emigrantes, deshumanizándolos  para poder seguir viviendo con el peso de la muerte de más de 10.000 personas en el Mediterráneo. Contemplamos un genocidio contra los desarraigados en nuestras fronteras e incomprensible permanecemos en silencio.

La crisis de los refugiados no supone una crisis de una región o de un conflicto, se trata de de la crisis moral de una sociedad capaz de mirar para otro lado ante las imágenes que a diario le llegan del Mediterráneo, de Centroamérica o de el corazón de África.

Su nombre era Samir, pero bien podría haber sido cualquier otro…

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Autor: @SeijoDani

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El refugio de la ira

terror

1. m.Miedo muy intenso.

2. m.Persona o cosa que produce terror.

3. m.Método expeditivo de represión revolucionaria o contrarrevolucionaria.

 

Una vez más, el miedo vuelve a marcar la agenda en el viejo continente, y tras la última serie de ataques en Niza, Munich y Normandía, la población europea vuelve a entrar en una espiral mediaticosocial de psicosis colectiva, que sin duda pone de manifiesto la escasa preparación de la estructura social europea, para asumir la realidad de un mundo que las propias políticas occidentales han ayudado a crear.

Pese a que sin que me lo pueda explicar, resulte socialmente reprochable desde hace algún tiempo hacerlo; personalmente, sigo siendo de esos que cuando ve el dolor de las víctimas de la barbarie en Europa, no puede evitar pensar en los miles de muertos que ese mismo odio, ha producido y sigue produciendo a diario en países como Irak, Siria o Eritrea. No se trata de una búsqueda emprendida con el afán de encontrar justificación o explicación a lo que no puede resultar justificable o explicable de ninguna de las maneras, ni se trata únicamente  de un sentimiento de culpa o vergüenza por lo que mis compatriotas o sus aliados hayan podido aportar a su tragedia. Sino que simplemente se trata de algo más humano, de algo más simple, se trata simplemente de empatía. Empatía hacia personas que sabes que viven a miles de kilómetros y a los que en gran parte de los casos, resultaría mucho más sencillo identificar con los que aquí son los atacantes y no los atacados, bien sea porque rezan a un mismo dios, hablan un mismo idioma o bien tienen un mismo aspecto, cualquier cosa, cualquier detalle en el que nos queramos fijar, por mínimo que  sea en ellos, resultaría totalmente natural para cimentar el odio contra quienes también son oprimidos; por quién hoy en Europa, pero desde hace ya mucho tiempo en sus hogares, continua sembrando el terror en nombre de un dios que desconocen.

Pedimos justicia, pedimos igualdad y libertad para sus países, lloramos a sus muertos en “sentidos” homenajes y pedimos responsabilidad a nuestros políticos por las víctimas civiles fruto de nuestros bombardeos, nos mostramos comprometidos frente a la guerra y contra la injusticia, pero cuando el terror llama a nuestras puertas, simplemente pedimos más controles, mayores requisitos de entrada y en muchos casos simplemente la expulsión de todos los refugiados, como si dejarlos morir en el Mediterráneo resultase mucho más humano que los bombardeos de una coalición.

Resulta ridícula la pretensión occidental, que promoviendo la violencia en el mundo, pretende que en un mundo globalizado, el terror sea lo único que no se expanda através de las fronteras. Puede que resulte ya tarde para evitar al cien por cien el terrorismo en Europa, pero todavía hoy estamos a tiempo de que los hijos e hijas de los ahogados hoy en nuestras costas, no sean los terroristas que siembren de terror nuestras calles mañana.

Asumir de una vez por todas que nuestras política exterior y nuestra supuesta pretensión de salvaguardar la paz, ha llevado al mundo a una de sus horas más oscuras de terror y migraciones forzadas, no se trata de buenismo ni de una estupidez de la izquierda, sino de humanismo y geostrategia, resultaría estúpido a estas alturas no percatarse de que las bombas nunca lograran traer la paz.

 

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Autor: @SeijoDani

 

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Los gritos del silencio

Recuerdo siendo muy pequeño levantarme a escondidas para ver las últimas noticias sobre guerra de Yugoslavia en directo, recuerdo a esos reporteros describiéndonos el dolor y el sufrimiento de un pueblo inmerso en una guerra que ellos no comprendían entonces y seguramente nosotros sigamos sin comprenderla todavía hoy, pero supongo que eso a nadie le importa. Recuerdo las balas, el sonido de los llantos y ese telón de fondo de una humanidad que deja de serlo y que sigue a cada procesión de refugiados que huyen de la barbarie que deja tras de si cada conflicto.

Miles de palabras y cientos de periodistas, pero solo unos pocos de esos que te marcan, que dejan una huella en ti difícil de lograr por cualquier otra profesión. En mi caso, el encargado de dejar esa fue Miguel Gil Moreno, aunque quizás podría haber sido otro, alguno de esos pocos periodistas que nacen con algo diferente en su mirada, en su ADN, esa clase de personas que se niegan a perder la esperanza en la humanidad o que precisamente por haberlo hecho, buscan un motivo para tanta injusticia en aquellos lugares a los que nadie mira, y a los que ya nadie está dispuesto a mirar.

Miguel estudio derecho, pero el era periodista, había nacido para eso, aunque quizás en sus años de estudiante aún no lo sabía. Miguel era, según cuentan los que lo conocieron, uno de esos periodistas que intentan despertar al mundo, de los que cuando emprenden un camino de esos que seguramente lo puedan llevar a la muerte, como ciertamente sucedió en Sierra Leona, no lo hacen únicamente por un buen reportaje sobre la muerte de unos cascos azules, no buscan desesperadamente un minuto de oro, ni su nombre destacado en las portadas de todos los medios, sino que simplemente buscan la verdad.

Leía hace poco una cita de Alberto Arce en su “Novato en nota roja” en la que hablaba de esos periodistas estrellas, esos que hace mucho se acostumbraron a las portadas y a los best seller y olvidaron el olor a barro y a sangre. Hablaba Arce de esos dioses del periodismo que todo novato quisiera conocer y a los que sin embargo seguramente llegarán 20 años tarde para lograr rescatar de ellos algo que valiese la pena aprender. Lo hacía precisamente Arce desde un libro en el que uno puede respirar periodismo, un libro que trataba la realidad de Honduras desde las suelas del zapato de un periodista, y yo no podía parar de pensar en que clase de pasta es esa de la que deben estar hechos esos individuos que sin grandes contratos ni grandes elogios, se juegan su vida para abrirnos los ojos a un mundo que por puro egoísmo desconocemos. Y no hablo solo de los reporteros de Siria, en donde se han dado cita más periodistas freelance por metro cuadrado que en ninguna otra parte del mundo, sino de la propia Honduras, de México o de cualquier otra parte del mundo en donde hacer periodismo sigue siendo una aventura peligrosa.

Quizás no nos demos cuenta, no notemos la diferencia de la caída en decadencia de un sector en donde los sueldos y las condiciones laborales son poco más que insoportables para sus trabajadores, en donde las muertes y el silencio que suele acompañarlas, a no ser que seas occidental, suele ser una final y cruel ironía para quién pierde la vida por informarnos. Quizás pensemos que con Twitter o Facebook los periodistas ya no son tan necesarios, que cualquiera puede gravar la última noticia desde su teléfono móvil o escribir sus opiniones y conjeturas, como quizás yo lo hago, en cualquier red social. Pero nos equivocamos, nos equivocamos al creer que la desaparición del buen periodismo no nos afectará a todos, nos equivocamos al pensar en que los nuevos tertulianos estrella de las televisiones podrán substituir al periodista de raza que no acepta las ataduras de las cadenas o que la píldora informativa y la inmediatez, son un mayor aporte para nuestro día a día que el periodismo de investigación y el análisis en profundidad de lo que realmente ha sucedido.

Decía el presidente de Ecuador Rafael Correa que desde que se invento la imprenta, la libertad de empresa quedo a cargo del dueños de la imprenta, y no andaba desencaminado cuando lanzaba su mensaje. Sabemos mucho de la violencia en Venezuela, pero nada de la represión campesina en Colombia, mucho de la ejecuciones en Irán y poco de la cruel dictadura Saudita, nos escandalizamos con la guerra en Ucrania o la crisis de los refugiados pero nada sabemos de sus orígenes o sus posibles consecuencias. Vivimos atrapados de nuevo en un gran mito de la caverna, propio de la involución informativa de una sociedad que ha decidido cerrar sus ojos y ha renunciado a saber más, a preguntarse realmente que nos ha sucedido en todo este tiempo para encontrarnos en donde nos encontramos.

“Heródoto era un hombre curioso que se hacía muchas preguntas, y por eso viajó por el mundo de su época en busca de respuestas. Siempre creí que los reporteros éramos los buscadores de contextos, de las causas que explican lo que sucede. Quizá por eso los periódicos son ahora más aburridos y están perdiendo ventas en todo el mundo. Ninguno de los 20 finalistas de la última edición del Lettre-Ulysses del arte del reportaje, y del que soy miembro del jurado, trabaja en medios de comunicación. Todos tuvieron que dejar sus empleos para dedicarse al gran reportaje. Este género se está trasladando a los libros porque ya no cabe en los periódicos, tan interesados en las pequeñas noticias sin contexto”.
Ryszard Kapuscinski

 

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Autor: @SeijoDani

 

Recuerda que como parte de la ley de memoria histórica y en recuerdo de la activista medioambiental Berta Cáceres,te agradeceríamos que dedicases un segundo a firmar esta petición para cambiar al recuerdo del fascismo de las calles de A Coruña,por el nombre de la activista medioambiental.

Desde DowJones te agradecemos tu colaboración.

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Pasaporte al fundamentalismo

Es curioso pensar en la facilidad con la que ha surgido en las redes sociales de medio mundo esa orgía empática de individuos solidarizados con la tragedia de Charlie Hebdo; una revista que reconozcamos, permanecía totalmente oculta para un alto porcentaje de los que hoy inundan Twitter con el omnipresente #JesuisCharlie. Resulta…”admirable”, como en un lapso extremadamente corto de tiempo, hemos sido en gran medida capaces de ponernos en la piel de esos pobres caricaturistas que sin previo aviso, se vieron descerrajados por las ráfagas de dos kalasnikov cuando se disponían a completar su jornada laboral, consistente en redibujar una sociedad que ya de por sí se encuentra demasiado caricaturizada.

No puedo evitar que se me pase por la cabeza el glorioso material crítico que Charb hubiese encontrado en todo el despliegue solidario que se ha formado alrededor de su ejecución. Como si de una nueva moda se tratase los medios e incluso las estrellas de cine han sustituído el #BringOurGirlsBack en protesta por los horribles crímenes de Boko Haram por el #JesuisCharlie en solidaridad con esa publicación izquierdista a la que tantos detestaban antes de que su redacción se tiñese de sangre. Y es que no hay nada como ser europeo para que tu muerte cobre más importancia que la de 2.500 nigerianos en Baga o Doron Baga, por eso mismo no me cabe la menor duda de que a los compañeros caídos se les hubiesen ocurrido al menos un par de viñetas para ilustrar tal ironía.

Por mucho que lo pretenda, me muestro incapaz de ponerme en la piel de esos periodistas segundos antes de ver como el fanatismo les arrebataba la vida simplemente por ejercer su trabajo, al igual que me siento totalmente incapaz de ponerme en la piel de esos jóvenes palestinos, sirios o iraquís que ven como el sonido de las bombas les arrebata hasta el último rastro de lo que un día conocieron como su hogar. Un hogar al que de una u otra manera y aunque resulte difícilmente perceptible para el conjunto de occidentales, se siguen sintiendo ligados miles de esos jóvenes emigrantes de segunda o tercera generación que en os últimos años han pasado a engrosar las filas de las más diversas organizaciones terroristas, atraídos por un sentimiento de venganza e identificación cultural que en gran medida el posmodernismo europeo; basado exclusivamente en la mercantilización de todos los aspectos culturales inclusive el religioso, ha logrado fomentar.

Ese mismo sector poblacional que en occidente parece anestesiado y aterrorizado ante la falta de expectativas que supone una crisis sistémica de carácter no solamente económico, sino también moral. Parece haber encontrado salida en el caso de sectores minoritarios de la población musulmana en el radicalismo religioso como en realidad lo podría haber hecho en el ámbito del extremismo político o criminal. Digamos que en cierta medida, el radicalismo religioso en sectores de la juventud musulmana de nuestros países no supone una salida diferente a esa frustración acumulada,de lo que lo podrían suponer el movimiento hooligan o a las pandillas juveniles, aunque obviamente esta sí supone una deriva mucho más peligrosa para nuestra seguridad.

Pese a que identificar las diversas causas que configuran este proceso que ha llevado a miles de jóvenes a alistarse en las filas de la llamada guerra santa sea mi intención en este artículo, he de reconocer que tal tarea puede resultar complicada. Aunque la marginalización a la que estos jóvenes se ven sometidos en sus países de acogida o la falta de expectativas de un futuro en el que sus actos lleguen a ser significables en cierta medida, forman parte de ese contexto demasiado amplio o difuso para ser fácilmente dibujado.

No nos engañemos, la motivación de un joven muyahidín que se embarca en la guerra santa no es muy diferente a la de un joven estadounidense que se enrola en la armada para combatirlo en Iraq. Después de todo en el campo de batalla, el primero de ellos es el único que puede poseer cierto apego hacia el suelo por el que combaten.

Si uno se para a trazar a grosso modo los rasgos de ambos individuos, verá que se trata de jóvenes de clase baja o media baja. En su mayor parte, parcial o totalmente desacoplados del sistema de educación a edades tempranas y que viven en suburbios de las grandes ciudades olvidados hace tiempo por las autoridades competentes. Puede que tanto Ahmed como Sam, vivieran gran parte de su vida bajo ese fenómeno que en España hemos dado en denominar como adolescentes llavero: jóvenes que han visto como los horarios laborales de sus progenitores los abandonaban en manos de internet, los mass media o sus círculos de amistades como sus principales agentes socializadores; y no nos llevemos a equívoco, cualquier jóven sin una guía sólida en esos primeros compases de la adolescencia es fácilmente moldeable para adoptar las más diversas ideologías por muy disparatadas que estas puedan parecer.

Ese conjunto de adolescentes que se encuentran camino de la madurez sin una identidad cultural claramente definida, pasan en gran medida a suponer el perfecto caldo de cultivo para que el fanatismo religioso o cualquier otro radicalismo pase a ocupar una parte fundamental de sus vidas. Del jóven desacoplado socialmente al peligroso terrorista en realidad no existe más distancia que una pequeña serie de causalidades.

Hagamos en este punto un esfuerzo narrativo e imaginemos por un momento la serie de hechos que llevo a nuestro pequeño Ahmed a caer en las redes del fundamentalismo religioso. Puede que todo sucediese de la siguiente manera: En un contexto de lo más cotidiano para cualquier jóven de nuestro continente, quién sabe si en plena partida de Call of Duty Ahmed pudo toparse con total naturalidad ante otros adolescentes de su misma edad y creencia que entre ejecución y ejecución virtual de sus oponentes, repetían eslóganes en contra del invasor infiel, esos mismos que como unidos por un mismo patrón poseen el 88 al final de sus nombres de batalla y a los que suele intentar evitar cuando utiliza el metro. Puede que tras ese primer contacto el joven Ahmed comenzase a profundizar más en esas ideas que parecen orbitar en  el mundo de sus nuevos amigos y quién sabe si atraído por primera vez por ese sentimiento de pertenencia a algo que resulta nuevo para él, comenzase a bucear en los foros de internet logrando encontrar retazos de una identidad que siempre ha estado ahí, esa identidad presente en la patria de sus padres y abuelos, en su propia cultura.

Aunque esto se trate solamente de una suposición o divagaciones narrativas demasiado paranoicas, ésta es una hipótesis que aunque nos cueste encarar desde el etnocentrismo occidental, en donde cualquier explicación que culpabilice a nuestro inmaculado sistema es tildada inmediatamente de herejía social, en realidad puede aportarnos una visión diferente de este fenómeno que atemoriza a Europa. Una visión que lejos de apuntar a la búsqueda de algún cromosoma fundamentalista, pone el foco de atención en un sistema de transmisión cultural y cohesión social cada vez más inestable. Una visión que nos aporta una explicación plausible a esa realidad que suponen los jóvenes europeos, empuñando un fusil en plena guerra santa en Siria o Irak con camisetas del Manchester United o el Fútbol Club Barcelona .Y es que lamentablemente puede que esa haya sido la única huella tangible que la cultura europea ha dejado en esos jóvenes. Un ocio totalmente vacío de contenido basado exclusivamente en una pseudocultura militar-neoliberalista en donde para ciudades como Bagdad o Mosul un payaso rojo y amarillo junto con una cheese burguer ha supuesto la única herencia cultural para toda una generación condenada a sobrevivir en medio de la distopia iraquí.

Puede que si nos parásemos a pensar durante un segundo, sin dejarnos caer en el pánico fomentado estratégicamente hacia el islamismo, en realidad no encontrásemos demasiadas diferencias entre esos jóvenes desprovistos de referentes culturales que se radicalizan en Bagdad, Paris o Ceuta con esos otros que lo hacen a su vez en movimientos criminales como las maras en Tegucigalpa o San Salvador, donde tan sólo en 2014 en ese último país han muerto 3.800 personas fruto de la violencia indiscriminada. En cierto modo y teniendo muy presente la considerable distancia de ambas realidades, una juventud desprovista de futuro y expectativas parece encontrar una salida en ambos casos en un sentimiento de comunidad y pertenencia que les proporcionan esos grupos violentos, una salida en apariencia sencilla a una vida que de otra forma se vería desprovista de motivaciones.

En cierta forma no deberíamos estudiar el fanatismo religioso en sí como una realidad de la juventud islámica en occidente, sino como una salida más a una afección compartida con otros individuos de diferentes puntos del planeta. Así si uno observa la cronología de los hechos en el mismo sector social de países tan distanciados culturalmente como Honduras o Iraq. Se encontrará con que siguen una pauta relativamente similar en su realidad social: en ambos casos han sufrido una guerra civil en la que Estados Unidos ha financiado a grupos armados o participando directa o indirectamente en acciones militares para apoyar a un grupo al que dirigía para imponer sus propios intereses. A su vez, tras finalizar sus respectivos conflictos ambos países han sufrido una imposición cultural y una mercantilización desenfrenada, hasta que han sido abandonados a su suerte tras la intensiva explotación de sus recursos económicos y naturales por empresas extranjeras.

Sin duda estos hechos guardan relación en el caso de Honduras o El Salvador con que los movimientos criminales como las maras hayan campado a sus anchas, llegando a distribuir su dominación cultural por todo el continente, al igual que lo ha hecho en su respectivas regiones el islamismo radical tras la guerra en Siria o Iraq.

El etnocentrismo occidental y su complejo mesiánico que nos ha llevado a intentar imponer una y otra vez nuestro modo de vida en cualquier país que precisase o no nuestra ayuda. Ha llevado a las más diversas regiones a una pérdida de identidad jamás vista en el proceso histórico, al tiempo que con la entrada del nuevo siglo se derrumbaban los endebles cimientos que sustentaban nuestra propia cultura, basada en gran medida en películas de acción mediocres y derechos sociales de cartón piedra. El icono que supuso para gran parte del planeta Rambo o Tony Montana, se derrumbó al tiempo que lo hacía bajo los continuos bombardeos de Cisjordania o Iraq, esa gran esperanza occidental de una democracia exportable .

Si ha existido una última oportunidad para que oriente lograse emprender su propio camino, esa lo supusieron las recientes primaveras árabes, en donde precisamente la juventud de esos países lanzó un grito de libertad frente a los hasta ese momento eternos déspotas, apoyados incondicionalmente por la maquinaria bélica occidental.

Soprendentemente, las plazas de Trípoli o el Cairo se llenaron por primera vez de reivindicaciones sociales, de feminismo, de laicismo que con la atención de medio mundo sobre ellos, valientemente se atrevieron a pedir que se les permitiese forjar su propio sistema. Un sistema alejado de ése modelo enlatado que continuamente occidente parecía empeñado en exportarles bajo el ruido de los bombardeos.

¿Y qué ha sido de esa gran oportunidad tres años después? Pues tras una breve estancia del foco mediático en los diferentes países involucrados y tras la caída en desgracia de Gadafi o Mubarak que supuso el colofón perfecto para la audiencia occidental, el balance no puede ser mas nefasto. Mientras en Bahréin el espectáculo occidental de la Fórmula 1 siguió su curso ante el rojo; no precisamente de los colores de Ferrari, que teñía sus calles. En los países en donde la revolución en cierta medida si tiunfó, como Libia o Egipto, se ha visto abandonada ante nuevos golpes militares en el mejor de los casos o ante la lejana pero inevitable guerra civil. Mientras, por su parte, Siria ha pasado a suponer en la actualidad el principal criadero del terrorismo más radical en el mundo. En gran medida este intento revolucionario se vio frustrado desde un inicio al verse privados de cualquier tipo de apoyo económico o político los diversos partidos socialistas y sindicatos que pudieron configurar una alternativa sólida y laica al viejo modelo dictatorial. La decisión que el mundo occidental tomó por los ciudadanos de esos países de preferir un oriente medio integrista a uno socialista, dejó a los grupos islamistas de corte más radical como única alternativa al viejo modelo maquillado al que nuevamente daba su apoyo Occidente. Las inmediatas consecuencias de esta pésima estrategia diplomática fueron nuevos golpes militares tras breves experiencias democráticas, cuando ante el temor de la llegada al poder de los grupos islamistas occidente se decidió a intervenir de nuevo. Actuación que ha provocado definitivamente la ruptura del mundo musulmán con occidente, especialmente en las generaciones más jóvenes que han visto como sus iniciativas de cambio democrático eran nuevamente coartadas desde el exterior.

Éstos hechos unidos a la nueva política y peso en una región altamente desestabilizada de actores como Arabia Saudí o Qatar, financiando e imponiendo corrientes extremadamente radicales en Siria o Iraq como el wahabismo. En donde ese continuo flujo de financiación ha servido para fomentar el caldo de cultivo ideal para que actores como ISIS surjan de la nada financiados por el oro negro saudita, imponiendo una visión extremista del islam en donde la sharia ha supuesto el reinado del terror para gran parte del mundo islámico.

Mientras e hipócritamente en occidente, nos planteamos promulgar leyes que coarten nuestras libertades, en vistas de una supuesta lucha contra la captación de jóvenes islamistas para la guerra santa. Al tiempo que nuestras divisas continúan financiando al reino saudí que mediante su oro negro supone desde 1938 el principal valedor del integrismo en la región mediante la construcción de las numerosas escuelas, periódicos y mezquitas, en donde sobrevive y se promulga el último gran totalitarismo con posibilidades reales de expansión. Todo esto ante la asombrosas pasividad occidental que sigue haciendo cotizar más el petróleo de Oriente Medio que la sangre de sus habitantes.

Y es que, si uno piensa fríamente al llenar su deposito cada mañana, podrá comprobar cómo un litro de sangre iraquí cuesta para nuestros países al rededor de un euro y medio.

No nos engañemos, el islam no supone en si mismo ninguna amenaza, al igual que no lo suponía el nacionalismo vasco en el caso de España. La amenaza real reside en el fanatismo, en la falta de ideales y en esas falsas identidades que pasan a ocupar el eje central de la vida de miles de jóvenes que ven en las más diferentes causas una salida a un mundo cada vez más materialista y polarizado.

No pretendo eludir la responsabilidad de esos lobos barbudos anclados en la monolectura, ni pretendo culpabilizar exclusivamente al “demonio” occidental de su fanatismo. Pero después de todo, ellos son los locos del kalashnikov y puesto que considero que ya ha habido suficientes mártires en pos de la libertad de expresión, he preferido arrojar luz ante el porqué de tanta sangre el lugar de tentar a la suerte con los tópicos islamófobos.

Después de todo no creo que me hiciese demasiada ilusión un cartel con mi nombre en los Globos de Oro.

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texto: @seijodani