La muerte del trabajador

“…los más astutos guardianes del orden actual de cosas no pueden impedir el despertar del pensamiento del proletariado…”

Vladímir Ilich Uliánov, Lenin

Estibadores, taxistas, bomberos, maquinistas de metro o teleoperadores suponen tan solo alguno de los colectivos que afectados por la inexorable precarización laboral que parece institucionalizarse en nuestro país, han decidido ocupar la calle para hacer frente a las políticas de explotación neoliberal que tras el disfraz de medidas supuestamente encaminadas a mejorar la competitividad, pretenden liberalizar amplios sectores productivos arrasando con ello las condiciones laborales de sus trabajadores. Una dudosa apuesta ideológica del estado y la patronal que haciendo uso de políticas netamente neoliberales, pretende basar la recuperación económica únicamente en el mercadeo de las condiciones laborales en un país en donde muchos de sus trabajadores, pese a serlo, se encuentran en serio riesgo de caer en la pobreza.

Por desgracia, la respuesta contestataria del sector de la estibada o el taxi no parecen suponer la norma en un país en donde por el contrario, parece imperar el hartazgo. Hartazgo político, pero también hartazgo ante una clase sindical muy alejada ya de victorias como la de la Huelgona o del ejemplo y el sacrificio en la lucha obrera llevada a cabo en las minas o en los astilleros españoles. El sindicalismo en nuestro país, al igual que en muchos otros, ha caído en las redes del poder político y económico, cambiando en muchos casos las barricadas por los consejos de administración y los adoquines por las subvenciones. Se ha dejado a un lado la reivindicación social, para dar paso al parasitismo, se ha cambiado al ciudadano y la calle por el aparato estatal y el establishment, y con el sindicalismo alejado del movimiento obrero, llegaron los primeros casos de corrupción, las facturas falsas, los cursos de formación, los ERE y tantas otras corruptelas que si bien todavía se encontraban muy alejadas de los grandes escándalos de los patronos, también lo hacían a su vez de la lucha diaria de los obreros de este país.

Si bien, uno de los sindicalismos más fuertes de todo el continente sucumbió con la Inglaterra de Margaret Thatcher, después de que la dama de hierro desatase los “perros de la codicia” contra ellos, en España, por el contrario, no hicieron falta excisiones, ni tan siquiera un excesivo conflicto, fueron los propios perros quienes buscaron el collar de sus nuevos amos para lograra sobrevivir a un mundo cambiante. Los héroes de la clase obrera fueron olvidados, gano el supuesto pragmatismo y el capital impuso finalmente sus reglas. Tras eso, solo fueron necesarios ciertos retoques, ciertas mordazas y así finalmente se lograron silenciar las avenidas. Sindicatos y sindicalistas fueron olvidados, y nombres como el de Cándido Méndez o Ignacio Toxo, pasaron a significar lo mismo para el obrero español que los de Manuel Rodríguez, Andrés Bódalo o los “ocho de Airbus”, un mismo cajón para muy diferentes procedencias.

Pero hoy la realidad política y social de nuestro país, nos recuerda una vez más la necesidad un sindicalismo fuerte, de clase y de calle. Un sindicalismo capaz de hacer frente al reto de defender los derechos ya adquiridos y conquistar los derechos que nos han arrebatado en los últimos años, escudándose en una crisis que ha sido utilizada como oportunidad para imponernos mayor precariedad. Un sindicalismo fuerte, en un país en donde aumenta preocupantemente la siniestralidad laboral, en donde conciliar la vida laboral y familiar sigue suponiendo poco menos  que una utopía y en donde el obrero medio, pese a todo, sigue teniendo muy presente lo que es jugarse la vida en la calle por sus derechos, por los derechos de los suyos. 

Ellos nos quieren en silencio, nos quieren temerosos y quietos, pero no podemos permitirlo, no pueden callarnos durante mucho más tiempo. Mientras exista un ellos y un nosotros en este sistema, los obreros deberemos seguir organizándonos para reclamar lo que nos pertenece, para luchar por nuestros derechos.

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Dedicado con especial cariño a los trabajadores de la estiba y a todos aquellos trabajadores que día a día defienden sus derechos.

La historia nos absolverá

Ha ganado la táctica de ocultar a su propio partido, ha ganado el ruido desde Madrid, ha ganado el miedo frente a las propuestas. En Galicia, ha ganado el Partido Popular y su candidato, aunque probablemente, no hayan ganado todos los que si han votado al PP.

Con unas elecciones  de nuevo a caballo entre Madrid y Santiago, el Partido Popular ha vuelto a aprovechar a la perfección, el ruido de la precampaña en los partidos de izquierda y un miedo, el del bloqueo institucional, que ese mismo ruido se ha encargado de amplificar y hacerlo sobrevolar sobre un hipotético pacto entre las formaciones de izquierda, que si bien parecía respaldado desde las agrupaciones gallegas, corría en la mentalidad popular, el serio peligro de verse embarrado en una nueva investidura eterna por el a priori necesario visto bueno desde Ferraz y Princesa.

Con un Feijóo ya acostumbrado a lidiar con las acusaciones que desde la oposición, apuntan a su huída a la política estatal. El PP ha decidió postergar sus cada día más evidentes luchas internas, para con un perfil de marca intencionadamente bajo, lograr revalidar en Galicia sus 41 escaños y con ellos, una mayoría absoluta que refuerza al candidato por ahora gallego y debilitan tremendamente tanto a las propuestas de izquierdas, como a un partido, Ciudadanos, aparentemente condenado a la deriva Díez en su intento de consolidarse como alternativa en el ala derecha de la política española.

Recibe un duro golpe la izquierda, y lo hace fruto de una campaña tremendamente inoportuna para el calendario del debate ideológico que a esta le ocupa. Llegaron las elecciones gallegas en pleno pulso identitario entre el carácter propio de las mareas y la inercia aglutinadora de Podemos, como lo hicieron también con un PSOE  inmerso en su particular “perestroika” y un BNG, que una vez más y pese a los cismas internos, ha demostrado con su campaña que nada tiene que ver la salud ideológica de un partido, con su salud electoral.

Llego la izquierda a las urnas en Galicia con una idea clara de lo que se quería cambiar: la inherente injusticia del sistema y especialmente la gestión que de ese sistema se llevaba a cabo desde el PP, pero también lo hacía inmersa en pleno proceso de deliberación sobre las formas de hacerlo y muy especialmente sobre cual iba a ser su alternativa.

No nos malinterpretemos, nada malo existe en el debate, siempre y cuando este se produzca en los tiempos y las formas adecuadas. Lo que no ha parecido suceder en el caso que nos ocupa, atendiendo a los numerosos titulares que en plena recta final de campaña han surgido a raíz de la guerra entre Sánchez y sus varones o Pablo iglesias e Ínigo Errejón. Si el PP decidió aparcar sus diferencias durante la campaña, la izquierda de nuevo comenzó la revolución, antes de finalizar la guerra.

Ha ganado el PP y lo ha hecho pese a la corrupción de sus dirigentes y la política de tierra quemada en sectores como el lácteo, el cerco o la agricultura. Gana el PP en una tierra que como decía el más ilustre de los gallegos, Alfonso Daniel Rodríguez Castelao, está más acostumbrada a emigrar que a pedir. Una tierra con demasiados partidos y escasos movimientos sociales o cooperativas, en donde curiosamente se puede cambiar con mayor facilidad el signo de un voto con las políticas de los pequeños ayuntamientos que con las grandes infraestructuras. Y es que lo del caciquismo en Galicia daría para un aparte, sin duda, resultaría curiosa la presencia de observadores internacionales en nuestros colegios electorales, pero eso no va a suceder, cosas de formar parte del imperio aunque sea en sus provincias más olvidadas. Gana el PP de los recortes, de la corrupción y la precariedad, un partido afanado por marginar o idioma aunque para eso tenga que llevarse también por delante su sabia, encarnada en lo rural y todo lo que en torno a el gira.

Gana la derecha y puede que no por sus propios méritos. Han pasado ya 25 años sin que desde el seno de la izquierda, se haya logrado articular una alternativa clara al modelo de capitalismo de casino en el que nos vemos inmersos como realidad casi global. La izquierda  y especialmente el socialismo europeo, permanece todavía en estado de letargo, tras el intenso golpe que supuso la caída del muro y la imposición del dogma neoliberal. No hemos sabido plantear una alternativa al actual modelo que no solo embelesase al votante tradicional, sino que atrajese a una abstención que sin duda lleva camino de convertirse en la verdadera batalla política de la izquierda de nuestro siglo, más allá de las quimeras del centro tan rentables en sus planteamientos ideológicos para la derecha.

Es necesario profundizar en el debate interno de las diferentes formaciones sin temor a la ruptura, es tiempo de lograr confrontar diferentes visiones dentro de un mismo Frente Amplio de izquierdas. Tiempo de debate, de coloquios y movimientos sociales. Es tiempo de recuperar las calles y desafiar a las injusticias también en los parlamentos, resulta necesario hacer ver a la población que el estado de las cosas no se corresponde a una crisis pasajera, sino a un estadio más de un modelo de sociedad que ve en la clase obrera y su condición de vida, un medio y no un fin en si mismo. No existe una salida a la crisis si no existe un modelo alternativo de sociedad y es ahí en donde debe residir nuestro proyecto, no una especie de buena gestión de las injusticias del sistema como paliativo de una situación insostenible.

Son tiempos de cambio y esta derrota tan solo retrasa cuatro años el asalto al cielo de un proyecto que debe ser a largo plazo y que debe cimentarse en votantes conscientes de la necesidad de su actividad y formación política. La alternativa, supondría sin duda la vuelta a las escisiones en formaciones más débiles y la lucha política por el acceso a los sillones.

Son muchos los que opinan que la indignación se canalizó por primera vez en la política gallega. Hoy, una vea más y pese al duro golpe, depende de la izquierda gallega, construir un marco solido para que sea también aquí en donde al fin se materialice su alternativa.

 

«¡Ése es el pueblo, el que sufre todas las desdichas y es por tanto capaz de pelear con todo el coraje! A ese pueblo, cuyos caminos de angustias están empedrados de engaños y falsas promesas, no le íbamos a decir: “Te vamos a dar”, sino: “¡Aquí tienes, lucha ahora con todas tus fuerzas para que sean tuyas la libertad y la felicidad!”

Fidel Castro Ruz, La Historia me absolverá

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Autor: @SeijoDani

 

Recuerda que como parte de la ley de memoria histórica y en recuerdo de la activista medioambiental Berta Cáceres,te agradeceríamos que dedicases un segundo a firmar esta petición para cambiar al recuerdo del fascismo de las calles de A Coruña,por el nombre de la activista medioambiental. 

https://www.change.org/p/xulio-ferreiro-calle-berta-c%C3%A1ceres-en-a-coru%C3%B1a

El silencio de los corderos

Las calles vuelven a oler a caucho quemado y a sangre en Paris, la izquierda francesa ha vuelto a salir a las calles bloqueando las refinerías y dejando sin combustible a las gasolineras, para arropada por cientos de miles de trabajadores, hacer de las calles de Paris de nuevo un campo de batalla en donde defender sus derechos. El ejecutivo del “socialista” François Hollande y a central sindical CGT siguen sin llegar a un acuerdo de paz, ante la exigencia del colectivo obrero de la retirada del proyecto de ley de la ministra de Trabajo, Myriam El Khomri, que permita poder volver a la mesa de negociaciones evitando así una nueva movilización general en las calles, programada ya para el 14 de junio.

Francia se encuentra en pie de guerra, contra una reforma laboral, que en nada se asemeja por laxa a la aplicada en España. Reforma laboral, la nuestra, que entre otras exquisiteces fruto de la combinación de las mentes pensantes de la derecha y el empresariado de nuestro país, ha permitido rebajar la indemnización por despido improcedente de 45 a 33 días, ampliar las causas objetivas de despido o hacer innecesaria la autorización previa de la administración para llevar a cabo los ERE. Todas ellas medidas que como podan comprobar, se encuentran encaminadas a aumentar la precariedad laboral y los derechos de unos trabajadores que en muchos casos pese a serlo, se encuentran en serio riesgo de pobreza.

¿Pero que diferencia entonces al obrero español del francés para que logre contener su ira? ¿Acaso nuestra situación es más favorable que al otro lado de los Pirineos?

Por desgracia la respuesta es no, lo que diferencia al obrero español del resto de sus compañeros europeos, es su hartazgo. Hartazgo de una clase sindical muy alejada ya de victorias como la de la Huelgona o del ejemplo y el sacrificio en la lucha obrera, llevada a cabo en las minas o en los astilleros españoles. El sindicalismo en nuestro país, al igual que en muchos otros, ha caído en las redes del poder político y económico, cambiando las barricadas por los consejos de administración y los adoquines por las subvenciones. Se ha dejado a un lado la reivindicación social para dar paso al parasitismo. Al ciudadano y la calle por el aparato estatal y el establishment, y con el sindicalismo alejado del movimiento obrero, llegaron los primeros casos de corrupción: las facturas falsas, los cursos de formación, los ERE y tantas otras corruptelas que si bien todavía se encontraban muy alejadas de los grandes escándalos de los patronos, también lo hacían a su vez inmensamente de la lucha diaria de quién decían defender, los obreros de este país.

En la Inglaterra de Margaret Thatcher, uno de los sindicalismos más fuertes de todo el continente sucumbió después de que la dama de hierro desatase los “perros de la codicia” contra ellos, en España no hicieron falta excisiones, ni tan siquiera un excesivo conflicto, fueron los propios perros quienes buscaron el collar de sus nuevos amos para lograra sobrevivir a un mundo cambiante. Los héroes de la clase obrera fueron olvidados, gano el supuesto pragmatismo y el capital impuso finalmente sus reglas. Tras eso, solo fueron necesarios ciertos retoques, ciertas mordazas y así finalmente lograron silenciar las avenidas.

Sindicatos y sindicalistas fueron olvidados, y nombres como el de Cándido Méndez o Ignacio Toxo, pasaron a significar lo mismo para el obrero español que los de Manuel Rodríguez,Andrés Bódalo o los “ocho de Airbus”, un mismo cajón para muy diferentes procedencias.

Pero la realidad política y social de nuestro país, nos recuerda de nuevo la necesidad un sindicalismo fuerte, de clase y de calle. Un sindicalismo capaz de hacer frente al reto de defender los derechos ya adquiridos y conquistar los derechos que nos han arrebatado en los últimos años escudandose en una crisis que han utilizado como oportunidad para imponernos más precariedad. Un sindicalismo fuerte en un país en donde aumenta preocupantemente la siniestralidad laboralen donde conciliar la vida laboral y familiar sigue siendo poco más o menso que una utopía y en donde el obrero medio, pese a todo, sigue teniendo muy presente lo que es jugarse la vida en la calle por sus derechos, por los derechos de los suyos. 

Ellos nos quieren en silencio, nos quieren temerosos y quietos, pero no podemos permitirlo, no pueden acallarnos durante mucho más tiempo. Mientras exista un ellos y un nosotros en este sistema, los obreros deberemos seguir organizándonos para reclamar lo que nos pertenece, para luchar por nuestros derechos.

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Autor: @SeijoDani

 

Recuerda que como parte de la ley de memoria histórica y en recuerdo de la activista medioambiental Berta Cáceres,te agradeceríamos que dedicases un segundo a firmar esta petición para cambiar al recuerdo del fascismo de las calles de A Coruña,por el nombre de la activista medioambiental.

Desde DowJones te agradecemos tu colaboración.

https://www.change.org/p/xulio-ferreiro-calle-berta-c%C3%A1ceres-en-a-coru%C3%B1a