Venezuela, madurez revolucionaria

Más de ocho millones de venezolanos han ejercido su derecho a voto en las constituyentes celebradas el pasado domingo en el país, todo ello pese al alarmismo internacional, la manipulación mediática y los focos de violencia que la oposición ha mantenido durante toda la jornada, como parte fundamental de su estrategia de boicot al proceso electoral. Pese a las dificultades fruto de la violencia durante la jornada de votación, el 41,53% del padrón electoral ha participado de forma activa, en la elección de 537 miembros de la Asamblea Nacional Constituyente. Más de 8.000.000 de venezolanos que otorgan al proceso revolucionario un respaldo mayor que el de los resultados de las legislativas perdidas por el chavismo en 2015, donde con 7,7 millones de votos la oposición se hizo con el control de la Asamblea Nacional de Venezuela y superan de igual modo los resultados de las elecciones presidenciales de 2013, en donde Nicolás Maduro se alzó con la victoria con el apoyo de poco más de 7 millones votos.

La la Asamblea Nacional Constituyente, constituye de este modo la cita electoral número 21 de Venezuela en 18 años, un proceso de continua participación democrática de la ciudadanía, destinado principalmente a superar los continuos desafíos internos y externos con los que la revolución bolivariana se ha encontrado desde la toma de poder de Hugo Chávez en febrero de 1999. Desde la victoria de la opositora en las elecciones parlamentarias de 2015, el continuo desafío político en Venezuela ha degenerado rápidamente cara al golpismo con  el rechazo de la oposición a cualquier tipo de diálogo con el gobierno venezolano. En una interpretación ciertamente torticera de las reglas democráticas del país, la Mesa de Unidad Democrática (MUD), ha dirigido sus esfuerzos institucionales única y exclusivamente a intentar arrebatar la jefatura del Estado a Nicolás Maduro, dejando de esta forma de lado  el mandato otorgado por el pueblo venezolano en medio de una coyuntura económica complicada y el continuo aumento de la violencia en las calles. Con ello, la oposición a la revolución bolivariana dejaba entrever la verdadera motivación de su participación política, lejos del interés por el devenir de los ciudadanía venezolana, la derecha opositora tiene como objetivo únicamente poner fin a un proceso revolucionario que en estos años ha eliminado gran parte de los privilegios de la oligarquía del país. Con la convocatoria de la Asamblea Constituyente, el gobierno de Nicolás Maduro busca consolidar los programas y las conquistas sociales de la revolución bolivariana en un contesto de parálisis política en el Parlamento Venezolano, fruto del rechazo frontal de la oposición a las normas de la Constitución vigente y al uso de la violencia en las calles como medio destinado a tensionar la vida política del país. La necesidad de reorganización del Estado y por tanto la renovación constitucional, no se dirige de modo alguno a la disolución de los poderes en el país, sino que al contrario de lo sucedido con la modificación del artículo 135 de la Constitución española o con  el Referéndum sobre el Tratado de Lisboa, frente a una crisis institucional, el gobierno venezolano ha optado por la consulta popular directa en lugar de hacer uso de la imposición política.

Lo que se plantea ahora en Venezuela es un mecanismo de diálogo en medio de un grave conflicto político y económico con claros tintes injerencistas. La oposición venezolana no puede seguir escondida tras la agresiva campaña mediática internacional que ha justificado actos terroristas como la bomba incendiaria detonada el pasado domingo en Caracas, al paso de los efectivos de la Guardia Nacional Bolivariana (GNB), que ha provocado siete heridos. Se ha terminado la paciencia del pueblo venezolano con el bachaqueo, con las guarimbas, con los asesinatos políticos y con todos aquellos que únicamente buscan desestabilizar la vida diaria de la población con violencia, mientras ellos permanecen ocultos en sus clubs de golf, totalmente ajenos  a las consecuencias de la misma. Con la victoria del proceso Constituyente, la impunidad de la violencia política toca a su fin en Venezuela, un país en donde la policía antidisturbios ha soportado desarmada la continua escalada terrorista y en donde se han llegado a registrar ataques opositores a bases militares, mientras la respuesta del gobierno han sido las urnas, muy al contrario de medidas como el toque de queda adoptado en Francia durante los disturbios de 2005 o la continua represión de la policía española durante las manifestaciones de protesta contra el gobierno en 2014.

Un discurso de doble rasero, facilitado prensa y los diferentes gobiernos internacionales, que han llegado incluso al extremo de jalear el ataque paramilitar sobre la sede del Tribunal Supremo de Justicia de Venezuela, mientras silenciaban muertes como la de Orlando Figuera, uno de los muchos jóvenes quemados y apuñalados en las protestas de la oposición por ser considerados militantes chavistas. La negligencia, cuando no directamente manipulación informativa con Venezuela, ha alcanzado en los últimos meses el grado más decadente del periodismo al transformarse a menudo en puro servilismo ante intereses políticos determinados. Las muertes o la violencia descontextualizada en Venezuela, ha copado a diario el interés mediático internacional, mientras en países vecinos como México, Honduras o Colombia, numerosos periodistas dejaban su vida, ejerciendo su profesión en una lucha contra los hilos ocultos del poder que a ningún medio occidental ha parecido interesarle.  Una manipulación mediática que a tenor de los resultados electorales y pese al control mayoritario de las ‘cadenas’ por el sector crítico con el chavismo, no ha tenido éxito en Venezuela, pero que sí a servido para crear una corriente de opinión internacional que asuma, cuando no justifique, medidas contra el gobierno venezolano y sus representantes.

Estados Unidos, el país que colaboró activamente entre otros con gobiernos como el de Pinochet en Chile o a su “homónimo” africano Hissène Habré en Chad, amenaza ahora abiertamente al gobierno venezolano con sanciones económicas, al sostener que las elecciones a la Asamblea Nacional Constituyente del domingo son un ejercicio que busca usurpar ilegítimamente la democracia al pueblo, unas acusaciones que llegan desde el país del voto robado a las minorías y en donde tendríamos que remontarnos a 1968 para encontrar algún dato de participación electoral por encima del 60%. En medio de un contragolpe neoliberal en Latinoamérica tras años de un proceso integrador cimentado tras la derrota del ALCA por los presidentes Lula, Chávez y Kirchner, el patio trasero estadounidense, vuelve a cumplir su función de soporte del designio de la Casa Blanca con la negativa de los gobiernos de Colombia, México, Perú y Panamá (España por supuesto repite la estrategia Azores) a reconocer el proceso constituyente en Venezuela. Países todos ellos, en donde defender los derechos humanos puede a menudo costarle a uno la vida, pero cuyo apoyo incondicional a las decisiones del gobierno norteamericano en la región, parece eximirlos de las peligrosas consecuencias de ser incluidos en el llamado eje del mal.

Tras los resultados electorales, el gobierno venezolano debe realizar una correcta interpretación de los mismos, la victoria en la Constituyente no supone ni mucho menos un cheque en blanco para el gobierno de Nicolás Maduro, sino que muy por el contrario, se presenta como un mandato, un voto de confianza del pueblo venezolano con su gobierno, para lograr poner fin a una situación de guerra económica y violencia realmente insostenible para el conjunto de la población. Muchos de los votantes en la Asamblea Constituyente han votado en contra de la oposición y sus actos terroristas, contra su inmovilismo político durante estos dos últimos años, contra la quinta columna del mal llamado chavismo crítico, contra la injerencia extranjera…, en definitiva, han vuelto a votar al gobierno bolivariano tras el castigo de 2015, con la esperanza de una profundización en el proceso revolucionario que dote a la población y a su gobierno de armas con las que poder garantizar la independencia política y económica de su país, frente a los desafíos que se avecinan. Son muchos los retos a los que se enfrenta el gobierno bolivariano, pero una vez más, la voz de su pueblo ha demostrado que la revolución no se vende en Venezuela.

“Al imperio no hay que subestimarlo, pero tampoco hay que temerle. Quien pretenda llevar adelante un proyecto de transformación, inevitablemente chocará con el imperio norteamericano.”

“No es lo mismo  hablar de revolución democrática que de democracia revolucionaria. El primer concepto tiene un freno conservador; el segundo es liberador.”

Hugo Chávez

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Ha muerto Fidel

«¡Ése es el pueblo, el que sufre todas las desdichas y es por tanto capaz de pelear con todo el coraje! A ese pueblo, cuyos caminos de angustias están empedrados de engaños y falsas promesas, no le íbamos a decir: “Te vamos a dar”, sino: “¡Aquí tienes, lucha ahora con todas tus fuerzas para que sean tuyas la libertad y la felicidad!”

La Historia me absolverá

 

Sobrevivió Fidel a más de 600 planes de asesinato por parte de la inteligencia americana, y poco podían imaginar en aquel entonces, los que  con tanto empeño lo intentaban asesinar, que no se podría hacer desaparecer su semilla. Eso supuso Fidel Castro para muchos: un líder, un revolucionario, un combatiente; pero ante todo, un maestro y una semilla de esperanza, para quienes alguna vez se sintieron oprimidos por un mundo, que pese a la crueldad de las revoluciones, las hace parecer justas y necesarias ante los ojos de los más desfavorecidos. Un mundo y una realidad que cambió mucho desde el asalto al cuartel Moncada, la partida del Granma, las infinidad de travesías en la montaña o los tiempos del periodo especial. Un mundo que bajo la mirada de Fidel Castro vivió realidades como el fin del régimen del apartheid,  el final de la guerra fría o el inició de la que sería llamada guerra contra el terror. Donde infinidad de personalidades, adaptaron su biografía y su pasado a los nuevos tiempos, pero en donde al comandante Fidel Castro, se le seguiría juzgando siempre, bajo la lupa de un conflicto ya olvidado y que hasta hoy, todavía ahoga a la isla con un bloqueo inquebrantable.

Sin duda, son muchas las miradas con las que  uno puede acercarse a la realidad de Cuba y con ello al legado de los Castro y la revolución. Muchos datos, muchas realidades y no menos mentiras y manipulaciones, si bien nunca en igual medida, vertidas desde ambos bandos de esa guerra eterna entre dos concepciones diferentes del mundo.

Nadie que hoy critique a Fidel Castro, debiera olvidar el motivo del inicio de su lucha. Una razón, nacida un 10 de marzo de 1952. Día en que Fulgencio Batista, ponía fin al orden constitucional, derrocando al gobierno democrático de Carlos Prío Socarrás y dando comienzo a una dictadura que convertiría a la isla, en el “traspatio” de los Estados Unidos. Una extensión del poder norteamericano, en donde el juego y la prostitución dotaban de suntuosos beneficios a personajes como Meyer Lansky y Lucky Luciano. Ambos, miembros destacados del crimen organizado de un país que como declaró el propio Earl T. Smith; ex-embajador de los Estados Unidos en Cuba, ante su senado, poseía tal control sobre la nación caribeña, que la voluntad del embajador estadounidense podía equipararse, sino superar, a la del propio presidente cubano.

Hoteles de lujo, clubes de strip-tease, casinos, lugares turísticos y grandes cantidades de tierras cultivables, que suponían una realidad de la Cuba prerevolucionaria, gestionada entre corruptelas y violencia, por gánsteres americanos en convivencia con los funcionarios de la dictadura y el beneplácito del propio Imperio. Tras ello, sería tiempo para la historia de un pueblo: el asalto al cuartel de Moncada, el viaje a México, donde los destinos de Fidel y Ernesto Guevara se unirían para siempre y el esperado 1 de enero de 1959 con la entrada de los barbudos en La Habana.

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Personalmente, escribiría mi visión de Cuba, con dos anécdotas sucedidas durante mi última estancia en la isla. Ambas sucedidas en uno de esos paseos sin guía, ni horarios por sus calles. En lo que supone un viaje de verdad, sin una idea concreta de la realidad de Cuba, sino con el miedo y la esperanza que produce en un joven idealista el encontrarse con los ojos abiertos por primera vez ante una visión diferente a la de las grandes ciudades occidentales. Una realidad anclada en una construcción antigua y deshilachada. Golpeada, pero no por ello peor, ni mucho menos falta de encanto o de atracción. Una isla que resultaba distópica para muchos y una utopia en lucha para otros tantos.

Uno de los mejores lugares para conocer la pulsión de un pueblo, seguirá siendo siempre una vieja taberna. Alejada de los locales de moda del lugar y oscura. A veces vacía y a veces en silencio, pero nunca durante demasiado tiempo cuando comienza a pesar el alcohol. Fue en ese entorno en donde me encontré por primera vez con Vladimir, un joven cubano que pese a su nombre, poco o nada sabía o quería saber del viejo líder soviético. Tan solo le interesaba su cercano viaje a Italia para reunirse con su hermana y la ropa. Medio éste, por el que a través de los turistas, podía conseguir a duras penas distinguirse ante las chicas de su barrio a las que tan continuamente y de forma tan abusiva, nos ofreció durante nuestra estancia en la isla entre copas de ron envuelto en plástico y unos puros a los que todavía hoy, asocio inevitablemente con las noches de La Habana. Hablamos de coches, viajes, y sueños. Los sueños de lo que un joven cubano creía era España, simples sueños en realidad. Castillos en el aire, cimentados por quién entre la cautela de los Castro con el exterior y las fanfarronadas de los turistas extranjeros, había llegado a ver en un mero turista español cualquiera a un patentado. Poco podía imaginar mi viejo amigo Vladimir de mis esfuerzos como estudiante e hijo de agricultores para comprar ese billete a su realidad, ni lo que supuso en privaciones y esfuerzos ese viaje en los meses posteriores a mi regreso.

Pronto se derribaron los muros que todavía en aquella cantina cubana, separaban al viejo sistema comunista cubano de occidente. Se dibujaba nuestro particular puente Glienicke  entre cigarrillos, alcohol y esa música de Carlos Puebla que tanto nos gusta a los extranjeros y supongo también a los cubanos, al menos a alguno de ellos. Una música, capaz de convertir durante su embrujo, en un ferviente revolucionario, hasta al más rancio representante de lo políticamente correcto. Tal y como hace poco, reconocía el mismísimo ex ministro Margall0 en una tertulia televisiva, en líneas generales, poco apenada con la muerte del Comandante.

En medio de una de esas canciones, que hablaban de otro tiempo para los cubanos, mi inseparable compañero de viaje y fiel amigo con el que compartí aquella experiencia, quizás ya embriagado por ese ron que decía ser el mejor de Cuba por su botella de plástico (“Si se cae no se rompe muchacho” ¿Quién podría negar una evidencia así?) decidió interesarse por la música cubana. En ese momento, nuestras realidades se dieron de bruces con una verdad inamovible, y es que cada persona es un mundo y representa un mundo es sí mismo. Supongo que poco podía esperar nuestro amigo Vladimir, que tras sacar su modesto celular; encadenado a las prestaciones de la dictadura tecnológica en la isla de Cubacel, para intentar compartir vía bluetooth las melodías que hasta ese momento sonaban en un viejo televisor. La respuesta de esos dos orgullosos trabajadores españoles que ante el se encontraban, fuese la de dos desarrapados tecnológicos que en un caso desconocían y en otro directamente carecían de tan brillante tecnología en sus teléfonos móviles. Todavía hoy  recuerdo la respuesta “De verdad tienen que estar las cosas mal en España” La tecnología del ocio nos había condenado a la pobreza o puede que también en Cuba, lo hubiese hecho nuestro nivel de consumo. Pronto le explicamos a nuestro camarada e interlocutor cubano, que ciertamente la obsolescencia de mi amigo correspondía más a una cruzada personal contra los rigores del mundo moderno, que a la realidad de una España, ya por aquel entonces totalmente sumergida en la tónica mundial del consumismo de las nuevas tecnologías.

Comenzó entonces una conversación sobre desahucios, especulación inmobiliaria, las condiciones de trabajo en multinacionales suecas del mueble por las que en aquel entonces trabajaba mi compañero de viaje y otras realidades que se abrieron paso poco a poco entre el humo de los habanos y la incredulidad de los parroquia cubana que en aquel momento, y atraídos ya por las historias de esos cuentacuentos capitalistas, abarrotaban la pequeña taberna en donde comenzaban a escasear alarmantemente las reservas de cerveza y el pollo con arroz. Poco o nada querían creer de ese país que tenía casas vacías mientras sus habitantes dormían en las calles y mucho menos de un país en donde las condiciones de trabajo superaban con creces a las horas y el esfuerzo que muchos cubanos consideraban necesarios para llevar una vida plena. Concluyó nuestro primer acercamiento al debate sociopolítico en Cuba, con una afirmación tan tajante como cierta: “Si yo tengo que trabajar tanto y tan duro… ¿Para que quiero un televisor nuevo si no tengo tiempo para disfrutarlo? me voy al malecón con mi botella de ron” El que hablaba era José Trinidad, camarero de esa taberna decorada con bufandas y banderas del Athletic en donde nos encontrábamos ya en plena madrugada habanera y hasta ese momento, mero observador de la conversación.

Guardamos silencio y simplemente asentimos, antes de adquirir una última botella de ron y dirigirnos al malecón. Un lugar de huída para muchos, también para nosotros en ese momento. Dos jóvenes europeos en aquel entonces con escasas perspectivas de futuro y que nos hubiésemos conformado con la tranquilidad y la vitalidad de una ciudad que pese a estar cayéndose a trozos, continuaba levantada y orgullosa ante quién tan duramente la golpeaba.

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A todos nos terminará juzgando la muerte. Tras la marcha de Fidel, muchos han celebrado la suya en embajadas o sobre coches regados de licor en las calles de Miami o en Madrid. No se echará de menos a Fidel en los consejos de administración de ninguna empresa, ni lo harán las grandes compañías armamentísticas, las petroleras o alguna de esas coaliciones “libertadoras” en Medio Oriente. El legado del comandante cubano, deberá pervivir, en una pequeña isla del caribe reina del beisbol, doctora del mundo y maestra de revolucionarios y personas desfavorecidas de medio mundo. Un proyecto colectivo que fue capaz de adelantarse a los indices de bienestar social marcados en la agenda de la ONU para 2015 y con una clara proyección internacionalista. Una pequeña isla  con las mejores condiciones para la maternidad de América Latina, sin casos de desnutrición severa registrados y con subsidios y gratuidades  dedicados a costear en parte los alimentos, el transporte, teléfonos, agua, electricidad, la Salud Publica y la Educación de sus habitantes.

Suponen para Cuba y su revolución, sus  principales victorias, las logradas en los campos de la educación y la salud pública, campos estos en los que hasta sus enemigos le han concedido su justo reconocimiento. Un país sin un solo niño en la calle, con una enseñanza primaria universal y en donde el 63% de las plazas universitarias en están ocupadas por mujeres. Un país con un bloqueo por una guerra de la que no formo parte militarmente y de la que no debe sentirse culpable de librar una dura batalla ideológica. Supone el bloqueo estadounidense una perdida estimada para la economía cubana, según su propio gobierno de unos 116 mil 800 millones de dólares. Una realidad la del bloqueo americano a la isla, que refleja fielmente la necesidad de someter al enemigo, a todo el que se pueda permitir pensar diferente. Suponer un ejemplo.

A partir de mañana se dedicarán casi tantas páginas contra Fidel, como elogios han dedicado las rotativas y los comunicados de Occidente a dictadores y tiranos de toda índole, con suficiente petróleo, como para silenciar nuestras conciencias. Pero si podemos estar seguros de algo, es de que pese a todos lo mares de tinta que puedan correr, no quedará tras Fidel, ningún Daesh, ninguna guerra extractiva, ni los grandes casos de corrupción bajo su mandato a los que nos hemos acostumbrado en la política de Occidente.

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No todo fueron logros en la revolución cubana, uno pronto comprueba en el sentir de sus calles el eterno compás de sus obras, el surrealismo de su transporte interurbano o la ineficacia de quién quiere alejar a la juventud de la perversión de occidente, pero se ve incapaz frente al peso de las divisas.

Desconozco en que momento exacto conocí al protagonista de mi segunda anécdota cubana y desconozco también su nombre. Soy incapaz de recordarlo y mentiría si dijese lo contrario. Tan solo puedo recordar el trayecto por unas calles escasamente iluminadas pero llenas de vitalidad y una rara sensación de seguridad. Cuando uno camina lo suficiente por cada rincón de La Habana, pronto se percata de que los robos o las agresiones no son algo que realmente deba temer de los cubanos, no puedo negar versiones de algún accidente aislado, pero desde luego, aquella noche y para ser sinceros, en mi estado, no podía imaginar un lugar mejor por donde pasearme con un cartel de extranjero colgado sobre mi espalda. Era nuestras última noche en La Habana y tras encontrarnos con unas compatriotas gaditanas al principio de la misma, nos dirigíamos con ellas y con uno de sus amigos cubanos a una fiesta en un hotel, del cual supongo no os sorprenderá, que no recuerde el nombre. Cruzamos las calles de la Habana haciendo paradas en cada rincón, como intentando empaparnos de la isla antes de partir a nuestro bloque de la realidad. Sus bares, sus perros callejeros, los paladares y ese sin fin de vehículos y personas que animan una noche, la cubana, que todavía brinda más protagonismo a la luz de los cigarrillos que al deficiente alumbrado público.

Como he dicho antes no recuerdo el nombre de nuestro anfitrión cubano, le llamaré Miguel por comodidad y porque pese a mi mala memoria para los nombres, apostaría firmemente a que ese es el nombre con el que se presentó. Miguel era hijo de un reconocido doctor cubano y de una profesora de la facultad de Derecho de la Universidad de La Habana. Un joven culto, con una conversación agradable y siempre dispuesto a aportar algún dato curioso o brillante sobre la historia y los logros de un país, del que uno no sabia si estaba en mayor medida orgulloso o hastiado de su simple existencia. Sentados en un enorme patio sevillano mientras disfrutábamos de la música y la templanza de los mojitos, hablamos de todo lo que un joven cubano puede hablar cuando se le pregunta con verdadero interés por conocer sus respuestas. Hablamos de política, de la revolución, de Fidel, pero especialmente recuerdo hablar esa noche de Camilo Cienfuegos. Miguel sentía especial devoción por Camilo y por lo que pudo ser y no fue. Se dirigía a Fidel y Raúl como los barbudos con un tono claramente despectivo y rencoroso, pero cuando se decidía a loar ante sus interlocutores los logros de su; pese a todo, querida Cuba, el nombre de Camilo parecía servirle como una especie de catalizador entre una revolución que pudo ser, pero que para muchos cubanos nunca había culminado. No quiero decir que Miguel tuviese razón en sus planteamientos, y ni mucho menos comparto sus teorías de la conspiración revolucionaria o algunas de sus severas criticas a un personaje, Fidel, que al contrario que Camilo Cienfuegos o el Ché, si tuvo que hacer frente a realidades a veces, demasiado complejas incluso para un viejo revolucionario. La voz de aquel joven cubano acomodado, era la de una parte de la población que comenzaba a desconectarse de unos mandatarios que bloqueaban sistemáticamente sus eternas aspiraciones de progreso económico y social. Miguel se quejaba del escaso sueldo que su padre, un reputado médico cubano cobraba en su país en comparación con las ganancias de uno de sus tíos que trabajaba como empleado en una cadena de talleres en Michigan. Sus últimas palabras antes de despedirnos camino del hotel fueron “Tan solo en Cuba un médico reputado podría recibir ayuda de un simple mecánico sin estudios, pero tan solo aquí una familia humilde de campesinos como la de mi padre, podría haber sentido el orgullo de formar a su hijo como médico de manera gratuita. Resulta complicada la disyuntiva de querer subir en el escalafón, tratando de no olvidar de donde viene uno”

Cuando uno habla durante un largo tiempo con un cubano, no puede evitar la percepción de dialogar con un pueblo que se encuentra  ante una pregunta vital. Una pregunta sobre la concepción de su futuro, la cual nosotros hace mucho tiempo, tenemos la sensación de habernos equivocado en su respuesta.

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Se marcha una figura clave en la vida de todo cubano, un mentor o un enemigo acérrimo. Un hombre que vivió y marcó un siglo desde su propia patria. Con muchas más luces que sombras de cara a un legado, como herencia para los desarraigados de nuestro mundo. Un revolucionario de los que nunca terminan de morir. Con la muerte de Fidel, el futuro de Cuba no es el futuro de  Raúl Castro ni de ningún otro mandatario cubano, ni tan siquiera el del PCC como muchos todavía piensan. El futuro de Cuba será una vez más, el futuro de una nación y de su pueblo. Como siempre ha sido desde que el 8 de enero de 1959, Fidel y sus barbudos bajaran de la sierra para entregar al pueblo una alternativa al modelo impuesto por su vecino del Norte.

Con Fidel se ha ido un referente, una personalidad decidida y entregada, con los errores propios de un ser humano y con los logros y sacrificios que solo un verdadero revolucionario puede encarar. Se va una forma de entender el mundo y con él parte del mundo que con su figura ayudo a crear, un hombre que ha sembrado esperanza y valentía a partes iguales. Sin miedo y con el convencimiento de quién sabe que la historia le dará la razón, hoy me despido de ti comandante.

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¡Socialismo o Muerte! ¡Patria o Muerte! ¡Venceremos!

 

Autor: @SeijoDani

Recuerda que como parte de la ley de memoria histórica y en recuerdo de la activista medioambiental Berta Cáceres,te agradeceríamos que dedicases un segundo a firmar esta petición para cambiar al recuerdo del fascismo de las calles de A Coruña,por el nombre de la activista medioambiental. 

https://www.change.org/p/xulio-ferreiro-calle-berta-c%C3%A1ceres-en-a-coru%C3%B1a