El dolor de los sin nombre

Su nombre era Samir, pero bien podría haber sido cualquier otro, después de todo, a quién podría importarle el nombre que se esconde tras el dolor al que occidente se niega a poner rostro. En realidad, Samir supone tan solo un número más, uno de casi cinco millones de refugiados sirios que han pasado a formar parte de una comunidad desarraigada, una comunidad que ha visto como la guerra expulsaba de sus hogares a 12 millones de personas desde 2011. Más de la mitad de la población de siria antes de que comenzase el conflicto, se encuentra ya en una dolorosa peregrinación lejos de sus fronteras.

Al igual que tantos otros, ni Samir ni sus padres buscaron nunca emprender una peregrinación carente de todo sentido que los alejase quién sabe si para siempre de su hogar, pero la guerra los obligo a ello. Decidieron huir de ella, cuando una bomba le arrebato la vida a sus dos hermanos pequeños y su tía. Con ese acto, la realidad rompió las escasas esperanzas que les permitían soñar con un futuro en Siria.

A Samir no le importa la ideología de la guerra. Ni siquiera se ha llegado a preguntar quién ha asesinado a sus hermanos. En Alepo como en tantas otras ciudades de nuestro planeta, cuando la muerte cae del cielo, para sus víctimas, las bombas nunca llevan bandera. Detalles como esos solo son discernibles en Occidente, en el infierno sirio, hace ya demasiado tiempo que la muerte lo ensombrece todo, incluso el dolor.

Cuando la mañana  de su marcha, Samir partió dejando lo poco que quedaba en pie tras de si, las lágrimas brotaban de los ojos de su padre como nunca antes el las había visto caer. Ante él, su padre, un hombre fuerte, un héroe, un médico que siempre había logrado ayudar a los demás y que ahora, había decidido por encima de todo luchar por mantener viva a su familia. Había decidido luchar por los suyos antes de hacerlo por una religión, por un ideal o por un país al que ya no reconocía, y al que no estaba seguro poder volver a pertenecer de nuevo.

La decisión de no participar en la guerra por su tierra de intentar conservar con vida a su mujer y a su hijo, podría ser fácilmente interpretada por muchos en su país, como cobardía o traición. Después de todo, en un lugar en donde el destino de tantos hombres era la muerte, quién podría culparlos por ello. Pero cuando la guerra se había cobrado tanto en un conflicto en el que todos parecen dispuestos a continuar derramando sangre inocente para vencer, Samir y los suyos, simplemente decidieron esquivar a la muerte.

Una huída de la muerte que enlazó el camino de Samir al de tantos otros que como él, abandonan cada día sus hogares sin tiempo a mirar atrás. Su nombre pudo haber sido el de Marsa que que tuvo que huir de la guerra dejando todo lo que amaba en su país, Sudán, atrás y bajo los mimos pasos, pero en una ruta diferente, buscar una nueva vida en una Europa que sin saberlo le sería simplemente negada.

Poco o nada podía saber Marsa de los campos de concentración a los que en Europa llaman CIE, de la represión de la policía marroquí o del miedo de ser identificado en las calles de una ciudad para sin más, ser devuelto al infierno por no tener papeles. Nada saben personas como Samir o Marsa de lo inalcanzable que supone el sueño europeo para su sufrimiento, de las condiciones del trabajo en las huertas del sur de España o del mercadeo entre la UE y Turquía que los arroja cada día a rutas más complicadas en la gran fosa común que del Mediterráneo.

Saben tan poco de todo eso, como nosotros del millón y medio de niños desplazados por la violencia de Boko Haram en el lago Chad, los 500 000 inmigrantes, en su mayoría centroamericanos que cada año arriesgan sus vidas subiéndose al tren de la muerte o los miles de fallecidos  en el Mar de Andamán.

En este momento hay 65 millones de personas desplazadas en el mundo, en su mayoría huyendo de la violencia, el hambre o la guerra. 65 millones de desplazados de los cuales la mayoría son mujeres y niños que sufren en sus propias carnes el doble desprecio de una humanidad que mira para otro lado ante el sufrimiento de sus pueblos, impidiendo con fronteras y documentos que algún día puedan volver a sentirse personas libres. No existe la posibilidad para ellos de llegar legalmente a nuestros países. Hablamos de saltos masivos a las vallas de Melilla como si fuesen asaltos a Europa, en lugar de actos desesperados por aferrarse a la vida, un último intento por escapar del hambre o la muerte que a nosotros parece resultarnos indiferente.  Consentimos que nuestros gobiernos mercadeen con la vida de los emigrantes, deshumanizándolos  para poder seguir viviendo con el peso de la muerte de más de 10.000 personas en el Mediterráneo. Contemplamos un genocidio contra los desarraigados en nuestras fronteras e incomprensible permanecemos en silencio.

La crisis de los refugiados no supone una crisis de una región o de un conflicto, se trata de de la crisis moral de una sociedad capaz de mirar para otro lado ante las imágenes que a diario le llegan del Mediterráneo, de Centroamérica o de el corazón de África.

Su nombre era Samir, pero bien podría haber sido cualquier otro…

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Autor: @SeijoDani

Recuerda que como parte de la ley de memoria histórica y en recuerdo de la activista medioambiental Berta Cáceres,te agradeceríamos que dedicases un segundo a firmar esta petición para cambiar al recuerdo del fascismo de las calles de A Coruña,por el nombre de la activista medioambiental. 

https://www.change.org/p/xulio-ferreiro-calle-berta-c%C3%A1ceres-en-a-coru%C3%B1a

El refugio de la ira

terror

1. m.Miedo muy intenso.

2. m.Persona o cosa que produce terror.

3. m.Método expeditivo de represión revolucionaria o contrarrevolucionaria.

 

Una vez más, el miedo vuelve a marcar la agenda en el viejo continente, y tras la última serie de ataques en Niza, Munich y Normandía, la población europea vuelve a entrar en una espiral mediaticosocial de psicosis colectiva, que sin duda pone de manifiesto la escasa preparación de la estructura social europea, para asumir la realidad de un mundo que las propias políticas occidentales han ayudado a crear.

Pese a que sin que me lo pueda explicar, resulte socialmente reprochable desde hace algún tiempo hacerlo; personalmente, sigo siendo de esos que cuando ve el dolor de las víctimas de la barbarie en Europa, no puede evitar pensar en los miles de muertos que ese mismo odio, ha producido y sigue produciendo a diario en países como Irak, Siria o Eritrea. No se trata de una búsqueda emprendida con el afán de encontrar justificación o explicación a lo que no puede resultar justificable o explicable de ninguna de las maneras, ni se trata únicamente  de un sentimiento de culpa o vergüenza por lo que mis compatriotas o sus aliados hayan podido aportar a su tragedia. Sino que simplemente se trata de algo más humano, de algo más simple, se trata simplemente de empatía. Empatía hacia personas que sabes que viven a miles de kilómetros y a los que en gran parte de los casos, resultaría mucho más sencillo identificar con los que aquí son los atacantes y no los atacados, bien sea porque rezan a un mismo dios, hablan un mismo idioma o bien tienen un mismo aspecto, cualquier cosa, cualquier detalle en el que nos queramos fijar, por mínimo que  sea en ellos, resultaría totalmente natural para cimentar el odio contra quienes también son oprimidos; por quién hoy en Europa, pero desde hace ya mucho tiempo en sus hogares, continua sembrando el terror en nombre de un dios que desconocen.

Pedimos justicia, pedimos igualdad y libertad para sus países, lloramos a sus muertos en “sentidos” homenajes y pedimos responsabilidad a nuestros políticos por las víctimas civiles fruto de nuestros bombardeos, nos mostramos comprometidos frente a la guerra y contra la injusticia, pero cuando el terror llama a nuestras puertas, simplemente pedimos más controles, mayores requisitos de entrada y en muchos casos simplemente la expulsión de todos los refugiados, como si dejarlos morir en el Mediterráneo resultase mucho más humano que los bombardeos de una coalición.

Resulta ridícula la pretensión occidental, que promoviendo la violencia en el mundo, pretende que en un mundo globalizado, el terror sea lo único que no se expanda através de las fronteras. Puede que resulte ya tarde para evitar al cien por cien el terrorismo en Europa, pero todavía hoy estamos a tiempo de que los hijos e hijas de los ahogados hoy en nuestras costas, no sean los terroristas que siembren de terror nuestras calles mañana.

Asumir de una vez por todas que nuestras política exterior y nuestra supuesta pretensión de salvaguardar la paz, ha llevado al mundo a una de sus horas más oscuras de terror y migraciones forzadas, no se trata de buenismo ni de una estupidez de la izquierda, sino de humanismo y geostrategia, resultaría estúpido a estas alturas no percatarse de que las bombas nunca lograran traer la paz.

 

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Autor: @SeijoDani

 

Recuerda que como parte de la ley de memoria histórica y en recuerdo de la activista medioambiental Berta Cáceres,te agradeceríamos que dedicases un segundo a firmar esta petición para cambiar al recuerdo del fascismo de las calles de A Coruña,por el nombre de la activista medioambiental.

Desde DowJones te agradecemos tu colaboración.

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Jornada de reflexión

Volvemos a vernos inmersos en otra campaña electoral, y vuelven las dos españas: una España mágica pincelada por un gobierno que siempre parece haber tenido poco tiempo para realizar sus políticas, pero que promete hacerlo si le damos una nueva oportunidad,  y otra muy distinta, desdibujada por una oposición que sino fuese suficiente  ya con nuestros propios problemas, siempre parece capaz de encontrar alguno más. Aún teniendo que buscar en Venezuela, en Grecia o en Irán.

Triste panorama para unos ciudadanos, nosotros, que en medio de una espiral de paternalismo, que a veces roza la falta de respeto,  y de alarmismo, volvemos a encontrarnos en una relación directa con esos entes, los partidos, que durante el resto del año, parecen tan alejados de nosotros en esa lejana galaxia llamada parlamentarismo. Todo con tal de ganar nuestro más preciado bien en democracia, el único ya dirían algunos: nuestro voto. Durante unos instantes, volvemos a contar, dejamos de ser agricultores, taxistas o desempleados; en el mejor de los casos, cuando no meros consumidores, para convertirnos en patriotas, en honrados ciudadanos o en compañeros y compañeras, eso depende ya del gusto de cada uno.

Como si de una gran navidad política se tratase, todos los ciudadanos pasamos por defecto durante unos días, a ser individuos bondadosos e incorruptibles, tan solo en ciertos casos y como excepción; engañados sin duda con crueles artificios y artimañas por algún malvado líder del partido rival, se debe reconducir en su voto a algún ciudadano perdido. Nada que un buen debate o una carta aparentemente personal, pero tan prefabricada como la propia democracia, no pueda arreglar en un instante. 

En definitiva, una prototípica historia de buenos y malos la de nuestra democracia, en la que hasta no hace mucho parecían no importar los papeles. En donde gobernase quién gobernase el fuerte, siempre terminaban ganando los mismos, esos a los que hoy llamamos mercados y ayer burguesía, pero que a fin de cuentas siguen representando lo mismo. Una sociedad corrompida por el poder, en donde se nos habla del ejemplo griego o de la peligrosidad de según que políticas, sin hablarnos de la amenaza que una Europa ya en la senda del neoliberalismo puso sobre la mesa de Alexis Tsipras, una sociedad que habla de los derechos de los venezolanos y las venezolanas, pero que poco o nada dicen sobre la desigualdad de una sociedad en la que los negros, los indigenas, siguen siendo vistos como ciudadanos de segunda, como menos venezolanos que el resto. En donde se nos habla de los refugiados, pero no de la guerra, esa guerra que nosotros mismos creamos en primavera y pretendemos ocultar ahora que el invierno del dolor llama a nuestras puertas. Una sociedad que llora a las mujeres muertas, pero abraza al patriarcado. En donde se dice combatir a la corrupción, pero se favorece el sumo poder de las empresas en el juego político. Una sociedad de pocos y para pocos, en donde se nos miente, se nos engaña y finalmente nos dan la falsa sensación de poder, cuando se nos deja meter una papeleta en una urna una vez cada cuatro años, puede que dos si no les gusta el resultado.

La verdadera conquista de la izquierda no será la victoria de Podemos/IU ni el 15M o un par de ayuntamientos, nuestra victoria reside en cada par de ojos abiertos a la realidad, en cada casa que sea parte activa de la lucha política y suponga un nuevo impulso para ganar nuestro más preciado derecho, el derecho a derribar muros, a cambiar las cosas, el derecho a construir un nuevo mundo alejado de su vieja distopia capitalista.

Perdonen que este no sea un análisis más de el último debate, perdonen que aquí no hablemos de candidatos ganadores o perdedores, sino de un sistema injusto y de la necesidad de cambiarlo.

Sin duda, tomar conciencia política es más sacrificado que ver un debate o depositar una papeleta, y si realmente queremos una verdadera democracia, así debe serlo.

 

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Autor: @SeijoDani

 

Recuerda que como parte de la ley de memoria histórica y en recuerdo de la activista medioambiental Berta Cáceres,te agradeceríamos que dedicases un segundo a firmar esta petición para cambiar al recuerdo del fascismo de las calles de A Coruña,por el nombre de la activista medioambiental.

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No es país para pactos

Ante semejante panorama, y tras las primeras elecciones del fin del bipartidismo, los partidos parecen decididos a dar de nuevo la voz al pueblo. Ya que eso que les hemos dictado la última ocasión que nos dieron tal privilegio, parece en definitiva no haberles gustado demasiado. Lo nuevo y lo viejo, la izquierda y la derecha, han vuelto a demostrar que eso de llegar a acuerdos no es muy español y que si siempre se ha dicho que hay dos españas por algo será, aunque ahora nos quieran contar que ya no son dos, que son cuatro, cinco o las que les ayuden a crear los medios. Pero por mucho que se sumen actores, el dialogo sigue siendo el mismo.

La izquierda española sigue dividida entre esos que quieren hacer la revolución a su suerte, sin contar con nadie, ni respetar a los actores que en ocasiones, más de las que parece, comparten trincheras con ellos, y esos otros que son de izquierda pero un poquito nada más. Esos que perdieron Catalunya por no saber o no querer comprender que el discurso de la identidad nacional de un pueblo, nada tiene que ver con romper España, y esos mismos que gobiernan Andalucía como su más preciado botín, entregándosela desde tiempos inmemoriales a banqueros y terratenientes a cambio de un cada vez más escaso jornal para su pueblo. La izquierda de siempre, una izquierda en gran parte tibia en su discurso, en sus formas y en sus pulsos, una izquierda que mira al Partido Popular en cada acto de campaña y que salvo por las apariciones de los viejos roqueros como Xosé Manuel Beiras o Julio Anguita, sigue sin lograr hacer emerger de sus entrañas a ese líder que aúne la seriedad y discurso de Alberto Garzón, con el carisma y el liderazgo de Pablo Iglesias. Puede pues que en definitiva la solución este en el pacto, un pacto que no gusta ni a unos ni a otros, que no termina de concretarse y que si uno atiende a lo que nos separa, parece poco menos que imposible, pero inevitablemente necesario.

Necesitamos una izquierda propia, una izquierda que ponga definitivamente sobre la mesa un nuevo modelo de producción, unido a una nueva legislación laboral que proteja a los individuos no solo como consumidores, sino además y principalmente como trabajadores. Una izquierda que sume en sus filas a los diferentes actores de la lucha del 99%, los movimientos ecologistas, animalista, feminista, así como los diferentes campos de la lucha obrera, que deben de suponer un solo frente amplio en frontal oposición a la ofensiva neoliberal que desde el 1% de los superricos se ha lanzado para despojarnos de nuestros derechos. Derechos por los que muchos dieron su vida y a los que por dignidad y por necesidad, no podemos renunciar. Necesitamos y exigimos una izquierda propia, pero también global. Una izquierda de los movimientos sociales y de sus comunidades y a la vez una izquierda capaz de aunar fuerzas para afrontar desafíos globales como la lucha contra los paraísos fiscales, el cambio climático o al militarismo en sus más diversas facetas, origen este de los miles de refugiados que todavía hoy, vergonzosamente, aislamos de nuestras fronteras con campos de concentración y concertinas.

Eso necesita la izquierda española, y lo necesita en oposición a una derecha rancia en lo nuevo y en lo viejo, una derecha que habla de regeneración en la búsqueda del pacto con un partido que ha estado inmerso en un ciclo de corrupción sistémica que empezó con Naseiro y continua con Bárcenas, un partido con altos cargos imputados, con comunidades autónomas como Madrid o Valencia que pareciesen salidas de las brillantes páginas de Mario Puzo. Un partido que no ha perdido perdón y que ha puesto trabas siempre que le ha sido posible a las investigaciones judiciales, acostumbrado a ver la paja en el ojo ajeno, mientras encubría la viga en el propio. Con ese partido, la nueva derecha busca pactar un acuerdo en el que todo cambie para que todo siga igual.  Un acuerdo que permita continuar con la precarización del trabajo y las privatizaciones que durante muchos años han transcurrido en paralelo a la corrupción política y empresarial que ha terminado por infectar totalmente al sistema en su conjunto. La nueva derecha busca pactar con una versión suya más rancia y depurada, haciéndonos creer que el problema lo supone un ministro o un diputado, pero no, se trata de un sistema corrupto que en nuestro país ha tenido sin lugar a dudas un gran aliento en el ladrillazo de Jose Maria Aznar o en las privatizaciones de las empresas públicas de uno y otro bando.

No es posible el acuerdo con quienes se lucraron de la España de las obras faraónicas que únicamente sirvieron para sacar pecho y comisiones, al igual que no es posible llegar a acuerdos con quienes figuran en las offshore, ni con quienes pretenden pactar con ellos.

 

 

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Autor: @SeijoDani

 

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Los gritos del silencio

Recuerdo siendo muy pequeño levantarme a escondidas para ver las últimas noticias sobre guerra de Yugoslavia en directo, recuerdo a esos reporteros describiéndonos el dolor y el sufrimiento de un pueblo inmerso en una guerra que ellos no comprendían entonces y seguramente nosotros sigamos sin comprenderla todavía hoy, pero supongo que eso a nadie le importa. Recuerdo las balas, el sonido de los llantos y ese telón de fondo de una humanidad que deja de serlo y que sigue a cada procesión de refugiados que huyen de la barbarie que deja tras de si cada conflicto.

Miles de palabras y cientos de periodistas, pero solo unos pocos de esos que te marcan, que dejan una huella en ti difícil de lograr por cualquier otra profesión. En mi caso, el encargado de dejar esa fue Miguel Gil Moreno, aunque quizás podría haber sido otro, alguno de esos pocos periodistas que nacen con algo diferente en su mirada, en su ADN, esa clase de personas que se niegan a perder la esperanza en la humanidad o que precisamente por haberlo hecho, buscan un motivo para tanta injusticia en aquellos lugares a los que nadie mira, y a los que ya nadie está dispuesto a mirar.

Miguel estudio derecho, pero el era periodista, había nacido para eso, aunque quizás en sus años de estudiante aún no lo sabía. Miguel era, según cuentan los que lo conocieron, uno de esos periodistas que intentan despertar al mundo, de los que cuando emprenden un camino de esos que seguramente lo puedan llevar a la muerte, como ciertamente sucedió en Sierra Leona, no lo hacen únicamente por un buen reportaje sobre la muerte de unos cascos azules, no buscan desesperadamente un minuto de oro, ni su nombre destacado en las portadas de todos los medios, sino que simplemente buscan la verdad.

Leía hace poco una cita de Alberto Arce en su “Novato en nota roja” en la que hablaba de esos periodistas estrellas, esos que hace mucho se acostumbraron a las portadas y a los best seller y olvidaron el olor a barro y a sangre. Hablaba Arce de esos dioses del periodismo que todo novato quisiera conocer y a los que sin embargo seguramente llegarán 20 años tarde para lograr rescatar de ellos algo que valiese la pena aprender. Lo hacía precisamente Arce desde un libro en el que uno puede respirar periodismo, un libro que trataba la realidad de Honduras desde las suelas del zapato de un periodista, y yo no podía parar de pensar en que clase de pasta es esa de la que deben estar hechos esos individuos que sin grandes contratos ni grandes elogios, se juegan su vida para abrirnos los ojos a un mundo que por puro egoísmo desconocemos. Y no hablo solo de los reporteros de Siria, en donde se han dado cita más periodistas freelance por metro cuadrado que en ninguna otra parte del mundo, sino de la propia Honduras, de México o de cualquier otra parte del mundo en donde hacer periodismo sigue siendo una aventura peligrosa.

Quizás no nos demos cuenta, no notemos la diferencia de la caída en decadencia de un sector en donde los sueldos y las condiciones laborales son poco más que insoportables para sus trabajadores, en donde las muertes y el silencio que suele acompañarlas, a no ser que seas occidental, suele ser una final y cruel ironía para quién pierde la vida por informarnos. Quizás pensemos que con Twitter o Facebook los periodistas ya no son tan necesarios, que cualquiera puede gravar la última noticia desde su teléfono móvil o escribir sus opiniones y conjeturas, como quizás yo lo hago, en cualquier red social. Pero nos equivocamos, nos equivocamos al creer que la desaparición del buen periodismo no nos afectará a todos, nos equivocamos al pensar en que los nuevos tertulianos estrella de las televisiones podrán substituir al periodista de raza que no acepta las ataduras de las cadenas o que la píldora informativa y la inmediatez, son un mayor aporte para nuestro día a día que el periodismo de investigación y el análisis en profundidad de lo que realmente ha sucedido.

Decía el presidente de Ecuador Rafael Correa que desde que se invento la imprenta, la libertad de empresa quedo a cargo del dueños de la imprenta, y no andaba desencaminado cuando lanzaba su mensaje. Sabemos mucho de la violencia en Venezuela, pero nada de la represión campesina en Colombia, mucho de la ejecuciones en Irán y poco de la cruel dictadura Saudita, nos escandalizamos con la guerra en Ucrania o la crisis de los refugiados pero nada sabemos de sus orígenes o sus posibles consecuencias. Vivimos atrapados de nuevo en un gran mito de la caverna, propio de la involución informativa de una sociedad que ha decidido cerrar sus ojos y ha renunciado a saber más, a preguntarse realmente que nos ha sucedido en todo este tiempo para encontrarnos en donde nos encontramos.

“Heródoto era un hombre curioso que se hacía muchas preguntas, y por eso viajó por el mundo de su época en busca de respuestas. Siempre creí que los reporteros éramos los buscadores de contextos, de las causas que explican lo que sucede. Quizá por eso los periódicos son ahora más aburridos y están perdiendo ventas en todo el mundo. Ninguno de los 20 finalistas de la última edición del Lettre-Ulysses del arte del reportaje, y del que soy miembro del jurado, trabaja en medios de comunicación. Todos tuvieron que dejar sus empleos para dedicarse al gran reportaje. Este género se está trasladando a los libros porque ya no cabe en los periódicos, tan interesados en las pequeñas noticias sin contexto”.
Ryszard Kapuscinski

 

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Autor: @SeijoDani

 

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Un fantasma recorre Europa.

Un fantasma recorre Europa,el fantasma del fanatismo,de la intolerancia,el de la inhumanidad…un fantasma que amenaza con destruir a una Europa que tras perder la hegemonía política y económica,ahora se dirige;cegada por las exigencias del populismo más rancio;fomentado por la crisis económica,de lleno  a la perdida definitiva de su hegemonía cultural.

Un club de los 28 que saltándose a la torera un sin fin de tratados nacionales e internacionales,ha  firmado un tratado con Turquía para dar inicio a un intercambio de cromos,en donde la UE devolverá a Ankara a todo aquel extranjero que llegue ilegalmente a sus costas,para una vez de vuelta en Turquía,los 28 puedan repartirse un número de refugiados equivalente al de expulsiones,seguramente atendiendo a los criterios que el mercado laboral o racial requiera en los países industrializados de la Unión.Un acuerdo que evoca en su trato a los más necesitados a aquel tan humillante e inhumano traslado forzoso de refugiados españoles desde la Francia de Vichy a la Alemania nazi,con el que Pierre Laval pretendía dotar a este país de una mano de obra totalmente indefensa y muy necesaria para la industria del III Reich.

Pero los tiempos parecían haber cambiado,parecía haber pasado demasiado desde aquel 1942 en el que se producía aquella situación,hasta la Europa de hoy.Una Europa unida,un continente sin fronteras y a salvo de los fanatismos de aquellos viejos tiempos,que sin embargo,vuelve a encontrarse amenazada una vez más por el nacionalismo y la xenofobia que hace de un continente que ha vivido dos Guerras Mundiales y ha sufrido en sus carnes la desolación de las largas caminatas de los desposeídos,un continente capaz de abandonar a su suerte a miles de refugiados,o lo que es peor de deshumanizarlos hasta el punto de fomentar un intercambio,como si se tratasen de cromos de fútbol o de simples números sin unos nombres y una historia tras cada uno de ellos.

El peso de las agendas nacionales,la perdida de la conciencia de clase frente a la conciencia nacional y la imposibilidad de llevar a cabo políticas largoplacistas en una partidocracia plagada de elecciones con ya muy poco significado,ha transformado a los derechos humanos en unos pocos minutos en cualquier informativo de sobremesa. 

Vivimos en una Europa,en donde se detiene a periodistas por informar de la larga marcha de la vergüenza que supone para nosotros,como europeos,cada paso de estos refugiados,vivimos en un país capaz de negociar de espaldas a su ciudadanía espurios tratados con un gobierno turco a su vez no menos espurio.Vivimos desmemoriados y ausentes de nuestras propias guerras y de nuestros propios emigrantes.

Millones de euros derrochados primero en bombardear sus ciudades,en espoliar sus riquezas y ahora en levantar  vallas y muros que nunca podrán evitar que los desheredados sigan llegando,que sigan luchando por un derecho que les pertenece:el derecho a la vida.

Déjenlos entrar,no son el enemigo.

 

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Autor: @SeijoDani

 

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