La independencia amordazada

“El nacionalista no sólo no desaprueba las atrocidades cometidas por su propio lado, sino que tiene una extraordinaria capacidad para ni siquiera oír hablar de ellas.”

George Orwell

Hace tiempo que entre Cataluña y España, se juega a un juego demasiado peligroso. Un juego de tensiones, de orgullo, un juego de peones y reyes, de condados y reinos. Una partida tensa y eterna; a la par que fútil, para quienes tarde o temprano, deberán pagar sus consecuencias. La de la política como entretenimiento, como un espeso telón destinado a cubrir nuestros ojos y nuestros bolsillos, ante el continuo saqueo de unas élites económicas, capaces de parapetarse por igual, tras la estelada o la rajoigualda, según sus intereses vayan en ello. La Diada del año 2012, suponía el cenit de un proceso histórico, para infinidad de catalanes que veían en su tierra, el nacer de una joven nación. A la vez que fue recibido como una fuerte conmoción, para un viejo reino de trato alejado e inquisitorial con sus territorios. Una corona y un sistema enfermo, que pretende a costa de todo, conservar el control del territorio. El recurso del PP contra el Estatut, sumado a la conjunción de crisis económica y social, propició un caldo de cultivo ideal, para una idea, la de la huída hacia delante, que poco antes suponía poco menos que una quimera para los catalanes. El proceso de ruptura de Cataluña hoy, se trata mucho más, de las crónicas del abandono de un hogar desestructurado, que de las de una feliz y planeada independencia.

Elecciones anticipadas, declaraciones de soberanía, consultas, organismos consultivos e incluso la reedición del pacto Ribbentrop-Mólotov, entre Mas y Junqueras de por medio. Han dado lugar a una sociedad polarizada, adormecida y unida únicamente, en el hartazgo con un proceso estancado en trincheras culturales y políticas de escasa profundidad. En nada se diferencian las tácticas o argumentos de la oligarquía de uno y otro bando. En nada se diferencian, pues su proyecto es el mismo, con un final diferente según el color del bolsillo. No se trata desde Cataluña de reivindicar el camino de una Generalitat de Cataluña, aguerrida con su pueblo ante las dificultades. No se trata tampoco de levantar una vez más los gritos de la anarquía en sus callejones o en sus pueblos, ni del ejemplo de la resistencia y la lucha contra la represión del fascismo y el orgullo de la cultura cuando una lo siente como propia, aunque se la quieran hacer ver extraña. Tampoco se pretende desde España evitar el desastre para Cataluña o los catalanes, no se actúa por responsabilidad institucional o deber de estado. Sino que se hace casi como por inercia, sin reflexión, ni alternativa. Se decide y se impone. Se trata de un juego de previsiones y de cifras, de números y nombres. Se trata de ladrones acusando de ladrones a otros ladrones. Un sin sentido, un trabalenguas de complicada digestión  y escasa recompensa para quién lo encara, pero de vital importancia para quién se empeña en pronunciarlo.

La Cataluña de la burguesía catalana, es la Cataluña de los recortes, la del pago de la deuda. Una sociedad de vida austera, con solemne pomposidad en sus altas esferas. La Cataluña del Porsche y la del ciudadano medio. Un país liberado de su metrópoli, pero no de sus cadenas, en forma de bancos y privatizacionesUna nación maniatada desde su nacimiento, un triste final, para un vacilante principio.

Conozco bien, la impotencia de quién sintiéndose parte de una nación diferente a la española, tiene que compartir su reino. Conozco los desprecios a la lengua, la cultura o la historia de sus ancestros. El pesado yugo de la historia de un país, todavía demasiado atemorizado ante la perdida de su imperio, como para replantear su propia territorialidad. Un complejo de anochecer prematuro, en donde nunca se creyó se pondría el sol.  El desafío independentista a Madrid, supone un nuevo reto, para una democracia joven e inestable. Un sistema con unos partidos más acostumbrados a evocar las pasiones y el sentimiento que la razón o el pacto social. Una política muy diferente a la economía, en donde el estado neoliberal, parece ser el único claro vencedor de uno u otro proyecto. No dudan ni por un instante en Madrid o Barcelona de la clara posibilidad de alcanzar pactos , cuando la verdadera estabilidad vaya en ello.  

Al igual que anteriormente lo supuso el terrorismo de ETA, la amenaza secesionista desde Cataluña, supone una baza política más en un estado con un evidente doble juego. Conocen desde el PP las claras ventajas en términos de rédito electoral que en el conjunto del estado, supone una Cataluña amenazante, enrocada. Una tensión que desde al derecha española vaticinan como molesta, pero ficticia. Un farol a todas luces, demasiado evidente en el seno de la Europa actual. Precisamente en esa inmediatez puede residir la falta de miras del estado español. Suceda lo que suceda el proceso secesionista, el independentismo parece ganar. De llevarse a cabo con éxito, dará como resultado o bien una Cataluña independiente o la palpable sensación de una sociedad, retenida contra su voluntad, en el marco de un estado de probada intransigencia. 

Mientras el día a día de este juego se desarrolla entre acusaciones de quién adoctrina a quién. Madrid y Cataluña, siguen suponiendo dos caras de una misma moneda. Dos estados, naciones o regiones, llámenle cada uno como quieran, como sientan. Dos pueblos, atados a un sistema devorador de culturas, de lenguas, de tradiciones y pasados. Un culto al engaño y a las acciones políticas de falsa bandera, que aprovechan nuestras más profundas pasiones, para incidir en lo que nos diferencia y nos enfrenta, frente a la verdadera unión de necesidad. La independencia de quien ha vendido al mejor postor sus derechos o su tierra, supone a todas cuentas, una independencia amordazada.

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Autor: @SeijoDani

Recuerda que como parte de la ley de memoria histórica y en recuerdo de la activista medioambiental Berta Cáceres,te agradeceríamos que dedicases un segundo a firmar esta petición para cambiar al recuerdo del fascismo de las calles de A Coruña,por el nombre de la activista medioambiental. 

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La pasión turca

“La diferencia entre una democracia y una dictadura consiste en que en la democracia puedes votar antes de obedecer las órdenes.”

Charles Bukowski

No hace demasiado tiempo, mencionar a Recep Tayyip Erdogan, suponía en Occidente, nombrar la esperanza de un islam democrático. Al menos, la de un islam democrático a nuestra imagen y semejanza. Imagen, que nunca nos hemos parado a pensar, pudiese suponer un corsé demasiado apretado, para un cuerpo político y social que por mucho que lo intentemos, no corresponde al nuestro.

La llegada de Erdogan al poder, se produce en el contexto de una Turquía cansada de ser un estado entre dos aguas. Cansada del poder del ejercito y de la secularización, que enmascara la identidad de muchos de sus ciudadanos, bajo un manto de palpable clandestinidad y radicalización. La llegada  al poder de Erdogan, supone una opción ante lo insustancial de la memoria de un imperio que ya no existe, de un pasado glorioso, pero pasado al fin y al cabo. La única alternativa viable para el cambio, en un país en donde tras el golpe de Estado de 1980, la izquierda pareciese haber pasado a ser patrimonio exclusivamente kurdo.

El islamismo de Tayyip Erdogan, se dibujaba en la línea del liberalismo económico y el ferviente anticomunismo. Una concepción política y religiosa, alejada de las versiones más radicales del islam, pero suficiente, para que en la Turquía secular protegida por el ejercito, esto fuese visto como una seria amenaza al orden establecido. Erdogan sufrió en sus propias carnes la persecución política, la muerte de compañeros de partido en atentados diseñados para amedentrarlo e incluso la cárcel, donde pasaría diez meses, tras compartir un poema de carácter islámico. Irónicamente, en una Turquía de signo diferente, también sería la poesía, en este caso un poema crítico con la gestión de Erdogan, la que llevase a la modelo Merve Buyuksarac a prisión.

La historia y una profunda crisis económica, daría en 2002 el poder a Erdogan, gracias a un casi recién fundado, Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP) que contra lo esperado por muchos conseguía una mayoría absoluta para un partido islámico, de corte conservador y centrista en su planteamiento. Pero en definitiva, un partido islámico, se hacía con el poder en un país en el que a su ejercito, nunca le había temblado la mano para disuadir el avance religioso en las instituciones.

La cerrazón del ejercito a la influencia religiosa y las continuas trabas a la participación política, impuestas por los numeroso golpes de estado, había volcado el deseo de cambio de la sociedad civil turca en las cofradías y hermandades islámicas. Esto propicio el caldo de cultivo perfecto, para la difusión de una doctrina que podríamos denominar como “liberalismo islámico” en la que personajes como Fetulá Gülen, ayudaron a crear una élite religiosa, capaz de ocupar numerosos cargos en las instituciones de poder del estado, sintetizando un marcado carácter religioso conservador, con los valores propios de las democracia liberal capitalista. Con su llegada al poder en 2002, los cuadros gülenistas sirvieron a Erdogan, para llevar a cabo una venganza contra el nacionalismo laico, en forma de purgas sistemáticas en la Judicatura, el ejercito o el funcionariado. El juicio del Ergenekon y especialmente la reforma constitucional de 2010, ponían punto y final a la visión del AKP, como un punto de encuentro entre democracia e islam. Gestos como la presencia del idioma kurdo en televisión, el alto el fuego con el PKK o la apertura oficial de negociaciones con la Unión Europea para su futura adhesión, pronto dan paso a la persecución política de la fuerte oposición kurda, la violencia sexual contra las activistas antigubernamentales o el mercadeo de los Derechos Humanos con Europa demasiado encerrada en sí mima, como para poner trabas ala construcción de un nuevo sultanato a sus puertas. Las privatizaciones, los recortes, así como las mayores garantías para  las multinacionales, parecen garantizar a Erdogan la convivencia con Occidente, la sharía y el capital suponen los cimientos de una nueva Turquía.

La reforma del ejercito y la mayor presencia de la religión en el día a día de Turquía, tensaron la cuerda en un país, en donde el uso del velo en las universidades, las restricciones al alcohol, la preponderancia de la religión en los estudios o el crecimiento vertiginoso del número de mezquitas, vinieron acompañados de un crecimiento paralelo de la corrupción y la concentración de poder en el estado. Tayyip Erdogan, se veía cercado por numerosos casos de corrupción que habían llevado a una fuerte reestructuración del Gobierno y que ahora, lo amenazaban directamente. Erdogan había convertido su voz, en mandato. El presidente que había llegado al poder, tras recorrer las calles de su país, se parapetaba de sus propias aspiraciones, tras los muros de su fastuoso palacio en Ankara. Un búnker físico e ideológico, desde el que poder dirigir el cambio de un sistema parlamentario a una república presidencialista, que todo parece indicar, puede suponer tan solo la mera fachada de una dictadura de facto. Cualquier síntoma de disidencia en Turquía, es perseguido y eliminado, desde la revuelta que tomó el parque de Gezi, hasta la oposición parlamentaria, pasando por periodistas o miembros del propio AKP, la discrepancia con las decisiones del sultán turco, se paga cara. EL terrorismo, la guerra interna, el conflicto sirio o el reciente golpe de estado, han sido oportunidades aprovechadas por Erdogan, para hacer política desde el caos.

La censura y las purgas, no pueden ocultar la sensación de un país polarizado. Turquía se ve atrapada en el juego de un sátrapa, obsesionado con recobrar una antigua grandeza que puede sin embargo provocar, la caída en desgracia definitiva de un gobernante y de un estado que no supo ser consciente de sus propios límites. El mismo Erdogan que utilizó a Fethullah Gülen, para  llegar al poder y abandonarlo cuando fue preciso, el que vio en el islam un medio para conseguir el apoyo social necesario para llevar adelante sus reformas institucionales y el trilero que supo hipnotizar a la UE, se encuentra ahora inmerso en una dinámica interna, extremadamente peligrosa de radicalización religiosa y en una situación exterior más débil que nunca, ante un doble juego con la OTAN y Rusia, con Siria de fondo. Comienzan a terminarse los comodines de la baraja del sultán turco, mientras la huída sin retorno del autoritarismo más descarnado, comienza a despejarse como la única opción de autoridad, para un país que en algún momento, quiso recobrar su protagonismo internacional.

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Autor: @SeijoDani

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Lo siento mujer

Supongo que todo pudo comenzar la primera vez que su madre le compro una muñeca en lugar de aquel coche que tanto le gustaba, en las miradas raras cuando quiso jugar al fútbol, las broncas con aquel primer novio por aquella minifalda “demasiado corta”, los celos, los mal entendidos los sábados por la noche, el primer puta, los anuncios denigrantes, los “piropos” a destiempo, la falta de ayuda en casa, los golpes, la talla 36 como canon de belleza, los tacones en la oficina, las miradas lascivas de aquel desconocido, el acoso por un aborto, el miedo a volver sola a casa. Tu sexo…su sexo. 

En nuestro país viven actualmente 23.695.618 mujeres, 90 de ellas nos faltan al haber sido asesinadas durante este último año fruto de la violencia machista. Algunas, como Mariana Carmen Radú de 43 años, habían denunciado; otras no, quizás por miedo a la represalia o simplemente por temor a ser incomprendidas en una sociedad que tantas veces mira para otro lado cuando la sangre aún no se ha derramado en su suelo. De esos veintitrés millones millones de mujeres, una será violada cada 8 horas, doce de cada cien sufrirán malos tratos a lo largo de su vida  y seguramente la totalidad, vivirá de una o de otra manera la inmensa variedad de formas en las que la sociedad y los que en ella nos encontramos, discriminamos a una mujer por el simple motivo de su sexo. Vivimos en una sociedad, con toda una red de conductas interiorizadas desde nuestra más tierna infancia, para hacerlas sentir distintas, muy probablemente inferiores. Como podría sino explicarse una sociedad, en la que más de las mitad de los adolescentes le dice a sus novias con quién puede hablar, en donde se sigue juzgando a las mujeres por su sexualidad o en donde son necesarias leyes, en tantas ocasiones violadas, para garantizar la paridad en los puestos de responsabilidad de nuestras empresas o nuestros gobiernos.

Vivimos en un entorno patriarcal, en donde tan solo 18 denuncias falsas de un total de 130.000 por violencia machista en 2015, sirven para jugar a la ambigüedad a tantos de nuestros cargos políticos. Una realidad en donde el miedo llega a condicionar la vida de la mitad de sus habitantes y en donde la justicia, en demasiadas ocasiones, no se encuentra al lado de la víctima. Techos de cristal todavía vigentes e inalterables, marcados en su curriculum junto a su sexo y quién sabe si como inmensas estrellas amarillas cosidas en sus vaginas o sus pechos. Símbolos invisibles pero latentes de la discriminación de una parte vital de nuestra sociedad. Genocidio, silenciado en tantas partes del mundo y con escasas políticas, más gestuales que comprometidas, para lograr su fin.

Triste una sociedad que dice criar a mujeres libres e independientes, pero que las abandona a su suerte en un mundo que todavía no está preparado para ellas. Un mundo que no nos cría en la igualdad, sino en la diferencia. En donde a los sentidos silencios de protesta, les siguen los recortes en algo que realmente, en el fuero interno de la política, no se considera prioritario. Ningún otro tipo de terrorismo gozaría de la impunidad de la que goza el terrorismo machista, ningún otro genocidio lograría silenciarse al igual que silenciamos el lento gotear de la muerte de nuestras mujeres. Sin duda, supone para nosotros como colectividad, pero también como individuos particulares, una revolución pendiente.

Existen cientos de motivos por los que uno debiera encarar la lucha feministas: por ética, por solidaridad, por necesidad, por amor, por deuda con quién le dio la vida o simplemente por justicia. Por ver al fin en los ojos de la próxima generación de mujeres, la esperanza, en unos ojos en los que todavía hoy se ve tantas veces reflejado el miedo.

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Autor: @SeijoDani

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La historia nos absolverá

Ha ganado la táctica de ocultar a su propio partido, ha ganado el ruido desde Madrid, ha ganado el miedo frente a las propuestas. En Galicia, ha ganado el Partido Popular y su candidato, aunque probablemente, no hayan ganado todos los que si han votado al PP.

Con unas elecciones  de nuevo a caballo entre Madrid y Santiago, el Partido Popular ha vuelto a aprovechar a la perfección, el ruido de la precampaña en los partidos de izquierda y un miedo, el del bloqueo institucional, que ese mismo ruido se ha encargado de amplificar y hacerlo sobrevolar sobre un hipotético pacto entre las formaciones de izquierda, que si bien parecía respaldado desde las agrupaciones gallegas, corría en la mentalidad popular, el serio peligro de verse embarrado en una nueva investidura eterna por el a priori necesario visto bueno desde Ferraz y Princesa.

Con un Feijóo ya acostumbrado a lidiar con las acusaciones que desde la oposición, apuntan a su huída a la política estatal. El PP ha decidió postergar sus cada día más evidentes luchas internas, para con un perfil de marca intencionadamente bajo, lograr revalidar en Galicia sus 41 escaños y con ellos, una mayoría absoluta que refuerza al candidato por ahora gallego y debilitan tremendamente tanto a las propuestas de izquierdas, como a un partido, Ciudadanos, aparentemente condenado a la deriva Díez en su intento de consolidarse como alternativa en el ala derecha de la política española.

Recibe un duro golpe la izquierda, y lo hace fruto de una campaña tremendamente inoportuna para el calendario del debate ideológico que a esta le ocupa. Llegaron las elecciones gallegas en pleno pulso identitario entre el carácter propio de las mareas y la inercia aglutinadora de Podemos, como lo hicieron también con un PSOE  inmerso en su particular “perestroika” y un BNG, que una vez más y pese a los cismas internos, ha demostrado con su campaña que nada tiene que ver la salud ideológica de un partido, con su salud electoral.

Llego la izquierda a las urnas en Galicia con una idea clara de lo que se quería cambiar: la inherente injusticia del sistema y especialmente la gestión que de ese sistema se llevaba a cabo desde el PP, pero también lo hacía inmersa en pleno proceso de deliberación sobre las formas de hacerlo y muy especialmente sobre cual iba a ser su alternativa.

No nos malinterpretemos, nada malo existe en el debate, siempre y cuando este se produzca en los tiempos y las formas adecuadas. Lo que no ha parecido suceder en el caso que nos ocupa, atendiendo a los numerosos titulares que en plena recta final de campaña han surgido a raíz de la guerra entre Sánchez y sus varones o Pablo iglesias e Ínigo Errejón. Si el PP decidió aparcar sus diferencias durante la campaña, la izquierda de nuevo comenzó la revolución, antes de finalizar la guerra.

Ha ganado el PP y lo ha hecho pese a la corrupción de sus dirigentes y la política de tierra quemada en sectores como el lácteo, el cerco o la agricultura. Gana el PP en una tierra que como decía el más ilustre de los gallegos, Alfonso Daniel Rodríguez Castelao, está más acostumbrada a emigrar que a pedir. Una tierra con demasiados partidos y escasos movimientos sociales o cooperativas, en donde curiosamente se puede cambiar con mayor facilidad el signo de un voto con las políticas de los pequeños ayuntamientos que con las grandes infraestructuras. Y es que lo del caciquismo en Galicia daría para un aparte, sin duda, resultaría curiosa la presencia de observadores internacionales en nuestros colegios electorales, pero eso no va a suceder, cosas de formar parte del imperio aunque sea en sus provincias más olvidadas. Gana el PP de los recortes, de la corrupción y la precariedad, un partido afanado por marginar o idioma aunque para eso tenga que llevarse también por delante su sabia, encarnada en lo rural y todo lo que en torno a el gira.

Gana la derecha y puede que no por sus propios méritos. Han pasado ya 25 años sin que desde el seno de la izquierda, se haya logrado articular una alternativa clara al modelo de capitalismo de casino en el que nos vemos inmersos como realidad casi global. La izquierda  y especialmente el socialismo europeo, permanece todavía en estado de letargo, tras el intenso golpe que supuso la caída del muro y la imposición del dogma neoliberal. No hemos sabido plantear una alternativa al actual modelo que no solo embelesase al votante tradicional, sino que atrajese a una abstención que sin duda lleva camino de convertirse en la verdadera batalla política de la izquierda de nuestro siglo, más allá de las quimeras del centro tan rentables en sus planteamientos ideológicos para la derecha.

Es necesario profundizar en el debate interno de las diferentes formaciones sin temor a la ruptura, es tiempo de lograr confrontar diferentes visiones dentro de un mismo Frente Amplio de izquierdas. Tiempo de debate, de coloquios y movimientos sociales. Es tiempo de recuperar las calles y desafiar a las injusticias también en los parlamentos, resulta necesario hacer ver a la población que el estado de las cosas no se corresponde a una crisis pasajera, sino a un estadio más de un modelo de sociedad que ve en la clase obrera y su condición de vida, un medio y no un fin en si mismo. No existe una salida a la crisis si no existe un modelo alternativo de sociedad y es ahí en donde debe residir nuestro proyecto, no una especie de buena gestión de las injusticias del sistema como paliativo de una situación insostenible.

Son tiempos de cambio y esta derrota tan solo retrasa cuatro años el asalto al cielo de un proyecto que debe ser a largo plazo y que debe cimentarse en votantes conscientes de la necesidad de su actividad y formación política. La alternativa, supondría sin duda la vuelta a las escisiones en formaciones más débiles y la lucha política por el acceso a los sillones.

Son muchos los que opinan que la indignación se canalizó por primera vez en la política gallega. Hoy, una vea más y pese al duro golpe, depende de la izquierda gallega, construir un marco solido para que sea también aquí en donde al fin se materialice su alternativa.

 

«¡Ése es el pueblo, el que sufre todas las desdichas y es por tanto capaz de pelear con todo el coraje! A ese pueblo, cuyos caminos de angustias están empedrados de engaños y falsas promesas, no le íbamos a decir: “Te vamos a dar”, sino: “¡Aquí tienes, lucha ahora con todas tus fuerzas para que sean tuyas la libertad y la felicidad!”

Fidel Castro Ruz, La Historia me absolverá

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Autor: @SeijoDani

 

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Juegos de trileros

Termina el verano, y con el regresamos los españoles de las vacaciones con la sensación de volver a ese eterno día de la marmota que supone ya la política en nuestro país. Regresamos a las declaraciones en los pasillos, a las ruedas de prensa y a esos platós de los mass media, en donde los debates siempre parecen alargarse, sin que parezcan aportar nada.

Regresamos al desgobierno en funciones y con ello a la tutela de Europa y de los mercados; si es que alguna vez nos habían dejado, al paro, a la corrupción y especialmente regresamos al miedo a unas nuevas elecciones. Una amenaza que pareciera cobrar una desmedida virulencia en un país que ha estado, en su pasado, 37 años sin celebrar unas elecciones libres, y en donde la clase obrera ha llegado a temer más a unos comicios que a la propia continuidad de las políticas de la precariedad y los recortes. Puede que mucha de esa animadversión repentina a los comicios, encuentre su explicación en la única alternativa que se ha planteado hasta ahora desde los partidos a las urnas. Alternativa en  forma de pactos de trileros entre partidos, en donde las promesas parecen ser gratuitas y apenas encuentran ya repercusión entre las esperanzas de los españoles.

Y es en medio de todo este eterno despertar político en el que se ha convertido nuestra existencia, en donde parece cobrar especial protagonismo un nuevo pacto, ésta vez entre Ciudadanos y Partido Popular, que en la búsqueda de su particular ménage a trois de gobierno con el PSOE, han decidido presionar al partido de Pedro Sánchez con un acuerdo en donde la formación naranja plantea combatir la corrupción de los populares, tras pasar un documento de condiciones innegociables, por el visto bueno de un comité ejecutivo, el del PP, en donde todavía hoy, permanecen Carmen Navarro, Ana Mato o Rita Barbera, entre otros tantos nombres encargados, al parecer, de supervisar  el cambio político de nuestro país.

 

Triste camino el de un partido como Ciudadanos que hoy pacta con el PSOE y mañana con el PP, variando para ello si es preciso, en donde sea, sus postulados y el de un Partido Popular que por sorprendente que parezca tras 30 años de democracia, sigue sin entender que ser el partido más votado en las elecciones de un sistema parlamentario, no supone una carta blanca a la hora de formar gobierno. Un pacto entre naranjas y populares que parece pretender solapar con nuevas promesas de cambio, lo que hace ya tiempo, deberían ser responsabilidades políticas para un partido que ha gobernado España infestado por la corrupción, y que si nada cambia, parece dispuesto a volver  a hacerlo con el voto amigo, eso si con las narices tapadas, de la formación naranja. A día de hoy, esta parece suponer la única y surrealista alternativa para evitar concurrir de nuevo a las urnas.

Todo ello en un país en donde la izquierda a la espera de las elecciones gallegas y vascas, sigue sin comprender que la renuncia al acuerdo con los nacionalismos, tarde o temprano será una promesa más incumplida por alguna de las partes, ya que pese a todo, y atendiendo al panorama político que se nos presenta, sigue suponiendo la única llave viable para la formación de futuros gobiernos.

 

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Autor: @SeijoDani

 

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Enemigo público

Se suele decir que el tiempo pone a cada uno en su lugar, y he de suponer que precisamente en eso estaba pensando el señor Beiras cuando ya en aquel 2012 se atrevió a decir sin miedo, pero con la clara conciencia de lo que tendría que soportar  proveniente de la oposición y de los medios, aquello de que el señor Feijóo y su gobierno mataba a más personas que el mayor grupo terrorista del estado.

No le faltaba razón al señor Beiras, cuando apuntaba a que el ahorro y la contención del gasto público en áreas tan sensibles como la sanidad mataba a gente, y la acusación realizada por parte de la fiscalía a dos altos cargos públicos de la Xunta, dos de esos cargos que Feijóo gustaba de adjudicar con el dedazo típico en el PP, por homicidio imprudente al negar los fármacos que necesitaban los afectados por la hepatitis C en Galicia, así parece demostrarlo.

No le faltaba razón y el tiempo lo ha demostrado, pese a que por aquel entonces los minutos televisivos, prefirieron centrarse en el dedo para criticar las formas o la supuesta dureza del mensaje del líder de anova, en lugar de centrar su atención en una situación que terminaría con la citación de dos altos cargos de la Consellería de Sanidad de la Xunta de Galicia, para declarar como investigados, lo que se conocía como imputados antes de la implantación de la neolengua del Partido Popular, por retrasar premeditadamente tratamientos a seis pacientes con hepatitis C que terminaron falleciendo.

Ante todo esto, Feijóo quiso acallar las muertes provocadas por su política o la política que le señalaron desde Madrid, con una comparecencia en el parlamento gallego. Parlamento al que el PPdG está acostumbrado a utilizar como caja de resonancia de sus mensajes y en el que pese al circo diario de despropósitos antidemocráticos que se vive, tan solo se suele expulsar de el al propio señor Beiras, cuando pierde la paciencia y  gana la indignación como ciudadano, frente a la corrección como parlamentario, o a los propios enfermos y a sus familiares, cuando se atreven a llevar la petición agonizante de justicia ante la cara de sus asesinos. Nada dijo Feijóo de las cartas de los médicos denunciando la situación, ninguna explicación por parte del presidente de la Xunta, acerca las presiones que tuvo que ejercer sobre la entonces consejera de Sanidad Rocío Mosquera, saltándose todos los cauces administrativos, un equipo médico del Hospital Clínico Universitario de Santiago, para lograr salvar la vida a su paciente, ninguna explicación tampoco sobre la supuesta administración de fármacos contraproducentes en sustitución de otros más costosos a los enfermos de hepatitis C en Galicia.

Son seis al menos, aunque ni una muerte sería justificable para una ciudadanía digna. Seis muertos a las puertas de un hospital, una de esas situaciones que antaño parecían suceder en los Estados Unidos y nos hacían congratularnos de poseer una sanidad en la que contase por encima de todo el tratamiento y no la contabilidad. Una situación que se ha trasladado a nuestro país como consecuencia de un modelo económico inhumano y la colaboración de una fauna política en muchos casos, complice del mismo.

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Autor: @SeijoDani

 

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Europa S. A.

François Mauriac dijo una vez: ¡Que poco cuesta construir castillos en el aire y qué cara es su destrucción! Y ahora, en plena decadencia de lo que un día fue el sueño de una Europa unida, de una Europa fuerte y libre, no puedo sino pararme a pensar en lo caro que puede llegar a ser soñar.

Lejos queda aquel Tratado de Maastricht en donde recién creados los pilares de una Unión Europea firme, sus países fundadores, y con ellos el resto de europeos, soñábamos al unísono con una confederación en donde los valores de la igualdad, la fraternidad y la solidaridad, sirvieran como pilar para la construcción de una Europa unida tras siglos de encarnizadas luchas fratricidas. Lejos queda aquel sueño de una Europa garante de los Derechos Humanos, de una Europa más allá de la OTAN, de una Europa independiente. Demasiados sueños destrozados en Ruanda, en Syria, en Irak o en Yugoslavia. Demasiados ojos mirándonos desde el otro lado de las vallas que hemos levantado y continuamos ampliando para no verlos, demasiados campos de refugiados, demasiada falta de memoria y demasiada hipocresía es lo que queda hoy en Europa.

Una Europa de las marcas, de las grandes compañías y de las pequeñas élites. La Europa del TTIP, de los recortes. La Europa que extermina a sus agricultores, a sus ganaderos a su flota pesquera. Esa clase de Europa sometida que tanto soñaron tiranos como Napoleón o Adolf Hitler y que tan bien han sabido construir los Tatcher, Sarkozy o Merkel. Una Europa de nacionalidades y no de clases, una Europa de sacrificios y no de derechos, una Europa de fanatismos y no de humanismos.

Nos empeñamos en cerrar fronteras, en criminalizar religiones o étnias en lugar de perseguir desigualdades. Invocamos a viejos fantasmas para desestabilizar Ucrania o alimentamos a nuestros propios demonios en falsas primaveras, para ver como tarde o temprano, el calor del conflicto en el desierto se torna invierno en nuestras fronteras.

Una Europa en donde la legalidad ampara al militante fascista pero no al emigrante, en donde se rescata a los bancos pero no a las personas. Una Europa moribunda, débil, un viejo sueño, un museo.

Solo cabe penar ya, que poco costó construir aquel castillo llamado Europa y que cara será su destrucción para todos.

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Autor: @SeijoDani

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