Justicia y poder, en tu casa o en la mía

Media hora ha bastado, para que Iñaki Urdangarin, se libre de momento de la cárcel. A la espera de lo que decida el supremo, el tribunal del caso Nóos, finalmente, ha hecho caso omiso de la petición del Fiscal Anticorrupción, que pretendía imponer al acusado, una libertad bajo fianza de 200.000 euros; y por ello, el yerno del rey, tan solo deberá cumplir, el requisito de comparecer una vez al mes, ante la autoridad judicial de Ginebra, en donde el que fuera Duque de Palma, tienen actualmente su vivienda. Eso sí, en caso de realizar un desplazamiento a la nieve, un acto público o alguna de las tareas a las que suele dedicar su tiempo el entorno de la casa real; siempre subvencionados por los españoles, Don Iñaki, tendría que comunicárselo al tribunal. Supongo que lo de las pulseras electrónicas en los tobillos, ademas de ser algo demasiado americano, podría restar glamour, en los actos propios de la alta sociedad.

Con esta decisión, la Audiencia de Palma, probablemente sin que esa sea su intención, rompe con el pacto de la transición. Un pacto que se ha roto, por la desfachatez continuada de la corona y la avaricia de un régimen político corrupto, amordazado por ese juego de poder y popularidad en el que se ha terminando convirtiendo, una democracia, únicamente reconocible durante escasas horas cada cuatro años.

Si bien la Fiscalía, pedía inicialmente, para el yerno del rey, una condena de 19,5 años de reclusión y Manos Limpias solicitaba una pena mayor de 26,5 años, por los delitos de tráfico de influencias, malversación, prevaricación, fraude, estafa, falsedad  y blanqueo de capitales. Finalmente, la pena de 6 años y 3 meses, a los que ha sido condenado Iñaki Urdangarin, lejos de ser vista como sentencia ridícula por los delitos cometidos, enseguida ha sido utilizada por sectores próximos a la corona, para crear un discurso que pretendía convencer a la opinión pública, de que la sentencia había sido ejemplarizante, pero que esta, no debía justificar el ingreso en prisión de un padre de familia, y no un padre de familia cualquiera, sino de una familia de cierta sangre azul (Sinceramente, desconozco como funciona la gama cromática cuando la realeza se mezcla con el populacho, especialmente, cuando la parte del populacho, termina siendo black).

Reconoce el tribunal en su sentencia, que Don Iñaki, utilizó su “privilegiado posicionamiento institucional, dada su proximidad con la Jefatura del Estado”, para ejercer “presión moral” e influir así, en la voluntad de las autoridades de Baleares, con el fin de conseguir contratos irregulares que le reportaron importantes beneficios económicos. Pero a continuación, creo que no en su mejor reflexión, argumenta la no imposición de prisión provisional, por el efecto disuasorio que ejerce una escolta policial; pagada por todos los españoles, y el arraigo familiar, social y laboral en territorio nacional del acusado. Todo ello, pese a las prisas mostradas por la infanta Cristina; su mujer, para no volver a pisar España una vez finalizase el proceso judicial. Cabe interpretar, para un observador no inmerso en los procesos judiciales, como el que aquí escribe, y atendiendo solo a la sentencia y a su desarrollo argumentativo, que la propia pertenencia de Iñaki Urdangarin a un entorno familiar estructurado y ciertamente privilegiado, supone un atenuante que juega a su favor, a la hora de evitar momentáneamente su ingreso en prisión, como sí sucede a diario con otros acusados del ámbito del delito menor, los llamados roba gallinas. Un entorno familiar, el de Don Iñaki, que le sirve a este, para evitar su entrada en prisión, al igual que previamente le sirvió para llevar a cabo sus fechorias financieras. Utilizando el peso que otorga la corona, ante políticos y empresarios, para lograr vaciar las arcas, que en muchas ocasiones, beben directamente de los impuestos de los ciudadanos.

Sentencias como las que nos ocupan, lejos de levantar sospechas, sobre si su procedimiento se ajusta a derecho o no, deberían ir más allá, sembrando en el ciudadano medio, una profunda desconfianza, hacía un sistema judicial y una justicia, dispar por naturaleza. Una justicia, heredera de un régimen del 78, nacido en una eterna crisis democrática, que todavía hoy, atenaza el desarrollo de una verdadera base social crítica, que permita el ejercicio de un modelo político, alejado del despotismo ilustrado disfrazado de democracia, al que actualmente asistimos; en una España, en donde la separación de poderes, se diluye cuando resulta necesario, y las presiones o directamente, las purgas entre los fiscales discolos,  funcionan como aviso a navegantes, cuando el poder se siente amenazado. La sentencia judicial, y la decisión de permitir al yerno del rey, conservar momentaneamente su libertar, puede ajustarse a la ley, pero lo hace a una ley creada por una clase privilegiada, para responder en último caso, a las necesidades de esa misma clase social. No deberíamos olvidar, que al igual que tantas otras instituciones en nuestro país, el sistema judicial imperante actualmente en España, es una herencia de las estructuras de poder franquistas. En su foro interno, nuestro sistema de justicia se torna ficticio, cuando pretende hacer un hecho, aquello de ser igual para todos los españoles. Es entonces, cuando descubrimos que como el derecho a la vivienda o al trabajo, tras tan grandilocuentes palabras, se esconde poco más que un enunciado  sugerente, pero meramente ornamental.

En un país en donde gente entra en prisión por robar una bicicleta; y no precisamente una Specialized Tricross por si alguien lo dudaba, por canciones, por obras de teatro, por manifestaciones, huelgas o por el simple hecho de pedir la independencia de lo que ellos consideran, como sus respectivas naciones. La sentencia, y el posterior trato a Iñaki Urdangarin, resulta especialmente denigrante, para una población en la que ahora reside, la responsabilidad de volver a llenar las calles o seguir aguantando el chaparrón. Si algo parece claro, a tenor de las reacciones que desde la derecha recibimos ante estas sentencias, y a los primeros meses de la nueva legislatura de Mariano Rajoy, es que si la población no reacciona, si no planta cara ante la desfachatez mostrada por un sistema que cada día se muestra más desenmascarado en sus obediencias, el caso Nóos, será tan solo el primero de una larga lista de sentencias con la que los corruptos, verán finalmente legitimados sus actos.

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 Autor: @SeijoDani

Recuerda que como parte de la ley de memoria histórica y en recuerdo de la activista medioambiental Berta Cáceres,te agradeceríamos que dedicases un segundo a firmar esta petición para cambiar al recuerdo del fascismo de las calles de A Coruña,por el nombre de la activista medioambiental.

https://www.change.org/p/xulio-ferreiro-calle-berta-c%C3%A1ceres-en-a-coru%C3%B1a

La pasión turca

“La diferencia entre una democracia y una dictadura consiste en que en la democracia puedes votar antes de obedecer las órdenes.”

Charles Bukowski

No hace demasiado tiempo, mencionar a Recep Tayyip Erdogan, suponía en Occidente, nombrar la esperanza de un islam democrático. Al menos, la de un islam democrático a nuestra imagen y semejanza. Imagen, que nunca nos hemos parado a pensar, pudiese suponer un corsé demasiado apretado, para un cuerpo político y social que por mucho que lo intentemos, no corresponde al nuestro.

La llegada de Erdogan al poder, se produce en el contexto de una Turquía cansada de ser un estado entre dos aguas. Cansada del poder del ejercito y de la secularización, que enmascara la identidad de muchos de sus ciudadanos, bajo un manto de palpable clandestinidad y radicalización. La llegada  al poder de Erdogan, supone una opción ante lo insustancial de la memoria de un imperio que ya no existe, de un pasado glorioso, pero pasado al fin y al cabo. La única alternativa viable para el cambio, en un país en donde tras el golpe de Estado de 1980, la izquierda pareciese haber pasado a ser patrimonio exclusivamente kurdo.

El islamismo de Tayyip Erdogan, se dibujaba en la línea del liberalismo económico y el ferviente anticomunismo. Una concepción política y religiosa, alejada de las versiones más radicales del islam, pero suficiente, para que en la Turquía secular protegida por el ejercito, esto fuese visto como una seria amenaza al orden establecido. Erdogan sufrió en sus propias carnes la persecución política, la muerte de compañeros de partido en atentados diseñados para amedentrarlo e incluso la cárcel, donde pasaría diez meses, tras compartir un poema de carácter islámico. Irónicamente, en una Turquía de signo diferente, también sería la poesía, en este caso un poema crítico con la gestión de Erdogan, la que llevase a la modelo Merve Buyuksarac a prisión.

La historia y una profunda crisis económica, daría en 2002 el poder a Erdogan, gracias a un casi recién fundado, Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP) que contra lo esperado por muchos conseguía una mayoría absoluta para un partido islámico, de corte conservador y centrista en su planteamiento. Pero en definitiva, un partido islámico, se hacía con el poder en un país en el que a su ejercito, nunca le había temblado la mano para disuadir el avance religioso en las instituciones.

La cerrazón del ejercito a la influencia religiosa y las continuas trabas a la participación política, impuestas por los numeroso golpes de estado, había volcado el deseo de cambio de la sociedad civil turca en las cofradías y hermandades islámicas. Esto propicio el caldo de cultivo perfecto, para la difusión de una doctrina que podríamos denominar como “liberalismo islámico” en la que personajes como Fetulá Gülen, ayudaron a crear una élite religiosa, capaz de ocupar numerosos cargos en las instituciones de poder del estado, sintetizando un marcado carácter religioso conservador, con los valores propios de las democracia liberal capitalista. Con su llegada al poder en 2002, los cuadros gülenistas sirvieron a Erdogan, para llevar a cabo una venganza contra el nacionalismo laico, en forma de purgas sistemáticas en la Judicatura, el ejercito o el funcionariado. El juicio del Ergenekon y especialmente la reforma constitucional de 2010, ponían punto y final a la visión del AKP, como un punto de encuentro entre democracia e islam. Gestos como la presencia del idioma kurdo en televisión, el alto el fuego con el PKK o la apertura oficial de negociaciones con la Unión Europea para su futura adhesión, pronto dan paso a la persecución política de la fuerte oposición kurda, la violencia sexual contra las activistas antigubernamentales o el mercadeo de los Derechos Humanos con Europa demasiado encerrada en sí mima, como para poner trabas ala construcción de un nuevo sultanato a sus puertas. Las privatizaciones, los recortes, así como las mayores garantías para  las multinacionales, parecen garantizar a Erdogan la convivencia con Occidente, la sharía y el capital suponen los cimientos de una nueva Turquía.

La reforma del ejercito y la mayor presencia de la religión en el día a día de Turquía, tensaron la cuerda en un país, en donde el uso del velo en las universidades, las restricciones al alcohol, la preponderancia de la religión en los estudios o el crecimiento vertiginoso del número de mezquitas, vinieron acompañados de un crecimiento paralelo de la corrupción y la concentración de poder en el estado. Tayyip Erdogan, se veía cercado por numerosos casos de corrupción que habían llevado a una fuerte reestructuración del Gobierno y que ahora, lo amenazaban directamente. Erdogan había convertido su voz, en mandato. El presidente que había llegado al poder, tras recorrer las calles de su país, se parapetaba de sus propias aspiraciones, tras los muros de su fastuoso palacio en Ankara. Un búnker físico e ideológico, desde el que poder dirigir el cambio de un sistema parlamentario a una república presidencialista, que todo parece indicar, puede suponer tan solo la mera fachada de una dictadura de facto. Cualquier síntoma de disidencia en Turquía, es perseguido y eliminado, desde la revuelta que tomó el parque de Gezi, hasta la oposición parlamentaria, pasando por periodistas o miembros del propio AKP, la discrepancia con las decisiones del sultán turco, se paga cara. EL terrorismo, la guerra interna, el conflicto sirio o el reciente golpe de estado, han sido oportunidades aprovechadas por Erdogan, para hacer política desde el caos.

La censura y las purgas, no pueden ocultar la sensación de un país polarizado. Turquía se ve atrapada en el juego de un sátrapa, obsesionado con recobrar una antigua grandeza que puede sin embargo provocar, la caída en desgracia definitiva de un gobernante y de un estado que no supo ser consciente de sus propios límites. El mismo Erdogan que utilizó a Fethullah Gülen, para  llegar al poder y abandonarlo cuando fue preciso, el que vio en el islam un medio para conseguir el apoyo social necesario para llevar adelante sus reformas institucionales y el trilero que supo hipnotizar a la UE, se encuentra ahora inmerso en una dinámica interna, extremadamente peligrosa de radicalización religiosa y en una situación exterior más débil que nunca, ante un doble juego con la OTAN y Rusia, con Siria de fondo. Comienzan a terminarse los comodines de la baraja del sultán turco, mientras la huída sin retorno del autoritarismo más descarnado, comienza a despejarse como la única opción de autoridad, para un país que en algún momento, quiso recobrar su protagonismo internacional.

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Autor: @SeijoDani

Recuerda que como parte de la ley de memoria histórica y en recuerdo de la activista medioambiental Berta Cáceres,te agradeceríamos que dedicases un segundo a firmar esta petición para cambiar al recuerdo del fascismo de las calles de A Coruña,por el nombre de la activista medioambiental. 

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