Euskadi, los huevos de la serpiente

José Pardines Arcay, Jorge Juan García Carneiro, José Lasa Arostigui, José Ignacio Zabala, Javier Pérez Arenaza, Miriam Barrera Alcaraz, José Ramón Domínguez Burillo, María Doleres González Catarain, Luis Isasa Lasa, Jesús María Basáñez, Miguel Ángel Blanco Garrido, Silvia Martínez Santiago, Xabier Galdeano, Lucía Urigoitia, José Ramón Goikoetxea Galparsoro, Josu Muguruza, Miguel Isaías Carrasco Arnaldo Otegi Mondragon.

2472 atentados después y tras derramar la sangre de 849 víctimas mortales, los nombres de Jean-Serge Nérin, Carlos Sáenz de Tejada y Diego Salvá, se convertían finalmente en últimos en sumarse a la memoria de la sin razón de la barbarie terrorista de ETA en nuestro país. 829 víctimas, no menos de 4.000 presos torturados en las cárceles (donde muchos perderían su vida) y todavía hoy, 373 reclusos de la banda terrorista repartidos en 45 cárceles de todo el estado español, nombres y números para intentar esbozar el retrato de una guerra abierta entre dos posiciones encontradas. Nombres que esconden sangre, horror y la más pura sinrazón del ser humano, y una amenaza, la de las armas, que durante medio siglo acompañó a tantos y tantas que pese a todo, decidieron alzar su voz contra quienes anhelaban la imposición de una visión única de la política vasca. Muchos pagaron con su vida tal atrevimiento. Fernando Múgica, Enrique Casas, Ernest Lluch, Miguel Ángel Blanco… diferentes visiones de la sociedad vasca, diferentes caracteres políticos y sentimientos hacia su tierra, pero todos ellos unidos por el silencio previo al clic de la pistola de un terrorista o la bomba lapa debajo de sus coches que arrebataría sus vidas e ilusiones para siempre a la sociedad de su país. Una sociedad durante mucho tiempo demasiado acostumbrada al sonido de las explosiones, los llantos y las sirenas, un pueblo con miedo, preso de sus propios deseos y temores, que terminaron por esconderse tras los sentimientos de venganza de quienes lo habían perdido todo tras un atentado o el terror amenazante de quienes se acostumbraron a ver en los encapuchados su única vía de representación política.

Nació así en Euskadi una nueva cultura del miedo y del terror, una legitimación por parte de ciertos sectores de la sociedad de la fuerza como única interpelación válida ante el adversario político y con ello, nacieron también en Euskadi las heridas que ahora tanto tardarán en cicatrizar. Entre el dolor y la barbarie, se esconde el trasfondo de un conflicto que ha perdurado en nuestro territorio como uno de los más sangrientos enfrentamientos políticos de nuestra era moderna, y que pese al anuncio de la banda terrorista en 2011 del cese definitivo de la actividad armada, en un comunicado de apenas dos minutos y medio de duración, el último conflicto armado de Europa, permanece hoy todavía latente en el día a día de los vascos y vascas, especialmente cuando en Euskadi se habla de política.

La distorsión de la violencia, terminó alcanzando a una política vasca infectada por un germen, el de la venganza, que cinco años después impide encarar con normalidad un proceso de reconciliación social que en condiciones normales hace ya tiempo debiese haber contado con el apoyo directo e incondicional de los gobiernos español y francés, sin embargo, se da en el conflicto vasco una situación particular, en donde una organización terrorista dispuesta a entregar sus armas para escenificar un fin de la violencia al que le han empujado los operativos policiales y la propia realidad político-social de su entorno, no encuentra interlocutor en el otro lado. Ni los gobiernos español y francés, ni la propia Europa, ni los miembros de la comunidad internacional, parecen dispuestos a primar el fin de la violencia en España, por encima de los propios equilibrios políticos inherentes en las relaciones entre políticos y  estados.

Se continúan todavía hoy desde el estado español negando realidades sociales como Bateragune o judiciales como el caso Txapartegi, al tiempo que desde las instituciones se profundiza en la venganza como método de justicia para mantener políticas penitenciarias carentes de cualquier cobertura legal, políticas como la dispersión de presos, método este que no solo castiga a los terroristas sino a su entorno familiar y social, además del continuo uso de artificios legales para lograr privar a los presos etarras de los principios tendentes a la unificación del derecho en la Unión Europea que les permitiría en ciertos casos, acceder a la rebaja de condenas al ver descontados los períodos cumplidos en prisión en otros países pertenecientes ala Unión Europea. El gobierno español hace muestra de una clara intransigencia poco comprensible para quien se encuentra ante la posibilidad histórica de soterrar definitivamente la violencia como método político en Euskadi.

De nuevo, los mecanismos del estado de derecho se fuerzan y se retuercen para buscar la sanción en lugar del entendimiento, seis años después del cese del ruido de las armas, el silencio y los sentimientos de venganza soterrada durante tantos años continúan dificultando la vuelta a la normalidad de una sociedad ya demasiado acostumbrada al silencio. Resulta necesario hoy en Euskadi que las diferentes realidades enfrentadas durante tanto tiempo en una lucha armada, comiencen a ver en las concesiones al adversario no una cesión ante el enemigo, sino una oportunidad para una sociedad en su conjunto y a sus deseos de paz.

Durante seis años de encarcelamiento, Arnaldo Otegui simbolizó para ciertos sectores de Euskadi, militantes de la izquierda abertzale, un símbolo de su propia voz encerrada en una prisión española. Mientras se multiplicaban los casos y las causas para mantenerlo en prisión, se ha podido comprobar, como el camino que un día iniciaron ciertos dirigentes de la izquierda abertzale, un camino hacia la paz arriesgado y valiente frente a sus propios demonios, parece ya inalterable. Un camino que como el propio líder abertzale reconocía, se hacía tarde y en un lento y doloroso proceso que comenzó en la inconsciencia que en aquel momento tenían en el entorno de la banda terrorista acerca del dolor que sus actos provocaban en la sociedad vasca y el verdadero alcance de las heridas abiertas por estos. Solo atendiendo a esas declaraciones, uno podría entender la profunda brecha que ETA llegó a provocar en la propia sociedad de Euskadi y España. Una brecha todavía abierta en las heridas de las víctimas y los familiares de las mismas, que continúan esperando un punto y final claro a tanto dolor y sufrimiento. En palabras de Sara Buesa, víctima de la banda terrorista, alguien debe dar respuesta a la pregunta de si ha tenido sentido en algún momento la lucha armada en el País Vasco.

Pareciese que a diferencia de el Ulster o Colombia, España todavía no está preparada para encarar definitivamente la paz. El fin del terrorismo y de la barbarie en “Euskal Herria” no supone el final del conflicto vasco, sino tan sólo un cambio de escenario, un proceso en donde la voz del independentismo no ha desaparecido en la sociedad con el ruido de las armas, sino que se ha transformado en lo que nunca debió dejar de ser: una confrontación ideológica en donde la única voz válida es la del pueblo libre, un pueblo que todavía hoy ve como la represión y la violencia son rutina en sus calles, como el peso de la violencia sigue presente en su día a día, sin que policía, política, justicia y la propia sociedad, sepan muy bien como desenmarañar una situación en la que todos los bandos se han acostumbrado a jugar sucio.

Hacer la paz, he encontrado, es mucho más difícil que hacer la guerra.

Gerry Adams

Estas decisiones serán de gran alcance y difíciles. Pero nunca faltó coraje en el pasado. Coraje que se necesita ahora para el futuro.

Gerry Adams

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En el nombre de Dios

En mayo de 1948, la comunidad judía declaraba unilateralmente la creación del Estado de Israel. Tras la negativa de la comunidad árabe a aceptar la partición del territorio y la creación de dos Estados, uno árabe palestino y otro judío, comenzaba la primera guerra árabe-israelí y con la victoria del estado judío, daba comienzo a su vez, el lento caminar del exilio y la Nakba del pueblo palestino.

Al sonido de los primeros disparos, pronto les seguirían la Guerra de los Seis Días, la guerra del Yom Kipur y las intifadas. Comenzaba en Palestina, un conflicto sin vencedores ni vencidos, un conflicto entre dos realidades, entre dos pueblos, entre dos religiones. Una guerra en nombre de Dios y el territorio, en una tierra demasiado acostumbrada ya, al sabor de la sangre de quienes inmersos en el fundamentalismo, perdieron la fe en el poder de las palabras.

Israel nacía como un estado joven y sin memoria que parecía repetir en Palestina, los viejos traumas de su pasado. 

Nadie podría culpar a Israel por vencer una guerra. Ni  tampoco se podría seguir negando desde Palestina, la posibilidad de un acuerdo de paz, por ridícula que pudiese parecer la decisión tomada por el UNSCOP, asegurando que la comunidad internacional, respalda el derecho al territorio de Israel, por una tradición religiosa que asegura que la zona en la que hoy se asienta el estado judío, es la misma tierra prometida por Dios a Abraham y a sus descendientes. Nadie podría sustentar el antisionismo, si no fuese por la propia sin razón desatada por el estado de Israel.

A las victorias militares no les siguieron la paz, ni la justicia del vencedor. Sino el abuso militar, las detenciones arbitrarias, el estado de sitio, la segregación, el adoctrinamiento y la esquizofrenia del radicalismo israelí. Palestina supone a día de hoy una cárcel más para sus habitantes. Una población de cuatro millones y medio de personas, rodeadas y apartadas de la tierra que les pertenece, por un muro destinado a doblegar la voluntad de un pueblo que pese a todo, sigue empeñado en resistir. Un pueblo digno y pacífico en su mayoría, pero que tras años de asesinatos selectivos y detenciones, sigue sin lograr renunciar al escaso poder del Qassam o las piedras, como única forma de venganza contra una sociedad armada y un ejercito en pie de guerra permanente. Un ejercito que responde con gases o muertes a las piedras cargadas de impotencia por los palestinos. Impotencia de una población humillada y segregada mediante los numerosos checkpoints que los separan del mundo tras un muro de hormigón que no solo pretende impedir la entrada a quienes quedan fuera de el, sino que también pretende aislarlos para poder arrebatarles su identidad y sus recursos.

Ciudades como Hebrón, ejemplifican esa particular noche de los cristales rotos palestina, en las que la amenaza de quien se sabe mejor armado y respaldado por la impunidad de la “justicia” de su estado, se convierte en ley. 650 soldados protegiendo a 850 colonos israelíes, dibujan en Hebrón, la realidad de una ciudad que como tantas otras en Palestina, han sido absorbidas por los asentamientos de los colonos judíos más radicales. Jóvenes ultraortodoxos y ultranacionalistas que se hacen llamar a si mismos pobladores, pero que con cierto carácter mesiánico, ocupan una tierra que no les pertenece y en la que el matonismo y las pintadas racistas, dan lugar a la política de provocación de colectivos que como Lehava, han llegado a hacer de la violencia y el asesinato su forma demencial de activismo.

 Existen pocas alternativas para la paz en una sociedad que vive y muere entre los barrotes de una nación que supone su propia celda. Una sociedad que cuenta con 7.000 reclusos en territorio israelí y que ha sido hundida económicamente y humillada por el creciente fanatismo político del estado de Israel.

La escalada del fundamentalismo israelí es un síntoma de una sociedad temerosa y militarizada que busca la paz en la fuerza de las armas. Con ello, el estado de Israel demuestra una vez más que las mayores locuras pueden llevarse a cabo, en el nombre de Dios.

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Autor: @SeijoDani

Recuerda que como parte de la ley de memoria histórica y en recuerdo de la activista medioambiental Berta Cáceres,te agradeceríamos que dedicases un segundo a firmar esta petición para cambiar al recuerdo del fascismo de las calles de A Coruña,por el nombre de la activista medioambiental. 

https://www.change.org/p/xulio-ferreiro-calle-berta-c%C3%A1ceres-en-a-coru%C3%B1a

Los funerales de la Mamá Grande

“Nunca existió una buena guerra ni una mala paz.”

Benjamin Franklin

El pasado 2 de octubre, Colombia dijo no a la paz, paralizando de esa forma la posibilidad de poner fin a una guerra que se alarga ya 52 años dejando más de 220.000 muertos y cerca de 7 millones de desplazados. Sin lugar a dudas, son numerosas las causas detrás de tan incomprensible resultado, y todavía hoy, pocas las razones que permiten llegar a comprenderlo.

De nuevo Colombia se divide ante la violencia, pero esta vez lo hace por la vía democrática ante un plebiscito para ponerle fin. Una consulta al pueblo en donde de los 34.899.945 millones de habitantes llamados a ejercer su voto, apenas participaron 3.010.762  colombianos que finalmente con un 50,22 por ciento decidieron no respaldar el Si. Frustrando con ello, lo que para muchos parecía suponer un mero trámite ante el acuerdo de paz logrado entre el Gobierno y la guerrilla de las FARC.

Se equivocaron los que así lo pensaban, y probablemente se equivoco también el gobierno de Juan Manuel Santos al apresurar una consulta popular que contaba con no pocos enemigos entre los sectores más espurios de Colombia. Sectores de la derecha que todavía hoy, ven en la guerra y en el sustento de bastas extensiones de su país en un limbo de ilegalidad, una forma rápida para enriquecerse.

De poco sirvió el apoyo a la paz de las diversas organizaciones de víctimas, ni el tímido respaldo de la comunidad internacional al proceso. En una sociedad colombiana muy falta de democracia y demasiado acostumbrada a la violencia, triunfó por encima de todo el discurso del No. Apoyado en gran medida, por quienes intentaron esconder en la petición de reparación y justicia, sus sentimientos de venganza personal.

Desde quienes veían en el apoyo al acuerdo una concesión al castro-chavismo, esa gran muletilla que sirve para todo en la derecha sudamericana, hasta quienes como la Iglesia Cristiana Evangélica, veían en el proceso de paz una amenaza a la familia tradicional por parte de una comunidad LGTB a la que los acuerdos alcanzados simplemente intentaban dignificar en un país como Colombia; en donde entre 2013 y 2014 se produjeron 164 asesinatos dentro de este colectivo, la campaña del No se ha movido en términos de miedo e impunidad. Miedo a la aparente entrega por parte del gobierno de Santos de las instituciones democráticas a los ex guerrilleros y una supuesta impunidad de los mismos por sus crímenes. Temor que uno podría identificar fácilmente como falso, con simplemente comprobar que en los mismos acuerdos se estipulan penas de hasta 8 años de trabajo comunitario para los guerrilleros que admitan sus crímenes y reparen inmediatamente a las víctimas y de hasta 20 años para aquellos que pese al proceso de paz, decidan intentar evadir los actos cometidos. 

Poco o nada se hablan en el sector del No personajes como Álbaro Uribe, investigado por narcotráfico; o Santiago Vélez, relacionado con crímenes perpetrados por los 12 Apóstoles, de la realidad que subyace tras gran parte del conflicto colombiano. Una realidad que dramáticamente atribuye el 53% de la tierra aprovechable del país a apenas 2300 personas y que se encuentra como fondo de una lucha permanente por la tierra. Un lucha, sustentada en grupos paramilitares que han cometido a lo largo de la historia de Colombia, numerosas violaciones de los derechos humanos al servicio de una burguesía terrateniente y ganadera que no parece todavía estar dispuesta a ceder los 10 millones de hectáreas que el proceso de paz contempla deben ser entregadas a los campesinos afectados por los desplazamientos forzosos y que en la actualidad continúan sin tener acceso a la tierra. 

Parece que muchos de los políticos colombianos que representan o forman parte de esa oligarquía, se encuentran más temerosos por el traslado del conflicto armado al campo político e ideológico de lo que demuestra estarlo la propia guerrilla. Guerrilla que pese a la negativa del parte del pueblo colombiano, ha decidido en palabras del propio Timochenko, seguir apostando por un camino a la paz que parece ya irreversible.

Es el momento de sentarse en una nueva mesa de negociación en donde las FARC, el gobierno y los sectores uribistas, se replanteen diversos puntos de una resolución de 297 páginas donde pueden existir desacuerdos, pero donde no se debe dar pie a una involución escudada en el tacticismo político, basado en intereses personales o económicos. Resultaría tan absurdo pensar que la guerrilla va a dejar la selva para dirigirse directamente a la cárcel, como lo sería negarse a escuchar los planteamientos de una parte de la población colombiana que ha decidido ejercer su negativa con ese primer pacto tal y como lo estipularon el gobierno y las FARC.

Existe esperanza en Colombia para poner fin al conflicto y reside en la capacidad de dialogo de la sociedad durante el nuevo plazo dado por Juan Manuel Santos, hasta el próximo 31 de Octubre, para mantener la paz. Tras eso, tan solo el pueblo colombiano debe poder responder definitivamente a si como se preguntaba el líder guerrillero “Timochenko” continuará la guerra en Colombia.

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Autor: @SeijoDani

Recuerda que como parte de la ley de memoria histórica y en recuerdo de la activista medioambiental Berta Cáceres,te agradeceríamos que dedicases un segundo a firmar esta petición para cambiar al recuerdo del fascismo de las calles de A Coruña,por el nombre de la activista medioambiental. 

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