Show must go on

De nuevo, le toca el turno de las negociaciones a la clase política, sin que el pueblo haya cambiado nada. Sin grandes manifestaciones, sin indignación en nuestras calles, sin huelgas, sin movimientos populares, ni excesivas muestras de desagrado o incomprensión. Tan solo con desencanto, con escepticismo, como quién ya ve en la supuesta solución una parte más del problema.

Una vez más, la sociedad española ha votado y se ha recostado en su sofá, a la espera de las soluciones de un hemiciclo no menos inerte que la propia calle. Soluciones que se nos presentan enmascaradas en pactos políticos que no importan y en maratonianas declaraciones que si cabe, lo hacen menos. Excepto, claro está, si las tenemos en cuenta como mera escenografía imprescindible dentro del parlamentarismo español, para de esa manera, lograr romper sin excesivo pudor pactos y promesas alcanzados con la ciudadanía anteriormente. Un reino del teatro y la mentira en donde la responsabilidad ante la hemeroteca supone un extraño castigo para los partidos. Y en donde el engaño electoral, tienen su lugar privilegiado en el engranaje social, como medio para que la decadencia de una democracia, ya a estas alturas, muy alejada de su propio pueblo, no salga a relucir en demasía.

Para muestra un botón. El pacto entre Ciudadanos y Partido Popular, supone la muestra más fidedigna de la desmemoria política, del engaño electoral y la parquedad ciudadana en un solo documento. Tras su breve aventura con Pedro Sánchez, Albert Rivera pretende mostrarse ante España como un adalid de la democracia, capaz de rescatar a España del desastre de una nueva consulta ciudadana. Y si para ello en Ciudadanos tienen que cambiar programas electorales, desdecirse o incluso mentir mirando fijamente a cámara con una lustrosa sonrisa únicamente esgrimida en tales circunstancias por quién nada creé de lo que dice o por lo contrario, por quién creé firmemente que el fin justifica todos los medios. Albert Rivera lo hará, al igual que en mayor o menor medida parecen dispuestos a hacerlo hoy la mayor parte de nuestros políticos.

Asistimos pues a una política camaleónica, desmemoriada y deslengüada a partes iguales, en donde el ciudadano es únicamente considerado como votante consumidor o consumidor votante de manera indiferente. Poco o nada importan ya nuestras pataletas a los políticos, las huelgas han pasado a considerarse actos violentos y carentes de sentido, la disidencia política real supone inmediatamente la sospecha de terrorismo y la participación ciudadana en la política es vilipendiada y caricaturizada en los mass media sin apenas tregua o compasión.

Vivimos en una sociedad engañada y autoengañada, una sociedad que pide el cambio pero que teme a la participación en la lucha social, una sociedad que señala a la corrupción pero que no dudaría en aprovechar si se presenta la ocasión sus ventajas. Una sociedad reflejo de sus políticos y una política fruto de sus ciudadanos. Dos caras de una misma moneda, dos organismos y una misma simbiosis que ha llevado a nuestro país a una complicada disyuntiva:  continuar la farsa o remover las cosas.

De momento: abrimos de nuevo el telón, encendemos los focos y comenzamos una nueva legislatura en la que una vez más la formación de gobierno parece importar más que la fortaleza y la autoridad del mismo. Supongo que después de todo, una vez puesto los nombres y colores a los cargos, de tomar decisiones ya se encargarán Merkel, Europa, la Troika o quién sabe realmente en manos de quien se encuentra actualmente nuestro destino en el día a día. Si bien todo parece indicar tras fulgurante imposición de la modificación del artículo 135 de nuestra constitución, que ya no en las nuestras.

Pero si algo  parece realmente  importante en todo esto, es que tras las mentiras y el show, tras las nuevas declaraciones y las promesas, usted no ha tenido que participar de nuevo en la irónicamente llamada fiesta de la democracia.

Pero no se preocupe, tras una larga jornada de trabajo, siempre podrá indignarse desde su sofá a la hora del telediario.

1984

Autor: @SeijoDani

 

Recuerda que como parte de la ley de memoria histórica y en recuerdo de la activista medioambiental Berta Cáceres,te agradeceríamos que dedicases un segundo a firmar esta petición para cambiar al recuerdo del fascismo de las calles de A Coruña,por el nombre de la activista medioambiental.

Desde DowJones te agradecemos tu colaboración.

https://www.change.org/p/xulio-ferreiro-calle-berta-c%C3%A1ceres-en-a-coru%C3%B1a

No pasarán

Se ha tardado, pero se ha conseguido. A la segunda, Izquierda Unida y Podemos han logrado ratificar un acuerdo electoral que permitirá a la izquierda española acudir en un frente amplio a las elecciones generales del próximo 26 de junio. Un frente amplio que se ha granjeado, desde aquellos inicios como una mera posibilidad, hasta la actual plasmación en forma de acuerdo previo a su consulta con las respectivas bases de cada partido, numerosos enemigos. Algunos, los más seguramente, en la derecha, esa derecha que desvelándose a si misma, no ha tardado en denominar a este acuerdo como el del Frente Popular, en referencia a la mítica coalición electoral creada en 1936, por los principales partidos de izquierda españoles, para lograr derrotar a la por aquel entonces muy presente amenaza fascista en las urnas.

No deja de ser curioso, que sea la propia derecha la que no deje de ver paralelismos entre la situación actual de España y la de 1936. No sorprende tanto a poco que se la conozca, sin embargo que en su afán por presentar a Podemos e Izquierda Unida como unos rojos, ateos y comunistas extremadamente peligrosos, la derecha se quite por un momento la careta de los modales y se muestre tal y como es, sin disfraces.

Una derecha que se ha olvidado de que las cosas ya no son como antes, de que ya hace mucho tiempo que uno puede mostrarse orgulloso de ser comunista o simplemente de izquierdas, sin tener que dar explicaciones a nadie y mucho menos a ellos. Una derecha que pretende infundir el temor aludiendo según les convenga al radicalismo de esa nueva izquierda en algunos casos y tan vieja en otros, lo del trastorno de personalidad discursiva en la derecha daría otra entrada. Un juego sucio cementado en comparaciones muy raídas sobre el argumento del gerracivilismo y  la necesidad del centrismo y la ambigüedad política para no desenterrar heridas. Un discurso adjudicatario, como si fuese la izquierda, los perdedores, quienes debiéramos sumisión eterna a los vencidos bajo amenaza latente de provocar el ruido de sables una vez más.

Nos amenazan una vez más con el discurso de la transición, con el argumento del silencio, olvidando que hace varios mayos ya, la sociedad española supero su mayoría de edad democrática. La supero precisamente en donde hoy se abrazaban Alberto Garzón y Pablo Iglesias, para unir en un frente común a los herederos de los vencidos por una guerra injusta primero y por un sistema cimentado por el silencio y la creciente desigualdad social después. 

Pero no hemos llegado hasta aquí con ansias de revancha, ni de venganza. No somos más radicales de lo que lo fueron nuestros padres o nuestros abuelos en aquel 28 de febrero de 1931, pero tampoco lo volveremos a ser menos. Somos la clase obrera y trabajadora de este pueblo, a la misma que quisieron acallar y no pudieron. Somos los estudiantes, los parados, los jubilados, los emigrados y tantos otros a los que quisieron silenciar para siempre.

Somos la alternativa, la resistencia, la lucha social y la esperanza. Y si eso es ser radical, sin duda, también somos radicales.

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Autor: @SeijoDani

 

Recuerda que como parte de la ley de memoria histórica y en recuerdo de la activista medioambiental Berta Cáceres,te agradeceríamos que dedicases un segundo a firmar esta petición para cambiar al recuerdo del fascismo de las calles de A Coruña,por el nombre de la activista medioambiental.

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No es país para pactos

Ante semejante panorama, y tras las primeras elecciones del fin del bipartidismo, los partidos parecen decididos a dar de nuevo la voz al pueblo. Ya que eso que les hemos dictado la última ocasión que nos dieron tal privilegio, parece en definitiva no haberles gustado demasiado. Lo nuevo y lo viejo, la izquierda y la derecha, han vuelto a demostrar que eso de llegar a acuerdos no es muy español y que si siempre se ha dicho que hay dos españas por algo será, aunque ahora nos quieran contar que ya no son dos, que son cuatro, cinco o las que les ayuden a crear los medios. Pero por mucho que se sumen actores, el dialogo sigue siendo el mismo.

La izquierda española sigue dividida entre esos que quieren hacer la revolución a su suerte, sin contar con nadie, ni respetar a los actores que en ocasiones, más de las que parece, comparten trincheras con ellos, y esos otros que son de izquierda pero un poquito nada más. Esos que perdieron Catalunya por no saber o no querer comprender que el discurso de la identidad nacional de un pueblo, nada tiene que ver con romper España, y esos mismos que gobiernan Andalucía como su más preciado botín, entregándosela desde tiempos inmemoriales a banqueros y terratenientes a cambio de un cada vez más escaso jornal para su pueblo. La izquierda de siempre, una izquierda en gran parte tibia en su discurso, en sus formas y en sus pulsos, una izquierda que mira al Partido Popular en cada acto de campaña y que salvo por las apariciones de los viejos roqueros como Xosé Manuel Beiras o Julio Anguita, sigue sin lograr hacer emerger de sus entrañas a ese líder que aúne la seriedad y discurso de Alberto Garzón, con el carisma y el liderazgo de Pablo Iglesias. Puede pues que en definitiva la solución este en el pacto, un pacto que no gusta ni a unos ni a otros, que no termina de concretarse y que si uno atiende a lo que nos separa, parece poco menos que imposible, pero inevitablemente necesario.

Necesitamos una izquierda propia, una izquierda que ponga definitivamente sobre la mesa un nuevo modelo de producción, unido a una nueva legislación laboral que proteja a los individuos no solo como consumidores, sino además y principalmente como trabajadores. Una izquierda que sume en sus filas a los diferentes actores de la lucha del 99%, los movimientos ecologistas, animalista, feminista, así como los diferentes campos de la lucha obrera, que deben de suponer un solo frente amplio en frontal oposición a la ofensiva neoliberal que desde el 1% de los superricos se ha lanzado para despojarnos de nuestros derechos. Derechos por los que muchos dieron su vida y a los que por dignidad y por necesidad, no podemos renunciar. Necesitamos y exigimos una izquierda propia, pero también global. Una izquierda de los movimientos sociales y de sus comunidades y a la vez una izquierda capaz de aunar fuerzas para afrontar desafíos globales como la lucha contra los paraísos fiscales, el cambio climático o al militarismo en sus más diversas facetas, origen este de los miles de refugiados que todavía hoy, vergonzosamente, aislamos de nuestras fronteras con campos de concentración y concertinas.

Eso necesita la izquierda española, y lo necesita en oposición a una derecha rancia en lo nuevo y en lo viejo, una derecha que habla de regeneración en la búsqueda del pacto con un partido que ha estado inmerso en un ciclo de corrupción sistémica que empezó con Naseiro y continua con Bárcenas, un partido con altos cargos imputados, con comunidades autónomas como Madrid o Valencia que pareciesen salidas de las brillantes páginas de Mario Puzo. Un partido que no ha perdido perdón y que ha puesto trabas siempre que le ha sido posible a las investigaciones judiciales, acostumbrado a ver la paja en el ojo ajeno, mientras encubría la viga en el propio. Con ese partido, la nueva derecha busca pactar un acuerdo en el que todo cambie para que todo siga igual.  Un acuerdo que permita continuar con la precarización del trabajo y las privatizaciones que durante muchos años han transcurrido en paralelo a la corrupción política y empresarial que ha terminado por infectar totalmente al sistema en su conjunto. La nueva derecha busca pactar con una versión suya más rancia y depurada, haciéndonos creer que el problema lo supone un ministro o un diputado, pero no, se trata de un sistema corrupto que en nuestro país ha tenido sin lugar a dudas un gran aliento en el ladrillazo de Jose Maria Aznar o en las privatizaciones de las empresas públicas de uno y otro bando.

No es posible el acuerdo con quienes se lucraron de la España de las obras faraónicas que únicamente sirvieron para sacar pecho y comisiones, al igual que no es posible llegar a acuerdos con quienes figuran en las offshore, ni con quienes pretenden pactar con ellos.

 

 

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Autor: @SeijoDani

 

Recuerda que como parte de la ley de memoria histórica y en recuerdo de la activista medioambiental Berta Cáceres,te agradeceríamos que dedicases un segundo a firmar esta petición para cambiar al recuerdo del fascismo de las calles de A Coruña,por el nombre de la activista medioambiental.

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Tiempo de pactos

Pasan los días y continua una ausencia de gobierno formal que quién sabe si de manera esclarecedora,parece no notarse en demasía.La economía continua en su lenta deriva a quién sabe donde,los casos de corrupción prosiguen en su incesante goteo y las polémicas;estas si cada vez de ámbito más ridículo,continúan a solapar las verdaderas noticias en los espacios informativos de nuestro país.

Desde el punto de vista de la ciudadania que mayoritariamente pidió el cambio el las pasadas elecciones,no olvidemos que por mucho que insista el Partido Popular;en un sistema parlamentario las elecciones las gana quién tiene posibilidades de formar gobierno y no el partido más votado,resulta difícil comprender como pasado un tiempo más que prudencial,los partidos involucrados en un posible gobierno de izquierdas siguen sin dar verdaderas muestras de una iniciativa real para lograr un acuerdo solido.En un país abocado a la precariedad laboral y con un partido provisionalmente en el gobierno,acosado por la corrupción en gran parte de sus capas superficiales y ya a la espera de verse acusado y sentenciado en sus más altas esferas,parece casi surrealista una situación en la que PSOE-Podemos e IU parecen preocuparse más en salvaguardar su imagen de marca ante su electorado que en la formación de un gobierno progresista que permita comenzar a actuar desde las instituciones y con la propia ciudadanía para desenmascarar y combatir a la vieja política que poco a poco comienza a notar el peso del cambio político que afronta nuestro país.

Un gobierno que lidere el cambio no solo es una oportunidad que se presenta más viva que nunca ante las puertas de Ferraz,sino una responsabilidad histórica para un PSOE que debe elegir entre sus bases y la vuelta a la antigua socialdemocracia o sus barones y expresidentes y el pacto con el ibex35.No existen más alternativas que el cambio o la lenta agonía,que la presidencia o la tensa espera de la puñalada al César para Pedro Sánchez.

Pero si bien es cierto que debido a su continuada deriva al liberalismo más recalcitrante y a la corrupción de la que ha formado parte,es desde Ferraz desde donde se deben de dar los pasos que cimienten la confianza necesaria para un futuro pacto de gobierno,es desde Podemos y en menor medida desde IU desde donde deben de surgir las voces de la concordia y la cordura.

Las políticas sociales,el compromiso con la libertad individual y colectiva y la esperada puesta sobre la mesa de la necesidad de modificar unas reglas del juego anquilosadas desde la transición y demasiado ventajosas con los viejos partidos,deben de ser los puntos principales en una negociación de gobierno en la que debe quedar claro entre las filas socialistas que dicho pacto se deberá actualizar a tenor de sus actos,durante el transcurso de una posible legislatura conjunta entre las formaciones de izquierda.

Supone una responsabilidad histórica y con sus votantes la formación de un gobierno del cambio para los señores Sánchez,Iglesias y Garzón.No existiría mayor fracaso que la constatación de que ante una nueva oportunidad de afrontar los retos que se nos plantean,las disputas internas en el seno de la izquierda le devolvieran el poder a los corruptos.

 

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Autor: @SeijoDani