El silencio de los corderos

Las calles vuelven a oler a caucho quemado y a sangre en Paris, la izquierda francesa ha vuelto a salir a las calles bloqueando las refinerías y dejando sin combustible a las gasolineras, para arropada por cientos de miles de trabajadores, hacer de las calles de Paris de nuevo un campo de batalla en donde defender sus derechos. El ejecutivo del “socialista” François Hollande y a central sindical CGT siguen sin llegar a un acuerdo de paz, ante la exigencia del colectivo obrero de la retirada del proyecto de ley de la ministra de Trabajo, Myriam El Khomri, que permita poder volver a la mesa de negociaciones evitando así una nueva movilización general en las calles, programada ya para el 14 de junio.

Francia se encuentra en pie de guerra, contra una reforma laboral, que en nada se asemeja por laxa a la aplicada en España. Reforma laboral, la nuestra, que entre otras exquisiteces fruto de la combinación de las mentes pensantes de la derecha y el empresariado de nuestro país, ha permitido rebajar la indemnización por despido improcedente de 45 a 33 días, ampliar las causas objetivas de despido o hacer innecesaria la autorización previa de la administración para llevar a cabo los ERE. Todas ellas medidas que como podan comprobar, se encuentran encaminadas a aumentar la precariedad laboral y los derechos de unos trabajadores que en muchos casos pese a serlo, se encuentran en serio riesgo de pobreza.

¿Pero que diferencia entonces al obrero español del francés para que logre contener su ira? ¿Acaso nuestra situación es más favorable que al otro lado de los Pirineos?

Por desgracia la respuesta es no, lo que diferencia al obrero español del resto de sus compañeros europeos, es su hartazgo. Hartazgo de una clase sindical muy alejada ya de victorias como la de la Huelgona o del ejemplo y el sacrificio en la lucha obrera, llevada a cabo en las minas o en los astilleros españoles. El sindicalismo en nuestro país, al igual que en muchos otros, ha caído en las redes del poder político y económico, cambiando las barricadas por los consejos de administración y los adoquines por las subvenciones. Se ha dejado a un lado la reivindicación social para dar paso al parasitismo. Al ciudadano y la calle por el aparato estatal y el establishment, y con el sindicalismo alejado del movimiento obrero, llegaron los primeros casos de corrupción: las facturas falsas, los cursos de formación, los ERE y tantas otras corruptelas que si bien todavía se encontraban muy alejadas de los grandes escándalos de los patronos, también lo hacían a su vez inmensamente de la lucha diaria de quién decían defender, los obreros de este país.

En la Inglaterra de Margaret Thatcher, uno de los sindicalismos más fuertes de todo el continente sucumbió después de que la dama de hierro desatase los “perros de la codicia” contra ellos, en España no hicieron falta excisiones, ni tan siquiera un excesivo conflicto, fueron los propios perros quienes buscaron el collar de sus nuevos amos para lograra sobrevivir a un mundo cambiante. Los héroes de la clase obrera fueron olvidados, gano el supuesto pragmatismo y el capital impuso finalmente sus reglas. Tras eso, solo fueron necesarios ciertos retoques, ciertas mordazas y así finalmente lograron silenciar las avenidas.

Sindicatos y sindicalistas fueron olvidados, y nombres como el de Cándido Méndez o Ignacio Toxo, pasaron a significar lo mismo para el obrero español que los de Manuel Rodríguez,Andrés Bódalo o los “ocho de Airbus”, un mismo cajón para muy diferentes procedencias.

Pero la realidad política y social de nuestro país, nos recuerda de nuevo la necesidad un sindicalismo fuerte, de clase y de calle. Un sindicalismo capaz de hacer frente al reto de defender los derechos ya adquiridos y conquistar los derechos que nos han arrebatado en los últimos años escudandose en una crisis que han utilizado como oportunidad para imponernos más precariedad. Un sindicalismo fuerte en un país en donde aumenta preocupantemente la siniestralidad laboralen donde conciliar la vida laboral y familiar sigue siendo poco más o menso que una utopía y en donde el obrero medio, pese a todo, sigue teniendo muy presente lo que es jugarse la vida en la calle por sus derechos, por los derechos de los suyos. 

Ellos nos quieren en silencio, nos quieren temerosos y quietos, pero no podemos permitirlo, no pueden acallarnos durante mucho más tiempo. Mientras exista un ellos y un nosotros en este sistema, los obreros deberemos seguir organizándonos para reclamar lo que nos pertenece, para luchar por nuestros derechos.

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Autor: @SeijoDani

 

Recuerda que como parte de la ley de memoria histórica y en recuerdo de la activista medioambiental Berta Cáceres,te agradeceríamos que dedicases un segundo a firmar esta petición para cambiar al recuerdo del fascismo de las calles de A Coruña,por el nombre de la activista medioambiental.

Desde DowJones te agradecemos tu colaboración.

https://www.change.org/p/xulio-ferreiro-calle-berta-c%C3%A1ceres-en-a-coru%C3%B1a

No es país para pactos

Ante semejante panorama, y tras las primeras elecciones del fin del bipartidismo, los partidos parecen decididos a dar de nuevo la voz al pueblo. Ya que eso que les hemos dictado la última ocasión que nos dieron tal privilegio, parece en definitiva no haberles gustado demasiado. Lo nuevo y lo viejo, la izquierda y la derecha, han vuelto a demostrar que eso de llegar a acuerdos no es muy español y que si siempre se ha dicho que hay dos españas por algo será, aunque ahora nos quieran contar que ya no son dos, que son cuatro, cinco o las que les ayuden a crear los medios. Pero por mucho que se sumen actores, el dialogo sigue siendo el mismo.

La izquierda española sigue dividida entre esos que quieren hacer la revolución a su suerte, sin contar con nadie, ni respetar a los actores que en ocasiones, más de las que parece, comparten trincheras con ellos, y esos otros que son de izquierda pero un poquito nada más. Esos que perdieron Catalunya por no saber o no querer comprender que el discurso de la identidad nacional de un pueblo, nada tiene que ver con romper España, y esos mismos que gobiernan Andalucía como su más preciado botín, entregándosela desde tiempos inmemoriales a banqueros y terratenientes a cambio de un cada vez más escaso jornal para su pueblo. La izquierda de siempre, una izquierda en gran parte tibia en su discurso, en sus formas y en sus pulsos, una izquierda que mira al Partido Popular en cada acto de campaña y que salvo por las apariciones de los viejos roqueros como Xosé Manuel Beiras o Julio Anguita, sigue sin lograr hacer emerger de sus entrañas a ese líder que aúne la seriedad y discurso de Alberto Garzón, con el carisma y el liderazgo de Pablo Iglesias. Puede pues que en definitiva la solución este en el pacto, un pacto que no gusta ni a unos ni a otros, que no termina de concretarse y que si uno atiende a lo que nos separa, parece poco menos que imposible, pero inevitablemente necesario.

Necesitamos una izquierda propia, una izquierda que ponga definitivamente sobre la mesa un nuevo modelo de producción, unido a una nueva legislación laboral que proteja a los individuos no solo como consumidores, sino además y principalmente como trabajadores. Una izquierda que sume en sus filas a los diferentes actores de la lucha del 99%, los movimientos ecologistas, animalista, feminista, así como los diferentes campos de la lucha obrera, que deben de suponer un solo frente amplio en frontal oposición a la ofensiva neoliberal que desde el 1% de los superricos se ha lanzado para despojarnos de nuestros derechos. Derechos por los que muchos dieron su vida y a los que por dignidad y por necesidad, no podemos renunciar. Necesitamos y exigimos una izquierda propia, pero también global. Una izquierda de los movimientos sociales y de sus comunidades y a la vez una izquierda capaz de aunar fuerzas para afrontar desafíos globales como la lucha contra los paraísos fiscales, el cambio climático o al militarismo en sus más diversas facetas, origen este de los miles de refugiados que todavía hoy, vergonzosamente, aislamos de nuestras fronteras con campos de concentración y concertinas.

Eso necesita la izquierda española, y lo necesita en oposición a una derecha rancia en lo nuevo y en lo viejo, una derecha que habla de regeneración en la búsqueda del pacto con un partido que ha estado inmerso en un ciclo de corrupción sistémica que empezó con Naseiro y continua con Bárcenas, un partido con altos cargos imputados, con comunidades autónomas como Madrid o Valencia que pareciesen salidas de las brillantes páginas de Mario Puzo. Un partido que no ha perdido perdón y que ha puesto trabas siempre que le ha sido posible a las investigaciones judiciales, acostumbrado a ver la paja en el ojo ajeno, mientras encubría la viga en el propio. Con ese partido, la nueva derecha busca pactar un acuerdo en el que todo cambie para que todo siga igual.  Un acuerdo que permita continuar con la precarización del trabajo y las privatizaciones que durante muchos años han transcurrido en paralelo a la corrupción política y empresarial que ha terminado por infectar totalmente al sistema en su conjunto. La nueva derecha busca pactar con una versión suya más rancia y depurada, haciéndonos creer que el problema lo supone un ministro o un diputado, pero no, se trata de un sistema corrupto que en nuestro país ha tenido sin lugar a dudas un gran aliento en el ladrillazo de Jose Maria Aznar o en las privatizaciones de las empresas públicas de uno y otro bando.

No es posible el acuerdo con quienes se lucraron de la España de las obras faraónicas que únicamente sirvieron para sacar pecho y comisiones, al igual que no es posible llegar a acuerdos con quienes figuran en las offshore, ni con quienes pretenden pactar con ellos.

 

 

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Autor: @SeijoDani

 

Recuerda que como parte de la ley de memoria histórica y en recuerdo de la activista medioambiental Berta Cáceres,te agradeceríamos que dedicases un segundo a firmar esta petición para cambiar al recuerdo del fascismo de las calles de A Coruña,por el nombre de la activista medioambiental.

Desde DowJones te agradecemos tu colaboración.

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