Macron o el caos

Finalmente la mayoría de las predicciones electorales se han cumplido y la estrecha victoria en la primera vuelta de las presidenciales del candidato de En Marche! (En Marcha!) apenas 2,4 puntos por encima de la ultraderechista Marine Le Pen devuelven a la población francesa la disyuntiva del mal menor que tanto parece recordar a las elecciones presidenciales de 2002. Entre los principales damnificados, Benoît Hamon y François Fillon, candidatos de los partidos tradicionales que han visto como sus respectivas candidaturas eran arrasadas por una nueva política (en ocasiones con un trasfondo tan viejo como el propio fascismo) para por primera vez desde 1958 dejar a los franceses sin un candidato socialista o conservador en el que poder confiar su voto en la segunda vuelta. Francia parece así haberse olvidado definitivamente del bipartidismo, dejando tras de si a un Partido Socialista pasokizado y a unos conservadores muy tocados anímicamente tras el PenelopegateUn partido conservador que sin embargo ha visto, como su candidato François Fillon era capaz de mantener la tercera posición con una defensa basada en el absurdo y la negación sistemática muy al estilo del modus operandi utilizado al otro lado de los Pirineos. Parece que al igual que allí, las promesas incumplidas y la traición al discurso de la izquierda tradicional, han pesado más en el aparente trasvase electoral a nuevas formaciones que la corrupción en el seno de la derecha.

A la hora de buscar explicaciones a lo ocurrido, la decepción con el gobierno de François Hollande y la clara renuncia de la izquierda francesa a la posibilidad de aplicar políticas alternativas al liberalismo, parecen encontrarse entre las principales causas de un escoramiento a la derecha en el electorado francés, que sin duda puede dar explicación en gran medida a la renovada fortaleza de un Frente Nacional que ha sabido interpretar perfectamente los tiempos políticos necesarios para con estudiada paciencia, comenzar a recoger los frutos sembrados en aquel dique de contención que la V República construyó con endebles cimientos en 2002 contra el viejo Jean-Marie Le Pen. Aquellas elecciones en las que el delincuente pareció vencer abultadamente al fascista parecen haber dejado tras de si un sentimiento de profunda decadencia en la política tradicional que quince años después, ha logrado transformarse en los anunciados fracasos de François Fillon Benoît Hamon, así como en el renacer de una alternativa fascista que en manos de Marine Le Pen ha sabido modular su discurso para aprovecharse del desencanto de una izquierda que desde Chirac se encuentra totalmente mimetizada con las doctrinas liberales y una derecha en rápido proceso de Lepenización fruto de una constante amenaza terrorista que mucho me temo, ha pasado ya a suponer un actor electoral más en nuestro continente.

Y ante estos resultados de nuevo la amenaza de “nosotros o el caos” a la que socialistas y republicanos han dado una inmediata respuesta expresado su firme apoyo al candidato de En Marche! con la intención de lograr detener la amenaza real de un gobierno de Marine Le Pen tras la segunda vuelta. Mientras por su parte, Jean-Luc Mélenchon, el candidato de la verdadera izquierda francesa, en un acto que lo honra prefirió convocar a a las más de 450.000 personas registradas en La France Insoumise a decidir su postura a través de una votación electrónica que decantará su línea de actuación de cara a la segunda vuelta. Una postura de indecisión o prudencia en La France Insoumise que se suma a la de La France Debout, si bien la formación gaullista renuncia a la consulta popular y decidirá su postura tras una reunión entre sus dirigentes.

Son pocas las alternativas para los franceses, en apenas dos semanas el ultraderechismo de Le Pen o ultraliberalismo de Macron se abrirán sin alternativa camino a la presidencia francesa y a estas alturas, las posturas de los partidos de la oposición no parecen diferir mucho de un sí o un no incondicional a Macron. Si bien parece obvio que nadie en su sano juicio podría confiar su voto a Marine Le Pen desde la izquierda ¿Acaso Cabría un gramo de cordura en el voto a Macron?

Apoyar a Emmanuel Macron es dar el voto al ejecutivo de la jungla de Calais, el bombardeo de Siria o la violencia policial. Supone respaldar al enemigo de clase, a la casta, a quién durante años ha propiciado el auge de la extrema derecha con sus políticas de privatizaciones y recortes, para a continuación pedir el voto de la pinza en la nariz por responsabilidad política. La única solución verdaderamente digna para el votante francés es la del pulso a Macron y al liberalismo frente al chantaje de una derecha liberal que se muestra incapaz de ceder terreno en su cruzada contra los trabajadores para frenar al fascismo (Un fascismo que parece incomodar menos al poder que una alternativa de izquierda a su modelo económico y político)

Si Macron quiere el voto de la izquierda, deberá renunciar a disputar la presidencia a Le Pen en campos como la criminalización del emigrante, la persecución de las minorias, la islamofobia o el aumento de la militarización de la vida ciudadana. Es hora de comprender que votar a las políticas de Le Pen para vencerla, supondría al igual que en 2002, una nueva victoria a largo plazo del Frente Nacional.

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La pasión turca

“La diferencia entre una democracia y una dictadura consiste en que en la democracia puedes votar antes de obedecer las órdenes.”

Charles Bukowski

No hace demasiado tiempo, mencionar a Recep Tayyip Erdogan, suponía en Occidente, nombrar la esperanza de un islam democrático. Al menos, la de un islam democrático a nuestra imagen y semejanza. Imagen, que nunca nos hemos parado a pensar, pudiese suponer un corsé demasiado apretado, para un cuerpo político y social que por mucho que lo intentemos, no corresponde al nuestro.

La llegada de Erdogan al poder, se produce en el contexto de una Turquía cansada de ser un estado entre dos aguas. Cansada del poder del ejercito y de la secularización, que enmascara la identidad de muchos de sus ciudadanos, bajo un manto de palpable clandestinidad y radicalización. La llegada  al poder de Erdogan, supone una opción ante lo insustancial de la memoria de un imperio que ya no existe, de un pasado glorioso, pero pasado al fin y al cabo. La única alternativa viable para el cambio, en un país en donde tras el golpe de Estado de 1980, la izquierda pareciese haber pasado a ser patrimonio exclusivamente kurdo.

El islamismo de Tayyip Erdogan, se dibujaba en la línea del liberalismo económico y el ferviente anticomunismo. Una concepción política y religiosa, alejada de las versiones más radicales del islam, pero suficiente, para que en la Turquía secular protegida por el ejercito, esto fuese visto como una seria amenaza al orden establecido. Erdogan sufrió en sus propias carnes la persecución política, la muerte de compañeros de partido en atentados diseñados para amedentrarlo e incluso la cárcel, donde pasaría diez meses, tras compartir un poema de carácter islámico. Irónicamente, en una Turquía de signo diferente, también sería la poesía, en este caso un poema crítico con la gestión de Erdogan, la que llevase a la modelo Merve Buyuksarac a prisión.

La historia y una profunda crisis económica, daría en 2002 el poder a Erdogan, gracias a un casi recién fundado, Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP) que contra lo esperado por muchos conseguía una mayoría absoluta para un partido islámico, de corte conservador y centrista en su planteamiento. Pero en definitiva, un partido islámico, se hacía con el poder en un país en el que a su ejercito, nunca le había temblado la mano para disuadir el avance religioso en las instituciones.

La cerrazón del ejercito a la influencia religiosa y las continuas trabas a la participación política, impuestas por los numeroso golpes de estado, había volcado el deseo de cambio de la sociedad civil turca en las cofradías y hermandades islámicas. Esto propicio el caldo de cultivo perfecto, para la difusión de una doctrina que podríamos denominar como “liberalismo islámico” en la que personajes como Fetulá Gülen, ayudaron a crear una élite religiosa, capaz de ocupar numerosos cargos en las instituciones de poder del estado, sintetizando un marcado carácter religioso conservador, con los valores propios de las democracia liberal capitalista. Con su llegada al poder en 2002, los cuadros gülenistas sirvieron a Erdogan, para llevar a cabo una venganza contra el nacionalismo laico, en forma de purgas sistemáticas en la Judicatura, el ejercito o el funcionariado. El juicio del Ergenekon y especialmente la reforma constitucional de 2010, ponían punto y final a la visión del AKP, como un punto de encuentro entre democracia e islam. Gestos como la presencia del idioma kurdo en televisión, el alto el fuego con el PKK o la apertura oficial de negociaciones con la Unión Europea para su futura adhesión, pronto dan paso a la persecución política de la fuerte oposición kurda, la violencia sexual contra las activistas antigubernamentales o el mercadeo de los Derechos Humanos con Europa demasiado encerrada en sí mima, como para poner trabas ala construcción de un nuevo sultanato a sus puertas. Las privatizaciones, los recortes, así como las mayores garantías para  las multinacionales, parecen garantizar a Erdogan la convivencia con Occidente, la sharía y el capital suponen los cimientos de una nueva Turquía.

La reforma del ejercito y la mayor presencia de la religión en el día a día de Turquía, tensaron la cuerda en un país, en donde el uso del velo en las universidades, las restricciones al alcohol, la preponderancia de la religión en los estudios o el crecimiento vertiginoso del número de mezquitas, vinieron acompañados de un crecimiento paralelo de la corrupción y la concentración de poder en el estado. Tayyip Erdogan, se veía cercado por numerosos casos de corrupción que habían llevado a una fuerte reestructuración del Gobierno y que ahora, lo amenazaban directamente. Erdogan había convertido su voz, en mandato. El presidente que había llegado al poder, tras recorrer las calles de su país, se parapetaba de sus propias aspiraciones, tras los muros de su fastuoso palacio en Ankara. Un búnker físico e ideológico, desde el que poder dirigir el cambio de un sistema parlamentario a una república presidencialista, que todo parece indicar, puede suponer tan solo la mera fachada de una dictadura de facto. Cualquier síntoma de disidencia en Turquía, es perseguido y eliminado, desde la revuelta que tomó el parque de Gezi, hasta la oposición parlamentaria, pasando por periodistas o miembros del propio AKP, la discrepancia con las decisiones del sultán turco, se paga cara. EL terrorismo, la guerra interna, el conflicto sirio o el reciente golpe de estado, han sido oportunidades aprovechadas por Erdogan, para hacer política desde el caos.

La censura y las purgas, no pueden ocultar la sensación de un país polarizado. Turquía se ve atrapada en el juego de un sátrapa, obsesionado con recobrar una antigua grandeza que puede sin embargo provocar, la caída en desgracia definitiva de un gobernante y de un estado que no supo ser consciente de sus propios límites. El mismo Erdogan que utilizó a Fethullah Gülen, para  llegar al poder y abandonarlo cuando fue preciso, el que vio en el islam un medio para conseguir el apoyo social necesario para llevar adelante sus reformas institucionales y el trilero que supo hipnotizar a la UE, se encuentra ahora inmerso en una dinámica interna, extremadamente peligrosa de radicalización religiosa y en una situación exterior más débil que nunca, ante un doble juego con la OTAN y Rusia, con Siria de fondo. Comienzan a terminarse los comodines de la baraja del sultán turco, mientras la huída sin retorno del autoritarismo más descarnado, comienza a despejarse como la única opción de autoridad, para un país que en algún momento, quiso recobrar su protagonismo internacional.

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Autor: @SeijoDani

Recuerda que como parte de la ley de memoria histórica y en recuerdo de la activista medioambiental Berta Cáceres,te agradeceríamos que dedicases un segundo a firmar esta petición para cambiar al recuerdo del fascismo de las calles de A Coruña,por el nombre de la activista medioambiental. 

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