La quinta columna del Yihadismo

De nuevo el horror, los gritos incesantes, el pánico, los llantos, la sangre. Enseguida el ruido lejano de las sirenas, nombres lanzados al aire con desesperación entre un constante grito sordo que parece como llegar de otro mundo, desde otras fronteras, mucho más allá del puente de Westminster o del propio Londres. De pronto un horror global capaz de imponer su tortura e inducir el pánico en un campo de desplazados en Nigeria, arrasar Damasco o golpear Alepo, hace su aparición en Londres sin que el color de nuestra piel, nuestras creencias o las afiliaciones políticas, parezcan importar cuando la sangre de personas inocentes comienza a derramarse a escasos metros pero todavía a una distancia insalvable de la Square Mile, el Número 10 de Downing Street o el Palacio de Buckingham. Allí estas muertes tardaran unos días en cobrar su sentido en forma de nuevos bombardeos, acalorados debates políticos o condolencias cargadas de medias verdades, silencios demasiado sonoros y palabras huecas como única forma oficial de consuelo.

En la acera, el sin sentido de más muertes. Entre ellas la de Aysha Frade, una profesora de 43 años de origen gallego, concretamente de Betanzos, a apenas cuatro kilómetros desde donde ahora escribo. Una conexión anecdótica quizás, pero lo suficientemente directa para que su muerte me haga pensar un poco más,  para que me resulte sencillo empatizar sin dificultades con el dolor de su familia e imaginarme las circunstancias que pudieron rodear a su muerte, seguramente un día normal para ella, camino del trabajo, una cita o de la universidad, un coche a toda velocidad, el caos y en un instante el miedo.

El miedo es un arma poderosa, mucho más que un coche, un cinturón bomba o un kalashnikov, el miedo puede enquistarse y perdurar en tu mente, en una sociedad o incluso en todo un continente, haciendo que se levanten nuevos muros de odio y segregación entre nosotros y ellos. Unos muros que son realmente lo único capaz dar sentido a esas muertes para quienes las cometen. Ningún Dios, ni ninguna bandera, pueden provocar mayor fanatismo que aquel que se cría y se reproduce en la miseria oculta al otro lado del muro. Barreras y concertinas que demasiadas veces se trasladan a nuestros barrios en forma de violencia policial, marginalidad, aislacionismo y una sensación de desarraigo cultural, propia de quienes generación tras generación han visto como se les negaba un hogar a ambos lados de la frontera.

No me malinterpreten, no pretendo justificar el yihadismo o decir algo así como que en Occidente nos lo tenemos merecido por todo el dolor acumulado por los pueblos oprimidos del mundo. No creo que funcionen así la cosas, al menos no deberían hacerlo. Pero sí creo firmemente en que los enemigos ya se encontraban dentro de nuestras fronteras antes de que comenzase todo esto. Cuando Osama bin Laden era un luchador anticomunista, las madrasas de Pakistán patentaban por primera vez el modelo de radicalización que arrasaría medio mundo y Yugoslavia sufría por primera vez un ataque destinado a desintegrar a una sociedad que jamás volvería a recuperarse tras aquella guerra. La brutalidad de la  Operación Fuerza Aliada, traslado a Yugoslavia el horror que había reinado en AfganistánNiños más familiarizados con el sonido de los cazas que con la alegría propia de un patio de colegio, tropas extranjeras, matanzas, guerra santa… Cuando las escuelas se vacían el fanatismo hace acto de presencia. Mucho después de que la OTAN o el ejercito Estadounidense haya abandonado el lugar a su suerte, tras el proceso de pacificación, cuando las cicatrices de la guerra solo pueden curarse con un cerrazón sobre las propias creencias, y la búsqueda de un sentido mayor a tanto sufrimiento. Es entonces cuando desaparece la lógica de las víctimas inocentes, entre campos de refugiados, barrios empobrecidos y cantidades ingentes de propaganda religiosa, alimentada incesantemente por nuestras campañas de democratización armada. Desde Occidente, la opinión pública pretende buscar una lógica de paz a los actos llevados a cabo por quienes se encuentran inmersos en una guerra global.

Un mundo islámico dividido entre guerras de poder internas, geopolítica intervencionista y demasiadas veces, una lógica  cimentada entre la caridad y las armas, con una herida abierta en común en tierras palestinas en donde la ocupación israelí y el posterior holocausto palestino sirvieron como campo de experimentación a la yihad global. Asesinatos selectivos y guerras televisadas con el único objetivo de reducir a cenizas cualquier alternativa política en Palestina, que pudiera simbolizar una esperanza de unidad. El Panarabismo moría al tiempo que des sus cenizas surgía un nuevo monstruo criado entre la sangre de inocentes, y alimentado por la sed de venganza. La guerra de Irak supuso la madurez de la yihad global, una guerra exclusivamente por recursos, cimentada entre mentiras y la total impotencia de las organizaciones internacionales ante el poder del imperio.

De las ruinas de Irak surgiría Al Qaeda como embajador global del terror, una imagen de marca del yihadismo al que como no podía ser de otra manera en una sociedad capitalista, pronto le siguieron numerosas franquicias y competidores. Una lógica de mercado aplicada al terror, que ha salpicado a todo el planeta con su sin razón, con su barbarie. Trasladando de forma indiscriminada el dolor de la guerra a lugares como Riad, Bali, Monbasa o Madrid. Un fanatismo, capaz de transformar la primavera de la esperanza en el más absoluto invierno. Egipto, Libia, Siria, Yemen, juguetes rotos en el tablero global de la geopolítica, que pronto formarían un autentico reino del terror en forma de un pseudocalifato apócrifo capaz de trasladar el infierno a la tierra.

No existe algo así como la seguridad global basada en las armas, no existen vallas, cuerpos de seguridad o protocolos antiterroristas capaces de impedir que el dolor de un mundo a la deriva nos salpique. No existe una política mágica capaz de erradicar al fundamentalismo de nuestras fronteras, resulta necesario tiempo para revertir décadas de etnocentrismo, debates sesgados, guetos y una la política basada en el miedo a lo diferente. Se necesita todo lo contrario a los valores de los que hoy hace gala Europa, una sociedad que ha olvidado sus propios demonios para de nuevo mostrarse impasible ante el auge de la xenofobia. Un  continente en una profunda crisis de valores, que la actual crisis económica no ha hecho más que profundizar.

No pretendo justificar el terrorismo, no creo que un artículo pueda llegar a cumplir tal fin por mucho que los de siempre se empeñen en tergiversarlo. El terrorismo, al igual que la guerra o la desigualdad social, tienen causas que lo provocan. Causas oscuras en demasiadas ocasiones y por norma general, muy alejadas de todos aquellos que derraman sangre inocente en una calle en Londres o en un lejano desierto. Nuestro deber con ellos, nuestro deber como sociedad, es el de intentar comprender los oscuros motivos que llevan a alguien a abandonar toda esperanza, con el único objetivo de matar, de provocar dolor. Solo así, podremos poner fin a un invierno moral ya demasiado largo.

“Nosotros representamos el futuro de Pakistán, un futuro en el que no tiene cabida la ignorancia, la intolerancia, y el terrorismo.”

Benazir Bhutto

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Recuerda que como parte de la ley de memoria histórica y en recuerdo de la activista medioambiental Berta Cáceres, te agradeceríamos que dedicases un segundo a firmar esta petición para cambiar al recuerdo del fascismo de las calles de A Coruña, por el nombre de la activista medioambiental.

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Yemen, la geopolítica del caos

Pocos saben en donde se encuentra Adén, Lahej o Taiz, del sufrimieno de sus habitantes o del sonido de las bombas cuando la vida vale tan poco que cada cadáver en sus calles, ya no logra ocupar ni tan siquiera una cifra en los informativos de sobremesa en Occidente.

Yemen no se trata de una guerra mediática como las de Siria o Irak, desconocemos en gran medida los rostros de los combatientes que allí se encuentran, y por supuesto, poco o nada sabemos de las causas del sufrimiento que día a día, padece la población civil. Un país pobre en la región de los jeques, del petróleo, de los grandes deportivos y del dinero que puede comprar la moral de Europa en las camisetas de los grandes del fútbol o en las recepciones oficiales. Una mota de pobreza en la región de las petromonarquías, en donde el horror de la guerra ha dejado más de 14 millones de personas sin acceso a atención médica y en donde el 80 % de su población depende de una escasa ayuda humanitaria. Un país, con más de 19 millones de personas sin acceso seguro al agua o a servicios sanitarios y en donde 7,6 millones de personas, padecen inseguridad alimentaria, lo que ha llevado a cerca de 20.000 niños a sufrir condiciones de extrema desnutrición.

Yemen, el país de las niñas novias y el abuso sistemático contra las mujeres, de los grupos sectarios, el trabajo infantil y el analfabetismo. Pero también un país de transito y muchas veces una parada obligada, para muchos de esos emigrantes que atraviesan sus fronteras en busca de las ilusorias oportunidades de un futuro en las dictaduras del Golfo Pérsico. Un país en donde el triunfo de la mal llamada primavera, resultaría más justo que en ningún otro, pero en donde el sonido de las bombas y la represión, parece no molestar a nadie.

A la revuelta pacífica que derrocó a Alí Abdula Saleh, no le siguió la democracia, ni tan siquiera la paz. Egipto, Arabia Saudí, Gran Bretaña, la Unión Soviética…potencias extranjeras que siempre han jugado un papel en el devenir del futuro de los yemeníes y esta vez, pese al glamour del Nobel y las buenas intenciones, nada iba a resultar diferente. El plebiscito del 27 de febrero de 2012, por el que Saleh cedía la presidencia yemení a su número dos, Mansour Hadi, termino por desatar las tensiones en un país regido por el sectarismo y los pactos tribales.

La guerra iniciada por el nuevo presidente contra los rebeldes hutíe y supuestamente, contra Al Qaeda en la Península Arábiga, termino con el presidente abandonando el país, ante la alianza de antiguos sectores en el ejercito partidarios a Saleh y los rebeldes hutíes, en ocasiones la guerra, produce extraños compañeros de cama. Arabia Saudí respondía al avance de los rebeldes hutíes y sus “aliados” con la Operación Tormenta Definitiva, una serie de bombardeos indiscriminados, en los que fábricas, infraestructuras o población civil forman parte indistintamente de una operación igualmente encaminada a frenar la influencia geopolítica del chiismo  en la región, como a destruir cualquier  posible alternativa de futuro, en un país abocado a la partición de su integridad territorial, empujado por una guerra que al igual que las campañas de Irak o Siria, parecen destinadas a que Occidente, pueda dibujar de nuevo las fronteras del mundo, al compás de sus nuevas necesidades económicas y militares.

Asistimos impasibles a la muerte de un estado, al asesinato de las esperanzas en las revueltas populares del pueblo árabe. Asistimos de nuevo a la sin razón del imperialismo económico y a hipocresía de quienes se dicen garantes de la democracia y derechos humanos, al tiempo que mercadean con las armas que combaten a los pueblos que se atreven a reclamarlos.

Yemen, un nido de víboras en donde las democracias pueden armar a los terroristas y en donde la toma de una capital, puede ser tildada de momento histórico o de golpe de estado, según el prisma con el que se mire. Un país, sin verdaderos buenos, ni malos. En donde los matices cobran la importancia de un siglo, en donde las guerras también se libran en gran medida con las palabras.

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Autor: @SeijoDani

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El refugio de la ira

terror

1. m.Miedo muy intenso.

2. m.Persona o cosa que produce terror.

3. m.Método expeditivo de represión revolucionaria o contrarrevolucionaria.

 

Una vez más, el miedo vuelve a marcar la agenda en el viejo continente, y tras la última serie de ataques en Niza, Munich y Normandía, la población europea vuelve a entrar en una espiral mediaticosocial de psicosis colectiva, que sin duda pone de manifiesto la escasa preparación de la estructura social europea, para asumir la realidad de un mundo que las propias políticas occidentales han ayudado a crear.

Pese a que sin que me lo pueda explicar, resulte socialmente reprochable desde hace algún tiempo hacerlo; personalmente, sigo siendo de esos que cuando ve el dolor de las víctimas de la barbarie en Europa, no puede evitar pensar en los miles de muertos que ese mismo odio, ha producido y sigue produciendo a diario en países como Irak, Siria o Eritrea. No se trata de una búsqueda emprendida con el afán de encontrar justificación o explicación a lo que no puede resultar justificable o explicable de ninguna de las maneras, ni se trata únicamente  de un sentimiento de culpa o vergüenza por lo que mis compatriotas o sus aliados hayan podido aportar a su tragedia. Sino que simplemente se trata de algo más humano, de algo más simple, se trata simplemente de empatía. Empatía hacia personas que sabes que viven a miles de kilómetros y a los que en gran parte de los casos, resultaría mucho más sencillo identificar con los que aquí son los atacantes y no los atacados, bien sea porque rezan a un mismo dios, hablan un mismo idioma o bien tienen un mismo aspecto, cualquier cosa, cualquier detalle en el que nos queramos fijar, por mínimo que  sea en ellos, resultaría totalmente natural para cimentar el odio contra quienes también son oprimidos; por quién hoy en Europa, pero desde hace ya mucho tiempo en sus hogares, continua sembrando el terror en nombre de un dios que desconocen.

Pedimos justicia, pedimos igualdad y libertad para sus países, lloramos a sus muertos en “sentidos” homenajes y pedimos responsabilidad a nuestros políticos por las víctimas civiles fruto de nuestros bombardeos, nos mostramos comprometidos frente a la guerra y contra la injusticia, pero cuando el terror llama a nuestras puertas, simplemente pedimos más controles, mayores requisitos de entrada y en muchos casos simplemente la expulsión de todos los refugiados, como si dejarlos morir en el Mediterráneo resultase mucho más humano que los bombardeos de una coalición.

Resulta ridícula la pretensión occidental, que promoviendo la violencia en el mundo, pretende que en un mundo globalizado, el terror sea lo único que no se expanda através de las fronteras. Puede que resulte ya tarde para evitar al cien por cien el terrorismo en Europa, pero todavía hoy estamos a tiempo de que los hijos e hijas de los ahogados hoy en nuestras costas, no sean los terroristas que siembren de terror nuestras calles mañana.

Asumir de una vez por todas que nuestras política exterior y nuestra supuesta pretensión de salvaguardar la paz, ha llevado al mundo a una de sus horas más oscuras de terror y migraciones forzadas, no se trata de buenismo ni de una estupidez de la izquierda, sino de humanismo y geostrategia, resultaría estúpido a estas alturas no percatarse de que las bombas nunca lograran traer la paz.

 

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Autor: @SeijoDani

 

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Europa S. A.

François Mauriac dijo una vez: ¡Que poco cuesta construir castillos en el aire y qué cara es su destrucción! Y ahora, en plena decadencia de lo que un día fue el sueño de una Europa unida, de una Europa fuerte y libre, no puedo sino pararme a pensar en lo caro que puede llegar a ser soñar.

Lejos queda aquel Tratado de Maastricht en donde recién creados los pilares de una Unión Europea firme, sus países fundadores, y con ellos el resto de europeos, soñábamos al unísono con una confederación en donde los valores de la igualdad, la fraternidad y la solidaridad, sirvieran como pilar para la construcción de una Europa unida tras siglos de encarnizadas luchas fratricidas. Lejos queda aquel sueño de una Europa garante de los Derechos Humanos, de una Europa más allá de la OTAN, de una Europa independiente. Demasiados sueños destrozados en Ruanda, en Syria, en Irak o en Yugoslavia. Demasiados ojos mirándonos desde el otro lado de las vallas que hemos levantado y continuamos ampliando para no verlos, demasiados campos de refugiados, demasiada falta de memoria y demasiada hipocresía es lo que queda hoy en Europa.

Una Europa de las marcas, de las grandes compañías y de las pequeñas élites. La Europa del TTIP, de los recortes. La Europa que extermina a sus agricultores, a sus ganaderos a su flota pesquera. Esa clase de Europa sometida que tanto soñaron tiranos como Napoleón o Adolf Hitler y que tan bien han sabido construir los Tatcher, Sarkozy o Merkel. Una Europa de nacionalidades y no de clases, una Europa de sacrificios y no de derechos, una Europa de fanatismos y no de humanismos.

Nos empeñamos en cerrar fronteras, en criminalizar religiones o étnias en lugar de perseguir desigualdades. Invocamos a viejos fantasmas para desestabilizar Ucrania o alimentamos a nuestros propios demonios en falsas primaveras, para ver como tarde o temprano, el calor del conflicto en el desierto se torna invierno en nuestras fronteras.

Una Europa en donde la legalidad ampara al militante fascista pero no al emigrante, en donde se rescata a los bancos pero no a las personas. Una Europa moribunda, débil, un viejo sueño, un museo.

Solo cabe penar ya, que poco costó construir aquel castillo llamado Europa y que cara será su destrucción para todos.

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Autor: @SeijoDani

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