Yo, un inmigrante

6 de febrero de 2014

Hay pocas cosas tan ciertas, como que no existe forma de poner barreras al dolor y a la miseria. Ni las vallas y sus hombres armados, ni la sangre, ni los muertos, podrán detener a quién no conoce más esperanza, que la que su propia desesperación, dibuja al otro lado de una frontera, que no significa nada. Aquella mañana, cerca de 200 personas, se agolpaban en los montes marroquíes cercanos a la frontera española del Tarajal, cansados, pese a las jornadas dedicadas a recuperar el aliento, tras un viaje a través de un continente como el africano. Los nervios, el miedo y la ilusión debían agolparse en sus corazones, haciéndolos latir de una forma que quienes nunca hemos estado inmersos en un lucha semejante, me temo, jamás seremos capaces de comprender, pese a nuestros esfuerzos por intentarlo. Los últimos rezos antes de encarar el final del camino, las llamadas a casa y los preparativos necesarios pese a las muy escasas pertenencias, debían de mezclarse en el ambiente, junto a las valiosas palabras de los compañeros que ya habían intentado, antes, cruzar la frontera para aferrarse a un sueño europeo, que sabían no los esperaba con los brazos abiertos. En ese momento, los consejos para evitar a la policía marroquí, a la que ya estaban acostumbrados a temer por las continuas redadas a la caza del emigrante, y las señales con los puntos de acceso a la parte española de la frontera, debieron de suponer las últimas palabras que se dijeron, justo antes de los deseos de buena suerte y los planes a realizar nada más cruzar al otro lado.

Pronto, uno de los equipos de vigilancia, salpicados a lo largo de la valla de Ceuta, detectó a los cerca de 200 inmigrantes, y los preparativos de quienes dicen defender la frontera, comenzaron a activarse. Las fuerzas marroquíes, no dudaron ni por un instante en rechazar a golpes a los emigrantes. Los palos, se reafirmaron como política oficial al otro lado de la valla, fruto de la desidia del país africano por los derechos humanos, en total consonancia con lo que de él esperan sus socios europeos. El caos comenzó a desatarse entre los emigrantes, nadie esperaba que alcanzar su sueño fuese a ser sencillo, y no existía la oportunidad de retroceder, cualquier paso en falso podía significar una breve estancia en las dependencias policiales marroquíes y una larga travesía por el desierto, camino a ninguna parte. Un grupo numeroso se dirigió en ese momento hacia el espigón que separa España de Marruecos, en un punto que en buenas condiciones, se podría cruzar a pie, no era el caso. La tensión fruto de la represión en territorio marroquí y la fragilidad de un sueño tan cercano, pero inalcanzable para sus exiguas fuerzas en ese momento, hizo que los emigrantes comenzasen a agolparse en un espacio cada vez más reducido. Aumentan los nervios y la cosa no iba a mejorar. Pronto, comenzaron a llegar los agentes de la policía española a la punta del espigón, y sin motivo aparente, comenzaron también los disparos de material antidisturbios, ante lo que cualquiera en sus cabales, identificaría inmediatamente, como una emergencia humanitaria. El pánico hace acto de presencia, los botes de humo y las pelotas de goma, se suman al apelotonamiento de los inmigrantes para convertir la situación en una polvorín, que finalmente, terminaría estallando. Policía marroquí y española, parecen trabajar coordinados, pero inexplicablemente, la ayuda nunca llegará a los inmigrantes, que por aquel entonces, ya se empujan y caen al agua, fruto del pánico.

La línea que separa el continente africano de la “civilizada” Europa, parece desvanecerse ante los pasos de las botas militares y la trayectoria del material policial. Ni Salvamento Marítimo, ni Cruz Roja, habían sido requeridos en la actuación. Ese día, un total de 15 personas pierden la vida en la frontera; en unas aguas, las del Mediterráneo, que no discriminan entre nacionalidades a la hora de cobrarse su pago por la codicia humana. 5000 muertos solo en 2016, son la cara más desagradable, de un mar que baña las costas de realidades tan diferentes, de orillas tan lejanas en un mismo mundo. Las devoluciones en caliente de aquel día, derribaban la legalidad y la frontera, como excusa ante lo que solo debería pertenecer al ámbito de la humanidad. Nadie actuó para salvar a los emigrantes. Fueron tratados como el enemigo en una guerra ideológica, en donde la emigración, es vista por un sector de nuestra sociedad, como un mal que hay que detener, pese a que en el camino, se agolpen un sin fin de irregularidades.

Desconozco, la responsabilidad exacta de los agentes que aquel día actuaron en defensa; supuestamente, de la frontera de un país que nos pertenece a todos. No soy consciente de la existencia de un protocolo o una línea de actuación que permita el uso de material antidisturbios, ante lo que a todas luces parece una situación más propicia para el equipo sanitario y los chalecos salvavidas. No voy a hablar aquí de culpables o inhumanidad, ya que la justicia no me lo permite, también en eso, los españoles jugamos con una fina línea que coarta nuestra libertad, que dibuja nuestra frontera. Aquel día, 15 personas murieron intentando alcanzar un país que es el nuestro, personas que se aferraron a la vida, que escaparon de situaciones de miseria y guerra, para llegar a un territorio, que muchos de los que dicen amar su bandera, maltratan y desprecian en nuestro nombre. No voy a entrar, en la actuación posterior de Fernández de Mesa, Martínez Vazquez o Fernandez Díaz…la mentira y las manipulaciones tienen un recorrido corto, pese a los premios y gratificaciones que en este país pueden recibir quienes de tal modo actúan.

Los muertos de la tragedia del Tarajal, fueron enterrados de manera rápida y anónima, Los homenajes y las lágrimas se producían muy lejos de la frontera, en los hogares de las familias que un día vieron partir a quienes eran sus hermanos, sus hijos o sus padres. Para Occidente, aquellos cuerpos no eran más que otro número en una tumba sin nombre, un intento de asalto repelido ante la amenaza de una emigración descontrolada, un relato político, una muestra de nuestra decadencia y un símbolo de amenazas mayores ¿Hasta cuando va a seguir soportando el mundo nuestra prepotencia e inhumanidad? 

En octubre de 2015, la jueza María del Carmen Serván archivó la causa, según su punto de vista, no existían pruebas suficientes para asegurar que la actuación de la Guardia Civil hubiera contribuido a la muerte de estas personas. Los testimonios de los testigos no identificados, los inmigrantes, no eran considerados válidos, y en palabras de la propia jueza “Los inmigrantes asumieron el riesgo de entrar ilegalmente en territorio español por el mar a nado, en avalancha, aprovechando la noche,  vistiendo gran cantidad de ropa y haciendo caso omiso a las actuaciones disuasorias tanto de las fuerzas marroquíes como de la Guardia Civil”

Ciertamente, los inmigrantes, asumieron el riesgo de un “viaje” que puede llegar a atravesar ocho países, desiertos, zonas de guerra y todo ello en manos de mafias de dudosa fiabilidad y de un desmesurado amor por el dinero, así como de un comprobado desprecio por las vidas que en ellos se depositan. Un riesgo muy diferente al de esos turistas que cada año rescatamos de sus viajes de aventuras o el de un escursionista o un deportista, que desoyendo las advertencias de las autoridades, decide continuar su camino sin importarle el evidente peligro. Los 15 muertos en aquella intervención en la frontera, decidieron entre la muerte lenta, y la miseria o el peligro de una ruta, que no admite lugar para los formalismos y los trámites legales que en realidad, suponen poco más que un espejismo en el caso de la emigración africana a España.

La tragedia del Tarajal es la tragedia de la emigración, de los muertos, de sus familias, de la desigualdad y la pobreza, pero también la tragedia de un país que en aquel día se definió ante el mundo como una supuesta democracia más preocupada y volcada en la defensa de sus fronteras que en la de los seres humanos. Una tragedia para un país y un sistema que es el nuestro. Como un ciudadano más, hoy me sumo al grito del dolor de las familias que aquel día perdieron a los suyos y a su aliento, un aliento que todavía hoy, continua pidiendo justicia.

tarajall

Autor: @SeijoDani

Recuerda que como parte de la ley de memoria histórica y en recuerdo de la activista medioambiental Berta Cáceres,te agradeceríamos que dedicases un segundo a firmar esta petición para cambiar al recuerdo del fascismo de las calles de A Coruña,por el nombre de la activista medioambiental.

https://www.change.org/p/xulio-ferreiro-calle-berta-c%C3%A1ceres-en-a-coru%C3%B1a

El dolor de los sin nombre

Su nombre era Samir, pero bien podría haber sido cualquier otro, después de todo, a quién podría importarle el nombre que se esconde tras el dolor al que occidente se niega a poner rostro. En realidad, Samir supone tan solo un número más, uno de casi cinco millones de refugiados sirios que han pasado a formar parte de una comunidad desarraigada, una comunidad que ha visto como la guerra expulsaba de sus hogares a 12 millones de personas desde 2011. Más de la mitad de la población de siria antes de que comenzase el conflicto, se encuentra ya en una dolorosa peregrinación lejos de sus fronteras.

Al igual que tantos otros, ni Samir ni sus padres buscaron nunca emprender una peregrinación carente de todo sentido que los alejase quién sabe si para siempre de su hogar, pero la guerra los obligo a ello. Decidieron huir de ella, cuando una bomba le arrebato la vida a sus dos hermanos pequeños y su tía. Con ese acto, la realidad rompió las escasas esperanzas que les permitían soñar con un futuro en Siria.

A Samir no le importa la ideología de la guerra. Ni siquiera se ha llegado a preguntar quién ha asesinado a sus hermanos. En Alepo como en tantas otras ciudades de nuestro planeta, cuando la muerte cae del cielo, para sus víctimas, las bombas nunca llevan bandera. Detalles como esos solo son discernibles en Occidente, en el infierno sirio, hace ya demasiado tiempo que la muerte lo ensombrece todo, incluso el dolor.

Cuando la mañana  de su marcha, Samir partió dejando lo poco que quedaba en pie tras de si, las lágrimas brotaban de los ojos de su padre como nunca antes el las había visto caer. Ante él, su padre, un hombre fuerte, un héroe, un médico que siempre había logrado ayudar a los demás y que ahora, había decidido por encima de todo luchar por mantener viva a su familia. Había decidido luchar por los suyos antes de hacerlo por una religión, por un ideal o por un país al que ya no reconocía, y al que no estaba seguro poder volver a pertenecer de nuevo.

La decisión de no participar en la guerra por su tierra de intentar conservar con vida a su mujer y a su hijo, podría ser fácilmente interpretada por muchos en su país, como cobardía o traición. Después de todo, en un lugar en donde el destino de tantos hombres era la muerte, quién podría culparlos por ello. Pero cuando la guerra se había cobrado tanto en un conflicto en el que todos parecen dispuestos a continuar derramando sangre inocente para vencer, Samir y los suyos, simplemente decidieron esquivar a la muerte.

Una huída de la muerte que enlazó el camino de Samir al de tantos otros que como él, abandonan cada día sus hogares sin tiempo a mirar atrás. Su nombre pudo haber sido el de Marsa que que tuvo que huir de la guerra dejando todo lo que amaba en su país, Sudán, atrás y bajo los mimos pasos, pero en una ruta diferente, buscar una nueva vida en una Europa que sin saberlo le sería simplemente negada.

Poco o nada podía saber Marsa de los campos de concentración a los que en Europa llaman CIE, de la represión de la policía marroquí o del miedo de ser identificado en las calles de una ciudad para sin más, ser devuelto al infierno por no tener papeles. Nada saben personas como Samir o Marsa de lo inalcanzable que supone el sueño europeo para su sufrimiento, de las condiciones del trabajo en las huertas del sur de España o del mercadeo entre la UE y Turquía que los arroja cada día a rutas más complicadas en la gran fosa común que del Mediterráneo.

Saben tan poco de todo eso, como nosotros del millón y medio de niños desplazados por la violencia de Boko Haram en el lago Chad, los 500 000 inmigrantes, en su mayoría centroamericanos que cada año arriesgan sus vidas subiéndose al tren de la muerte o los miles de fallecidos  en el Mar de Andamán.

En este momento hay 65 millones de personas desplazadas en el mundo, en su mayoría huyendo de la violencia, el hambre o la guerra. 65 millones de desplazados de los cuales la mayoría son mujeres y niños que sufren en sus propias carnes el doble desprecio de una humanidad que mira para otro lado ante el sufrimiento de sus pueblos, impidiendo con fronteras y documentos que algún día puedan volver a sentirse personas libres. No existe la posibilidad para ellos de llegar legalmente a nuestros países. Hablamos de saltos masivos a las vallas de Melilla como si fuesen asaltos a Europa, en lugar de actos desesperados por aferrarse a la vida, un último intento por escapar del hambre o la muerte que a nosotros parece resultarnos indiferente.  Consentimos que nuestros gobiernos mercadeen con la vida de los emigrantes, deshumanizándolos  para poder seguir viviendo con el peso de la muerte de más de 10.000 personas en el Mediterráneo. Contemplamos un genocidio contra los desarraigados en nuestras fronteras e incomprensible permanecemos en silencio.

La crisis de los refugiados no supone una crisis de una región o de un conflicto, se trata de de la crisis moral de una sociedad capaz de mirar para otro lado ante las imágenes que a diario le llegan del Mediterráneo, de Centroamérica o de el corazón de África.

Su nombre era Samir, pero bien podría haber sido cualquier otro…

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Autor: @SeijoDani

Recuerda que como parte de la ley de memoria histórica y en recuerdo de la activista medioambiental Berta Cáceres,te agradeceríamos que dedicases un segundo a firmar esta petición para cambiar al recuerdo del fascismo de las calles de A Coruña,por el nombre de la activista medioambiental. 

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