El precio de la frontera

La emigración se define como el acto de establecerse en un lugar diferente al de origen por causas mayormente sociales o económicas. Habitualmente los emigrantes buscan asilo en los países pertenecientes al primer mundo, en donde en apariencia puede resultar más sencillo intentar alcanzar oportunidades de trabajo y una mayor seguridad económica y social. La historia de nuestra especie es una historia de migraciones, un fenómeno global compuesto por desplazamientos de forma voluntaria o marchas forzadas por las circunstancias que a lo largo del tiempo siempre han logrado desdibujar las fronteras de los estados, sobreponiéndose  tarde o temprano a los muros del  odio y la incomprensión levantados frente a ellos.

Cientos de miles de años atrás, el hombre comenzaba en el continente africano un lento pero inexorable camino que lo guiaría a conquistar el planeta, un punto de partida común que hoy curiosamente supone el principal escenario de la silenciosa tragedia del emigrante. Desde el año 2014, más de 14.000 personas han perdido su vida en la que sin duda es la principal puerta de entrada a Europa desde África, el Mar Mediterráneo. Las mismas aguas que bañan nuestras costas aguardan en Marruecos, Libia, Egipto o Turquía a miles de personas dispuestas a arriesgar sus vidas en una travesía de cientos de kilómetros en mar abierto que ya supone la ruta migratoria más mortífera del mundo. Guerras, hambrunas, miseria, precariedad, crisis económicas, dictaduras, catástrofes naturales, expoliación de los recursos naturales… cientos de motivos tras cada paso en el camino del emigrante, que finalmente puede ver como su éxodo termina en países como Estados Unidos, Alemania, Canadá, Rusia  o España, pero que en la mayor parte de las ocasiones encontrará en La India, Nepal, Tailandia, Bangladesh, Sri Lanka, Costa de Marfil, Nigeria, La República Democrática del Congo, Botsuana, Zambia o Sudáfrica su nuevo hogar.

El desaforado etnocentrismo occidental, hace que nos olvidemos de la existencia de campos de refugiados como el de Dadaab en Kenia (En donde cerca de 250.000 personas según el último recuento de Acnur, huyen de la guerra civil que en 1991 estalló en Somalia) Dollo Ado en Etiopía, Jabalia en Gaza, Al Zaatari en Jordania, Panian en Pakistán… realidades ignoradas por una parte de la civilización que un día decidió olvidar su propia condición de emigrante. Quizás en el fondo, quien una vez fue emigrante ya nunca debiera dejar de serlo, tan solo así podríamos garantizarnos la memoria y gratitud de muchos pueblos que un día hicieron las maletas o simplemente levantaron sus estados con el sudor de la emigración.

En nuestra historia, permanecen situaciones como la sufrida por exilio republicano en su huída a Francia de la barbarie de la Guerra Civil, en donde pasaron sus primeros meses en los campos de concentración de las playas de Argelés, Saint-Cyprien y Le Barcarés sin ningún abrigo. Un trato indigno e inhumano, que en mayor o menor medida hoy repetimos en nuestro suelo con los Centros de Internamiento de Extranjeros, en donde los desplazados que llegan a nuestras costas son recluidos en un régimen semi penitenciario únicamente por el hecho de ser emigrantes irregulares.

Episodios como la gran inmigración alemana a Estados Unidos, entre 1820 y la Primera Guerra Mundial, donde casi seis millones de ciudadanos alemanes cruzaron sus fronteras para huir de las revoluciones de 1848 o simplemente buscar en el continente americano un futuro mejor lejos de un país que carecía de grandes colonias, nos recuerdan que ningún país ha estado libre de la necesidad de emprender el camino de la emigración. El propio Estados Unidos, viviría en sus carnes el fenómeno de la emigración interna, cuando el Dust Bowl multiplicó los efectos de la Gran Depresión provocando que tres millones de habitantes dejaran sus granjas durante la década de 1930 y más de medio millón emigraran a otros estados, especialmente hacia el oeste. El mayor desplazamiento de población en un espacio de tiempo tan corto en la historia de Estados Unidos. Todas las naciones son en su corazón naciones de emigración e inmigración, todas son parte del mismo camino sin excepción.

Guerras como la de Siria, en donde la sin razón del odio humano ha expulsado de sus hogares a más de la mitad de la población del país, simplemente llegan hasta nosotros como pequeñas ondas en un inmenso mar de desesperación y muerte. Los cuatro millones de refugiados sirios fuera de sus fronteras, suponen tan solo la mitad de los desplazados forzosamente dentro de su territorio. Pese a ello, los acuerdos de los países miembros de la Unión Europea para acoger a los refugiados que huyen de la guerra en su país, han sido sistemáticamente ignorados. Cuando apenas faltaban 98 días para que terminase el plazo establecido, España tan solo había abordado el 7% de las solicitudes de asilo que se había comprometido a procesar. Pese a las continuas peticiones procedentes de todos los sectores sociales, que pedían agilizar los trámites y facilitar la entrada de refugiados, los continuos impedimentos y por qué no decirlo, el boicot directo de las autoridades españolas, dejaban en papel mojado un acuerdo que pretendía de alguna manera compensar aquel otro tratado criminal firmado por la Unión Europea con Turquía. Un pacto anti-migratorio entre Bruselas y Ankara, que obligaba a los emigrantes a lanzarse desesperadamente a vías de entrada a Europa todavía más peligrosas que las habituales, todo con la esperanza de no terminar en centros de detención o devueltos al horror de su lugar de origen fruto de una devolución “en caliente”.

La tragedia de la emigración en el Mediterráneo tiene su eco en el Mar de Andamán, en donde los emigrantes abandonados a su suerte en deplorables embarcaciones y los continuos naufragios fruto de la especulación de las mafias, también pagan su precio medido en vidas humanas, simplemente por intentar alcanzar el sueño de un futuro mejor. Alrededor de 160.000 personas han emprendido en los últimos tres años este peligroso viaje, la mayoría musulmanes rohingyas que proceden de campos de refugiados en Bangladesh o Birmania, en donde son víctimas de una auténtica limpieza étnica meticulosamente silenciada en el escenario internacional. En 2015, la tragedia diaria sí logró saltar brevemente a los informativos mundiales, cuando los gobiernos de Tailandia, Malasia e Indonesia impidieron que alrededor de 8.000 personas flotando en viejos barcos mar adentro, llegasen a sus costas. Las agencias de prensa de los países occidentales, los mismos de las concertinas, las vallas y los miles de muertos en sus costas, calificaron lo sucedido como inhumano. Es de suponer que al mediterráneo no le quedaba ya ánimo, ni fuerza para reírse.

Quien es capaz de dormir en “La bestia”, podría hacerlo en el mismo infierno. Considerado todavía hoy como el punto migratorio más caliente del continente americano, el corredor que atraviesa México hacia Estados Unidos, es transitado por cerca de 12,2 millones de inmigrantes al año, la mayoría procedentes de  El Salvador, Guatemala y Honduras. Los emigrantes que se suben a “La bestia” saben que se enfrentan a la posibilidad de sufrir maltratos, extorsión, amenazas, secuestro y abusos físicos o sexuales, pero son plenamente consciente de enfrentarse a eso cada día en su lugar de origen, y allí ya no hay sitio para la esperanza. La Bestia”, es un tren de carga que atraviesa México de sur a norte y que cruelmente en su recorrido, se cobra el precio de unos 200 mutilados al año. Cuando “La bestia” se dispone a emprender su travesía, en cuestión de minutos uno puede ver como las vías se llenan grupos de personas que hasta ese momento habían permanecido en la ciudad esperando el momento de subirse al tren como polizones. Sombras dispuestas a jugarse la vida por la posibilidad de un futuro mejor, conscientes de que las mismas pandillas que en ocasiones los obligan a abandonar sus países, supondrán la principal amenaza para ellos a lo largo de todo el camino. A su llegada, la amenaza de un muro que pronto separé la frontera entre México y Texas, la cual supone  posiblemente el corredor migratorio más importante del mundo. Un muro y la política anti-migración de una administración Trump, que como tantas otras veces ha sucedido a lo largo de la historia, ha visto en el emigrante el chivo expiatorio perfecto con el que tapar las lagunas de su gestión y los problemas que debiera afrontar durante su mandato.

Muros, mares y leyes suponen hoy el vacuo intento por detener los flujos migratorios de una sociedad que camina a pasos agigantados a la más absoluta desigualdad, una sociedad de ricos y pobres, ciudadanos y desheredados, de sur y norte, en donde tu origen o tus rasgos no cobran la misma importancia si tu futuro se dispone a labrase en un “top manta” o los grandes estadios de nuestro deporte. En donde el jeque no es tan moro como el vendedor ambulante y el extranjero puede o no ser considerado emigrante dependiendo del lujo de la embarcación con la que cruce el Mediterráneo. Una sociedad enferma de discriminación y explotación para su supervivencia, y que encontrará sus próximas víctimas para garantizar el funcionamiento del sistema dentro o fuera de sus fronteras. Escribía Joh Steibeck en su obra, Los vagabundos de la cosecha: “Los próximos jornaleros serán blancos y americanos. No podemos cerrar los ojos: debemos cambiar nuestra actitud hacia los temporeros y el trato que les dispensamos.” Los próximos trabajadores pobres ya son blancos y españoles. Como muchos emigrantes que hoy abandonan nuestro país para buscar un futuro mejor en Europa, ellos comienzan a vivir en su piel el sin sentido de la discriminación y el odio. Ahora, tan solo de nosotros depende comprender la urgente necesidad de un cambio en nuestra concepción y trato al emigrante.

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Yemen, la geopolítica del caos

Pocos saben en donde se encuentra Adén, Lahej o Taiz, del sufrimieno de sus habitantes o del sonido de las bombas cuando la vida vale tan poco que cada cadáver en sus calles, ya no logra ocupar ni tan siquiera una cifra en los informativos de sobremesa en Occidente.

Yemen no se trata de una guerra mediática como las de Siria o Irak, desconocemos en gran medida los rostros de los combatientes que allí se encuentran, y por supuesto, poco o nada sabemos de las causas del sufrimiento que día a día, padece la población civil. Un país pobre en la región de los jeques, del petróleo, de los grandes deportivos y del dinero que puede comprar la moral de Europa en las camisetas de los grandes del fútbol o en las recepciones oficiales. Una mota de pobreza en la región de las petromonarquías, en donde el horror de la guerra ha dejado más de 14 millones de personas sin acceso a atención médica y en donde el 80 % de su población depende de una escasa ayuda humanitaria. Un país, con más de 19 millones de personas sin acceso seguro al agua o a servicios sanitarios y en donde 7,6 millones de personas, padecen inseguridad alimentaria, lo que ha llevado a cerca de 20.000 niños a sufrir condiciones de extrema desnutrición.

Yemen, el país de las niñas novias y el abuso sistemático contra las mujeres, de los grupos sectarios, el trabajo infantil y el analfabetismo. Pero también un país de transito y muchas veces una parada obligada, para muchos de esos emigrantes que atraviesan sus fronteras en busca de las ilusorias oportunidades de un futuro en las dictaduras del Golfo Pérsico. Un país en donde el triunfo de la mal llamada primavera, resultaría más justo que en ningún otro, pero en donde el sonido de las bombas y la represión, parece no molestar a nadie.

A la revuelta pacífica que derrocó a Alí Abdula Saleh, no le siguió la democracia, ni tan siquiera la paz. Egipto, Arabia Saudí, Gran Bretaña, la Unión Soviética…potencias extranjeras que siempre han jugado un papel en el devenir del futuro de los yemeníes y esta vez, pese al glamour del Nobel y las buenas intenciones, nada iba a resultar diferente. El plebiscito del 27 de febrero de 2012, por el que Saleh cedía la presidencia yemení a su número dos, Mansour Hadi, termino por desatar las tensiones en un país regido por el sectarismo y los pactos tribales.

La guerra iniciada por el nuevo presidente contra los rebeldes hutíe y supuestamente, contra Al Qaeda en la Península Arábiga, termino con el presidente abandonando el país, ante la alianza de antiguos sectores en el ejercito partidarios a Saleh y los rebeldes hutíes, en ocasiones la guerra, produce extraños compañeros de cama. Arabia Saudí respondía al avance de los rebeldes hutíes y sus “aliados” con la Operación Tormenta Definitiva, una serie de bombardeos indiscriminados, en los que fábricas, infraestructuras o población civil forman parte indistintamente de una operación igualmente encaminada a frenar la influencia geopolítica del chiismo  en la región, como a destruir cualquier  posible alternativa de futuro, en un país abocado a la partición de su integridad territorial, empujado por una guerra que al igual que las campañas de Irak o Siria, parecen destinadas a que Occidente, pueda dibujar de nuevo las fronteras del mundo, al compás de sus nuevas necesidades económicas y militares.

Asistimos impasibles a la muerte de un estado, al asesinato de las esperanzas en las revueltas populares del pueblo árabe. Asistimos de nuevo a la sin razón del imperialismo económico y a hipocresía de quienes se dicen garantes de la democracia y derechos humanos, al tiempo que mercadean con las armas que combaten a los pueblos que se atreven a reclamarlos.

Yemen, un nido de víboras en donde las democracias pueden armar a los terroristas y en donde la toma de una capital, puede ser tildada de momento histórico o de golpe de estado, según el prisma con el que se mire. Un país, sin verdaderos buenos, ni malos. En donde los matices cobran la importancia de un siglo, en donde las guerras también se libran en gran medida con las palabras.

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Autor: @SeijoDani

Recuerda que como parte de la ley de memoria histórica y en recuerdo de la activista medioambiental Berta Cáceres,te agradeceríamos que dedicases un segundo a firmar esta petición para cambiar al recuerdo del fascismo de las calles de A Coruña,por el nombre de la activista medioambiental. 

https://www.change.org/p/xulio-ferreiro-calle-berta-c%C3%A1ceres-en-a-coru%C3%B1a

Libertad o Barbarie

 

Una de los primeros recuerdos que tengo marcados a fuego en mi memoria en esto del horror, es la imagen de Muhammad al-Durra siendo asesinado ante la mirada impotente de medio mundo y el firme abrazo protector de su padre, justo antes de que un soldado israelí, arrebatase ese bello gesto al mundo para siempre. Fue una imagen que me marcó profundamente, aunque pronto vinieron otras, en la propia Palestina, en Yugoslavia, en Pakistán, en Syria o en Iraq. Pronto comprendí que el mundo no era un lugar seguro en donde ir a clase o a la oficina eran una simple rutina o en donde el sonido de las balas y de la guerra no tenía más significado que el de algún  nuevo juego con el que pasar las tardes hasta un nuevo amanecer. Pronto comprendí que nacer en Europa, significaba un gran privilegio para mi, que lo que yo consideraba derechos fundamentales, en otras partes del mundo eran motivos por los que matar o por los que morir.

Muchas veces resulta necesaria una tragedia de este calibre para que apreciemos de una manera peculiar, de esa manera que tan solo la perdida nos puede otorgar, esa inmensa burbuja en la que nos encontramos aislados como ciudadanos occidentales.

Muy alejada de mi intención el restarle ni un ápice del justo sufrimiento y dolor al pueblo europeo por la ola de atentados que sufrimos en las últimas décadas en Europa. Puesto que sería injusto pedirle a un pueblo que sangra que no alzase su voz al cielo, al igual que sería injusto que tales gritos de dolor y de justicia cayeran en saco roto. Una injusticia que por desgracia nosotros hemos cometido demasiado a menudo cuando los que sangraban eran otros. ¿Quién escucho Muhammad al-Durra o a los mieles de niños asesinados y represaliados por el régimen sionista de Israel? ¿Quién consulto al pueblo de Afganistán o a tantos otros antes de hacerlos participes de un juego de poder e influencia en el que en el mejor de los casos las víctimas solo eran cifras en el telediario para nosotros? Y la respuesta es nadie, nadie se preocupo entonces por ellos, al igual que seguimos sin hacerlo realmente ahora.

Es lógico y normal que nos duelan nuestras víctimas que nos duelan más los golpes en nuestras capitales, pero no podemos permitir que el odio ciegue nuestras respuesta. No podemos seguir cerrando los ojos y dejando en manos del establishment militar la respuesta a nuestros muertos, no debemos volver a confiar en los mercaderes de la muerte para encontrar el camino de la paz.

Odio, rencor, venganza, palabras que resurgen en Europa junto al auge del fanatismo y del miedo y que debemos enfrentar antes de que sea demasiado tarde. El 78% de las víctimas mortales debidas al terrorismo en el último año, se produjeron tan solo en 5 países: Irak, Nigeria, Afganistán, Pakistán y Siria. Países todos ellos del mundo islámico que nos demuestran que necesitan nuestra ayuda, no nuestros misiles. Tras décadas de intervenciones militares y chantajes políticos de todo tipo, Occidente como sociedad, no puede permitirse mirar a cada musulmán como si fuese un potencial terrorista. No podemos permitirnos olvidar nombres como los de Malala Yousafzai o Benazir Bhutto, no podemos olvidarnos del ejemplo en forma de olivos de la resistencia pacífica del pueblo palestino ante la barbarie de Israel. No podemos, ni debemos olvidarnos de que Bruselas, París, Madrid o Londres han sido tan solo pequeñas muestras de lo que para millones de personas supone su día a día.

Decía Nelson Mandela que no existía otro camino que la paz, y lo hacía en el momento que los jóvenes de Soweto cansados de ser masacrados por el gobierno del apartheidtomaban las armas para vengarse. No voy a decir que comprenda a los terroristas, ni que pretenda hacerlo, pero si sé que detrás de cada uno de esos jóvenes que hoy son fanáticos dispuestos a inmolarse en nombre de una religión que en el fondo creo que desconocen, existe una historia y debemos de conocerla. Debemos de buscar el motivo por el que nuestros jóvenes, los hijos de los emigrantes que un día vinieron a Europa en busca de una vida mejor, hoy albergan tanto odio hacia nosotros. Quizás esas respuestas lleven años escondidas, o puede que no tanto en realidad, en guettos como Molenbeek o la cañada de Hidum, en disturbios como los de París en 2005 o en la escasa comprensión que  la sociedad europea tuvo de movimientos como “Ni putas, Ni sumisas” que nos venían avisando de una alarmante falta de integración social y cultural de los hijos de la emigración musulmana.

No podemos, ni debemos asumir socialmente el papel de mártires ante el terrorismo yihadista, al igual que tampoco podemos eludir ni un segundo más nuestra responsabilidad ante un fenómeno que simplemente ahora ha traspasado nuestras fronteras.

“Nadie nace odiando a otra persona por el color de su piel, o su origen, o su religión.”

Nelson Mandela

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Autor: @SeijoDani

 

Recuerda que como parte de la ley de memoria histórica y en recuerdo de la activista medioambiental Berta Cáceres,te agradeceríamos que dedicases un segundo a firmar esta petición para cambiar al recuerdo del fascismo de las calles de A Coruña,por el nombre de la activista medioambiental.

Desde DowJones te agradecemos tu colaboración.

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