El muro de Trump

4737.47 Kilómetros separan San Pedro Sula y Miami por carretera. Cuando uno regresa deportado por las autoridades norteamericanas como desecho de un sistema económico y social que se tambalea, apenas se trata de un viaje de dos horas y veinte minutos entre dos mundos muy diferentes, pero para el 56% por ciento de hondureños que dicen estar dispuestos a emigrar de su país, el intento por llegar a esa segunda realidad, de alcanzar un sueño americano a cada paso más desdibujado, suele terminar costándoles un precio demasiado caro. Honduras es una de las cunas de la violencia y el sufrimiento en una región que en los últimos 50 años ha sufrido 12 golpes de estado, cuatro guerras declaradas, un genocidio y una invasión estadounidense, en la última década en el país centroamericano han muerto asesinadas más de 55000 personas, muchas de ellas simples trabajadores que no podían permitirse pagar la extorsión o  “impuesto de guerrilla” que las maras exigen a cada uno de los comerciantes del barrio. No existe impedimento moral alguno para los pandilleros a la hora de asesinar a los más pobres. Aquí tras la derrota de la revolución incluso antes de nacer, ahora reina el más salvaje de los capitalismos, ese que resulta más cruel si cabe entre las capas más desfavorecidas de la población.

En Honduras no existe nada que impida a un niño de 13 años -si es que realmente se les puede seguir considerando niños- pegarte dos tiros mientras regresas a casa del trabajo simplemente para robarte un par de billetes con los que acceder a alguna droga con la que llegar a olvidar un nuevo día. Aquí, no existe algo así como la seguridad de un hogar de clase media, las noches de fin de semana pueden llegar a costarle la vida a un joven que decida salir a tomar algo con sus amigos y ser mujer, puede transformarse en un verdadero infierno en un país en donde cada 14 horas, una mujer pierde la vida de manera violenta y con total impunidad ante el abandono por parte de la justicia.

Cuando un hondureño decide abandonar su país rumbo a Estados Unidos, normalmente no lo hace pensando en el glamour de vivir en La Gran Manzana o en la oportunidad de emprender una nueva vida en algún rincón de Silicon Valley​​, cuando los hondureños deciden abandonar a su gente, su barrio, incluso en demasiadas ocasiones a su parejas e hijos para jugarse la vida en un trayecto incierto para llegar a la cuna del imperio, lo hacen conscientes de que se dirigen a ciudades como Miami, Nueva Orleans, Texas o Nueva York para ejercer trabajos que los estadounidenses no consideran “dignos”. No era así al menos hasta la reciente crisis económica de 2008.

Técnicos de mantenimiento, jardineros, obreros de la construcción, taxistas, jornaleros, cocineros…, una inmensa fuerza de trabajo documentada e indocumentada que en Estados Unidos ha crecido en torno al cinco por ciento en los últimos 20 años. Cuando uno escucha hoy a los dirigentes norteamericanos hablar de expulsar a todos los inmigrantes, no puede más que sorprenderse tanto como si acabase de escuchar a esos mismos políticos hablar de expulsar a todos los pelirrojos o a todos los zurdos de su país. No solo se trata de una locura desde el punto de vista moral o político, sino también de una locura extrema desde el punto de vista social o económico. Un disparate propio de quien ejerce su mandato inmerso en un particular show cuyas consecuencias serán recogidas por los sectores más desamparados de la población. Esos mismos sectores entre los que precisamente destacan -junto con la población afroamericana- aquellos mismos emigrantes que fruto de décadas de injerencias políticas, militares y económicas del Tío Sam en la región, se han visto obligados a abandonar una tierra que con toda seguridad no aman menos de lo que cualquiera de nosotros podemos amar la nuestra, .

Cuando el gobierno de Estados Unidos y por tanto la nación estadounidense, le declaran la guerra a los migrantes, no solo abandona el histórico compromiso de su nación con las masas ansiosas de ser libres, con los pobres, los cansados, los desamparados, no solo abandona su espíritu integrador pese a las profundas y enraizadas desigualdades, sino que también abandona su responsabilidad con una población que ha sufrido los efectos de sus políticas en el continente americano. No debemos nunca olvidar la realidad de los cientos de miles de muertos en las guerras y dictaduras de os ochenta, los desaparecidos, los paramilitares, el negocio del narco o el genocida discurrir del capitalismo extractivista entre las comunidades indigenas.

El primer día de un ilegal que parte de la zona sur de Honduras, consistirá en intentar cruzar la frontera con Guatemala por Corinto, Agua Caliente o algún otro punto cercano. Tras esto intentará acercarse lo máximo posible a la frontera con México y quizás ya el tercer día, pueda cruzar la frontera para llegar a Chiapas y al fin descansar una noche antes de emprender un viaje en bus o en tren de unas diez horas hasta el Estado de Tabasco. Desde allí otra serie de largos viajes lo llevarán a Distrito Federal, San Luis de Potosí y Tamaulipas, para finalmente en apenas media hora, cruzar definitivamente el Río Bravo y entrar en territorio norteamericano. Cinco días en su versión más corta, pero todo traficante de personas -todo coyote- conoce varias rutas alternativas por si la cosa se complica. Algo que sucedió recientemente, cuando el gobierno mexicano harto de la imagen de una mole de varias toneladas de hierro, en forma de pesado tren de mercancías abarrotado de migrantes ilegales, ocupara portadas en los espacios informativos  de medio mundo.

Debido al incremento del flujo migratorio en el país y seguramente fruto de los numerosos impulsos lanzados por su vecino del Norte, México ha ejercido en las últimas décadas una política de persecución y hostigamiento contra el migrante. La ola de asesinatos, extorsiones, violaciones, secuestros masivos, desapariciones y demás tipos de agresiones que en algún momento de su trayecto sufren seis de cada diez migrantes a su paso por el país mexicano, solo puede explicarse por la complicidad de ese sistema político con los cárteles del narcotráfico en el país. Esa misma delincuencia organizada que ha visto en la extorsión y el secuestro masivo de migrantes, un negocio más que sumar al del tráfico de personas, la explotación sexual o la reventa de petróleo robado. La mitad de los migrantes que se juegan la vida a su paso por México, huyen de la violencia en sus países de origen, especialmente los del llamado triángulo centroamericano compuesto por Honduras, El Salvador y Guatemala, lugares estos en donde el número de civiles muertos por causas violentas, es solo comparable a realidades como la de Siria o Iraq. Al fin y al cabo, son esos mismos jóvenes pertenecientes a las clases más desheredadas del capitalismo, los que pueden perder su vida indistintamente por una bala fruto de un ajuste de cuentas en Tegucigalpa, por un disparo policial en algún barrio obrero de Estados Unidos, o defendiendo alguna recóndita posición del ejercito de ese mismo país en Iraq. La única realidad que parece perseguirlos a donde quiera que vayan es la de la muerte.

El plan Frontera Sur -una iniciativa conjunta entre México y Estados Unidos- ya funcionaba antes de la llegada de Trump al poder, como una forma de conseguir desatascar los saturados centros de detención de migrantes del sur de Estados Unidos. Junto con Barack Obama, Enrique Peña Nieto ha sido el presidente que más centroamericanos ha deportado fuera de sus fronteras, hoy pocos parecen recordar que el presidente demócrata expulsó del país a más de 2.7 millones de indocumentados en sus primeros siete años de mandato. Una cifra superior a la de cualquier otro presidente.

Trump tan solo ha ampliado los criterios para la posible deportación de inmigrantes indocumentados, al tiempo que se ha dedicado a fomentaren sus mitines la psicosis con un muro que ya se encontraba en construcción. Por mucho que ahora se haya convertido en una prioridad  nacional, el problema con los migrantes en Estados Unidos es un problema que estaba ahí antes de la llegada de Trump, las medidas adoptadas por el actual presidente de Estados Unidos, tan solo han logrado que los migrantes que antes llegaban subidos a lomos de La Bestia, ahora tengan que hacerlo por rutas más largas, más caras y seguramente más peligrosas. Eso y aumentar el miedo y la desprotección en una población que por norma general suele encontrar serias dificultades para lograr abandonar una situación de precariedad en su nuevo país de origen.

Mientras organizaciones como Médicos Sin Fronteras o las propias Naciones Unidas demandan a los diferentes países que cesen las deportaciones, y se amplíe la protección legal, la concesión de asilo y los visados humanitarios, los prototipos para comenzar a construir el muro que Donald Trump pretende levantar en la frontera con México, ya han comenzado en una zona deshabitada junto al paso fronterizo de Otay Mesa, en California. Pese al riesgo que supondrá para los miles de migrantes que diariamente intentan llegar a Estados Unidos y a las molestias que la mayor regulación de visados  causará a unas fronteras por las que cada día cruzan cerca de 300.000 vehículos y un millón de personas que comercian, estudian, trabajan o simplemente visitan el otro lado, el gobierno americano parece decidido a gastarse una ingente cantidad de recursos en una frontera en la que desde 1994, ha instalado vallas que hoy alcanzan 1.050 kilómetros. Una medida por ahora con repercusiones directas para quienes pagan a los coyotes entre seis mil y siete mil dólares por tres intentos para alcanzar suelo estadounidense.

Donal Trump ha decidido usar los mismos mecanismos que ya permitieron a Obama priorizar las expulsiones en caliente de miles de migrantes apresados en la frontera y repatriar a numerosas oleadas de niños y mujeres centroamericanos, para incluir ahora en ellos a toda persona que haya violado las leyes migratorias o pueda simplemente ser sospechosa de haber cometido un crimen. El muro de Trump, simplemente parece seguir creciendo sobre los anteriores, para cada vez dejar a un mayor número de personas fuera de sus fronteras.

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Tú a Washington y yo a Pyongyang

La amenaza a Estados Unidos del líder del régimen norcoreano Kim Jong-un, con la posibilidad de lanzar un ataque con misiles balísticos sobre la isla estadounidense de Guam, vuelve a desatar una crisis bélica internacional en la Península de Corea. Fuentes del Ejército del país asiático, hicieron publico el pasado jueves detalles de la operación militar que a espera de una orden directa de Kim Jong-un, posibilitaría el uso de misiles de alcance intermedio Hwasong-12 con la intención golpear de forma directa efectivos estratégicos de la Marina y la Fuerza Aérea estadounidense emplazados en la Base de Andersen, localizada en la isla de Guam, en el Océano Pacífico occidental. Una acción militar descabellada destinada según Kim Rak-gyom, jefe de la unidad balística especial de Corea del Norte, a enviar una advertencia crucial para Estados Unidos tras la escalada bélica de los últimos meses en la región.

El gobierno norcoreano parece por tanto una vez más dispuesto a poner al mundo al borde de la guerra, al menos eso parece desprenderse de la versión que los grandes medios nos han trasladado a la opinión pública, pero como siempre, la realidad resulta un poco más complicada que el simple juego de indios y vaqueros al que nos ha habituado con la cobertura occidental de los conflictos internacionales. 

No debiéramos olvidar al procesar toda nuestra información sobre Pyongyang, que la nación asiática surge del enfrentamiento militar entre comunismo y capitalismo propio de la Guerra Fría, y en cierta medida, la agresiva retórica utilizada durante aquella época permanece todavía hoy intrínseca en la razón de ser de Corea del Norte. La liberación del dominio japonés tras el final de la Segunda Guerra mundial y la posterior división del país en dos estados, tras el acuerdo en 1948 entre la Unión Soviética y Estados Unidos para dividir la península por el paralelo 38 (Al Sur la República de Corea, apoyada por Estados Unidos  y en el Norte apoyada por la Unión Soviética, la República Popular Democrática Comunista de Corea) pronto dio paso al aumento de la tensión política y militar intensificada con escaramuzas transfronterizas y continuas incursiones más allá de la línea divisoria determinada en los acuerdos. El 25 de junio de 1950 estalla una guerra abierta cuando Corea del Norte, respondiendo supuestamente a continuas provocaciones militares, decide invadir Corea del Sur con la firme intención de reunificar el país bajo el dominio del estado comunista. Tras ese primer movimiento, la guerra se prolongará durante tres años más en un escenario en donde la intervención militar directa de Estados Unidos y la Organización de las Naciones Unidas en apoyo al ejercito de Corea del Sur, rompe el frágil equilibrio en la región transformando un conflicto fratricida en un escenario bélico internacional. Tras una rápida contraofensiva de las Naciones Unidas que devolvió por primera vez durante la invasión a los norcoreanos más allá del Paralelo 38,  tanto la Unión Soviética como China acudieron en apoyo a la República Popular Democrática de Corea lanzando una ofensiva que forzó a las Naciones Unidas y al ejercito surcoreano a volver a la posición de partida al otro lado de la línea divisoria que inicialmente dividía en dos a la península. Finalmente, la guerra cesaría en 1953 con un armisticio que sin embargo no pondría punto final a una diplomacia bélica que terminaría transformando una medida temporal en una situación permanente que a día de hoy todavía impide que la paz llegue a ser firmada.

La caída de la Unión Soviética, el reconocimiento en 1992 de Corea del Sur por parte del gobierno Chino, la cruel hambruna de mediados de los años 90…, nada parece poder romper el hermetismo de una régimen político que ha visto en el desarrollo del programa nuclear de su país, la única vía de defensa frente a la frágil tregua que su gobierno mantiene con la principal potencia nuclear del mundo. Una potencia que en numerosas ocasiones, ha rechazado las propuestas de Corea del Norte para discutir un posible tratado de paz, aludiendo a la negativa de Pyongyang a la hora de tratar la desnuclearización de la península.

¿Pero es realmente Corea del Norte una amenaza para Estados Unidos o para el Mundo? 

Si atendemos a los motivos del gobierno norteamericano para presionar a Kim Jung-un, debemos considerar a Corea del Norte como un régimen terrorista. Un estado al que la «doctrina Bush» situó junto con Irak e Irán, dentro del llamado «eje del mal», llegando por tanto a compararlos de alguna forma con la amenaza planteada en la Segunda Guerra Mundial por la Alemania nazi, la Italia fascista y el Japón imperial. Una retórica belicista a todas luces exagerada, en la que  el Estado con más poder militar de la historia, decía sentirse amenazado por países aparentemente con escasas posibilidades de suponer una amenaza real para los intereses del Imperio Americano. La oratoria americana, llevó al Irak de Sadam Husein a caer bajo el peso militar del ejercito estadounidense fruto de las duras represalias tras el 11-S y las mentiras ocultas tras el Trío de las Azores. Por su parte, Irán sobrevive a día de hoy entre las inhumanas sanciones económicas impuestas desde Washington por sus “malignas actividades” en Oriente Medio y la negociación de un pacto nuclear que impida a la nación persa el desarrollo de su programa nuclear. Una vía la de la renuncia a sus posibilidades armamentísticas muy alejada de la opción norcoreana, un estado a todas luces soberano que pese a su intención durante muchos años de mejorar las relaciones con Estados Unidos, en ningún momento se ha planteado de forma seria la renuncia a su programa nuclear.

¿Pero acaso podemos culpar por este hecho a Corea del Norte?

En la actualidad Corea del Norte se encuentra totalmente aislada de la esfera internacional y con serios problemas a la hora de afrontar las medidas draconianas que el Consejo de Seguridad de la ONU y Estados Unidos, han decidido aprobar como método represivo contra el gobierno de Pyongyang, una prohibición de exportaciones por valor de 1.000 millones de dólares al año que en cualquier otra situación serían sin duda consideradas como actos de guerra, y que seguramente provocarán que a medida que el entorno internacional se vuelve todavía más beligerante contra de Corea del Norte, su cúpula dirigente llegue a considerar el programa nuclear como única garantía de supervivencia como estado independiente.

Cabe recordar llegados a este punto, que durante la guerra de Corea los presidentes estadounidenses Harry S. Truman y Dwight D. Eisenhower, llegaron a utilizar públicamente la amenaza nuclear como un medio para tratar de poner fin al conflicto, una seria amenaza proveniente del mismo país que pocos años antes ya había hecho uso de la fuerza nuclear sobre Hiroshima y Nagasaki para apremiar la rendición japonesa durante la Segunda Guerra Mundial. No debiese por tanto resultar tan extraño para nosotros (pese a la total repulsa a toda escalada bélica) la decisión norcoreana de apoyar su supervivencia como estado, en en la posibilidad de una respuesta nuclear ante cualquier agresión exterior. Un pecado el de Pyongyang, que incomprensiblemente parece imperdonable para Estados Unidos, en una esfera internacional en donde numerosos países; entre ellos la propia potencia norteamericana, violan impunemente el Tratado de No Proliferación (TNP). En palabras del ex miembro del equipo negociador nuclear iraní, Husein Musavian “India, Paquistán y el régimen de Israel han construido armas nucleares, no obstante, estas cinco potencias mundiales (EE.UU., Reino Unido, Francia, Rusia y China) han establecido relaciones estratégicas con ellos”.

Mientras la tensión crece al compás de la agresiva retórica del presidente estadounidense Donald Trump y el líder norcoreano Kim Jong Un, la existencia una Corea del Norte dispuesta a la guerra a miles de kilómetros de Washington, continua justificando entre otras actuaciones las maniobras militares anuales entre Estados Unidos y Corea del Sur, como parte del desarrollo de una importante maquinaria bélica norteamericana en el noroeste del Pacífico, capaz de hacer frente a una posible agresión de Corea del Norte pero también a una eventual amenaza China. Japón, Rusia, China y Corea del Sur, se ven así directamente inmersos en un particular juego de estrategia entre el gobierno de Corea del Norte y el de Estados Unidos, un gobierno norteamericano que al mando de un presidente Trump acorralado desde un inicio por sus escándalos internos, parece más dispuesto que nunca a entrar de lleno en la  delirante retórica belicista que aparentemente tan bien parece funcionar al régimen de Kim Jong Un.

Después de todo, puede que si no fuese del posible uso de armas nucleares y del futuro del mundo de lo que estuviésemos hablando, incluso pudiese llegar a considerarse cómica esta impetuosa batalla entre tan icónicos patanes de nuestra política internacional.

“Los mayores inventos del hombre son la cama y la bomba atómica: el primero te aísla y el segundo te ayuda a escapar.”

Charles Bukowski

 

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Ha muerto Fidel

«¡Ése es el pueblo, el que sufre todas las desdichas y es por tanto capaz de pelear con todo el coraje! A ese pueblo, cuyos caminos de angustias están empedrados de engaños y falsas promesas, no le íbamos a decir: “Te vamos a dar”, sino: “¡Aquí tienes, lucha ahora con todas tus fuerzas para que sean tuyas la libertad y la felicidad!”

La Historia me absolverá

 

Sobrevivió Fidel a más de 600 planes de asesinato por parte de la inteligencia americana, y poco podían imaginar en aquel entonces, los que  con tanto empeño lo intentaban asesinar, que no se podría hacer desaparecer su semilla. Eso supuso Fidel Castro para muchos: un líder, un revolucionario, un combatiente; pero ante todo, un maestro y una semilla de esperanza, para quienes alguna vez se sintieron oprimidos por un mundo, que pese a la crueldad de las revoluciones, las hace parecer justas y necesarias ante los ojos de los más desfavorecidos. Un mundo y una realidad que cambió mucho desde el asalto al cuartel Moncada, la partida del Granma, las infinidad de travesías en la montaña o los tiempos del periodo especial. Un mundo que bajo la mirada de Fidel Castro vivió realidades como el fin del régimen del apartheid,  el final de la guerra fría o el inició de la que sería llamada guerra contra el terror. Donde infinidad de personalidades, adaptaron su biografía y su pasado a los nuevos tiempos, pero en donde al comandante Fidel Castro, se le seguiría juzgando siempre, bajo la lupa de un conflicto ya olvidado y que hasta hoy, todavía ahoga a la isla con un bloqueo inquebrantable.

Sin duda, son muchas las miradas con las que  uno puede acercarse a la realidad de Cuba y con ello al legado de los Castro y la revolución. Muchos datos, muchas realidades y no menos mentiras y manipulaciones, si bien nunca en igual medida, vertidas desde ambos bandos de esa guerra eterna entre dos concepciones diferentes del mundo.

Nadie que hoy critique a Fidel Castro, debiera olvidar el motivo del inicio de su lucha. Una razón, nacida un 10 de marzo de 1952. Día en que Fulgencio Batista, ponía fin al orden constitucional, derrocando al gobierno democrático de Carlos Prío Socarrás y dando comienzo a una dictadura que convertiría a la isla, en el “traspatio” de los Estados Unidos. Una extensión del poder norteamericano, en donde el juego y la prostitución dotaban de suntuosos beneficios a personajes como Meyer Lansky y Lucky Luciano. Ambos, miembros destacados del crimen organizado de un país que como declaró el propio Earl T. Smith; ex-embajador de los Estados Unidos en Cuba, ante su senado, poseía tal control sobre la nación caribeña, que la voluntad del embajador estadounidense podía equipararse, sino superar, a la del propio presidente cubano.

Hoteles de lujo, clubes de strip-tease, casinos, lugares turísticos y grandes cantidades de tierras cultivables, que suponían una realidad de la Cuba prerevolucionaria, gestionada entre corruptelas y violencia, por gánsteres americanos en convivencia con los funcionarios de la dictadura y el beneplácito del propio Imperio. Tras ello, sería tiempo para la historia de un pueblo: el asalto al cuartel de Moncada, el viaje a México, donde los destinos de Fidel y Ernesto Guevara se unirían para siempre y el esperado 1 de enero de 1959 con la entrada de los barbudos en La Habana.

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Personalmente, escribiría mi visión de Cuba, con dos anécdotas sucedidas durante mi última estancia en la isla. Ambas sucedidas en uno de esos paseos sin guía, ni horarios por sus calles. En lo que supone un viaje de verdad, sin una idea concreta de la realidad de Cuba, sino con el miedo y la esperanza que produce en un joven idealista el encontrarse con los ojos abiertos por primera vez ante una visión diferente a la de las grandes ciudades occidentales. Una realidad anclada en una construcción antigua y deshilachada. Golpeada, pero no por ello peor, ni mucho menos falta de encanto o de atracción. Una isla que resultaba distópica para muchos y una utopia en lucha para otros tantos.

Uno de los mejores lugares para conocer la pulsión de un pueblo, seguirá siendo siempre una vieja taberna. Alejada de los locales de moda del lugar y oscura. A veces vacía y a veces en silencio, pero nunca durante demasiado tiempo cuando comienza a pesar el alcohol. Fue en ese entorno en donde me encontré por primera vez con Vladimir, un joven cubano que pese a su nombre, poco o nada sabía o quería saber del viejo líder soviético. Tan solo le interesaba su cercano viaje a Italia para reunirse con su hermana y la ropa. Medio éste, por el que a través de los turistas, podía conseguir a duras penas distinguirse ante las chicas de su barrio a las que tan continuamente y de forma tan abusiva, nos ofreció durante nuestra estancia en la isla entre copas de ron envuelto en plástico y unos puros a los que todavía hoy, asocio inevitablemente con las noches de La Habana. Hablamos de coches, viajes, y sueños. Los sueños de lo que un joven cubano creía era España, simples sueños en realidad. Castillos en el aire, cimentados por quién entre la cautela de los Castro con el exterior y las fanfarronadas de los turistas extranjeros, había llegado a ver en un mero turista español cualquiera a un patentado. Poco podía imaginar mi viejo amigo Vladimir de mis esfuerzos como estudiante e hijo de agricultores para comprar ese billete a su realidad, ni lo que supuso en privaciones y esfuerzos ese viaje en los meses posteriores a mi regreso.

Pronto se derribaron los muros que todavía en aquella cantina cubana, separaban al viejo sistema comunista cubano de occidente. Se dibujaba nuestro particular puente Glienicke  entre cigarrillos, alcohol y esa música de Carlos Puebla que tanto nos gusta a los extranjeros y supongo también a los cubanos, al menos a alguno de ellos. Una música, capaz de convertir durante su embrujo, en un ferviente revolucionario, hasta al más rancio representante de lo políticamente correcto. Tal y como hace poco, reconocía el mismísimo ex ministro Margall0 en una tertulia televisiva, en líneas generales, poco apenada con la muerte del Comandante.

En medio de una de esas canciones, que hablaban de otro tiempo para los cubanos, mi inseparable compañero de viaje y fiel amigo con el que compartí aquella experiencia, quizás ya embriagado por ese ron que decía ser el mejor de Cuba por su botella de plástico (“Si se cae no se rompe muchacho” ¿Quién podría negar una evidencia así?) decidió interesarse por la música cubana. En ese momento, nuestras realidades se dieron de bruces con una verdad inamovible, y es que cada persona es un mundo y representa un mundo es sí mismo. Supongo que poco podía esperar nuestro amigo Vladimir, que tras sacar su modesto celular; encadenado a las prestaciones de la dictadura tecnológica en la isla de Cubacel, para intentar compartir vía bluetooth las melodías que hasta ese momento sonaban en un viejo televisor. La respuesta de esos dos orgullosos trabajadores españoles que ante el se encontraban, fuese la de dos desarrapados tecnológicos que en un caso desconocían y en otro directamente carecían de tan brillante tecnología en sus teléfonos móviles. Todavía hoy  recuerdo la respuesta “De verdad tienen que estar las cosas mal en España” La tecnología del ocio nos había condenado a la pobreza o puede que también en Cuba, lo hubiese hecho nuestro nivel de consumo. Pronto le explicamos a nuestro camarada e interlocutor cubano, que ciertamente la obsolescencia de mi amigo correspondía más a una cruzada personal contra los rigores del mundo moderno, que a la realidad de una España, ya por aquel entonces totalmente sumergida en la tónica mundial del consumismo de las nuevas tecnologías.

Comenzó entonces una conversación sobre desahucios, especulación inmobiliaria, las condiciones de trabajo en multinacionales suecas del mueble por las que en aquel entonces trabajaba mi compañero de viaje y otras realidades que se abrieron paso poco a poco entre el humo de los habanos y la incredulidad de los parroquia cubana que en aquel momento, y atraídos ya por las historias de esos cuentacuentos capitalistas, abarrotaban la pequeña taberna en donde comenzaban a escasear alarmantemente las reservas de cerveza y el pollo con arroz. Poco o nada querían creer de ese país que tenía casas vacías mientras sus habitantes dormían en las calles y mucho menos de un país en donde las condiciones de trabajo superaban con creces a las horas y el esfuerzo que muchos cubanos consideraban necesarios para llevar una vida plena. Concluyó nuestro primer acercamiento al debate sociopolítico en Cuba, con una afirmación tan tajante como cierta: “Si yo tengo que trabajar tanto y tan duro… ¿Para que quiero un televisor nuevo si no tengo tiempo para disfrutarlo? me voy al malecón con mi botella de ron” El que hablaba era José Trinidad, camarero de esa taberna decorada con bufandas y banderas del Athletic en donde nos encontrábamos ya en plena madrugada habanera y hasta ese momento, mero observador de la conversación.

Guardamos silencio y simplemente asentimos, antes de adquirir una última botella de ron y dirigirnos al malecón. Un lugar de huída para muchos, también para nosotros en ese momento. Dos jóvenes europeos en aquel entonces con escasas perspectivas de futuro y que nos hubiésemos conformado con la tranquilidad y la vitalidad de una ciudad que pese a estar cayéndose a trozos, continuaba levantada y orgullosa ante quién tan duramente la golpeaba.

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A todos nos terminará juzgando la muerte. Tras la marcha de Fidel, muchos han celebrado la suya en embajadas o sobre coches regados de licor en las calles de Miami o en Madrid. No se echará de menos a Fidel en los consejos de administración de ninguna empresa, ni lo harán las grandes compañías armamentísticas, las petroleras o alguna de esas coaliciones “libertadoras” en Medio Oriente. El legado del comandante cubano, deberá pervivir, en una pequeña isla del caribe reina del beisbol, doctora del mundo y maestra de revolucionarios y personas desfavorecidas de medio mundo. Un proyecto colectivo que fue capaz de adelantarse a los indices de bienestar social marcados en la agenda de la ONU para 2015 y con una clara proyección internacionalista. Una pequeña isla  con las mejores condiciones para la maternidad de América Latina, sin casos de desnutrición severa registrados y con subsidios y gratuidades  dedicados a costear en parte los alimentos, el transporte, teléfonos, agua, electricidad, la Salud Publica y la Educación de sus habitantes.

Suponen para Cuba y su revolución, sus  principales victorias, las logradas en los campos de la educación y la salud pública, campos estos en los que hasta sus enemigos le han concedido su justo reconocimiento. Un país sin un solo niño en la calle, con una enseñanza primaria universal y en donde el 63% de las plazas universitarias en están ocupadas por mujeres. Un país con un bloqueo por una guerra de la que no formo parte militarmente y de la que no debe sentirse culpable de librar una dura batalla ideológica. Supone el bloqueo estadounidense una perdida estimada para la economía cubana, según su propio gobierno de unos 116 mil 800 millones de dólares. Una realidad la del bloqueo americano a la isla, que refleja fielmente la necesidad de someter al enemigo, a todo el que se pueda permitir pensar diferente. Suponer un ejemplo.

A partir de mañana se dedicarán casi tantas páginas contra Fidel, como elogios han dedicado las rotativas y los comunicados de Occidente a dictadores y tiranos de toda índole, con suficiente petróleo, como para silenciar nuestras conciencias. Pero si podemos estar seguros de algo, es de que pese a todos lo mares de tinta que puedan correr, no quedará tras Fidel, ningún Daesh, ninguna guerra extractiva, ni los grandes casos de corrupción bajo su mandato a los que nos hemos acostumbrado en la política de Occidente.

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No todo fueron logros en la revolución cubana, uno pronto comprueba en el sentir de sus calles el eterno compás de sus obras, el surrealismo de su transporte interurbano o la ineficacia de quién quiere alejar a la juventud de la perversión de occidente, pero se ve incapaz frente al peso de las divisas.

Desconozco en que momento exacto conocí al protagonista de mi segunda anécdota cubana y desconozco también su nombre. Soy incapaz de recordarlo y mentiría si dijese lo contrario. Tan solo puedo recordar el trayecto por unas calles escasamente iluminadas pero llenas de vitalidad y una rara sensación de seguridad. Cuando uno camina lo suficiente por cada rincón de La Habana, pronto se percata de que los robos o las agresiones no son algo que realmente deba temer de los cubanos, no puedo negar versiones de algún accidente aislado, pero desde luego, aquella noche y para ser sinceros, en mi estado, no podía imaginar un lugar mejor por donde pasearme con un cartel de extranjero colgado sobre mi espalda. Era nuestras última noche en La Habana y tras encontrarnos con unas compatriotas gaditanas al principio de la misma, nos dirigíamos con ellas y con uno de sus amigos cubanos a una fiesta en un hotel, del cual supongo no os sorprenderá, que no recuerde el nombre. Cruzamos las calles de la Habana haciendo paradas en cada rincón, como intentando empaparnos de la isla antes de partir a nuestro bloque de la realidad. Sus bares, sus perros callejeros, los paladares y ese sin fin de vehículos y personas que animan una noche, la cubana, que todavía brinda más protagonismo a la luz de los cigarrillos que al deficiente alumbrado público.

Como he dicho antes no recuerdo el nombre de nuestro anfitrión cubano, le llamaré Miguel por comodidad y porque pese a mi mala memoria para los nombres, apostaría firmemente a que ese es el nombre con el que se presentó. Miguel era hijo de un reconocido doctor cubano y de una profesora de la facultad de Derecho de la Universidad de La Habana. Un joven culto, con una conversación agradable y siempre dispuesto a aportar algún dato curioso o brillante sobre la historia y los logros de un país, del que uno no sabia si estaba en mayor medida orgulloso o hastiado de su simple existencia. Sentados en un enorme patio sevillano mientras disfrutábamos de la música y la templanza de los mojitos, hablamos de todo lo que un joven cubano puede hablar cuando se le pregunta con verdadero interés por conocer sus respuestas. Hablamos de política, de la revolución, de Fidel, pero especialmente recuerdo hablar esa noche de Camilo Cienfuegos. Miguel sentía especial devoción por Camilo y por lo que pudo ser y no fue. Se dirigía a Fidel y Raúl como los barbudos con un tono claramente despectivo y rencoroso, pero cuando se decidía a loar ante sus interlocutores los logros de su; pese a todo, querida Cuba, el nombre de Camilo parecía servirle como una especie de catalizador entre una revolución que pudo ser, pero que para muchos cubanos nunca había culminado. No quiero decir que Miguel tuviese razón en sus planteamientos, y ni mucho menos comparto sus teorías de la conspiración revolucionaria o algunas de sus severas criticas a un personaje, Fidel, que al contrario que Camilo Cienfuegos o el Ché, si tuvo que hacer frente a realidades a veces, demasiado complejas incluso para un viejo revolucionario. La voz de aquel joven cubano acomodado, era la de una parte de la población que comenzaba a desconectarse de unos mandatarios que bloqueaban sistemáticamente sus eternas aspiraciones de progreso económico y social. Miguel se quejaba del escaso sueldo que su padre, un reputado médico cubano cobraba en su país en comparación con las ganancias de uno de sus tíos que trabajaba como empleado en una cadena de talleres en Michigan. Sus últimas palabras antes de despedirnos camino del hotel fueron “Tan solo en Cuba un médico reputado podría recibir ayuda de un simple mecánico sin estudios, pero tan solo aquí una familia humilde de campesinos como la de mi padre, podría haber sentido el orgullo de formar a su hijo como médico de manera gratuita. Resulta complicada la disyuntiva de querer subir en el escalafón, tratando de no olvidar de donde viene uno”

Cuando uno habla durante un largo tiempo con un cubano, no puede evitar la percepción de dialogar con un pueblo que se encuentra  ante una pregunta vital. Una pregunta sobre la concepción de su futuro, la cual nosotros hace mucho tiempo, tenemos la sensación de habernos equivocado en su respuesta.

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Se marcha una figura clave en la vida de todo cubano, un mentor o un enemigo acérrimo. Un hombre que vivió y marcó un siglo desde su propia patria. Con muchas más luces que sombras de cara a un legado, como herencia para los desarraigados de nuestro mundo. Un revolucionario de los que nunca terminan de morir. Con la muerte de Fidel, el futuro de Cuba no es el futuro de  Raúl Castro ni de ningún otro mandatario cubano, ni tan siquiera el del PCC como muchos todavía piensan. El futuro de Cuba será una vez más, el futuro de una nación y de su pueblo. Como siempre ha sido desde que el 8 de enero de 1959, Fidel y sus barbudos bajaran de la sierra para entregar al pueblo una alternativa al modelo impuesto por su vecino del Norte.

Con Fidel se ha ido un referente, una personalidad decidida y entregada, con los errores propios de un ser humano y con los logros y sacrificios que solo un verdadero revolucionario puede encarar. Se va una forma de entender el mundo y con él parte del mundo que con su figura ayudo a crear, un hombre que ha sembrado esperanza y valentía a partes iguales. Sin miedo y con el convencimiento de quién sabe que la historia le dará la razón, hoy me despido de ti comandante.

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¡Socialismo o Muerte! ¡Patria o Muerte! ¡Venceremos!

 

Autor: @SeijoDani

Recuerda que como parte de la ley de memoria histórica y en recuerdo de la activista medioambiental Berta Cáceres,te agradeceríamos que dedicases un segundo a firmar esta petición para cambiar al recuerdo del fascismo de las calles de A Coruña,por el nombre de la activista medioambiental. 

https://www.change.org/p/xulio-ferreiro-calle-berta-c%C3%A1ceres-en-a-coru%C3%B1a

Yes We Trump

“Coge la familia, mézclala con Dios y la nación, añade diez horas de trabajo diario, y tienes todo lo que necesitas.”

La Senda del Perdedor, Charles Bukowski (1982)

Contra todo pronostico y pese a las constantes amenazas vertidas desde numerosos medios, Donald John Trump se ha convertido  finalmente en el cuadragésimo quinto presidente de los Estados Unidos de América. Con 57 millones de votantes, el viejo magnate inmobiliario asesta así una dolorosa derrota no solo al corazón del partido Demócrata, sino a su vez, a todos aquellos que dentro de su propia formación, decidieron abandonar precipitadamente un caballo al que pocos vieron como posible ganador. Sorprendió Trump sin embargo, al imponerse en unas primarias con 16 candidatos sin el apoyo de su partido y lo ha vuelto a hacer, al lograr conquistar a una América desconocida para muchos de sus ciudadanos, un país en cambio, sin un rumbo fijo y en donde la crisis de las hipotecas subprime y el legado de Obama, ha dejado a muchos americanos con la extraña sensación de comenzar a ver a su país desde los ojos de un pequeño caniche.

Comenzó su candidatura Donald Trump, ante una sociedad cansada de su pasado. Cansada del peso que supone ser el mayor imperio de la tierra y de las lejanas guerras que vacían sus arcas, así como de la necesidad de continuar cediendo espacio en las comodidades de su día a día y especialmente, una sociedad cansada de la creciente desigualdad entre una élite gobernante o establishment y el resto de los ciudadanos norteamericanos.

En ese contexto, le bastó al candidato republicano con cambiar el tono de su discurso, para pese a su pasado, lograr dibujarse como la única alternativa a un sistema de capitalismo salvaje, al que pocos en Estados Unidos se atreven todavía a plantear una alternativa, pero al que no pocos, critican ya abiertamente, debido a sus nefastas consecuencias sobre el tejido económico y cultural del país. Es tan solo en ese contexto de ruptura del pacto social estadounidense, en donde una candidatura como la de Trump, lograría encontrar apoyos suficientes, unos apoyos con los que nadie contaba, pero que finalmente, le han propiciado, conjuntamente con su partido, el control de ambas cámaras, Congreso y Senado, así como la posibilidad de dirimir el sustituto de Antonin Scalia en la Corte Suprema de Estados Unidos, un puesto que sin duda terminará en manos del conservadurismo más ortodoxo, otorgándole la capacidad de anular leyes que consideren contrarias a la constitución del país.

Se avecinan tiempos duros para un partido Demócrata que parece ser víctima de sus propios demonios. Demonios nacidos de la pasividad con la que el propio partido, acepto la implantación neoliberal sin cortapisas que proponían sus élites en consonancia con el partido Republicano y que terminaron de forjarse, cuando esas mismas élites prefirieron vencer en su guerra de clases interna, apoyando incluso al borde de la ilegalidad a una de los suyos a elegir al mejor candidato para lograr la presidencia.

Sabían perfectamente en el partido Demócrata, las debilidades de Hillary Clinton como candidata frente a Trump, representaba inherentemente a un sistema al que odiaban la mayoría de estadounidenses y le basto a Trump con no hacer lo mismo. Por la contra, Hillary Clinton, consciente de la incapacidad de su campaña para desvincularse de eso que en España llamaríamos la herencia recibida, apostó fuertemente por dos factores principales: el hecho de ser mujer y su apoyo a las minorías. Ambas claras cualidades de la demócrata frente a Trump, pero que a la postre se revelarían claramente como insuficientes frente a factores no menos importantes como la opacidad de los movimientos económicos de la Fundación Clinton, la filtración de sus correos o la desastrosa intervención en Libia.

Se colocó Clinton con su actitud en un centro político cada vez más desierto, en una campaña que como hemos podido comprobar, se jugó finalmente en los extremos. Basto esa posición de desventaja inicial, para que Donald Trump supiese a donde llevar la campaña. Consciente de su incapacidad para salir airoso en el debate ideológico, no obstante está a punto de tomar posesión como presidente sin apenas hablar de su programa económico, Donald Trump logró embarrar el debate electoral haciendo uso del numeroso arsenal sensacionalista que su propia habilidad de adaptación a una sociedad mediática y las debilidades de su contrincante le proporcionaban. Por su parte, el equipo de Hillary Clinton se mostró incapaz en todo momento de articular una estrategia de defensa, frente a la guerra relámpago de acusaciones que el equipo de Trump, totalmente mimetizado en una poderosa Wehrmacht electoral, lanzó contra ellos. Logró el magnate estadounidense escapar vivo del primer debate presidencial y poner en más aprietos de lo que la prensa occidental estuvo dispuesta a reconocer a su rival demócrata en el debate del 19 de octubre.

Tan solo Hillary Clinton, con su campaña de menosprecio a Trump y a lo que el candidato republicano representaba, pudo ser capaz de hacer resurgir a una candidatura que llego a situarse hasta seis puntos por debajo en los sondeos electorales y que comenzó su remontada, espoleado por la investigación del FBI a los correos de la exsecretaria de estado y con un electorado potencial que veía en quienes criticaban a Trump el origen de gran parte de sus males.

En el último instante, logró pesar más la ira social largamente contenida contra el establishment que representaba Clinton que la lucha racial, la feminista o la lucha por los derechos de las minorías a las que ella parecía defender. Menospreciaron desde el partido Demócrata la importancia de la concienciación de su electorado en el voto de clase, para escudarse en la alternativa del voto por el mal menor y en el de las minorías, lo que unido al desprecio por la realidad social de una gran parte del electorado, parece finalmente haberles costado  la presidencia.

En un artículo reciente del New York Times, Paul Krugman acusa a las áreas rurales blancas de no compartir “nuestra idea de lo que es Estados Unidos” alude el economista a que para esos <<otros americanos>>: “se trata de una cuestión de sangre y tierra, del patriarcado tradicional y la jerarquía étnica” votarían a cualquiera que representase al partido Republicano. Se equivoca desde un principio el señor Krugman, más allá de que no siempre los candidatos republicanos consiguen movilizar a ese tipo de votante, algunos progresistas pareciesen focalizar el problema en la gente y en el sentido de su voto, en lugar de hacerlo en el sistema (capitalista) y en sus consecuencias para esas personas. Son los mismos que criticaron el Brexit o el surgimiento de Amanecer Dorado, pero no dijeron nada cuando los diferentes acuerdos de libre comercio se ratificaron sin consulta popular previa o en España se modifico el artículo 135 de la Constitución de espaldas al pueblo. Pareciese molestar a algunos más el sentido de la voluntad popular que la imposición autoritaria de los intereses económicos del sistema.

Solo desde esa óptica del desheredado, se puede explicar no solo la realidad de esa mal llamada basura blanca o chavs, en gran parte natal del desindustrializado cinturón de óxido que finalmente da la victoria a Trump, sino también de realidades más complejas, como la del hispano que una vez adquirido el sentimiento nacional, en un país en el que resulta relativamente sencillo lograrlo, decide votar a Trump ante la amenaza que supone el trabajo ilegal de muchos compatriotas para sus intereses o el prototipo de votante al que podríamos llamar Gran Torino que no siendo necesariamente un militante convencido racista o un mero descerebrado, si logra conectar con facilidad con esa América que Trump representa.

Trump logró representar el rechazo más absoluto a las élites y al sistema, pese a curiosamente ser el claro reflejo de las mismas. Eso y un voto oculto como constatación de un sistema que no entiende a gran parte de su ciudadanía y que se ha escapado en los análisis de la inmensa mayoría de los medios y del propio partido Demócrata, ha terminado dando la victoria a un candidato al que parece haberle bastado con el apoyo de los que casi nunca cuentan en la política americana, para conseguir finalmente la presidencia.

El tiempo dirá si nos encontramos ante el primer presidente de una nueva concepción de la política americana.

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Autor: @SeijoDani

Recuerda que como parte de la ley de memoria histórica y en recuerdo de la activista medioambiental Berta Cáceres,te agradeceríamos que dedicases un segundo a firmar esta petición para cambiar al recuerdo del fascismo de las calles de A Coruña,por el nombre de la activista medioambiental. 

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Dios salve a América

Nadie en su sano juicio votaría a Trump y tan solo un loco podría alegrarse de que Hillary Clinton llegase a ser presidenta. Con ésta disyuntiva las elecciones presidenciales de Estados Unidos se acercan a sus horas decisivas, dejando tras de si una campaña realmente pobre, en donde las propuestas políticas de ambos candidatos, brillaron en mucha menor medida que las descalificaciones o los escándalos personales que han ocupado gran parte del debate y muy probablemente, han terminado convirtiendo a la democracia estadounidense, en el show político más caro del mundo, con un desembolso en campaña, cercano a los 2.651 millones de dólares

Tras los fuegos de artificio y el sin fin de actos públicos repletos de celebridades de los últimos meses, el próximo martes, los americanos deben elegir a su próximo presidente entre un promotor, empresario y showman con claros tintes fascistas o una exsecretaria de estado y exprimera dama, cuya mayor baza para convencer al ciudadano medio, sigue siendo la de suponer la única alternativa viable, ante el desastre más absoluto encarnado en la posible presidencia de Donald Trump.

Atrás quedan ya los tiempos en los que Bill y Trump compartían partidas de golf, las donaciones del magnate a los intereses de las campañas de los Clinton o los actos del empresario a los que los Clinton asistían dócilmente, porque como el propio Trump declaraba: “Cuando llaman, les doy, ¿y sabe qué? Cuando necesito algo de ellos, les llamo”

El mismo Trump que se resistía a pagar impuestos, el tipo racista, sexista y prepotente que hoy tanto critican desde el partido Demócrata, dono dinero a la fundación Clinton y ellos lo aceptaron. Lo único que quisieron ver entonces del magnate, fueron sus dólares y precisamente esa docilidad con el establishmenthace que promesas estrella en la campaña de Hillary, como la de no crear más impuestos para familias que ganan menos de $250,000 al año, la lucha contra los paraísos fiscales, el subir el sueldo mínimo nacional a 15 dólares por hora o ampliar las subvenciones educativas a bajo interés, caigan en saco roto ante un trabajador norteamericano,  ya demasiado habituado a ver como quienes dicen defender a la clase trabajadora de sus país, entregan el mismo a las manos del neoliberalismo más recalcitrante que ha terminado por arruinarlos.

Sin duda, Trump supone una amenaza directa para la libertad de prensa, para la libertad de las mujeres, para cualquier minoría en territorio norteamericano y puede que incluso supongo una amenaza directa para el propio planeta, pero para millones de estadounidenses, Trump también supone la última esperanza para recuperar sus vidas. Hablamos de estados como Michigan, Ohio, Pensilvania o Wisconsin que dibujan el cinturón industrial de EEUU, en donde el hartazgo con un partido Demócrata por el que se sienten traicionados, puede finalmente dar la victoria a un Trump que curiosamente sobreviviría en la vieja America fabril; atrayendo especialmente el voto de la vieja clase obrera blanca, mientras que su rival Hillary Clinton, debería confiar sus oportunidades al voto del miedo y el de la alta burguesía de su país.

Se enfrentan Hillary Clinton y el partido Demócrata a sus propios demonios, surgidos tras décadas de políticas liberales pactadas con los propios republicanos y especulación financiera sin límites que han transformado a los Estados Unidos, en uno de los países en los que más ha aumentado la desigualdadLa propia Clinton y su partido, han hecho posible que Trump llegue a ser el candidato que hoy es para su país. Hillary y los suyos, no dudaron en ningún momento en utilizar todos lo medios posibles, incluso la conspiración, para evitar que una alternativa de izquierdas pudiese convertirse en una realidad en el partido Demócrata. Jugaron sucio contra Bernie Sanders y lo hicieron para intentar absorber a una disidencia interna, la del movimiento Occupy Wall Street  que suponía una amenaza mucho mayor para el establishment de lo que sin duda, y pese a lo que pueda penar el ciudadano americano, puede llegar a representar Trump.

Que desde la izquierda se llegase a hablar incluso de galimatías psicológicos para intentar explicar el atractivo de Trump ante sus votantes, supone tan solo una clara muestra más de que muchos en el partido demócrata han traicionado a los suyos y sin embargo, parecen seguir negándose a reconocerlo.

Y mientras en el mal llamado mundo libre, muchos nos debatimos entre dos males, en países como Ucrania, Siria o Yemen miran al próximo residente de la Casa Blanca, con la triste perspectiva de quién sabe que gane Trump o gane Hillary, seguirán  los drones sembrando muerte en sus países, la financiación a fundamentalistas de todo tipo y las escuchas e injerencias sobre países soberanos que nada parecen deber a los Estados Unidos. Hace ya demasiado tiempo que la política estadounidense sigue su propia inercia demasiado alejada del pueblo y en gran parte también de sus candidatos. Pero si bien en ésta enorme distopía ante la que nos encontramos, uno parece ya no poder exigirle el fin de la muerte a la presidencia norteamericana, al menos si debiera poder pedirle que no disfrutase con ella. En ningún caso debiera de suponer una victoria de Hillary Clinton, la vuelta al silencio que trajo Obama tras el No a la Guerra de Bush, pese a la triste trayectoria del todavía presidente demócrata. Después de todo, no deberíamos olvidar el papel de la exsecretaria de estado en Libia.

Llegamos al final de la carrera presidencial en el mayor imperio de la tierra, con la extraña sensación de que durante los próximos cuatro años nada bueno puede salir de sus entrañas. Una lúgubre perspectiva la estadounidense que puede que nos anuncie desde ya, que en nuestro planeta, también se busca nuevo liderazgo.

“La nación que destruye su suelo, se destruye a sí misma”.

Franklin D. Roosevelt

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Autor: @SeijoDani

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Born in the U.S.A

Disparar primero y preguntar después, esa parece haberse convertido en la máxima de la policía estadounidense ante cualquier sospechoso afroestadounidense. Apenas dos años después de la muerte de Michael Brown en Ferguson, los asesinatos; fruto de la violencia policial, de Alton Sterling en Luisiana y Philando Castile en Minnesota, abren de nuevo a la opinión pública, la brecha racial que nunca parece haberse logrado cerrar definitivamente en Estados Unidos. Un problema racial que sin duda se ve agravado debido a décadas de políticas sociales excluyentes, en donde la participación de la población negra en la sociedad civil americana sigue sufriendo un racismo soterrado en el mejor de los casos, cuando no abiertamente hostil en gran parte de ellos.

La desigualdad social afecta a la población afroestadounidense a nivel de renta, educación o desempleo. Los ciudadanos blancos tienen en Estados Unidos un promedio de seis veces más riqueza que los negros, dato que se ha acentuado en los años de la crisis, al tiempo que  en el mismo período, la tasa de desempleo era un 4% mayor entre la población negra. Una brecha social cuyos pilares comienzan a cimentarse en el sistema educativo, donde según La Oficina de Derechos Civiles del Departamento de Educación de Estados Unidos, un joven negro tiene hasta tres veces más posibilidades de ser expulsado de su colegio que un compañero blanco y  en donde este mismo joven tendrá menores oportunidades que sus compañeros blancos a la hora de llegar a cursas estudios universitarios (34% vs. 21%).  Una segregación racial educativa que parece abocar ya en sus primeros compases a la población negra residente en Estados Unidos a una convivencia como ciudadanos de segunda en su propio país.

Hemos pasado de las plantaciones algodoneras a los guetos del crack y las armas, de las Leyes de Jim Crow (1876) a la opresión económico-social  y de las cruces del Klan a una policía de gatillo demasiado sensible frente al afroamericano. 

Los sucesos de Dallas han demostrado que el acceso de una pequeña minoría de afroestadounidenses a una vida digna en los Estados Unidos, no ha supuesto ni mucho menos la implantación de la sociedad del “color-blind” o  la sociedad “post-racial” que el Presidente Obama pretendía inaugurar con su llegada al cargo. Los raperos, los jugadores de la NBA y de la NFL o los escasos políticos con puestos de responsabilidad en los Estados Unidos, no son una representación fidedigna de una sociedad que tienen su más fiel reflejo racial en los sucesos de Dallas. En donde el “Yes we can” del presidente Obama se entremezcla con los discursos raciales de Calvin Coolidge, para demostrarnos que todavía hoy, en el capitalismo americano, existen colores en la desigualdad.

Demasiados recuerdos en la America de hoy de aquella America profunda en donde la lucha por los derechos civiles podía costarle la vida a un hombre, en donde el color de tu piel te identificaba como ciudadano de segunda o bien podía otorgarte la impunidad y de un sistema que presumía ante el mundo de ser la democracia más antigua del planeta, mientras gran parte de su población vivía alejada a escasos metros de la dignidad.

Sin duda, Dallas nos ha vuelto a demostrar, lo peligroso de negarse a afrontar las heridas históricas de nuestro pasado más reciente.

 

“No puedes separar la paz de la libertad, porque nadie puede estar en paz, a no ser que tenga su libertad.”

Malcolm X

 

 

JimCrowSegregated

 

Autor: @SeijoDani

 

Recuerda que como parte de la ley de memoria histórica y en recuerdo de la activista medioambiental Berta Cáceres,te agradeceríamos que dedicases un segundo a firmar esta petición para cambiar al recuerdo del fascismo de las calles de A Coruña,por el nombre de la activista medioambiental.

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Enemigo público

Se suele decir que el tiempo pone a cada uno en su lugar, y he de suponer que precisamente en eso estaba pensando el señor Beiras cuando ya en aquel 2012 se atrevió a decir sin miedo, pero con la clara conciencia de lo que tendría que soportar  proveniente de la oposición y de los medios, aquello de que el señor Feijóo y su gobierno mataba a más personas que el mayor grupo terrorista del estado.

No le faltaba razón al señor Beiras, cuando apuntaba a que el ahorro y la contención del gasto público en áreas tan sensibles como la sanidad mataba a gente, y la acusación realizada por parte de la fiscalía a dos altos cargos públicos de la Xunta, dos de esos cargos que Feijóo gustaba de adjudicar con el dedazo típico en el PP, por homicidio imprudente al negar los fármacos que necesitaban los afectados por la hepatitis C en Galicia, así parece demostrarlo.

No le faltaba razón y el tiempo lo ha demostrado, pese a que por aquel entonces los minutos televisivos, prefirieron centrarse en el dedo para criticar las formas o la supuesta dureza del mensaje del líder de anova, en lugar de centrar su atención en una situación que terminaría con la citación de dos altos cargos de la Consellería de Sanidad de la Xunta de Galicia, para declarar como investigados, lo que se conocía como imputados antes de la implantación de la neolengua del Partido Popular, por retrasar premeditadamente tratamientos a seis pacientes con hepatitis C que terminaron falleciendo.

Ante todo esto, Feijóo quiso acallar las muertes provocadas por su política o la política que le señalaron desde Madrid, con una comparecencia en el parlamento gallego. Parlamento al que el PPdG está acostumbrado a utilizar como caja de resonancia de sus mensajes y en el que pese al circo diario de despropósitos antidemocráticos que se vive, tan solo se suele expulsar de el al propio señor Beiras, cuando pierde la paciencia y  gana la indignación como ciudadano, frente a la corrección como parlamentario, o a los propios enfermos y a sus familiares, cuando se atreven a llevar la petición agonizante de justicia ante la cara de sus asesinos. Nada dijo Feijóo de las cartas de los médicos denunciando la situación, ninguna explicación por parte del presidente de la Xunta, acerca las presiones que tuvo que ejercer sobre la entonces consejera de Sanidad Rocío Mosquera, saltándose todos los cauces administrativos, un equipo médico del Hospital Clínico Universitario de Santiago, para lograr salvar la vida a su paciente, ninguna explicación tampoco sobre la supuesta administración de fármacos contraproducentes en sustitución de otros más costosos a los enfermos de hepatitis C en Galicia.

Son seis al menos, aunque ni una muerte sería justificable para una ciudadanía digna. Seis muertos a las puertas de un hospital, una de esas situaciones que antaño parecían suceder en los Estados Unidos y nos hacían congratularnos de poseer una sanidad en la que contase por encima de todo el tratamiento y no la contabilidad. Una situación que se ha trasladado a nuestro país como consecuencia de un modelo económico inhumano y la colaboración de una fauna política en muchos casos, complice del mismo.

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Autor: @SeijoDani

 

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