La huella del hambre, somos lo que desperdiciamos.

Puede que muchos de los que lean estas líneas se dispongan en estos momentos a desayunar, o pude que lo hagan justo antes de preparar una buena comida o quién sabe, quizás simplemente hayan decidido prepararse algo ligero por eso de mantenerse en forma durante el verano, pero lo que me atrevería a asegurar, es que pocos o puede ninguno de ustedes, se haya parado a pensar en que en estos momentos, una de cada nueve personas en el mundo carecen del acceso a una alimentación básica que les permita lograr el desarrollo de una vida saludable. Un total de 795 millones de personas que en nuestro planeta carecen de acceso a una cesta de alimentos básicos, la mayoría habitantes de países como Afganistán, Haití, Tayikistán, Yemen o Sierra Leona. Regiones en donde la cuestión alimentaria no se trata simplemente de una elección de marca o de cuestiones relacionadas con la tendencia culinaria de turno, sino de una cruel disyuntiva entre la vida y la muerte.

Una lucha por la subsistencia que habitualmente identificamos con países lejanos, pero que en menor media también comienza a producirse en las calles de nuestro país. En la última década y potenciada por la crisis económica, nadie puede escapar a la visión de personas buscando alimentos en los contenedores de nuestras ciudades. Una realidad cotidiana pero soterrada para un país desarrollado como España, en donde en la actualidad se vive un profundo retroceso en la lucha contra el hambre, mientras a lo largo de un año, un tercio de todos los alimentos producidos en nuestro país acabará directamente en esa misma basura, en donde otros buscan desesperadamente “desperdicios” que les permitan sobrevivir, mientras 24 millones de kilos de alimentos son desperdiciados cada semana, 1.245,9 millones de kilos arrojados a la basura en un año, casi el 4,5 % de toda la comida que compramos y que pasa directamente a ser desechada en el desenfreno consumista que también afecta a nuestra alimentación.

Una realidad totalmente inasumible desde un punto de vista ético, económico o directamente ambiental. Ninguna sociedad debería ser considerada libre o democrática mientras gran parte de sus miembros tienen serios problemas para lograr alcanzar una alimentación digna, en un entorno en el que diariamente se desperdician ingentes cantidades de comida debido a errores en la planificación en la compra de sus habitantes, o simplemente a criterios estéticos o comerciales hacia los alimentos.

La lucha contra el despilfarro alimentario es un reto que comienza en nuestras cocinas y en cada visita al mercado, no en vano, al contrario de lo que sucede en países en vías de desarrollo en donde el desperdicio se produce en los primeros pasos de la cadena de producción, en Occidente, el consumidor supone sin duda el principal responsable de la ingente cantidad de comida que se desperdicia. En nuestro país, el 72% de los consumidores reconoce tirar alimentos al no organizar correctamente las compras, mientras que el 50%, lo hace al olvidarse de congelar ciertos productos que terminan almacenados en la nevera hasta que se echan a perder y un 37%, reconoce desechar a menudo sobras de sus platos o neveras. Como señala José Graziano da Silva (Director General de la Organización para la Agricultura y la Alimentación): “Todos nosotros -agricultores y pescadores, procesadores de alimentos y supermercados, gobiernos locales y nacionales, consumidores particulares- debemos hacer cambios en todos los eslabones de la cadena alimentaria humana para evitar en primer lugar que ocurra el desperdicio de alimentos, y reutilizar o reciclar cuando no podamos impedirlo”.

Elaborar una lista de la compra en base a un menú semanal, no dejarse llevar por las ofertas del tipo 3×2 con las que se tiende a comprar en exceso, no ir al supermercado con hambre, no guiarse sólo por la estética de los productos, recurrir a la atención personalizada en el comercio, consumir lo que lleve más tiempo comprado o comerse primero los alimentos más antiguos; son solo algunos de los pequeños consejos que todo consumidor debiera seguir para desarrollar un consumo más eficiente de nuestros recursos alimentarios, y por tanto lograr reducir desde el papel de consumidor el despilfarro en un país que cuenta ya con cerca del 28% del total de la superficie agraria destinada únicamente al desperdicio.

Una situación también fomentada desde el principio de la cadena por políticas económicas artificiales ejercidas sobre los agricultores por las grandes compañías, las cuales se muestran dispuestas a ahogar en una guerra abierta de precios a los pequeños productores de nuestro país, quienes en muchas ocasiones, ven como finalmente les resulta más rentable tirar la cosecha que recolectarla. La guerra por el producto barato en los estantes de los supermercados no tiene en cuenta el coste medioambiental, las condiciones laborales y económicas de los trabajadores del campo o la sin razón de las políticas de estética de los alimentos de las grandes compañías. Hemos entrado de lleno en una dinámica demencial en donde la explotación laboral supone la principal línea de actuación de cara a reducir costes en nuestro campo, mientras la eficiencia en la producción y el cese del despilfarro de alimentos sigue sin ni siquiera plantearse como una salida a un sistema a todas luces ineficiente.

La actuación política debe dirigirse no sólo al consumidor final, sino a su vez centrarse en reducir el desperdicio de alimentos en primera instancia, intentando con ello limitar las pérdidas de cultivos en las granjas debido a las malas prácticas o las excesivas exigencias estéticas de los grandes mercados. De igual modo, equilibrar la producción con la demanda supone un paso vital a la hora de no utilizar recursos naturales en vano para producir alimentos que no sean necesarios, por ello, desde la COAG (Coordinadora de Organizaciones de Agricultores y Ganaderos) se lleva ya tiempo pidiendo ajustes en los costes y animando al consumidor a la compraventa de productos sin intermediarios que entorpezcan la cadena de mercado. La lucha contra el despilfarro de alimentos supone una de las principales luchas contra la injusticia social, somos los propios ciudadanos los que debemos exigir a nuestros gobiernos el desarrollo de proyectos alternativos al sistema de producción, distribución y consumo de alimentos capitalista. Un sistema que a todas luces ha resultado fallido en este campo.

El consumismo occidental no puede normalizar la pobreza alimentaria para amplios sectores de la sociedad, mientras en nuestros propios hogares el despilfarro alimentario sigue suponiendo una realidad demasiado obscena para un mundo en el que gran parte de la población continua pasando hambre cada día. La estética no puede substituir a la calidad, la explotación laboral no puede suplantar las políticas de eficiencia y desde luego, un precio barato de los alimentos en las estanterías de nuestros supermercados, no puede esconder una industria que cada día despilfarra toneladas de alimentos y con ellos colosales cantidades de recursos naturales cada día más escasos para nosotros. Somos lo que comemos, pero también somos lo que desperdiciamos.

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