La pasión turca

“La diferencia entre una democracia y una dictadura consiste en que en la democracia puedes votar antes de obedecer las órdenes.”

Charles Bukowski

No hace demasiado tiempo, mencionar a Recep Tayyip Erdogan, suponía en Occidente, nombrar la esperanza de un islam democrático. Al menos, la de un islam democrático a nuestra imagen y semejanza. Imagen, que nunca nos hemos parado a pensar, pudiese suponer un corsé demasiado apretado, para un cuerpo político y social que por mucho que lo intentemos, no corresponde al nuestro.

La llegada de Erdogan al poder, se produce en el contexto de una Turquía cansada de ser un estado entre dos aguas. Cansada del poder del ejercito y de la secularización, que enmascara la identidad de muchos de sus ciudadanos, bajo un manto de palpable clandestinidad y radicalización. La llegada  al poder de Erdogan, supone una opción ante lo insustancial de la memoria de un imperio que ya no existe, de un pasado glorioso, pero pasado al fin y al cabo. La única alternativa viable para el cambio, en un país en donde tras el golpe de Estado de 1980, la izquierda pareciese haber pasado a ser patrimonio exclusivamente kurdo.

El islamismo de Tayyip Erdogan, se dibujaba en la línea del liberalismo económico y el ferviente anticomunismo. Una concepción política y religiosa, alejada de las versiones más radicales del islam, pero suficiente, para que en la Turquía secular protegida por el ejercito, esto fuese visto como una seria amenaza al orden establecido. Erdogan sufrió en sus propias carnes la persecución política, la muerte de compañeros de partido en atentados diseñados para amedentrarlo e incluso la cárcel, donde pasaría diez meses, tras compartir un poema de carácter islámico. Irónicamente, en una Turquía de signo diferente, también sería la poesía, en este caso un poema crítico con la gestión de Erdogan, la que llevase a la modelo Merve Buyuksarac a prisión.

La historia y una profunda crisis económica, daría en 2002 el poder a Erdogan, gracias a un casi recién fundado, Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP) que contra lo esperado por muchos conseguía una mayoría absoluta para un partido islámico, de corte conservador y centrista en su planteamiento. Pero en definitiva, un partido islámico, se hacía con el poder en un país en el que a su ejercito, nunca le había temblado la mano para disuadir el avance religioso en las instituciones.

La cerrazón del ejercito a la influencia religiosa y las continuas trabas a la participación política, impuestas por los numeroso golpes de estado, había volcado el deseo de cambio de la sociedad civil turca en las cofradías y hermandades islámicas. Esto propicio el caldo de cultivo perfecto, para la difusión de una doctrina que podríamos denominar como “liberalismo islámico” en la que personajes como Fetulá Gülen, ayudaron a crear una élite religiosa, capaz de ocupar numerosos cargos en las instituciones de poder del estado, sintetizando un marcado carácter religioso conservador, con los valores propios de las democracia liberal capitalista. Con su llegada al poder en 2002, los cuadros gülenistas sirvieron a Erdogan, para llevar a cabo una venganza contra el nacionalismo laico, en forma de purgas sistemáticas en la Judicatura, el ejercito o el funcionariado. El juicio del Ergenekon y especialmente la reforma constitucional de 2010, ponían punto y final a la visión del AKP, como un punto de encuentro entre democracia e islam. Gestos como la presencia del idioma kurdo en televisión, el alto el fuego con el PKK o la apertura oficial de negociaciones con la Unión Europea para su futura adhesión, pronto dan paso a la persecución política de la fuerte oposición kurda, la violencia sexual contra las activistas antigubernamentales o el mercadeo de los Derechos Humanos con Europa demasiado encerrada en sí mima, como para poner trabas ala construcción de un nuevo sultanato a sus puertas. Las privatizaciones, los recortes, así como las mayores garantías para  las multinacionales, parecen garantizar a Erdogan la convivencia con Occidente, la sharía y el capital suponen los cimientos de una nueva Turquía.

La reforma del ejercito y la mayor presencia de la religión en el día a día de Turquía, tensaron la cuerda en un país, en donde el uso del velo en las universidades, las restricciones al alcohol, la preponderancia de la religión en los estudios o el crecimiento vertiginoso del número de mezquitas, vinieron acompañados de un crecimiento paralelo de la corrupción y la concentración de poder en el estado. Tayyip Erdogan, se veía cercado por numerosos casos de corrupción que habían llevado a una fuerte reestructuración del Gobierno y que ahora, lo amenazaban directamente. Erdogan había convertido su voz, en mandato. El presidente que había llegado al poder, tras recorrer las calles de su país, se parapetaba de sus propias aspiraciones, tras los muros de su fastuoso palacio en Ankara. Un búnker físico e ideológico, desde el que poder dirigir el cambio de un sistema parlamentario a una república presidencialista, que todo parece indicar, puede suponer tan solo la mera fachada de una dictadura de facto. Cualquier síntoma de disidencia en Turquía, es perseguido y eliminado, desde la revuelta que tomó el parque de Gezi, hasta la oposición parlamentaria, pasando por periodistas o miembros del propio AKP, la discrepancia con las decisiones del sultán turco, se paga cara. EL terrorismo, la guerra interna, el conflicto sirio o el reciente golpe de estado, han sido oportunidades aprovechadas por Erdogan, para hacer política desde el caos.

La censura y las purgas, no pueden ocultar la sensación de un país polarizado. Turquía se ve atrapada en el juego de un sátrapa, obsesionado con recobrar una antigua grandeza que puede sin embargo provocar, la caída en desgracia definitiva de un gobernante y de un estado que no supo ser consciente de sus propios límites. El mismo Erdogan que utilizó a Fethullah Gülen, para  llegar al poder y abandonarlo cuando fue preciso, el que vio en el islam un medio para conseguir el apoyo social necesario para llevar adelante sus reformas institucionales y el trilero que supo hipnotizar a la UE, se encuentra ahora inmerso en una dinámica interna, extremadamente peligrosa de radicalización religiosa y en una situación exterior más débil que nunca, ante un doble juego con la OTAN y Rusia, con Siria de fondo. Comienzan a terminarse los comodines de la baraja del sultán turco, mientras la huída sin retorno del autoritarismo más descarnado, comienza a despejarse como la única opción de autoridad, para un país que en algún momento, quiso recobrar su protagonismo internacional.

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Autor: @SeijoDani

Recuerda que como parte de la ley de memoria histórica y en recuerdo de la activista medioambiental Berta Cáceres,te agradeceríamos que dedicases un segundo a firmar esta petición para cambiar al recuerdo del fascismo de las calles de A Coruña,por el nombre de la activista medioambiental. 

https://www.change.org/p/xulio-ferreiro-calle-berta-c%C3%A1ceres-en-a-coru%C3%B1a

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Yemen, la geopolítica del caos

Pocos saben en donde se encuentra Adén, Lahej o Taiz, del sufrimieno de sus habitantes o del sonido de las bombas cuando la vida vale tan poco que cada cadáver en sus calles, ya no logra ocupar ni tan siquiera una cifra en los informativos de sobremesa en Occidente.

Yemen no se trata de una guerra mediática como las de Siria o Irak, desconocemos en gran medida los rostros de los combatientes que allí se encuentran, y por supuesto, poco o nada sabemos de las causas del sufrimiento que día a día, padece la población civil. Un país pobre en la región de los jeques, del petróleo, de los grandes deportivos y del dinero que puede comprar la moral de Europa en las camisetas de los grandes del fútbol o en las recepciones oficiales. Una mota de pobreza en la región de las petromonarquías, en donde el horror de la guerra ha dejado más de 14 millones de personas sin acceso a atención médica y en donde el 80 % de su población depende de una escasa ayuda humanitaria. Un país, con más de 19 millones de personas sin acceso seguro al agua o a servicios sanitarios y en donde 7,6 millones de personas, padecen inseguridad alimentaria, lo que ha llevado a cerca de 20.000 niños a sufrir condiciones de extrema desnutrición.

Yemen, el país de las niñas novias y el abuso sistemático contra las mujeres, de los grupos sectarios, el trabajo infantil y el analfabetismo. Pero también un país de transito y muchas veces una parada obligada, para muchos de esos emigrantes que atraviesan sus fronteras en busca de las ilusorias oportunidades de un futuro en las dictaduras del Golfo Pérsico. Un país en donde el triunfo de la mal llamada primavera, resultaría más justo que en ningún otro, pero en donde el sonido de las bombas y la represión, parece no molestar a nadie.

A la revuelta pacífica que derrocó a Alí Abdula Saleh, no le siguió la democracia, ni tan siquiera la paz. Egipto, Arabia Saudí, Gran Bretaña, la Unión Soviética…potencias extranjeras que siempre han jugado un papel en el devenir del futuro de los yemeníes y esta vez, pese al glamour del Nobel y las buenas intenciones, nada iba a resultar diferente. El plebiscito del 27 de febrero de 2012, por el que Saleh cedía la presidencia yemení a su número dos, Mansour Hadi, termino por desatar las tensiones en un país regido por el sectarismo y los pactos tribales.

La guerra iniciada por el nuevo presidente contra los rebeldes hutíe y supuestamente, contra Al Qaeda en la Península Arábiga, termino con el presidente abandonando el país, ante la alianza de antiguos sectores en el ejercito partidarios a Saleh y los rebeldes hutíes, en ocasiones la guerra, produce extraños compañeros de cama. Arabia Saudí respondía al avance de los rebeldes hutíes y sus “aliados” con la Operación Tormenta Definitiva, una serie de bombardeos indiscriminados, en los que fábricas, infraestructuras o población civil forman parte indistintamente de una operación igualmente encaminada a frenar la influencia geopolítica del chiismo  en la región, como a destruir cualquier  posible alternativa de futuro, en un país abocado a la partición de su integridad territorial, empujado por una guerra que al igual que las campañas de Irak o Siria, parecen destinadas a que Occidente, pueda dibujar de nuevo las fronteras del mundo, al compás de sus nuevas necesidades económicas y militares.

Asistimos impasibles a la muerte de un estado, al asesinato de las esperanzas en las revueltas populares del pueblo árabe. Asistimos de nuevo a la sin razón del imperialismo económico y a hipocresía de quienes se dicen garantes de la democracia y derechos humanos, al tiempo que mercadean con las armas que combaten a los pueblos que se atreven a reclamarlos.

Yemen, un nido de víboras en donde las democracias pueden armar a los terroristas y en donde la toma de una capital, puede ser tildada de momento histórico o de golpe de estado, según el prisma con el que se mire. Un país, sin verdaderos buenos, ni malos. En donde los matices cobran la importancia de un siglo, en donde las guerras también se libran en gran medida con las palabras.

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Autor: @SeijoDani

Recuerda que como parte de la ley de memoria histórica y en recuerdo de la activista medioambiental Berta Cáceres,te agradeceríamos que dedicases un segundo a firmar esta petición para cambiar al recuerdo del fascismo de las calles de A Coruña,por el nombre de la activista medioambiental. 

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