El procés

“Cuando amor es una orden, odio se puede convertir en un placer”

Charles Bukowski

“¿Resucitan los muertos? Los libros dicen que no, la noche grita que sí.”

John Fante

Desde que el 31 de julio de 2006 la soberanía del pueblo de Catalunya comenzase a ser secuestrada por una razón que se desconoce, todos los ciudadanos del estado nos hemos visto inmersos en una pesadilla política encarnada en un proceso que no sabemos exactamente lo que es, y que pese a ello, parece dispuesto a proseguir su hasta ahora vacilante trayectoria repleta de argumentos poco concretos.

La inexistencia de un discurso político de alto nivel y las obvias contradicciones entre el sistema partidista y los proyectos de estado -estos últimos siempre ubicados en el largo plazo- finalmente nos han llevado  a una situación política en la que cada actor parece defender con vehemencia en público lo que veladamente está dispuesto a entregar en privado a la mínima oportunidad que se presente.  El no rotundo en el último momento del Partido Popular a una enmienda lanzada por el  PSOE, que pretendía paralizar el 155 en caso de que Puigdemont convocase elecciones, deja al descubierto un trasfondo en el que al Partido Popular, maquiavelicamente parece atraerle una DUI que lleva de forma automática a la aplicación del 155. Mientras que la independencia al PDeCAT,  parece producirle cada día más vértigo arrastrado a ella irremediablemente entre la presión de sus socios internos y la demostrada torpeza táctica de sus numerosos enemigos externos.

En todos estos años, el gobierno español como las malas dinastías y los regínemes políticos debilitados, no ha querido ganar la batalla sino humillar al contrincante. Mariano Rajoy y su gobierno han hecho del ego del nacionalismo español y de los cálculos electorales de la derecha, el principal obstáculo para lograr una salida pactada al procés. Atendiendo exclusivamente a una Constitución española hace ya tiempo instalada en las buhardillas de la periferia de la legitimidad social y con la perspectiva de ejercer su poder sobre una Catalunya en la que apenas supone una fuerza minoritaria, el Partido Popular se ha desvinculado de su responsabilidad con el conjunto del estado y ha decidido responder al fuego con fuego -o lo que es lo mismo- al nacionalismo catalán con nacionalismo español. Pareciese que en la fábrica independentista en la que se ha transformado Moncloa en los últimos años, han terminado descubriendo con asombro como en medio del deleznable lodazal político del más burdo chovinismo, se encontraba oculto un suculento granero de votos fácilmente explotables para un partido al que nunca le ha costado demasiado reconciliarse con los sectores políticos más conservadores de España, entre ellos también los más cercanos a la extrema derecha.

La injusta encarcelación en pleno proceso político de los líderes independentistas Jordi Sánchez y Jordi Cuixart, sumada a la irregular aplicación del artículo 155 de la Constitución, que finalmente saldrá adelante con el apoyo de las formaciones tradicionales del bipartidismo y Ciudadanos –partido este al que se le ha olvidado lo de terminar con la vieja política– harán prevalecer sobre Catalunya una compleja interpretación de la legalidad, sujeta a le legitimidad de una línea de poder que el común del pueblo catalán ya apenas alcanza a visualizar.

Empujado finalmente a ello Puigdemont parece ahora, arropado entre el Parlament y el propio pueblo de Catalunya, decidido a profundizar en la escalada de hostilidades políticas quizás no para obtener una sentencia positiva, pero sí al menos para aplazar o suspender el proceso.

Confusas circunstancias (ya que por alguna misteriosa razón del sistema las soluciones en los despachos nunca son tan sencillas como en la calle) hacen que nos encontremos frente al desafío más importantes de la historia democrática de España, en un contexto de escasa valentía política y menor capacidad de liderazgo. En Catalunya, Rajoy se ha mostrado por primera vez incapaz de lograr una nueva pírrica victoria por la torpeza política del rival y es bien sabido por todos que tener que recurrir a su propio talento nunca ha sido una de las especialidades del presidente del gobierno.

Resulta ahora por tanto al menos extravagante culpar a Gabriel Rufián debido a un tuit pasional o a la CUP por sus continuas presiones de la marcha atrás en la casi consumada rendición ante Madrid de Puigdemont, tal interpretación de lo sucedido supone seguir negándonos a tener en cuenta al actor principal de todo este proceso, el pueblo de Catalunya. Una pueblo que una buena mañana en su soleado devenir político, se ha visto señalada desde Madrid por el principal partido de la derecha española, con un recurso que hoy incluso sus más firmes defensores de antaño reconocen supuso un error.

El pueblo catalán no se ha plantado frente al centinela del estado español confiando exclusivamente en el liderazgo y la capacidad de sus políticos, sino más bien pese a tener que contar con ellos. Gran parte de la ciudadanía en Catalunya ha ido poco a poco desde el 31 de julio convirtiéndose en un hombre entregado de pleno a la angustia de hacerse más libre y soberano a través de un procés que lo consume con la hermética maquinaria burocrática del estado español. Un estado en manos del Partido Popular, que se muestra incapaz de dialogar o comprender a un independentismo que desde Catalunya ante un grito de atención desesperado, se encuentra que las altas instancias a las que pretende apelar en Madrid no son sino las más humildes y limitadas muestras de lo que en Europa en pleno SXXI  debería considerarse como democracia.

La represión autoritaria contra el referéndum, la unísona ofensiva mediática guiada desde el estado contra el independentismo o las acusaciones de adoctrinamiento contra la televisión y educación pública catalana, por parte del mismo gobierno del 1 de Octubre y la televisión pública española,  han espoleado en la ciudadanía catalana el sentimiento de una ruptura necesaria con el régimen del 78, para de ese modo a través del una futura República catalana, poder profundizar en un sistema político en el que un nuevo pacto social -que sin duda exigirán a sus gobernantes sean estos quienes sean- haga factible un marco donde la identidad nacional, el sistema económico, los derechos civiles o la forma del estado puedan ser consensuados en un parlamento en el que la voluntad de los ciudadanos se encuentre plenamente representada. Algo que muy a mi pesar tan solo los más inocentes o los más beneficiados por el sistema, pueden asegurar a día de hoy en España.

Con o sin DUI el desencanto de los catalanes con la política partidista sin duda va a resultar mayúsculo, en general la actuación de los políticos españoles y catalanes incluso llegar a hacernos recordar con una mezcla de nostalgia y profunda sorpresa a aquellos Fraga, Ruíz-Mateos o Jesus Gil, unos personajes profundamente atípicos a los que hoy -a tenor del auge populista de todo tipo que sin duda llegará tras el espectáculo ofrecido en Catalunya- podríamos llegar a considerar verdaderamente adelantados a los tiempos políticos de nuestro país.

Puigdemont, el gobierno de España, la masa independentista en Catalunya y con ellos todos nosotros, nos encontramos ahora ante las puertas de nuestro marco legal heredado de una generación pre democrática, con demasiados traumas como para haber podido crear un pacto social imperecedero. Hoy a pesar del leve brillo de esperanza que durante todo este kafkiano proceso parecía intuirse a través de un posible replanteamiento constitucional, la insensatez de la derecha y la falta de valentía de la izquierda, terminan por ejecutar su condena.

En estos últimos momentos, la ciudadanía tan solo desea aligerar la misión de sus captores y poner fin al proceso, asumiendo de algún modo como cierta una culpa desconocida. La DUI, el 155 o la convocatoria de unas próximas elecciones bajo cualquier condición imaginable, suponen ya tan solo un paso más en la fehaciente desconexión popular con el lenguaje político y su prestidigitación electoralista. Lo que nos depare el futuro sin duda estará a la altura de tan elevados representantes de la voluntad popular.

“Parece admirarse de que yo haya abordado el tema, inclusive pienso que me lo reprocha. Esto hace que sea más necesario hablar de estas cosas. Lo lamentable es que solamente lo pueda hacer con una anciana…”

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Catalunya: Evasión o victoria

“La posibilidad de competir en el evento deportivo más grande del mundo era una oportunidad que no podía rechazar”

Ryan Giggs, aclarando estar orgulloso de poder participar en unos Juegos, pero no de representar al Reino Unido.

“Ganar o perder, pero siempre con democracia”.
Socrates de Souza.
Supongo que apesadumbrada y solidaria con el mal momento que Mariano Rajoy está pasando con todo eso del proceso independentista de Catalunya, parte de la España profunda; esa que habitualmente se encuentra ideológicamente con nuestro presidente del gobierno en las páginas interiores del Marca, ha decidido trasladar la tensión existente entre el Govern de Catalunya y el Estado español a un terreno en donde el jefe del ejecutivo se pueda sentir más cómodo: El fútbol.
Entre los legalistas corrillos de Ultra Sur y las más castizas barras de bar, ha surgido la idea de que gran parte de la culpa del guirigay de naciones de los últimos meses, reside en que todo esto de la identidad catalana, el derecho a la autodeterminación de los pueblos o las protestas sociales pacíficas, no terminan de atraer al diálogo a un presidente del gobierno poco acostumbrado a la vida política más allá del decreto-ley y la negociación con su marca blanca. Por ello, la España demócrata de toda la vida ha decidido llevar definitivamente al campo de fútbol la disputa política. Después de todo, sí existe algo que pueda lograr que Mariano Rajoy se siente a dialogar con Catalunya, sin duda eso es la estabilidad de la selección española en año de mundial.
El gran damnificado de la dinámica aglutinadora de un conflicto con claros tintes populistas, sin duda ha sido Gerard Piqué. Al jugador catalán del Barça y de la selección española, le ha tocado vivir en sus propias carnes las delirantes consecuencias de quién representando a España en el mundo, decide en un momento dado posicionarse abiertamente en el discurso crítico con la blindada unidad del estado español. No es cierto como afirman algunos medios que Piqué se haya declarado firmemente independentista, como tampoco lo es que apoyando el derecho a decidir del pueblo catalán, el central campeón del mundo y de Europa haya renunciado implícitamente a jugar con España.
Lo que ha hecho Gerard Piqué es simplemente exigir su derecho y el derecho de su pueblo a expresarse. Nada más, sin anunciar el sentido de su voto, ni hacer campaña por causa alguna más allá de la puramente democrática. Pese a ello durante la concentración de la selección española en la Ciudad del Fútbol de Las Rozas, Gerard Piqué tuvo que escuchar gritos tan dispares como “Piqué cabrón, España es tu nación” o “Piqué vete a tu país”, curiosamente ambos lanzados por las mismas gargantas patrióticas a todas luces confundidas tras largas horas de dudosas emisiones televisivas  y altas dosis de política ficción, ahora conocida  como populismo.
En un ambiente como el mundo del fútbol tan propicio para dejarse llevar por argumentos en donde prevalezcan las pasiones por encima de la razón, es en donde uno puede identificar alguna de las causas por las que el referéndum catalán y las consecuencias que de este devengan molestan tan profundamente en el seno del Estado. El español medio y me temo que con él por única vez nuestro presidente, piensa en la política territorial española en términos muy cercanos a los futbolísticos, ese es el principal motivo por el que la convivencia de dos sentimientos diferenciados en algo tan profundo como es la nación, resulta difícilmente asumible para una España acostumbrada a cambiar de chaqueta con total facilidad en cualquier terreno excepto en el futbolístico. Supongo que parte de esta lógica se basa en que al igual que uno no puede ser abonado del Madrid y al mismo tiempo declararse aficionado o simpatizante del Athletic, la idea de sentirse con igual intensidad catalán y español al mismo tiempo tampoco tiene cabida en ese reducido esquema mental.
En nuestra democracia la forma de sentirse gallego, vasco, catalán o andaluz, es sintiéndose español. Uno puede hablar eusquera; sin pasarse, implantar el concepto de la morriña a nivel peninsular o incluso jugar una pachanga de navidad con las selecciones autonómicas, pero cuando la cosa se pone seria, es decir, cuando es año de mundial, se deja claro por encima de todo que la única realidad nacional existente en el estado español es la de la monarquía de los Borbones.
Son pocos los futbolistas que deciden complicarse la vida entrando a la arena política desde una realidad ya de por sí tan radicalizada como es el la del fútbol, pero el paso al frente de Gerard Piqué no ha sido ni mucho menos el único. A nadie parecieron molestarle las declaraciones de Roberto Soldado calificando como “cuadrilla” a los votantes de Podemos. Ningún medio le exigió compromiso con esa parte de los españoles en sus actuaciones con la selección y curiosamente en gran parte de los estadios de España su patriotismo pareció incluso salir reforzado. Tampoco las soflamas contra el Estatut o el apoyo implícito a la guerra ilegal de Irak de Salva Ballesta sirvieron para cuestionar su españolidad, Si hay algún vasco o catalán que no se sienta español se tiene que joder porque es español, sino, que mire su DNI”, tras declaraciones de este calibre, el ex-delantero y confeso admirador de Antonio Tejero, incluso recibió un fuerte apoyo mediático en el momento que la afición del Celta rechazó su fichaje por no encajar con los valores del Club.
“No pido la independencia, al menos yo no. Pido que se pueda votar. Es algo democrático. Si la gente no tiene derecho a expresar lo que siente, volveríamos a una época que ya hemos pasado. La evolución es mirar adelante” “La secesión haría a Cataluña y España más débiles’ Piqué no ha renunciado en ningún momento a jugar con la selección, tampoco ha declarado abiertamente no sentirse español. Al contrario que jugadores como Oleguer o Nacho Fernández a los que la decisión de negarse a jugar con España les valió críticas de antipatriotas y enemigos de España, Gerard Piqué simplemente ha dado un paso al frente desde su club y la propia selección para defender los derechos de todos aquellos que en Catalunya quieren decidir en las urnas su relación con España.
La desproporcionada reacción frente a unas declaraciones de un deportista que carece de cualquier tipo de repercusión política, ejemplifican a la perfección la posición de un estado español desquiciado y de gran parte de su población, la cual se muestra intransigente ante una marea ciudadana que en Catalunya no desaparecerá fruto de la intimidación dialéctica o las sanciones legales. Negarse a buscar un nuevo marco de convivencia en donde todos los pueblos puedan decidir democráticamente su futuro, supone la vía más rápida para empujar fuera de España a muchos ciudadanos que hasta el día de hoy todavía se sentían parte de España. No será Puigdemont, ni el Govern quienes los empujen fuera, sino la intransigencia en forma de porrazos propia de los políticos ultras y el silencio complice de gran parte de España.

P.D. Soy plenamente consciente de la fragilidad “real” de gran parte de los paralelismos usados en este artículo, pero permitan a este humilde escritor jugar con la lógica deportiva como desesperado intento para lograr penetrar en la dinámica intelectual de un Mariano Rajoy a todas luces nativo en el lenguaje deportivo de las narraciones de Champions, pero por desgracia amarcinado en su respuesta ante las crisis políticas. Dudo sinceramente que este pequeño juego vaya a empeorar nada y en el mejor de los casos, podría evitar que nuestro presidente del gobierno termine por arrastrarnos sin remedio al surgir del sentimiento independentista en la Provincia de Soria.
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El viento que agita Catalunya

Cuando el 2 de junio de 2014, Juan Carlos I manifestó su disposición a renunciar a la corona para entregársela a su hijo Felipe, el por entonces jefe de Estado era plenamente consciente de que su tiempo había acabado, muy probablemente también podía presentir en ello el fin de toda una época.

Tras un largo letargo la abdicación del monarca directamente legitimado por la dictadura, suponía una firme señal de que los españoles tímidamente comenzaban a perder el miedo a una transición llevada a cabo bajo la firme amenaza de los ruidos de sable del ejercito y el miedo palpable de una ciudadanía, que era plenamente consciente de que la muerte del dictador en su cama para nada significaba que se hubiese eliminado de un plumazo la amenaza de todo un tejido de poder, que en esencia permanecía inalterable.

La detención de altos cargos de la Generalitat, los operativos para intervenir material censal, la suspensión de actos a favor del derecho a decidir y el acoso sistemático a ciertos medios de comunicación con el objetivo de dificultar el ejercicio de la libertad informativa sobre el referéndum, nos recuerda una vez más las graves carencias de un sistema heredado de una dictadura fascista. Una herencia envenenada en forma de juramente al propio dictador y a todas sus leyes, concretamente el sucesor de la monarquía surgida del 18 de julio, Juan Carlos I, juro ‘lealtad a su excelencia el Jefe del Estado y fidelidad a los Principios del Movimiento Nacional y demás leyes fundamentales del Reino’.

El “surgimiento” de la institución monárquica permitía cerrar las puertas al la legitimidad republicana, al mismo tiempo que la implementación de una particular concepción de la libertad de expresión y de prensa, apoyada por un eficiente órgano policial y judicial, lograba soterrar las voces más discordantes con el modelo económico y social del estado. A su vez, la implementación del modelo autonómico como base territorial, pretendía postergar, sino soterrar para siempre, los sentimientos nacionales que directamente cuestionaban la firme unidad de España. El sistema resultante de la transición española dejaba todo atado y bien atado, para la élite franquista tras la muerte en cama del dictador.

Un decorado democrático que ha tardado nada menos que treinta y ocho años en desplomarse. Al igual que no fue Botsuana, ni sus escarceos amorosos, ni tan siquiera la corrupción la que acabo con el reinado del ciudadano Juan Carlos, el pulso entre Catalunya y España por el referéndum  del 1 de octubre no será lo que derrumbe la monarquía constitucional española, aunque con toda probabilidad contribuya de manera definitiva a ello. El auge independentista en Catalunya supone la captura a gran formato de un proceso con numerosos precedentes políticos que hoy tras las continuas provocaciones del Partido Popular, ejercidas de forma partidistas y con escasa responsabilidad de estado, finalmente encara con una amplia mayoría social un proceso de ruptura con la rigidez constitucional del estado.

El Procés Constituent de Catalunya supone sin duda el síntoma más evidente de un estado inflexible y autoritario con la diversidad de sus territorios y sus ciudadanos. Ayer dijeron no al referéndum por la República, se negaron a modificar una ley de partidos claramente desproporcionada e impidieron cualquier posibilidad de un modelo económico alternativo al liberal cuando sin consulta popular alguna modificaron el artículo 135 de nuestra Constitución, pero hoy sin sonrojarse, piden diálogo y respeto a esa misma Carta Magna en cuyo nombre el Partido Popular interviene las cuentas catalanas y suspende de facto la autonomía en Catalunya.

El discurso del Estado Español es el de que solo el control del uso la fuerza otorga finalmente legitimidad a una nación, un discurso apoyado en la imagen de las unidades antidisturbios embarcando en puertos españoles rumbo a Catalunya con la firme intención de reprimir a un pueblo que únicamente reclama su derecho a votar. Los mismos que defendieron el golpe de estado contra la legitimidad republicana, se empeñan hoy en defender a capa y espada el inmovilismo de una constitución que simplemente necesita de una reforma para garantizar el derecho a decidir de un pueblo. Un derecho  que a todas luces parece ser lo que realmente preocupa a quienes nos gobiernan.

A día de hoy la retirada de la convocatoria del referéndum del 1 de octubre, no supondría cambio alguno en un proceso que inteligentemente el Govern ha sabido delegar justo a tiempo en las calles y plazas de Catalunya. No se pueden respetar los procedimientos estipulados ante a un Estado que decide hacer uso de la Guardia Civil, en lugar de convocar a un comité  de juristas y sociólogos para solucionar una profunda crisis estructural.

Hoy es tiempo de alternativa, tiempo de cambio y también es tiempo de ruptura. Tan solo la presión popular y la convocatoria inmediata de nuevas elecciones a nivel estatal, pueden permitir encarar un proceso de reforma (sino reconstrucción) constitucional que entre otros muchos cambios, permita una consulta popular pactada en Catalunya capaz de poner fin a un choque de trenes que ni una derecha autoritaria, ni una izquierda temerosa parecen capaces de evitar.

“Las ideas no necesitan ni de las armas, en la medida en que sean capaces de conquistar a las grandes masas”. 

Fidel Castro

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Catalunya no se hizo en un día

“Los catalanes, los gallegos y los vascos serían anti-españoles si quisieran imponer su modo de hablar a la gente de Castilla; pero son patriotas cuando aman su lengua y no se avienen a cambiarla por otra. Nosotros comprendemos que a un gallego, a un vasco o a un catalán que no quiera ser español se le llame separatista; pero yo pregunto cómo debe llamársele a un gallego que no quiera ser gallego, a un vasco que no quiera ser vasco, a un catalán que no quiera ser catalán. Estoy seguro de que en Castilla, a estos compatriotas les llaman “buenos españoles”, “modelo de patriotas”, cuando en realidad son traidores a sí mismos y a la tierra que les dio el ser. ¡Estos sí que son separatistas!”.

Alfonso Daniel Rodríguez Castelao

“Por su condición de nación tienen el derecho de autodeterminación” .

Margaret Thatcher

(Notas: sobre asunto de Escocia en sus memorias.)


Dicen que los gallegos no tenemos demasiado claro si subimos o si bajamos. Personalmente nunca he creído demasiado en esas metáforas que describen la supuesta indecisión de los gallegos, aunque he de admitir que en los últimos años, sí he comenzado a dudar seriamente acerca de sí el presidente del Gobierno, el por todos conocido como gallego Mariano Rajoy, tiene en realidad demasiado claro si apoya al independentismo o no. Por poco que uno piense en ello, descubrirá que razones  para albergar dudas no me faltan.

Pese a que muchos miembros del Partido Popular hoy parezcan no recordarlo, o más bien hagan lo posible por no hacerlo, no ha transcurrido demasiado tiempo desde aquel pacto del Majestic en el que un “joven e inexperto” José María Aznar, cayó engañado por las oscuras garras del nacionalismo catalán para poder gobernar una nación grande y libre como España. En realidad, el por entonces líder de los conservadores españoles, tuvo que llegar a un acuerdo con PNV y CiU para lograr sumar a sus 156 diputados un apoyo que le garantizase el gobierno. Por aquel entonces, la lista de concesiones del Partido Popular al conservadurismo nacionalista liderado por Jordi Pujol fue cuanto menos extensa. Transferencia de las competencias de tráfico a los Mossos d’Esquadra, transferencias en justicia, educación, agricultura, cultura, farmacias, sanidad, empleo, puertos, medio ambiente, mediación de seguros, política lingüística y vivienda, además de la eliminación de la figura del gobernador civil y la puesta en marcha de una serie de inversiones en Cataluña que durante años garantizaron la buena sintonía política entre la Generalitat y Moncloa.

La etapa de Aznar al frente del gobierno español fue una de las más propicias para que el nacionalismo catalán pudiese avanzar en sus objetivos, llegando incluso desde Moncloa a renunciar al liderazgo de  Aleix Vidal-Quadras al frente del PP de Cataluña para de ese modo mejorar la comunicación con CiU. José María Aznar y Jordi Pujol unieron sus caminos políticos por la necesidad apremiante de escaños en Madrid y el fino olfato para las oportunidades económicas presente en la familia Pujol, una unión sin apenas discrepancias que ni tan siquiera la aprobación de la Ley autonómica de Política Lingüística de 1998, la cual Aznar evitó recurrir ante el Tribunal Constitucional, pudo llegar a romper. Eran tiempos buenos para ser nacionalista en España, tiempos en los que según declaraciones de Aznar a TV3, incluso el presidente del gobierno español hablaba catalán en la intimidad.

Sin embargo con el paso de las legislaturas, la etapa de vino y rosas entre Barcelona y Madrid sería recordada en el Partido Popular como aquel breve período en el que se necesitó a Convergencia para poder gobernar en España, nunca más se hablaría de los ofrecimientos que Aznar llegó a realizar a CiU para entrar en su Gobierno. Finalmente, la utilidad política en la Generalitat de imponer el recuerdo de una supuesta intransigencia de Aznar con Cataluña, terminaría distorsionando la memoria de una etapa en la que quizás Cataluña comenzase a construirse como país. Pasado tiempo, Aznar llegaría incluso a proponer suspender la autonomía en Cataluña, pero hablar de eso ahora sería adelantar acontecimientos.

Antes de que estallase la tensión, le tocó el turno al gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, un presidente que en 2004 llegaría al gobierno entre el apoyo directo o la abstención de todo el nacionalismo presente en el arco parlamentario. La etapa de Zapatero supuso a su vez el fin de ETA y el inicio de la larga travesía del Estatut de Catalunya, dos acontecimientos políticos que parecían marcan el fin del imperio de las armas y el comienzo de una nueva lógica a la hora de poner sobre la mesa las diferentes visiones que existían en la sociedad acerca del modelo territorial y la propia concepción del Estado.  Con la presencia de un presidente del gobierno en España que reconocía que el concepto de nación «es discutido y discutible», PSOE, CiU, IU, PNV, BNG y CC, dieron respaldo parlamentario a un referéndum legal y acordado, destinado a ratificar un Estatut que pese a ser finalmente refrendado por el 74% de los votos  (la nota negativa fue la alta abstención)  se encontró  con un recurso en el Constitucional y 4 millones de firmas en su contra presentadas en el Congreso por el Partido Popular. Lo ocurrido después es de sobra conocido por todos, tras cuatro años de tensa espera, el fallo del Tribunal Constitucional enmendaba el voto popular y la ruptura entre gran parte del catalanismo y el Estado español se volvería irreversible. Hoy cabe recordar que durante la campaña del referéndum, tan solo una Esquerra Republicana de Catalunya más pendiente de la independencia de su país que de las competencias autonómicas, y un Partido Popular encerrado y obcecado en la sacralidad de la Constitución, se negaron rotundamente  a aprobar el Estatut.

Y de aquellos fangos, estos lodos. Llegó Mariano Rajoy a la Moncloa al frente de un Partido Popular acorralado por los diversos frentes de la corrupción política, al mismo tiempo que   se tenía que enfrentar al gobierno de Artur Mas en una Cataluña en la que ya se comenzaban a suceder las primeras consultas populares sobre la independencia. Una Catalunya del 3%  inmersa en plena vorágine soberanista, en la que las negativas del estado español a negociar un nuevo sistema fiscal propiciaron el surgimiento de un sentimiento de desconexión real. Las declaraciones del jefe del Ejecutivo catalán emplazando a “un debate serio” sobre la situación de Catalunya pronto tornaron en claros mensajes amenazantes, cuando no claramente rupturistas. En apenas cinco años, Mariano Rajoy logró transformar la postura de debilidad con la que el nacionalismo catalán acudía a negociar a Moncloa tras los últimos varapalos judiciales, en un peligroso sentimiento de incompatibilidad con las estructuras del estado español.

Tras un periplo kafkiano, hoy nos encontramos con la realidad de un Estado en el que se prohiben actos por el  derecho a decidir, mientras con total impunidad se ceden espacios para la exaltación del franquismo. Un estado que se ha mostrado capaz de recurrir a las más profundas cloacas de su Interior, cuando no directamente a la amenaza armada, ante un pueblo que quiere ser considerado una nación. Un estado anacrónico, obsoleto, aislado de su propio tejido social y fuertemente parapetado frente a cualquier cambio tras una constitución inamovible, excepto cuando es el verdadero poder el que pide el cambio. Entonces todo se simplifica enormemente, como sí encadenar nuestro futuro económico al modelo neoliberal europeo fuese menos importante que la nacionalidad con la que uno lo hace.

Desconozco de que lado se decantará finalmente la batalla legitimidades legales y políticas que el Gobierno español y la Generalitat han emprendido, desconozco cual es la hoja de ruta del nacionalismo conservador catalán tras el 1 de Octubre, pero tengo claro el firme convencimiento de que es tan solo con la desobediencia civil y la movilización social que un pueblo oprimido política y económicamente puede alcanzar su libertad. Una autodeterminación real, que uno puede lograr como español o como catalán, esperemos que finalmente ese sea el verdadero mensaje.

P.D. Sigo sin tener demasiado claro que Mariano Rajoy no sea un independentista infiltrado.

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La independencia amordazada

“El nacionalista no sólo no desaprueba las atrocidades cometidas por su propio lado, sino que tiene una extraordinaria capacidad para ni siquiera oír hablar de ellas.”

George Orwell

Hace tiempo que entre Cataluña y España, se juega a un juego demasiado peligroso. Un juego de tensiones, de orgullo, un juego de peones y reyes, de condados y reinos. Una partida tensa y eterna; a la par que fútil, para quienes tarde o temprano, deberán pagar sus consecuencias. La de la política como entretenimiento, como un espeso telón destinado a cubrir nuestros ojos y nuestros bolsillos, ante el continuo saqueo de unas élites económicas, capaces de parapetarse por igual, tras la estelada o la rajoigualda, según sus intereses vayan en ello. La Diada del año 2012, suponía el cenit de un proceso histórico, para infinidad de catalanes que veían en su tierra, el nacer de una joven nación. A la vez que fue recibido como una fuerte conmoción, para un viejo reino de trato alejado e inquisitorial con sus territorios. Una corona y un sistema enfermo, que pretende a costa de todo, conservar el control del territorio. El recurso del PP contra el Estatut, sumado a la conjunción de crisis económica y social, propició un caldo de cultivo ideal, para una idea, la de la huída hacia delante, que poco antes suponía poco menos que una quimera para los catalanes. El proceso de ruptura de Cataluña hoy, se trata mucho más, de las crónicas del abandono de un hogar desestructurado, que de las de una feliz y planeada independencia.

Elecciones anticipadas, declaraciones de soberanía, consultas, organismos consultivos e incluso la reedición del pacto Ribbentrop-Mólotov, entre Mas y Junqueras de por medio. Han dado lugar a una sociedad polarizada, adormecida y unida únicamente, en el hartazgo con un proceso estancado en trincheras culturales y políticas de escasa profundidad. En nada se diferencian las tácticas o argumentos de la oligarquía de uno y otro bando. En nada se diferencian, pues su proyecto es el mismo, con un final diferente según el color del bolsillo. No se trata desde Cataluña de reivindicar el camino de una Generalitat de Cataluña, aguerrida con su pueblo ante las dificultades. No se trata tampoco de levantar una vez más los gritos de la anarquía en sus callejones o en sus pueblos, ni del ejemplo de la resistencia y la lucha contra la represión del fascismo y el orgullo de la cultura cuando una lo siente como propia, aunque se la quieran hacer ver extraña. Tampoco se pretende desde España evitar el desastre para Cataluña o los catalanes, no se actúa por responsabilidad institucional o deber de estado. Sino que se hace casi como por inercia, sin reflexión, ni alternativa. Se decide y se impone. Se trata de un juego de previsiones y de cifras, de números y nombres. Se trata de ladrones acusando de ladrones a otros ladrones. Un sin sentido, un trabalenguas de complicada digestión  y escasa recompensa para quién lo encara, pero de vital importancia para quién se empeña en pronunciarlo.

La Cataluña de la burguesía catalana, es la Cataluña de los recortes, la del pago de la deuda. Una sociedad de vida austera, con solemne pomposidad en sus altas esferas. La Cataluña del Porsche y la del ciudadano medio. Un país liberado de su metrópoli, pero no de sus cadenas, en forma de bancos y privatizacionesUna nación maniatada desde su nacimiento, un triste final, para un vacilante principio.

Conozco bien, la impotencia de quién sintiéndose parte de una nación diferente a la española, tiene que compartir su reino. Conozco los desprecios a la lengua, la cultura o la historia de sus ancestros. El pesado yugo de la historia de un país, todavía demasiado atemorizado ante la perdida de su imperio, como para replantear su propia territorialidad. Un complejo de anochecer prematuro, en donde nunca se creyó se pondría el sol.  El desafío independentista a Madrid, supone un nuevo reto, para una democracia joven e inestable. Un sistema con unos partidos más acostumbrados a evocar las pasiones y el sentimiento que la razón o el pacto social. Una política muy diferente a la economía, en donde el estado neoliberal, parece ser el único claro vencedor de uno u otro proyecto. No dudan ni por un instante en Madrid o Barcelona de la clara posibilidad de alcanzar pactos , cuando la verdadera estabilidad vaya en ello.  

Al igual que anteriormente lo supuso el terrorismo de ETA, la amenaza secesionista desde Cataluña, supone una baza política más en un estado con un evidente doble juego. Conocen desde el PP las claras ventajas en términos de rédito electoral que en el conjunto del estado, supone una Cataluña amenazante, enrocada. Una tensión que desde al derecha española vaticinan como molesta, pero ficticia. Un farol a todas luces, demasiado evidente en el seno de la Europa actual. Precisamente en esa inmediatez puede residir la falta de miras del estado español. Suceda lo que suceda el proceso secesionista, el independentismo parece ganar. De llevarse a cabo con éxito, dará como resultado o bien una Cataluña independiente o la palpable sensación de una sociedad, retenida contra su voluntad, en el marco de un estado de probada intransigencia. 

Mientras el día a día de este juego se desarrolla entre acusaciones de quién adoctrina a quién. Madrid y Cataluña, siguen suponiendo dos caras de una misma moneda. Dos estados, naciones o regiones, llámenle cada uno como quieran, como sientan. Dos pueblos, atados a un sistema devorador de culturas, de lenguas, de tradiciones y pasados. Un culto al engaño y a las acciones políticas de falsa bandera, que aprovechan nuestras más profundas pasiones, para incidir en lo que nos diferencia y nos enfrenta, frente a la verdadera unión de necesidad. La independencia de quien ha vendido al mejor postor sus derechos o su tierra, supone a todas cuentas, una independencia amordazada.

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Autor: @SeijoDani

Recuerda que como parte de la ley de memoria histórica y en recuerdo de la activista medioambiental Berta Cáceres,te agradeceríamos que dedicases un segundo a firmar esta petición para cambiar al recuerdo del fascismo de las calles de A Coruña,por el nombre de la activista medioambiental. 

https://www.change.org/p/xulio-ferreiro-calle-berta-c%C3%A1ceres-en-a-coru%C3%B1a

Un marco para España

La causa mayor de revoluciones, es que mientras las naciones avanzan al trote, las constituciones van a pie.

Thomas Macaulay

38 Años de una constitución tan necesaria en su momento, como obsoleta resulta hoy para una España, que treinta y ocho años después, mira a ese antiguo tratado, como un flotador al que tan solo se aferran quienes por ansias de poder o por miedo al futuro, se niegan a aceptar el cambio. En 1978 Pinochet preguntaba por democracia en dictadura, el Frente Sandinista se levantaba contra la dictadura de Somoza, ETA asesinaba a 64 personas, nacía Didier Drogba y el Liverpool se hacía con la Copa de Europa, al derrotar en una complicada final, al Brujas por un gol a cero. Un mundo y una España diferentes, los que sobreviven a un texto, que si bien se ideo como un medio capaz de regir nuestros destinos, por un período de tiempo prolongado, mediante el subterfugio de las continuas reformas constitucionales. Hoy se denota insuficiente, ante una realidad, la de nuestro país, que ha superado con creces los miedos y tabúes con los que nacía nuestra remota Carta Magna.

Aspectos como la cuestión territorial o la corona, demuestran a las claras que los tiempos han cambiado en España. Ya no se habla de la República, exclusivamente con un tono de añoranza o venganza, sino que para un país aparentemente democrático, la casa real, resulta ya escandalosamente anacrónica, por su sentido y por sus formas, incluso para muchos de sus hasta ahora más firmes defensores. Una institución poco dada al cambio, en donde atuendos y formalidades más mundanas, pretenden dotar de un aire nuevo a un clan familiar, en el que en virtud del artículo 57.1 de nuestra constitución, la prevalencia del varón sobre la mujer en la sucesión al trono, sigue suponiendo un insulto a la igualdad de género, dentro del mayor insulto que para el conjunto de la ciudadanía, supone el acceso a la jefatura del estado por mera herencia familiar.

Tampoco en lo relativo a la cuestión territorial, supone una mayor ayuda nuestra Carta Constitucional. Desde la amenaza directa de rupturismo de  Catalunya, hasta el sentimiento nacional, en la actualidad políticamente más moderado de Euskadi, Galicia o Andalucía. La realidad del equilibrio centralista, parece haber tocado a su fin en nuestro país. Urge para ello, alcanzar la capacidad de dibujar una hoja de ruta que permita crear las condiciones para una representación federalista en España. Urge por tanto, rescatar al Senado del ostracismo, para una vez liberado de su condición de cementerio de elefantes, dotarlo de la capacidad de convertirse en una verdadera cámara de representación territorial, que logre persinificar las diferentes identidades nacionales de nuestro país e imponga los límites entre las esas identidades nacionales y la identidad particular que supone el conjunto del estado Español. No podrán posponerse eternamente la consultas soberanistas en España y cada negativa a un plebiscito como búsqueda de alternativas, supone un paso de cara a una ruptura unilateral de las diferentes identidades nacionales del estado.

Una Constitución con claras lagunas en su conexión con la realidad social, y en donde la una ley electoral más representativa o la protección de los derechos sociales como derechos fundamentales de todas y todos los españoles, se presentan como necesidades inherentes a la democracia de nuestro país, que deben ocupar un espacio central en un acuerdo que fruto del inmovilismo político, sigue bloqueando un cambio necesario desde el parlamento y a su vez, exige un mínimo de 500.000 firmas para dotar de voz política directa a los ciudadanos.

Comienza la Carta Magna española a evidenciar sus muchas carencias. Carencias propias de un documento que representa la voz de un pacto de otro tiempo, de otra realidad. No debe existir por tanto, miendo a la reforma constitucional en una sociedad democrática, al igual que no debe suponer nunca; una constitución, un marco inmovilista para una sociedad con necesidades cambiantes, como lo es la sociedad española.

El punto de ruptura entre la nueva y la vieja política, el desafío territorial y de concepción del estado, la nueva estructura europea, las relidades migratorias o la clara necesidad de un nuevo pacto generacional. Son solo algunas de las cuestiones que acucían a nuestro país a reformular la ley fundamental que debe regir los derechos y deberes de todos los españoles. Es hora de que sea nuestra propia voz, la que de forma y no tan solo validez a la configuración de una nueva Constitución.

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Autor: @SeijoDani

Recuerda que como parte de la ley de memoria histórica y en recuerdo de la activista medioambiental Berta Cáceres,te agradeceríamos que dedicases un segundo a firmar esta petición para cambiar al recuerdo del fascismo de las calles de A Coruña,por el nombre de la activista medioambiental. 

https://www.change.org/p/xulio-ferreiro-calle-berta-c%C3%A1ceres-en-a-coru%C3%B1a

España: Democracia en funciones

Comienza la recta final para iniciar la legislatura y lo hace de forma bronca. En un parlamento poco acostumbrado a la representación de la pluralidad ideológica, la fragmentación y lucha de poderes palpable no solo entre bancadas, sino también en el seno de algunos partidos, parece garantizar una legislatura de constantes bravuconadas de cara a la opinión pública en el hemiciclo, mientras los acuerdos y traiciones; que serán sin duda necesarias a lo largo de la legislatura, se producen de puertas para adentro.

Apostó el presidente en funciones, por mantener su línea de no intervención en el eterno tablero de pactos en el que se ha convertido la política española y el tiempo le dio la razón. En un contexto de necesidades económicas apremiantes para lograr responder ante Europa y un acoso judicial cada vez más palpable en Génova, otros quizás, hubieran perdido la calma ante la perspectiva de unos nuevos comicios para su partido, pero no Mariano Rajoy. El presidente en funciones supo leer a una izquierda dividida, una derecha inofensiva y una sociedad, que si bien condena la corrupción, parece no estar dispuesta a pasar factura a los corruptos.

Simplemente sentándose durante su mandato en funciones, no tardó demasiado el Partido Popular en ver pasar los cadáveres de sus enemigos, suplicando una solución ante sus puertas. El primero de ellos, el de un Albert Rivera que comenzó a sentir el peso del fantasma de la intrascendencia desde el mismo recuento de las últimas elecciones. El líder de la formación naranja, no tardó en ofrecerse como el perfecto aliado de un Mariano Rajoy que en todo momento confió en la todavía manifiesta irrelevancia de una alternativa a la derecha que si bien no representaba la inocencia de Vox o UPyD, se le acerca bastante. Confiaron en el PP, en poder capear el temporal del trasvase de votos, debido a los escándalos de corrupción a la formación de Albert Rivera  y todo parece indicar que la jugada funciono.

El pacto con Pedro Sánchez, no surgió el efecto en el PP que se esperaba desde la formación naranja y lejos de ello, Ciudadanos quedo retratado como un partido sin rumbo fijo, una formación bisagra, incapaz de forjar una alternativa al bipartidismo y con el único sentido de servir como castigo a un PP que de cara a la ciudadanía, parece ya haber saldado sus deudas. Con un ostracismo todavía no asumido, la formación de Albert Rivera, deberá conformarse intentado sacar el mayor provecho electoral posible a la renovación de nombres, que no de políticas, que el Partido Popular estará dispuesto a mostrar como única concesión a un aliado todavía necesario pese a todo.

No por más esperado, fue menos relevante para las aspiraciones del Partido Popular, la visión de un Partido Socialista roto en dos ante la puertas de Génova. El golpe de estado dado a la ejecutiva de Pedro Sánchez, ante la tentativa de éste por profundizar en un gobierno del cambio con Podemos y los nacionalistas, ha dejado en manos de la vieja guardia más reaccionaria a un partido que desde su última ejecutiva se parece más al camarote de los hermanos Marx que a una verdadera alternativa de gobierno.

El voto favorable a la abstención y sin condiciones de cara a la formación de gobierno por parte de Mariano Rajoy, deja al Partido Socialista totalmente inmerso en la dinámica del Partido Popular. Se convertirá la estabilidad de España y el freno al independentismo, en una muletilla argumentativa perfecta para los populares de cara a la aprobación de las principales leyes de la legislatura. Si el PSOE ha podido traicionar una vez a su historia y a sus bases por el “bien de España” nada parece indicar desde Ferraz que no pueda volver a hacerlo si la inmediatez de las urnas amenaza de nuevo al partido en pleno proceso de desintegración. Será curioso observar, como Antonio Hernando defiende ante la cámara lo indefendible, a la espera de un nuevo líder para el partido que esta vez tendrá que pensarse muy bien donde deposita su confianza.  Tan solo le queda al PSOE afrontar la necesidad de un cambio o bien desaparecen como mártir de la estabilidad de un régimen del 78 que sea como sea, parece hacer aguas definitivamente.

Con semejante panorama en la política española, sirvió el inmovilismo en el Partido Popular para llegar a la presidencia, con gran parte de la oposición desacreditada y subyugada, el único foco de resistencia inmediata, lo encuentra el presidente del gobierno en un Podemos demasiado acostumbrados a los principios ideológicos y a regirse por las reglas del juego en sede parlamentaria. Recibía el primer golpe, la formación de Pablo Iglesias, nada más llegar al congreso con un pacto entre “enemigos” en el que Partido Popular, PNV y la antigua Convergencia, decidían excluir de cualquier papel institucional importante a la alternativa a la política de recortes y privatización que supondría Unidos Podemos. Ignoraba la formación morada, la premisa más básica de la política: El enemigo de mi enemigo, siempre es mi amigo. Lejos de suponer una excepción, los apoyos puntuales que el PP recibió de los nacionalistas para la formación de la Mesa del Congreso, son un claro indicador de la más que posible deriva de la legislatura. Una vez iniciada la legislatura y ya alejados de los focos y la repercusión que una sesión de investidura supone para estos partidos, PNV y Convergencia, no dudarán en apoyar las iniciativas Populares, siempre y cuando están no comprometan demasiado postulados ideológicos ahora muy necesarios de cara al órdago nacionalista y que sin embargo sean efectivas de cara a poner freno a la alternativa al descontento en Euskadi y Catalunya que comienza a dibujar Unidos Podemos.

Da inicio una legislatura ya para muchos a esta hora demasiado larga. Intensa, trilera y castiza como pocas, una legislatura en la que pese a la resistencia de algunos, deberá hablarse de política en el parlamento, como una vez más, en las calles. 

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Autor: @SeijoDani

 

Recuerda que como parte de la ley de memoria histórica y en recuerdo de la activista medioambiental Berta Cáceres,te agradeceríamos que dedicases un segundo a firmar esta petición para cambiar al recuerdo del fascismo de las calles de A Coruña,por el nombre de la activista medioambiental. 

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Los dilemas de Pedro

Estalló finalmente la guerra en el PSOE como estallan todas las guerras que se mantienen más o menos frías durante largo tiempo, de manera sorpresiva y cruel. Con un movimiento inesperado y 17 dimisiones en la ejecutiva socialista, para configurar, al fin de forma visible, la plana mayor de un sector crítico en el propio partido que excusandose en la deriva política del propio Pedro Sánchez y los recientes resultados electorales en Galicia y Euskadi, buscan finalmente formalizar un impeachment al hasta todavía hoy líder socialista, para siempre supuestamente, lograr desatascar no solo el bloqueo del propio partido, sino a su vez la situación política en España.

Basandose en un discurso que incomprensiblemente asume como propio el mea culpa ante la clara imposibilidad de formar gobierno por parte de Mariano Rajoy y pasadas las cinco y media de la tarde de ayer, Antonio Pradas presentaba en Ferraz su dimisión y la de otros dieciséis miembros de la dirección socialista. Dimisiones que según su propia versión, se deberían sumar a las ya realizadas con anterioridad por Gómez Besteiro y Javier Abreu, además de sumar también en esa particular cuenta la de Pedro Zerolo. Se le olvida al hasta hoy secretario de Política Federal del PSOE que el fallecimiento del socialista madrileño, poco o nada tuvo que ver con discrepancias con el presidente de su partido. Un detalle que muestra el nivel descarnado de la disputa por el poder en Ferraz.

Apelan los críticos dentro del PSOE, desconozco si con razón o sin ella, todo depende de las interpretaciones, a los estatutos del partido para tumbar a Sánchez. Estatutos que por otra parte, se da por supuesto pretenden hacer del partido una organización democrática, la cual curiosamente, dejaría en gran medida de serlo si finalmente fuese posible que un secretario general elegido por las bases, pudiese ser destituido por un grupo de barones que parecen olvidar que al igual que cualquier otro cargo de su partido, se deben principalmente a los votantes que conforman sus bases, esas mismas bases a las que ahora parecen querer evitar en una táctica que de tener éxito asestaría un golpe mortal no solo al primer candidato elegido directamente en primarias, sino a su vez a la propia legitimidad de las mismas.

Se  busca tumbar a Sánchez en los medios, en los pasillos y en las ruedas de prensa, cuando únicamente son los militantes socialistas los que debieran encargarse de hacerlo si llegase el caso. Y se hace desde la vía de los despachos, precisamente porque no se confía en poseer el apoyo suficiente en caso de seguir el cauce que cualquier partido acorde a los tiempos seguiría ante una disputa de tal magnitud, remitirse de inmediato a la militancia.

La política española, ve como en un paso más de su degeneración, el que hasta ahora había sido un partido de gobierno, se enfrasca a marchas forzadas en la pura lógica del populismo mal entendido, ese en el que se confunde la lógica política con el espectáculo deportivo, para aplicar a esta las mimas soluciones. Los críticos con Pedro Sánchez no traen otra propuesta a la militancia distinta a la del cambio de entrenador, como si resultase posible que esa inercia en si mismo fuese de nuevo a llenar el estadio.

Puede que Pedro Sánchez no sea un buen líder para el PSOE y con total seguridad no se trata de un defensor de las políticas sociales ni progresistas, sino que se encuentra muy alejado de las mismas. Tampoco debemos confundir en esta lucha interna en el seno del PSOE, con un conflicto entre los que defienden el NO a Rajoy o una abstención que facilite su gobierno.

El problema del PSOE estaba ahí antes de Sánchez y estará ahí si es que este se va. Es el problema de un partido sin una identidad propia,  que continua sintiéndose en el sector de la izquierda, pero que es capaz de pactar con el Partido Popular la modificación del artículo 135 de la constitución española de espaldas a la ciudadanía. Un partido cuyo discurso territorial lo ha llevado a perder la mayoría de sus apoyos en Euskadi o Catalunya, pero que sigue negándose a cualquier replanteamiento territorial en España. Un partido sin alternativas, roto y desde anoche mismo, un partido en manos de intereses nada claros.

Llego Sánchez a Ferraz arropado por muchos de los que ayer presentaban su dimisión. Entre esos apoyos, los de una Susana Díaz que veía en el líder madrileño un muñeco de paja del que poder deshacerse una vez superada la candidatura de quién consideraba su verdadero rival, Eduardo Madina. Han pasado escasamente dos meses desde que los que hoy claman ante la tiranía de la era Sánchez daban su apoyo a este mismo proyecto, un proyecto al que Felipe González se ha encargado de dar la puntilla con sus recientes declaraciones a los medios de comunicación, en las que el que se supone ya ex líder socialista, no ha dudado en volver a enfundarse su chaqueta de pana tras sus asesorías a personajes tan cercanos a la izquierda como Carlos Slim, Henrique Capriles o Farshad Zandi, para sin rubor alguno y amparado en sus estrechas relaciones con un Ibex que busca la gobernabilidad de la izquierda y un diario El País que se ha convertido cuanto menos en un baron más dentro de la ejecutiva socialista, eregirse en el principal impulsor de la oposición a Sánchez. Un Felipe González que si vendió hace ya tiempo sus principios, nada hacía pensar en realidad que le fuese a resultar especialmente complicado llegar a hacer lo mismo con los de su partido.

Nos encontramos por tanto en una situación sin buenos y malos, sino para desgracia de la militancia socialista, en un callejón sin salida en donde lo único que parece claro, es la incapacidad a corto plazo de construir alternativas de aquellos que de un modo u otro, en su carrera al poder, continúan derribando estructuras en esta larga perestroika en el seno PSOE.

Al igual que la Guerra Civil española supuso un claro antecedente ideológico a la II Guerra Mundial, el actual conflicto fratricida en el Partido Socialista español, parece resultar un adelanto de la inevitable crisis del modelo socialdemócrata en Europa. Lo que hoy se decide en Ferraz es el futuro de una de las principales alternativas a la ofensiva de la derecha en España, y siendo sensatos, todo parece indicar que sea cual sea el vencedor de esta batalla, seguirá resultando necesaria una verdadera alternativa desde las bases del partido.

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Autor: @SeijoDani

 

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No es país para pactos

Ante semejante panorama, y tras las primeras elecciones del fin del bipartidismo, los partidos parecen decididos a dar de nuevo la voz al pueblo. Ya que eso que les hemos dictado la última ocasión que nos dieron tal privilegio, parece en definitiva no haberles gustado demasiado. Lo nuevo y lo viejo, la izquierda y la derecha, han vuelto a demostrar que eso de llegar a acuerdos no es muy español y que si siempre se ha dicho que hay dos españas por algo será, aunque ahora nos quieran contar que ya no son dos, que son cuatro, cinco o las que les ayuden a crear los medios. Pero por mucho que se sumen actores, el dialogo sigue siendo el mismo.

La izquierda española sigue dividida entre esos que quieren hacer la revolución a su suerte, sin contar con nadie, ni respetar a los actores que en ocasiones, más de las que parece, comparten trincheras con ellos, y esos otros que son de izquierda pero un poquito nada más. Esos que perdieron Catalunya por no saber o no querer comprender que el discurso de la identidad nacional de un pueblo, nada tiene que ver con romper España, y esos mismos que gobiernan Andalucía como su más preciado botín, entregándosela desde tiempos inmemoriales a banqueros y terratenientes a cambio de un cada vez más escaso jornal para su pueblo. La izquierda de siempre, una izquierda en gran parte tibia en su discurso, en sus formas y en sus pulsos, una izquierda que mira al Partido Popular en cada acto de campaña y que salvo por las apariciones de los viejos roqueros como Xosé Manuel Beiras o Julio Anguita, sigue sin lograr hacer emerger de sus entrañas a ese líder que aúne la seriedad y discurso de Alberto Garzón, con el carisma y el liderazgo de Pablo Iglesias. Puede pues que en definitiva la solución este en el pacto, un pacto que no gusta ni a unos ni a otros, que no termina de concretarse y que si uno atiende a lo que nos separa, parece poco menos que imposible, pero inevitablemente necesario.

Necesitamos una izquierda propia, una izquierda que ponga definitivamente sobre la mesa un nuevo modelo de producción, unido a una nueva legislación laboral que proteja a los individuos no solo como consumidores, sino además y principalmente como trabajadores. Una izquierda que sume en sus filas a los diferentes actores de la lucha del 99%, los movimientos ecologistas, animalista, feminista, así como los diferentes campos de la lucha obrera, que deben de suponer un solo frente amplio en frontal oposición a la ofensiva neoliberal que desde el 1% de los superricos se ha lanzado para despojarnos de nuestros derechos. Derechos por los que muchos dieron su vida y a los que por dignidad y por necesidad, no podemos renunciar. Necesitamos y exigimos una izquierda propia, pero también global. Una izquierda de los movimientos sociales y de sus comunidades y a la vez una izquierda capaz de aunar fuerzas para afrontar desafíos globales como la lucha contra los paraísos fiscales, el cambio climático o al militarismo en sus más diversas facetas, origen este de los miles de refugiados que todavía hoy, vergonzosamente, aislamos de nuestras fronteras con campos de concentración y concertinas.

Eso necesita la izquierda española, y lo necesita en oposición a una derecha rancia en lo nuevo y en lo viejo, una derecha que habla de regeneración en la búsqueda del pacto con un partido que ha estado inmerso en un ciclo de corrupción sistémica que empezó con Naseiro y continua con Bárcenas, un partido con altos cargos imputados, con comunidades autónomas como Madrid o Valencia que pareciesen salidas de las brillantes páginas de Mario Puzo. Un partido que no ha perdido perdón y que ha puesto trabas siempre que le ha sido posible a las investigaciones judiciales, acostumbrado a ver la paja en el ojo ajeno, mientras encubría la viga en el propio. Con ese partido, la nueva derecha busca pactar un acuerdo en el que todo cambie para que todo siga igual.  Un acuerdo que permita continuar con la precarización del trabajo y las privatizaciones que durante muchos años han transcurrido en paralelo a la corrupción política y empresarial que ha terminado por infectar totalmente al sistema en su conjunto. La nueva derecha busca pactar con una versión suya más rancia y depurada, haciéndonos creer que el problema lo supone un ministro o un diputado, pero no, se trata de un sistema corrupto que en nuestro país ha tenido sin lugar a dudas un gran aliento en el ladrillazo de Jose Maria Aznar o en las privatizaciones de las empresas públicas de uno y otro bando.

No es posible el acuerdo con quienes se lucraron de la España de las obras faraónicas que únicamente sirvieron para sacar pecho y comisiones, al igual que no es posible llegar a acuerdos con quienes figuran en las offshore, ni con quienes pretenden pactar con ellos.

 

 

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Autor: @SeijoDani

 

Recuerda que como parte de la ley de memoria histórica y en recuerdo de la activista medioambiental Berta Cáceres,te agradeceríamos que dedicases un segundo a firmar esta petición para cambiar al recuerdo del fascismo de las calles de A Coruña,por el nombre de la activista medioambiental.

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