Corbyn: El buda de los suburbios

Theresa May ha perdido la apuesta, la lideresa del partido conservador británico, no logra alcanzar la mayoría absoluta en el parlamento que le permitiría gobernar en solitario, y se verá forzada a buscar apoyos en un escenario político complejo, en donde el Partido Democrático Unionista y el Partido Liberaldemócrata, parecen sin duda, las opciones más factibles para ceder su apoyo a los conservadores en la hipotética formación de un nuevo gobierno. La intención de la Primera Ministra de lograr alcanzar un poder ejecutivo reforzado de cara a las negociaciones con la Unión Europea, los retos migratorios y los desafíos a la seguridad  tras los recientes ataques yihadistas, queda aplastada por la realidad de un parlamento (bloqueado) sin la existencia de mayorías absolutas.

Conservadores y Laboristas, encaran estos resultados electorales con sensaciones muy distintas. Mientras los conservadores pierden la mayoría absoluta en una campaña que comenzaba con sus máximos rivales en franca decadencias e inmersos en serias disputas internas por las dudas ante la idoneidad de Jeremy Corbyn como candidato, los laboristas, logran por su parte contra todo pronostico, un espectacular aumento en escaños, no tanto por su relevancia histórica para el partido, sino por lo inesperado de los resultados en el contexto de crisis global de la socialdemocracia.

Pese a los sondeos, gran parte de la prensa y un partido no demasiado dispuesto a seguir a su líder, Jeremy Corbyn, sin duda ha logrado sobreponerse a un desastre anunciado y resucitar de entre las cenizas no solo de su partido, sino de todo un movimiento político en su conjunto, para lograr una dulce derrota que dota de voz a los socialdemócratas en una legislatura en la que se puede decidir a grandes rasgos el futuro de los ciudadanos británicos para las próximas décadas. Lejos de suponer un verdadero giro a una alternativa de izquierda anticapitalista, Jeremy Corbyn representa poco más que  la vuelta a un socialismo anti establishment, una ruptura definitiva con el espíritu de la Tercera Vía, con la que Tony Blair llegó al poder tras la larga sombra de Margaret Thatcher sobre Downing Street.

A priori no debemos esperar grandes rupturas en materia internacional por parte del laborismo (El Brexit seguirá su camino) pero sí hemos de esperar un liderazgo fuerte de cara a buscar la implantación de mayores políticas sociales y una nueva realidad económica, por parte de un Jeremy Corbyn que durante sus más de 30 años como diputado, ha trabajado cara a una mayor redistribución de la riqueza gracias a un ideario centrado en tres puntos básicos: más Estado, más inversión y más impuestos. Los nuevos laboristas no parecen tener miedo a hablar de mayores impuestos o una mayor inversión, siempre teniendo en mente, que será sobre  los más favorecidos del país, sobre los que recaiga la mayor parte del esfuerzo para mejorar las prestaciones del estado.

Ha sido este punto y no otro, en donde Theresa May ha dejado escapar gran parte de la aparentemente insalvable ventaja con la que contaba sobre los laboristas, pese a las continuas promesas de una mayor regulación para las empresas y la aparente apuesta del partido por una política liberal más humana con las clases populares, la credibilidad de los tories en este sentido, hace ya tiempo paso a ser escasa. Tampoco resultó de gran ayuda la aparición en plena campaña electoral de la controvertida fórmula con la que May pretendía reformar la financiación de la asistencia de los mayores en el hogar (la tasa de la demencia) una impopular propuesta que terminó con la retirada de la misma incluso antes de los comicios, demostrando una clara inestabilidad entre los conservadores justo en la recta final de los comicios.

Su apuesta por una salida rápida y sin fisuras de Europa (“Brexit significa Brexit… no debe haber intentos de permanecer en la UE, ni intentos para volverse a integrar por la puerta de atrás ni una segunda consulta”) de cara a unas negociaciones formales que deberían arrancar apenas transcurridos ocho días de la cita con las urnas y su dilatada experiencia al frente del ministerio de Interior, parecían no hace demasiado tiempo asegurar según todas las encuestas, la victoria a Theresa May, pero en su primera cita con las urnas, los resultados no han sido los esperados.

Tras los resultados electorales, Theresa May encara un futuro realmente complicado, con menos apoyos que nunca y una agenda política que atendiendo a sus propias palabras a mitad de campaña, “en caso de perder 6 escaños ya habría perdido las elecciones”, “y Jeremy Corbyn debería sentarse a negociar con Europa” podría estar ya en manos de un renacido Jeremy Corbyn, pero también podría suceder que esas palabras se tratasen tan solo de una promesa electoral sin contenido más pese a la perdida de importantes escaños, después de todo, los resultados electorales son demasiado estrechos y el futuro de Reino Unido demasiado ambiguo, como para que cualquiera de las dos partes renunciase a su cuota de poder.

Laboristas y Conservadores se disputarán finalmente en la mesa de negociaciones el liderazgo de un país en guerra contra el yihadismo, en plena ruptura con Europa y con una importante crisis migratoria y cultural,  que pese a todo, ha dejado el eurófobo UKIP, como el gran perdedor de la noche.

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Arrivederci Europa

La sombra de la desesperación y el fanatismo, vuelve a recorrer Europa, al tiempo que unas instituciones demasiado identificadas con las estructuras económicas, pero a su vez muy alejadas de la unificación política y social, comienzan a sufrir en las urnas, los primeros embistes fruto de su manifiesta incapacidad para lograr conectar con una población que ha visto en el castigo a la propia Unión, una forma mayor de sanción al modelo liberal y a las políticas que rigen la Eurozona desde el inicio de la crisis en 2008.

Matteo Renzi, la supuesta esperanza europea y  quién llegó a ser presidente de Italia sin que para ello mediase un solo voto, se ha convertido en la última víctima política de una Europa en franca decadencia. Una Unión Europea envejecida en sus planteamientos económicos, y a su vez, demasiado inmadura políticamente como para lograr dibujar una alternativa a su propio colapso. La dimisión del Primer Ministro Italiano tras su fracaso en el referéndum para la reforma constitucional, se suma a la reciente realidad del Brexit y al auge de la extrema derecha en todo el continente, como una seria amenaza a la cohesión europea y al proyecto común en si mismo.

El resultado de la consulta y la dimisión de Matteo Renzi, dejan a Italia y a la propia Europa, sumidas en un largo ‘impasse‘ político, en donde de nuevo la tentación de evitar la consulta al pueblo, parece presentarse como la principal opción para unos dirigentes únicamente empeñados, en salvaguardar su proyecto económico por encima  de cualquier otra realidad.

Parecen ignorar en los despachos europeos, la posibilidad de que tras la ruptura de la Unión, pueda suceder la eventualidad de que el castigo a los modelos políticos tradicionales, no cese con el fin de proyecto político común europeo. El peligro seguirá acechando a cada región, en los populismos de Beppe Grillo, el fanatismo de Nikos Michaloliakos, la reminiscencias de Frauke Petry o la inminente realidad de gobierno de personajes como Norbert Hofer o Jean-Marie Le Pen.

El absurdo de entender los resultados en Reino Unido o Italia, únicamente como una anomalía puntual o como una negativa holística a una Europa unida, resulta peligroso no solo para el proyecto de la Unión Europea, sino para el futuro del continente en sí mismo. Tras el fracaso en las urnas de las diferentes opciones respaldadas por la Unión, se encuentran realidades como la crisis migratoria y su integración, la clara decadencia del capitalismo de mercado y su efecto sobre las diferentes capas sociales, el resurgir de las identidades nacionales o la acuciante necesidad de un pacto generacional en una Europa demasiada envejecida para poder permitirse el repliegue sobre sí misma.

Existen alternativas al fracaso del proyecto europeo, países como España o Grecia trazaron en su momento, salidas alejadas del fanatismo político y el euroescepticismo. Existía una alternativa europeísta y antiliberal, pero nunca quisieron escucharla. TsiprasVaroufakis o Pablo Iglesias, siempre supusieron un enemigo mayor para las élites europeas que los propios postulados de Marine Le pen o Nigel Farage.

Persecución al colectivo homosexual, islamofobia, racismo, demencia política, corrupción, guerra, belicismo, pobreza

Pruebas de la actual realidad europea y del inmovilismo de su política común, que dejan claro que esto nunca se ha tratado de una salida digna para Europa y para sus ciudadanos, sino tan solo de una nueva y brillante oportunidad de mercado.

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Autor: @SeijoDani

Recuerda que como parte de la ley de memoria histórica y en recuerdo de la activista medioambiental Berta Cáceres,te agradeceríamos que dedicases un segundo a firmar esta petición para cambiar al recuerdo del fascismo de las calles de A Coruña,por el nombre de la activista medioambiental. 

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Welcome to Trumpmerica

“Estar contra el fascismo sin estar contra el capitalismo, rebelarse contra la barbarie que nace de la barbarie, equivale a reclamar una parte del ternero y oponerse a sacrificarlo.”

Bertolt Brecht

La victoria de Donald Trump, ejemplifica perfectamente, el pulso vital de una sociedad inmersa en la tenue frontera que separa a una población indignada que da un voto vergonzoso al Brexit o al mismo Trump; como castigo a un sistema de capitalismo salvaje, de una sociedad destrozada por la desigualdad y la  desesperanza, que termina convirtiéndose en un desecho y acepta con indiferencia cualquier solución proveniente del más puro fanatismo. Venció el magnate con un discurso no muy alejado al de los partidarios del Brexit en Reino Unido o los filofascismo de Marine Le Pen y Amanecer Dorado en Europa, un discurso vacuo, totalmente plano en lo en lo programático o lo político, pero que sin embargo, ahonda en las más profundas preocupaciones de gran parte de un electorado que sigue pensando, aunque puede que no lo pronuncie, en que primero va el comer y después está la moral.

Con una retórica que a cualquier incauto le pareciese anunciar algo así como la próxima perestroika capitalista, Donald Trump atacó desde los inicios de su campaña a un sistema de libre comercio que fruto de las deslocalizaciones y la perdida de empleos que están producen, ha transformado a América en un país que ya no trabaja con sus propias manos. El republicano ha mostrado en numerosas ocasiones su rechazo por una economía basada en grandes tratados de libre comercio y en beneficios que no repercutan en el propio país. Acuerdos como el TTIP o el NAFTA, parecen curiosamente verse más seriamente amenazados por la llegada al poder del reaccionario magnate que por la presión de millones de personas en interminables campañas sistemáticamente ignoradas por sus respectivos gobiernos. Trump pretende dotar a América de 25 millones de empleos en diez años y para ello necesita una fuerte inversión pública, la cual parece dispuesto a realizar así como traer vuelta a unas empresas que según su equipo de campaña, facturan más de 2,4 billones de euros en el exterior. El supuesto secreto para lograrlo, una zanahoria  en forma de bajada de la tasa de Sociedades a un máximo del 15%, muy inferior a al 35% actual y que supondría la mayor reducción fiscal desde la época de la presidencia de Ronald Reagan. Una especie de vuelta originaria al capitalismo, que si bien no parece suponer un avance de planteamientos, al menso si pudiese dejar espacio, en el mejor de los casos, al surgimiento de diferentes alternativas en el resto del mundo.

Trump, pretende con sus planteamientos, desmontar lo que le considera una involución del espíritu americano durante la era Obama. Propuestas estrella del expresidente demócrata como el Obamacare o el tímido intento en la restricción al uso de armas,  tendrán los días contados con la llegada a la Casa Blanca del presidente republicano, muy en el aire quedan cuestiones como el aborto o el derecho al matrimonio igualitario, con las que muy al contrario de lo que parece pensar la mayoría de los europeos, Donald Trump no mantienen las tesis más duras dentro de su propio partido.

Pero si un campo ha dado que hablar para seguidores y detractores de Trump, esa ha sido la inmigración. Desde la prohibición de entrada a las personas musulmanas que podríamos englobar en esa demencial visión del republicano, en su concepción particular de la lucha contra el terrorismo, hasta la construcción de un muro que separase Estados Unidos de México, pasando por la deportación de 11 millones de indocumentados. El presidente entrante, ha hecho en todo momento de la inmigración su propio caballo de batalla particular que sin duda le ha evitado e numerosas ocasiones, la necesidad de hacer juicios de valor más profundos, sobre el conjunto de una sociedad americana que probablemente teme más al ilegal como competencia laboral que como extranjero en su país. El equipo de Trump sabe que no existe algo así como emigrantes buenos y malos por naturaleza, sino realidades sociales que no podrán de ningún modo evitarse con un simple muro. Mientras los EEUU sigan siendo uno de los mayores consumidores de drogas del planeta y la tensión social siga aumentando, se seguirán produciendo delitos relacionados con el narcotráfico, crímenes y violaciones en territorio norteamericano. Sería curioso que ante masivas deportaciones y la persistencia del problema de la violencia, muchos de los que hoy creyeron en el American Great Again!, terminarán aislados entre los muros de sus propios barrios de white trash.

Todo esto en cuanto a la política interior, de puertas para afuera, puede que en teoría se produzcan los cambios más importantes de la era Trump, pero solo en teoría. El presidente republicano ha prometido una especie de Pax romana, parece intuir Trump un cierto hartazgo en la población americana, por el precio a pagar por guerras que poco o nada importan a los ciudadanos. Confía Trump en la disuasión propia de una superpotencia para no necesitar una nueva guerra y con ello prepara al país para lo que parece ser una época de aislacionismo geopolítico. Como si el Capitán América se cansase del repetitivo protagonismo del superhéroe, parece claro que saudíes y los europeos, pero también surcoreanos y japoneses, deberán comenzar a valerse por si solos para garantizar su propia defensa. Si bien la existencia de la OTAN como tal, no parece pueda correr ningún peligro, si se puede intuir, una mayor exigencia en la contribución económica, por parte de Estado Unidos a sus aliados. Lo que en un tablero internacional a priori sin un cowboy sobre la mesa, sin duda podría resultar en un negocio rentable para todos.

Realidades como las de Siria, en donde Trump parece mucho más dispuesto a la negociación con Putin que a seguir armando a confusos líderes fanáticos y con barba; Palestina, que parece alejarse de una solución a corto plazo o China, en donde la batalla entre potencias parece destinada a darse en los despachos, pueden desatascarse en un mundo al que el premio Nobel de la paz y su candidata Hillary Clinton, habían llevado de nuevo al borde de la guerra fría.

Donald Trump es un hijo de perra fascista, un insulto a cualquier democracia, pero no más que un presidente saliente que ha deportado a 2.8 millones de personas10.ooo inmigrantes muertos en el Mediterráneo, las vallas de Melilla, la brecha salarial en Europa o los bombardeos de Siria o Libia.

Quizás el mayor peligro de Trump lo suponga el de un negacionista del cambio climático, así como la del ejemplo surgido para otras alternativas fascistas deseosas de llegar al poder. Debería el progresismo mundial aprender las lecciones surgidas de cerrar cualquier alternativa electoral anticapitalista, una táctica que ha llevado a la mayor potencia del planeta a preferir incluso la alternativa que suponía Trump en el poder, a entregar de nuevo el poder al sistema que representaba Clinton. Parece romper Trump con el llamado fin de la historia, en el mismo país que quiso imponerlo. Por delante, cuatro años de trabajo para una izquierda que debe aprovechar la oportunidad que ha dado que muchos hayan abierto los ojos ante las miserias del capitalismo tras la elección de Trump.

Resulta necesario crear una alternativa de base y especialmente una alternativa ideológica atrayente frente modelo neoliberal, si la izquierda americana y con ella la izquierda mundial demuestran no estar a la altura de las circunstancias, simplemente esperando desde una concepción bastante pobre de la democracia, que el futuro presidente no pueda cumplir sus promesas, podremos encontrarnos tras cuatro años, ante una realidad en la que la lección de Trump pueda convertirse esta vez, en el llamado mal menor.

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Autor: @SeijoDani

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Yes We Trump

“Coge la familia, mézclala con Dios y la nación, añade diez horas de trabajo diario, y tienes todo lo que necesitas.”

La Senda del Perdedor, Charles Bukowski (1982)

Contra todo pronostico y pese a las constantes amenazas vertidas desde numerosos medios, Donald John Trump se ha convertido  finalmente en el cuadragésimo quinto presidente de los Estados Unidos de América. Con 57 millones de votantes, el viejo magnate inmobiliario asesta así una dolorosa derrota no solo al corazón del partido Demócrata, sino a su vez, a todos aquellos que dentro de su propia formación, decidieron abandonar precipitadamente un caballo al que pocos vieron como posible ganador. Sorprendió Trump sin embargo, al imponerse en unas primarias con 16 candidatos sin el apoyo de su partido y lo ha vuelto a hacer, al lograr conquistar a una América desconocida para muchos de sus ciudadanos, un país en cambio, sin un rumbo fijo y en donde la crisis de las hipotecas subprime y el legado de Obama, ha dejado a muchos americanos con la extraña sensación de comenzar a ver a su país desde los ojos de un pequeño caniche.

Comenzó su candidatura Donald Trump, ante una sociedad cansada de su pasado. Cansada del peso que supone ser el mayor imperio de la tierra y de las lejanas guerras que vacían sus arcas, así como de la necesidad de continuar cediendo espacio en las comodidades de su día a día y especialmente, una sociedad cansada de la creciente desigualdad entre una élite gobernante o establishment y el resto de los ciudadanos norteamericanos.

En ese contexto, le bastó al candidato republicano con cambiar el tono de su discurso, para pese a su pasado, lograr dibujarse como la única alternativa a un sistema de capitalismo salvaje, al que pocos en Estados Unidos se atreven todavía a plantear una alternativa, pero al que no pocos, critican ya abiertamente, debido a sus nefastas consecuencias sobre el tejido económico y cultural del país. Es tan solo en ese contexto de ruptura del pacto social estadounidense, en donde una candidatura como la de Trump, lograría encontrar apoyos suficientes, unos apoyos con los que nadie contaba, pero que finalmente, le han propiciado, conjuntamente con su partido, el control de ambas cámaras, Congreso y Senado, así como la posibilidad de dirimir el sustituto de Antonin Scalia en la Corte Suprema de Estados Unidos, un puesto que sin duda terminará en manos del conservadurismo más ortodoxo, otorgándole la capacidad de anular leyes que consideren contrarias a la constitución del país.

Se avecinan tiempos duros para un partido Demócrata que parece ser víctima de sus propios demonios. Demonios nacidos de la pasividad con la que el propio partido, acepto la implantación neoliberal sin cortapisas que proponían sus élites en consonancia con el partido Republicano y que terminaron de forjarse, cuando esas mismas élites prefirieron vencer en su guerra de clases interna, apoyando incluso al borde de la ilegalidad a una de los suyos a elegir al mejor candidato para lograr la presidencia.

Sabían perfectamente en el partido Demócrata, las debilidades de Hillary Clinton como candidata frente a Trump, representaba inherentemente a un sistema al que odiaban la mayoría de estadounidenses y le basto a Trump con no hacer lo mismo. Por la contra, Hillary Clinton, consciente de la incapacidad de su campaña para desvincularse de eso que en España llamaríamos la herencia recibida, apostó fuertemente por dos factores principales: el hecho de ser mujer y su apoyo a las minorías. Ambas claras cualidades de la demócrata frente a Trump, pero que a la postre se revelarían claramente como insuficientes frente a factores no menos importantes como la opacidad de los movimientos económicos de la Fundación Clinton, la filtración de sus correos o la desastrosa intervención en Libia.

Se colocó Clinton con su actitud en un centro político cada vez más desierto, en una campaña que como hemos podido comprobar, se jugó finalmente en los extremos. Basto esa posición de desventaja inicial, para que Donald Trump supiese a donde llevar la campaña. Consciente de su incapacidad para salir airoso en el debate ideológico, no obstante está a punto de tomar posesión como presidente sin apenas hablar de su programa económico, Donald Trump logró embarrar el debate electoral haciendo uso del numeroso arsenal sensacionalista que su propia habilidad de adaptación a una sociedad mediática y las debilidades de su contrincante le proporcionaban. Por su parte, el equipo de Hillary Clinton se mostró incapaz en todo momento de articular una estrategia de defensa, frente a la guerra relámpago de acusaciones que el equipo de Trump, totalmente mimetizado en una poderosa Wehrmacht electoral, lanzó contra ellos. Logró el magnate estadounidense escapar vivo del primer debate presidencial y poner en más aprietos de lo que la prensa occidental estuvo dispuesta a reconocer a su rival demócrata en el debate del 19 de octubre.

Tan solo Hillary Clinton, con su campaña de menosprecio a Trump y a lo que el candidato republicano representaba, pudo ser capaz de hacer resurgir a una candidatura que llego a situarse hasta seis puntos por debajo en los sondeos electorales y que comenzó su remontada, espoleado por la investigación del FBI a los correos de la exsecretaria de estado y con un electorado potencial que veía en quienes criticaban a Trump el origen de gran parte de sus males.

En el último instante, logró pesar más la ira social largamente contenida contra el establishment que representaba Clinton que la lucha racial, la feminista o la lucha por los derechos de las minorías a las que ella parecía defender. Menospreciaron desde el partido Demócrata la importancia de la concienciación de su electorado en el voto de clase, para escudarse en la alternativa del voto por el mal menor y en el de las minorías, lo que unido al desprecio por la realidad social de una gran parte del electorado, parece finalmente haberles costado  la presidencia.

En un artículo reciente del New York Times, Paul Krugman acusa a las áreas rurales blancas de no compartir “nuestra idea de lo que es Estados Unidos” alude el economista a que para esos <<otros americanos>>: “se trata de una cuestión de sangre y tierra, del patriarcado tradicional y la jerarquía étnica” votarían a cualquiera que representase al partido Republicano. Se equivoca desde un principio el señor Krugman, más allá de que no siempre los candidatos republicanos consiguen movilizar a ese tipo de votante, algunos progresistas pareciesen focalizar el problema en la gente y en el sentido de su voto, en lugar de hacerlo en el sistema (capitalista) y en sus consecuencias para esas personas. Son los mismos que criticaron el Brexit o el surgimiento de Amanecer Dorado, pero no dijeron nada cuando los diferentes acuerdos de libre comercio se ratificaron sin consulta popular previa o en España se modifico el artículo 135 de la Constitución de espaldas al pueblo. Pareciese molestar a algunos más el sentido de la voluntad popular que la imposición autoritaria de los intereses económicos del sistema.

Solo desde esa óptica del desheredado, se puede explicar no solo la realidad de esa mal llamada basura blanca o chavs, en gran parte natal del desindustrializado cinturón de óxido que finalmente da la victoria a Trump, sino también de realidades más complejas, como la del hispano que una vez adquirido el sentimiento nacional, en un país en el que resulta relativamente sencillo lograrlo, decide votar a Trump ante la amenaza que supone el trabajo ilegal de muchos compatriotas para sus intereses o el prototipo de votante al que podríamos llamar Gran Torino que no siendo necesariamente un militante convencido racista o un mero descerebrado, si logra conectar con facilidad con esa América que Trump representa.

Trump logró representar el rechazo más absoluto a las élites y al sistema, pese a curiosamente ser el claro reflejo de las mismas. Eso y un voto oculto como constatación de un sistema que no entiende a gran parte de su ciudadanía y que se ha escapado en los análisis de la inmensa mayoría de los medios y del propio partido Demócrata, ha terminado dando la victoria a un candidato al que parece haberle bastado con el apoyo de los que casi nunca cuentan en la política americana, para conseguir finalmente la presidencia.

El tiempo dirá si nos encontramos ante el primer presidente de una nueva concepción de la política americana.

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Autor: @SeijoDani

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Buenos días Europa

En dos días, Reino Unido celebrará un referendo crucial para su futuro, pero también para el nuestro. El próximo 23 de Junio, los británicos, suceda lo que suceda, tomarán por primera vez el pulso a una unión europea que ve como un proyecto en el que parecía ya no existir marcha atrás, se tambalea en medio de una crisis social, política y económica, de la que el BREXIT solamente es la punta del iceberg.

El referendo en el Reino Unido, supone para Europa el límite de sus fronteras, el repliegue de sus tropas, nadie antes ha abandonado esta unión política y económica de 28 países que hasta hoy, y desde sus inicios, no ha hecho más que expandirse, buscando en la absorción de territorios y especialmente de nuevos mercados, la solidez de un proyecto que mucho me temo, se había comenzado a tambalear ya desde sus cimientos.

Es de suponer que incluso cuando David Cameron incluyó el compromiso de un referéndum en el programa del partido conservador para las elecciones de 2015, no cabía en la imaginación del premier británico que lo que comenzó siendo un mero guiño al electorado como medida de prevención frente a la amenaza por la derecha del UKIP, terminaría convirtiéndose en una necesidad política para su partido, y en una verdadera amenaza para el futuro de la Unión Europea.

Cameron se enfrenta ahora a un referendo que no deseaba y que debe ganar. Una consulta que reabre viajas fobias europeístas entre los británicos que pese a votar a favor de la permanencia en la Comunidad Económica Europea en 1975, ya mostraron su escepticismo y particularidad ante la visión del proyecto común europeo, cuando en 1985 decidieron quedarse al margen del espacio Schengen que pretendía abolir de facto las fronteras dentro la la unión.

Un Reino Unido que siempre ha visto más en Europa un mercado que una confederación, se encuentra ahora en medio de un debate distorsionado por el populismo y el ilusionismo político. Un debate en donde de nuevo el recelo ante la excesiva burocracia de Bruselas, la defensa de la soberanía nacional y los propios intereses de un sistema financiero y empresarial anclado en la más profunda depredación liberal de la “city“, se enmascaran tras los falsos argumentos de la soberanía nacional, el orgullo insular de las islas y el control de una inmigración que ahora se considera excesiva y avasallante, pero sin la que a duras penas, Reino Unido llegaría a ser lo que es hoy.

Todo este proceso se enmarca en una Europa en crisis, en una Europa de los mercados pero no de lo social. Una unión acorralada por sus propias instituciones y huérfana de mecanismos políticos que le permitan avanzar en un proceso más allá de la libre circulación de capitales y mercancías.

Se habla mucho de las posibles consecuencias del BREXIT para Reino Unido y también del duro golpe que supondría esta salida para el mercado único, el gran pilar de la Unión Europea. Desde Europa, se intenta atemorizar a los británicos con las consecuencias de una posible crisis económica en el Reino Unido tras la salida, se habla de la disminución de la inversión en los servicios públicos y de la inversión extranjera en las islas, incluso de una posible recesión a corto plazo si finalmente la salida de la Unión Europea resulta la opción vencedora el próximo día 23. Pero en realidad todo esto es política ficción, nadie puede asegurar lo que sucederá, y nadie puede hacerlo porque un pulso de estas características es novedoso para Europa. Bien podría suceder que pese a la salida de Reino Unido de la UE, el peso económico de las islas y los fuertes intereses comunes de las oligarquías  británicas y continentales, los llevaran a dibujar un nuevo pacto bilateral que permitiese el acceso de Reino Unido al libre mercado sin que esto suponga aceptar el libre movimiento de personas o las regulaciones que se dictan desde Bruselas.

En realidad en ese punto se encuentra el peligro y la oportunidad de este Brexit, tras toda esa demagogia de la xenofobia barata y de las corrientes extremistas antiinmigración, el Reino Unido ha puesto el dedo en la llaga de una Europa que alerta a sus trabajadores de que con la salida de los británicos de la unión, perderemos ventajas competitivas con los mercados de  China o Estados Unidos, pero que parece obviar que hace ya tiempo que gran parte de esos mismos trabajadores, compiten en productividad y salarios, con la realidad de economías como Marruecos o Vietnam.

La realidad del BREXIT y sus consecuencias para la población, se encuentran muy alejadas de los debates de los tabloides sensacionalistas británicos o de las intervenciones en los parlamentos europeos. La salida del Reino Unido de la Unión Europea se fragua en un pulso económico entre dos realidades financieras y empresariales distintas entre si, pero con un mismo objetivo: la construcción de un nuevo sistema de liberalismo capitalista que intente superar una crisis que ese mismo liberalismo ha creado. Ni el Reino Unido, ni Europa, poseen o parecen desear un proyecto común que supere la realidad de un libre mercado.

Quienes están a favor de la salida de Europa en las islas, argumentan que la UE ha cambiado en las últimas décadas, que cada vez el control sobre el día a día de los británicos es mayor y que la presión migratoria es insostenible, pero si bien es cierto que puedan existir motivos para que un obrero británico no comparta el proyecto común europeo, ninguno de ellos se esconde tras la raza, el origen o el credo de ninguno de sus conciudadanos. El pulso que hoy se echa a Europa desde las islas, es un pulso de lo estatal contra lo liberal, de la solidaridad, frente a la depredación y un pulso de la realidad y las necesidades de los mercados, frente a la realidad y a la necesidad de lo común.

Sea como sea, y sea cual sea el resultado del referendo del próximo Jueves día 23, lo que ha quedado constatado es que en Europa si hay marcha atrás y puede que esto no sea un fracaso, sino una oportunidad para todos aquellos que de otra forma, también vemos en la deriva europea un camino que no nos representa.

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Autor: @SeijoDani

 

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