Pasaporte al fundamentalismo

Es curioso pensar en la facilidad con la que ha surgido en las redes sociales de medio mundo esa orgía empática de individuos solidarizados con la tragedia de Charlie Hebdo; una revista que reconozcamos, permanecía totalmente oculta para un alto porcentaje de los que hoy inundan Twitter con el omnipresente #JesuisCharlie. Resulta…”admirable”, como en un lapso extremadamente corto de tiempo, hemos sido en gran medida capaces de ponernos en la piel de esos pobres caricaturistas que sin previo aviso, se vieron descerrajados por las ráfagas de dos kalasnikov cuando se disponían a completar su jornada laboral, consistente en redibujar una sociedad que ya de por sí se encuentra demasiado caricaturizada.

No puedo evitar que se me pase por la cabeza el glorioso material crítico que Charb hubiese encontrado en todo el despliegue solidario que se ha formado alrededor de su ejecución. Como si de una nueva moda se tratase los medios e incluso las estrellas de cine han sustituído el #BringOurGirlsBack en protesta por los horribles crímenes de Boko Haram por el #JesuisCharlie en solidaridad con esa publicación izquierdista a la que tantos detestaban antes de que su redacción se tiñese de sangre. Y es que no hay nada como ser europeo para que tu muerte cobre más importancia que la de 2.500 nigerianos en Baga o Doron Baga, por eso mismo no me cabe la menor duda de que a los compañeros caídos se les hubiesen ocurrido al menos un par de viñetas para ilustrar tal ironía.

Por mucho que lo pretenda, me muestro incapaz de ponerme en la piel de esos periodistas segundos antes de ver como el fanatismo les arrebataba la vida simplemente por ejercer su trabajo, al igual que me siento totalmente incapaz de ponerme en la piel de esos jóvenes palestinos, sirios o iraquís que ven como el sonido de las bombas les arrebata hasta el último rastro de lo que un día conocieron como su hogar. Un hogar al que de una u otra manera y aunque resulte difícilmente perceptible para el conjunto de occidentales, se siguen sintiendo ligados miles de esos jóvenes emigrantes de segunda o tercera generación que en os últimos años han pasado a engrosar las filas de las más diversas organizaciones terroristas, atraídos por un sentimiento de venganza e identificación cultural que en gran medida el posmodernismo europeo; basado exclusivamente en la mercantilización de todos los aspectos culturales inclusive el religioso, ha logrado fomentar.

Ese mismo sector poblacional que en occidente parece anestesiado y aterrorizado ante la falta de expectativas que supone una crisis sistémica de carácter no solamente económico, sino también moral. Parece haber encontrado salida en el caso de sectores minoritarios de la población musulmana en el radicalismo religioso como en realidad lo podría haber hecho en el ámbito del extremismo político o criminal. Digamos que en cierta medida, el radicalismo religioso en sectores de la juventud musulmana de nuestros países no supone una salida diferente a esa frustración acumulada,de lo que lo podrían suponer el movimiento hooligan o a las pandillas juveniles, aunque obviamente esta sí supone una deriva mucho más peligrosa para nuestra seguridad.

Pese a que identificar las diversas causas que configuran este proceso que ha llevado a miles de jóvenes a alistarse en las filas de la llamada guerra santa sea mi intención en este artículo, he de reconocer que tal tarea puede resultar complicada. Aunque la marginalización a la que estos jóvenes se ven sometidos en sus países de acogida o la falta de expectativas de un futuro en el que sus actos lleguen a ser significables en cierta medida, forman parte de ese contexto demasiado amplio o difuso para ser fácilmente dibujado.

No nos engañemos, la motivación de un joven muyahidín que se embarca en la guerra santa no es muy diferente a la de un joven estadounidense que se enrola en la armada para combatirlo en Iraq. Después de todo en el campo de batalla, el primero de ellos es el único que puede poseer cierto apego hacia el suelo por el que combaten.

Si uno se para a trazar a grosso modo los rasgos de ambos individuos, verá que se trata de jóvenes de clase baja o media baja. En su mayor parte, parcial o totalmente desacoplados del sistema de educación a edades tempranas y que viven en suburbios de las grandes ciudades olvidados hace tiempo por las autoridades competentes. Puede que tanto Ahmed como Sam, vivieran gran parte de su vida bajo ese fenómeno que en España hemos dado en denominar como adolescentes llavero: jóvenes que han visto como los horarios laborales de sus progenitores los abandonaban en manos de internet, los mass media o sus círculos de amistades como sus principales agentes socializadores; y no nos llevemos a equívoco, cualquier jóven sin una guía sólida en esos primeros compases de la adolescencia es fácilmente moldeable para adoptar las más diversas ideologías por muy disparatadas que estas puedan parecer.

Ese conjunto de adolescentes que se encuentran camino de la madurez sin una identidad cultural claramente definida, pasan en gran medida a suponer el perfecto caldo de cultivo para que el fanatismo religioso o cualquier otro radicalismo pase a ocupar una parte fundamental de sus vidas. Del jóven desacoplado socialmente al peligroso terrorista en realidad no existe más distancia que una pequeña serie de causalidades.

Hagamos en este punto un esfuerzo narrativo e imaginemos por un momento la serie de hechos que llevo a nuestro pequeño Ahmed a caer en las redes del fundamentalismo religioso. Puede que todo sucediese de la siguiente manera: En un contexto de lo más cotidiano para cualquier jóven de nuestro continente, quién sabe si en plena partida de Call of Duty Ahmed pudo toparse con total naturalidad ante otros adolescentes de su misma edad y creencia que entre ejecución y ejecución virtual de sus oponentes, repetían eslóganes en contra del invasor infiel, esos mismos que como unidos por un mismo patrón poseen el 88 al final de sus nombres de batalla y a los que suele intentar evitar cuando utiliza el metro. Puede que tras ese primer contacto el joven Ahmed comenzase a profundizar más en esas ideas que parecen orbitar en  el mundo de sus nuevos amigos y quién sabe si atraído por primera vez por ese sentimiento de pertenencia a algo que resulta nuevo para él, comenzase a bucear en los foros de internet logrando encontrar retazos de una identidad que siempre ha estado ahí, esa identidad presente en la patria de sus padres y abuelos, en su propia cultura.

Aunque esto se trate solamente de una suposición o divagaciones narrativas demasiado paranoicas, ésta es una hipótesis que aunque nos cueste encarar desde el etnocentrismo occidental, en donde cualquier explicación que culpabilice a nuestro inmaculado sistema es tildada inmediatamente de herejía social, en realidad puede aportarnos una visión diferente de este fenómeno que atemoriza a Europa. Una visión que lejos de apuntar a la búsqueda de algún cromosoma fundamentalista, pone el foco de atención en un sistema de transmisión cultural y cohesión social cada vez más inestable. Una visión que nos aporta una explicación plausible a esa realidad que suponen los jóvenes europeos, empuñando un fusil en plena guerra santa en Siria o Irak con camisetas del Manchester United o el Fútbol Club Barcelona .Y es que lamentablemente puede que esa haya sido la única huella tangible que la cultura europea ha dejado en esos jóvenes. Un ocio totalmente vacío de contenido basado exclusivamente en una pseudocultura militar-neoliberalista en donde para ciudades como Bagdad o Mosul un payaso rojo y amarillo junto con una cheese burguer ha supuesto la única herencia cultural para toda una generación condenada a sobrevivir en medio de la distopia iraquí.

Puede que si nos parásemos a pensar durante un segundo, sin dejarnos caer en el pánico fomentado estratégicamente hacia el islamismo, en realidad no encontrásemos demasiadas diferencias entre esos jóvenes desprovistos de referentes culturales que se radicalizan en Bagdad, Paris o Ceuta con esos otros que lo hacen a su vez en movimientos criminales como las maras en Tegucigalpa o San Salvador, donde tan sólo en 2014 en ese último país han muerto 3.800 personas fruto de la violencia indiscriminada. En cierto modo y teniendo muy presente la considerable distancia de ambas realidades, una juventud desprovista de futuro y expectativas parece encontrar una salida en ambos casos en un sentimiento de comunidad y pertenencia que les proporcionan esos grupos violentos, una salida en apariencia sencilla a una vida que de otra forma se vería desprovista de motivaciones.

En cierta forma no deberíamos estudiar el fanatismo religioso en sí como una realidad de la juventud islámica en occidente, sino como una salida más a una afección compartida con otros individuos de diferentes puntos del planeta. Así si uno observa la cronología de los hechos en el mismo sector social de países tan distanciados culturalmente como Honduras o Iraq. Se encontrará con que siguen una pauta relativamente similar en su realidad social: en ambos casos han sufrido una guerra civil en la que Estados Unidos ha financiado a grupos armados o participando directa o indirectamente en acciones militares para apoyar a un grupo al que dirigía para imponer sus propios intereses. A su vez, tras finalizar sus respectivos conflictos ambos países han sufrido una imposición cultural y una mercantilización desenfrenada, hasta que han sido abandonados a su suerte tras la intensiva explotación de sus recursos económicos y naturales por empresas extranjeras.

Sin duda estos hechos guardan relación en el caso de Honduras o El Salvador con que los movimientos criminales como las maras hayan campado a sus anchas, llegando a distribuir su dominación cultural por todo el continente, al igual que lo ha hecho en su respectivas regiones el islamismo radical tras la guerra en Siria o Iraq.

El etnocentrismo occidental y su complejo mesiánico que nos ha llevado a intentar imponer una y otra vez nuestro modo de vida en cualquier país que precisase o no nuestra ayuda. Ha llevado a las más diversas regiones a una pérdida de identidad jamás vista en el proceso histórico, al tiempo que con la entrada del nuevo siglo se derrumbaban los endebles cimientos que sustentaban nuestra propia cultura, basada en gran medida en películas de acción mediocres y derechos sociales de cartón piedra. El icono que supuso para gran parte del planeta Rambo o Tony Montana, se derrumbó al tiempo que lo hacía bajo los continuos bombardeos de Cisjordania o Iraq, esa gran esperanza occidental de una democracia exportable .

Si ha existido una última oportunidad para que oriente lograse emprender su propio camino, esa lo supusieron las recientes primaveras árabes, en donde precisamente la juventud de esos países lanzó un grito de libertad frente a los hasta ese momento eternos déspotas, apoyados incondicionalmente por la maquinaria bélica occidental.

Soprendentemente, las plazas de Trípoli o el Cairo se llenaron por primera vez de reivindicaciones sociales, de feminismo, de laicismo que con la atención de medio mundo sobre ellos, valientemente se atrevieron a pedir que se les permitiese forjar su propio sistema. Un sistema alejado de ése modelo enlatado que continuamente occidente parecía empeñado en exportarles bajo el ruido de los bombardeos.

¿Y qué ha sido de esa gran oportunidad tres años después? Pues tras una breve estancia del foco mediático en los diferentes países involucrados y tras la caída en desgracia de Gadafi o Mubarak que supuso el colofón perfecto para la audiencia occidental, el balance no puede ser mas nefasto. Mientras en Bahréin el espectáculo occidental de la Fórmula 1 siguió su curso ante el rojo; no precisamente de los colores de Ferrari, que teñía sus calles. En los países en donde la revolución en cierta medida si tiunfó, como Libia o Egipto, se ha visto abandonada ante nuevos golpes militares en el mejor de los casos o ante la lejana pero inevitable guerra civil. Mientras, por su parte, Siria ha pasado a suponer en la actualidad el principal criadero del terrorismo más radical en el mundo. En gran medida este intento revolucionario se vio frustrado desde un inicio al verse privados de cualquier tipo de apoyo económico o político los diversos partidos socialistas y sindicatos que pudieron configurar una alternativa sólida y laica al viejo modelo dictatorial. La decisión que el mundo occidental tomó por los ciudadanos de esos países de preferir un oriente medio integrista a uno socialista, dejó a los grupos islamistas de corte más radical como única alternativa al viejo modelo maquillado al que nuevamente daba su apoyo Occidente. Las inmediatas consecuencias de esta pésima estrategia diplomática fueron nuevos golpes militares tras breves experiencias democráticas, cuando ante el temor de la llegada al poder de los grupos islamistas occidente se decidió a intervenir de nuevo. Actuación que ha provocado definitivamente la ruptura del mundo musulmán con occidente, especialmente en las generaciones más jóvenes que han visto como sus iniciativas de cambio democrático eran nuevamente coartadas desde el exterior.

Éstos hechos unidos a la nueva política y peso en una región altamente desestabilizada de actores como Arabia Saudí o Qatar, financiando e imponiendo corrientes extremadamente radicales en Siria o Iraq como el wahabismo. En donde ese continuo flujo de financiación ha servido para fomentar el caldo de cultivo ideal para que actores como ISIS surjan de la nada financiados por el oro negro saudita, imponiendo una visión extremista del islam en donde la sharia ha supuesto el reinado del terror para gran parte del mundo islámico.

Mientras e hipócritamente en occidente, nos planteamos promulgar leyes que coarten nuestras libertades, en vistas de una supuesta lucha contra la captación de jóvenes islamistas para la guerra santa. Al tiempo que nuestras divisas continúan financiando al reino saudí que mediante su oro negro supone desde 1938 el principal valedor del integrismo en la región mediante la construcción de las numerosas escuelas, periódicos y mezquitas, en donde sobrevive y se promulga el último gran totalitarismo con posibilidades reales de expansión. Todo esto ante la asombrosas pasividad occidental que sigue haciendo cotizar más el petróleo de Oriente Medio que la sangre de sus habitantes.

Y es que, si uno piensa fríamente al llenar su deposito cada mañana, podrá comprobar cómo un litro de sangre iraquí cuesta para nuestros países al rededor de un euro y medio.

No nos engañemos, el islam no supone en si mismo ninguna amenaza, al igual que no lo suponía el nacionalismo vasco en el caso de España. La amenaza real reside en el fanatismo, en la falta de ideales y en esas falsas identidades que pasan a ocupar el eje central de la vida de miles de jóvenes que ven en las más diferentes causas una salida a un mundo cada vez más materialista y polarizado.

No pretendo eludir la responsabilidad de esos lobos barbudos anclados en la monolectura, ni pretendo culpabilizar exclusivamente al “demonio” occidental de su fanatismo. Pero después de todo, ellos son los locos del kalashnikov y puesto que considero que ya ha habido suficientes mártires en pos de la libertad de expresión, he preferido arrojar luz ante el porqué de tanta sangre el lugar de tentar a la suerte con los tópicos islamófobos.

Después de todo no creo que me hiciese demasiada ilusión un cartel con mi nombre en los Globos de Oro.

hh

texto: @seijodani

Anuncios

Un pensamiento en “Pasaporte al fundamentalismo

  1. Pingback: ¿#JesuisParis? | DOW JONES A LA BAJA

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s