El periodismo y sus trincheras

Cuando uno escucha de nuevo la ya sempiterna frase de que el periodismo ha muerto, no puede cuanto menos que dejarse llevar, una vez más por ese pequeño rincón de su mente en el que todavía sobreviven, sin que el tiempo parezca afectarles, los grandes nombres del periodismo. Nombres a los que sin duda tanto la profesión periodística, como la ciudadanía debemos tanto, como lo son el de Joseph Kessel, Seymour Hersh, Bob Woodward o Günter Wallraff.

Es cierto que puede que en realidad el periodismo no haya muerto y que en cierta medida no vaya a hacerlo nunca. Pero hemos de reconocer sin discusión alguna, que no parecen que sean estes precisamente los mejores tiempos para acercarse con esperanza a la profesión. Aunque todavía vivo, los grandes momentos del periodismo parecen haber pasado ante nosotros sin que podamos vislumbrar nuevas esperanzas de recuperarlos en un horizonte cercano.

En pocas décadas hemos pasado de un periodismo que funcionaba como prolongación de las inquietudes y curiosidades de la ciudadanía, a una simple extensión ya afianzada de la voz unísona del sistema económico y político. De un periodismo el cual rebuscaba en los vertederos políticos, a uno en el que se encienden los focos únicamente ante la señal de la luz roja con la que los políticos deciden mandar un mensaje previamente establecido, al tiempo que se apagan las ya escasas voces críticas que sobreviven en los medios actuales. En definitiva, hemos pasado de un periodismo rebelde y de trinchera a un periodismo atrincherado en sí mismo.

Nombres como los de Ana Pastor, Esther Palomera o Carlos Cúe; entre otros tantos, a los cuales diariamente atribuimos la envenenada responsabilidad de representar el garante del escaso periodismo crítico y mordaz que existe en nuestro país, no deberían de suponer para esta profesión más que la norma establecida por la que se guiara la misma. Desgraciadamente, no es así. Hoy en día, el cuarto poder que se le atribuye a la prensa, se ve inmerso en una voraz y desastrosa batalla por las audiencias y los beneficios, en donde los ciudadanos somos utilizados como meros destinatarios en los que poder inocular cualquier tipo de mensaje previamente establecido por la política o el gran empresariado.

La veracidad y la información ya no son lo primordial para el medio, los ingresos publicitarios y las inversiones de capital se han convertido en la piedra angular de la agenda de los directores, que han sustituído así en poco tiempo la responsabilidad ante la audiencia básicamente por el deber ante sus accionistas.

Con esta situación, a nadie debiera extrañarle ya la imparable polarización de los grandes medios en corrientes de opinión claramente asimiladas a los diferentes grupos empresariales o políticos ¿Cómo pretendemos reclamar información verídica de una guerra o de la gestión de un gobernante cuando los intereses del principal accionista de un medio se pueden ver afectados por la opinión que los lectores del mismo tengan de esa situación?

Tal realidad ha provocado que el periodismo haya encaminado su modelo informativo a una especie de breve cápsula de entretenimiento en donde el espectador no deba más que interiorizar el mensaje que se le transmite sin que exista una necesidad de desarrollo del concepto crítico. Vivimos inmersos en la actualidad informativa, pero estamos más desinformados que nunca. La obsesión de la primicia y el último minuto nos ha llevado a un periodismo en donde la vida útil de las noticias termina antes de que se puedan desarrollar plenamente las mismas ¿Acaso podría alguno de nosotros atendiendo a los medios explicar la confusa situación de la guerra civil en Ucrania?,¿Podríamos conocer la situación en Haití tras el terremoto o las consecuencias de los vertidos en Fukushima? seguramente nos resultaría complicado.

Resulta necesario salirnos de la falsa sensación de vernos informados que desde los grandes medios quieren que experimentemos, no necesitamos más mini dosis informativas, ni más periodistas que escudados en sus editoriales nos transmitan lo que debemos pensar como si de antiguos dioses mesopotámicos de la información se tratasen. Lo que urgentemente necesitamos en la sociedad es a esos periodistas vocacionales y embarrados que durante tanto tiempo nos descubrieron las luces y las sombras de la realidad, para que nosotros mismos pudiésemos adaptarla a nuestra visión de la misma.

Puede que el periodismo no haya muerto, pero si las cosas no cambian, puede que sí lo hagan los medios. En los tiempo de internet y las redes sociales, las ciudadanía no seguirá soportando la mentira, la omisión o el engaño en los mismos. Sucesos como el 11M o el movimiento de los indignados, demostraron como incluso ante un cerrajón informativo de los grandes medios tradicionales, resulta ya imposible ponerle coto a la realidad. La sociedad vive tiempos convulsos y busca desesperadamente alguien o algo que ocupe el hueco dejado en las trincheras por muchos periodistas y ese hueco lo esta ocupando internet, un medio que lejos de suponer la potencial arma de apertura al debate y contacto con la ciudadanía que se podría suponer para las grandes agencias informativas, no pasa en la mayoría de ellas de un mero atrezo que no los aleje demasiado de la aparente modernidad. Y esto es así, no por falta de medios o apertura de miras, sino porque internet es, para un periodismo sometido al orden establecido, un arma que fácilmente se les puede escapar de las manos sin que aporte grandes beneficios.

Son tiempos complicados para una profesión siempre en crisis, pero hoy al igual que siempre, siguen existiendo grandes periodistas, lo que sí escasea es la libertad en los grandes medios y estamos muy necesitados de ella.

nn

Autor: @SeijoDani

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2 pensamientos en “El periodismo y sus trincheras

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