Un euro para la clase media

“…Cuando vinieron a llevarse a los judíos,
no protesté,
porque yo no era judío, 

Cuando vinieron a buscarme,
no había nadie más que pudiera protestar.”

Al igual que en el poema de Martin Niemöller, la pobreza y la desigualdad parecen avanzar en España sin que nadie levante la voz, al menos no lo suficiente. Mientras el número de millonarios creció en un 24% en nuestro país, hasta alcanzar las 465.000 personas, las cuales ya poseen casi el 60% de la riqueza de nuestro país, en el otro extremo de nuestra sociedad, más de 3M de personas se encuentran ya viviendo bajo el umbral de la pobreza extrema, es decir sobreviven día a día con menos de trescientos euros al mes. Situación ésta que lógicamente les impide tener acceso a los recursos que les garanticen unas condiciones mínimas de nutrición, salud o acceso a la vivienda. Pero esto no termina aquí, al rededor del 27% de los españoles; muchos de los cuales poseen un trabajo, se encuentran actualmente en serio riesgo de caer bajo el umbral de la pobreza relativa y al menos la mitad de los hogares españoles manifiestan serias dificultades para poder llegar a fin de mes. Situación ésta que hace plantearme: ¿puede considerarse realmente clase media a una familia que se ve sometida a privaciones en su consumo alimenticio, energético o de ocio para poder llegar a fin de mes?

Hemos considerado a España un país sustentado básicamente por la clase media o clase trabajadora, pero en estos tiempos de crisis, esta identidad se ve alterada y resulta más necesario que nunca distinguir entre ambas realidades. Ya que si uno atiende a diferentes estudios, nos encontrarnos con situaciones como que el 12% de los trabajadores españoles son pobres. Porcentaje que nos sitúa en este sentido, al nivel de países como Rumanía o Grecia. Países a los que sin duda en el imaginario colectivo, consideramos países pobres.

En España la realidad está cambiando al compás de la situación social de sus habitantes. Hemos pasado de ser un país de la Champions League, en donde gran parte de nosotros buscábamos a Curro en el Caribe cada verano, a llegar al final de Liga ajustándonos el cinturón y con la calefacción en muchos casos apagada durante el invierno para evitar el tan temido descenso. Un rápido trayecto del “todo va bien” a sufrir una de las mayores crisis estructurales de nuestra historia. Ya no somos el país del modelo AVE ni de la sanidad universal. Actualmente somos un país en donde se rescatan autopistas y se desmantelan hospitales; un país en donde los bancos reciben dinero público y las personas son expulsadas de sus casas si se demoran en el pago; un país en donde muchos niños reciben sus clases en barracones de obra, mientras nuestros políticos roban impunemente unos recursos muy necesarios. En definitiva, somos un país con más de 4,5M de parados y casi 12M de personas en exclusión social severa.

Hagamos en pequeño inciso llegados a este punto, y situémonos en el hipotético caso de que trasladar la situación social de nuestro país a nuestra propia realidad, fuese tan sencillo como el trasladar estos porcentajes de los que estamos hablando a un grupo de diez de nuestros amigos o conocidos. Pues bien, si estos diez amigos representasen la situación social de España en la actualidad, tan sólo uno de ellos podría ser considerado como clase alta o muy alta; tres de ellos pertenecerían a la tan consabida clase media y a otros cuatro les correspondería situarse en un baremo inferior de ésta; al parecer, misma clase media, eso si. Lo lograrían en principio, sufriendo serias dificultades para poder mantenerse en los hipotéticos baremos de la misma. Es más, de estos cuatro amigos a los que situamos dentro de la clase media, uno de ellos, puede que sin que nos percatemos en nuestro trato con el, se encuentra ya en serio riesgo de caer en la pobreza relativa. Pobreza ésta en la que ya se encuentran dos de nuestros conocidos. Uno de ellos incluso superándola para encontrarse ya inmerso el extremo de la pobreza absoluta, muy alejado ya de nuestro circulo social, apartado y con serias dificultades para poder incorporarse nuevamente en un futuro cercano al mismo.

¿Y qué hacemos como sociedad ante todo esto?, pues aparentemente poco la verdad. Es cierto que España es un país en gran medida solidario, en donde el índice solidaridad con organizaciones que se encargan de la atención a los colectivos más vulnerables ha aumentado desde el inicio de la crisis en torno a un 20% y que organizaciones como Cáritas o Cruz Roja siempre han recibido un amplio apoyo social en sus iniciativas, pero ésta no es la solución. Al menos no por si sola.

La solución pasa por identificar correctamente desde el estado las situaciones de pobreza. No podemos seguir considerando a esa mitad de los españoles que afirma llegar con dificultades a fin de mes como clase media, y seguir de esa forma imponiendo la mayor parte del peso de la carga impositiva sobre sus hombros. Las efectividad de la lucha en los avances sociales se basa principalmente en saber identificar correctamente la realidad social que nos ocupa, y si un ciudadano tiene serias dificultades para llegar a fin de mes, éste debe ser considerado como persona en riesgo de pobreza relativa y no como clase media. Admitamos de una vez el hundimiento de esta clase que las políticas actuales están provocando en nuestra sociedad, ya que cualquier otra interpretación de nuestra realidad social se trata meramente de literatura política barata que dificultará enormemente la recuperación de la misma.

La lucha contra la pobreza y la inversión social debe de suponer un objetivo principal de los gobiernos, estos deben ser los encargados de imponer un reparto más justo de la riqueza de nuestros país. Pero no nos engañemos, si como el viejo Castelao decía: “este continua siendo un país en donde la gente no pide, sino emigra”, pronto nos convertiremos en el único país de Europa en donde personas que se consideran de clase media, buscan a final de mes comida en un cubo de basura.  Nuestra única salida consiste en participar en la vida política y social de nuestro país, ni las urnas ni las plazas por sí solas revertirán esta tendencia a la desigualdad extrema en la que nos vemos inmersos. Movimientos sociales, alternativas políticas, cooperativas y las numerosas mareas de diferente índole que inundan las calles de nuestras ciudades, deben de suponer la punta de lanza de una corriente social que luche contra la pobreza en nuestro país. Caer en la pobreza no debe suponer un estigma social, sino un motivo más en la lucha por un sistema más justo.

ññ

texto: @seijodani

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